IslaCuando publiqué, en 1987, mi libro sobre la corriente coloquialista de la poesía cubana, lo titulé Palabras del trasfondo, que es un segmento de dos versos del poema «Isla», de Rolando Tomás Escardó (1925-1960). ¿Quise ver en ese texto el aldabonazo inicial de la referida corriente, la más importante de la segunda mitad del siglo XX? Creo que no. Ya habían corrido aguas textuales de tono conversacional sobre las tierras fértiles de la poesía cubana. Y había antecedentes inmediatos. El más importante puede ser «Conversación a mi padre» (1948), de Eugenio Florit, bajo el influjo de la poesía norteamericana, dominada por ese tono lírico, y una de sus realizaciones más curiosas está en el poema «Últimos días de una casa», de Dulce María Loynaz, una década después.

La «Isla» de Escardó, además, se encuentra en una tradición de la poesía cubana, sobre todo del siglo XX, mediante la cual se canta al carácter insular de la patria, visible en el célebre «La isla en peso» de Virgilio Piñera, en las referencias de todo el grupo de la revista Orígenes, y de otros poetas como Felipe Pichardo Moya, Nicolás Guillén, Samuel Feijóo, et al. Esa tradición del motivo isla en el contexto poético nacional ha continuado hasta nuestros días (véase, por ejemplo, en poemas de Juana Rosa Pita o Alberto Acosta-Pérez). Visto así, la «Isla» de Escardó forma parte de todo un archipiélago dentro de la lírica cubana.

El primer verso define todo el poema: «Esta isla es una montaña sobre la que vivo», que pareciera un alejandrino, pero es en verdad un tetradecasílabo. El poema no se va a definir por los moldes métricos, pues su construcción libre recuerda a la silva con versos fluctuantes entre seis y catorce sílabas, lo que le ofrece la libertad y el ritmo del verso semilibre, si bien hay versos mayores y menores de tales medidas. Versolibrismo, tono conversacional, carencia de rima, lenguaje de extroversión y comunicación sin rodeos tropológicos, son sus características estilísticas, que lo son también para la corriente coloquialista de la cual es un poema ya central. Lo conversacional debe esperar, sin embargo, al desarrollo del poema, y es ya claro desde el verso quince: «Yo sé que el hombre es un rumbo que se instala / sé estas cosas y otras más que no hablo / pero yo puedo darme con los puños en el pecho / feliz de esta revolución que me da dientes…».

Y junto con ese tono decisivo en la corriente a que se une, formada sobre todo por poetas de su propia generación (nacidos entre 1925 y 1945), Escardó entra en nuevo modo de hacer poesía-política, poesía social de manera diferente a como lo hicieron desde los años ‘30 los poetas comunistas (Pedroso, Villena, Guillén, Navarro Luna, Mirta Aguirre, Augier, Emma Pérez, et al…), o los «civiles» (Acosta, Pichardo Moya…), u otros de variadas filiaciones de izquierda (Félix Pita Rodríguez, Tallet…). Esa distinción se centra, como se advierte ya en «Isla», en la referencia a la inmediatez, al lenguaje de cotidianidad y de testimonio (antes que de confesión), y a la entrada in mediam res de la asunción revolucionaria.

«Isla» muestra cómo el triunfo de la Revolución en 1959, marcó la evolución de la poesía cubana hacia ese decidido coloquialismo, en el que los poetas se sienten más que comprometidos, militantes: «Pero lo que me importa es la Revolución / lo demás son palabras / del trasfondo / de este poema que entrego al mundo / lo demás son mis argumentos.» Una conciencia de culpa por no haber participado en los actos de la rebeldía popular o mejor sea dicho en la insurrección en las montañas cubanas, subyace como algo que es un peso sobre el poeta: «De todas esas muertes soy culpable / y no me arrepienten los conjuros / que en el triángulo de fuego he provocado». Cierto que esta idea es la más «oscura» dentro del poema, la que no está abiertamente expresada, como en «El otro», de Roberto Fernández Retamar, que comparte en 1959 ese sentido de culpabilidad por no haber sido más militante en la lucha contra la dictadura.

El texto de Escardó aprovecha la carencia de signos de puntuación heredada de razones estilísticas de las vanguardias, imágenes que se cuelan en el poema procedentes del surrealismo, ausencias de coma u otros signos de puntuación, pero con cierto respeto hacia el punto y aparte y la mayúscula inicial. El juego con la letra cursiva, el paréntesis, la conjugación verbal desde la tercera persona del plural en vosotros, y no en el típico ustedes cubano, y la pregunta retórica que se hace como de paso, forman un conjunto estilístico cuyo desenfado expresivo retira el tono solemne que pudiera ofrecer versos como: «llega la hora de mi nacimiento / y también la de mis muertes / pues al mundo he venido para que me instale…», versos que en el conjunto quedan resonando en esa mirada externizadora del texto, antes que íntima.

Un fuerte contenido ideológico ampara al poema. No es exactamente un contenido de credo partidario, sino de asunción de la Revolución, a la que declara como «lo que me importa», en derrota de un «yo» que quiere ser desmentido: «No creáis en mis palabras / soy uno de tantos locos que hablan / y no me comprenderéis…». El poeta vive sobre una montaña, la montaña lo supera, lo absorbe, también lo eleva, el poema evoca una hora histórica, una etapa nueva. La Isla es esa montaña y su propio poema es solo eso: «palabras / del trasfondo».

Con «Isla», Escardó rebasó la etapa existencial de su poesía, en que su vocación espeleológica le hacía usar imágenes de cavernas, pasadizos, oscuridad y denso misterio vital. Sin que asumiera una poesía decididamente «alegre», otro entusiasmo presidió sus versos, un tono de esperanza se abría en ellos, con un abierto sentimiento nacional representado en la Isla. Esa isla ha nacido del mar, de una «madre solemne» en tiempo sin memoria, pero su destino está ligado a la naciente revolución. No tendría mucho tempo de vida más el poeta, que murió en accidente un año después de la escritura de este poema central en su obra, representativo del coloquialismo en su etapa de avance hacia la colectiva madurez expresiva. El poeta se mira a sí mismo y sabe que integrarse, no es negarse, mirar al sol no lo ciega, la revolución ha iniciado un proceso de historia de la que el poeta se siente parte. Por eso vive en una isla que es a la vez una montaña, que se eleva ante sus ojos y, con ella, se eleva él. Sus poetas tutelares, que pueden ser Samuel Feijóo y Virgilio Piñera, pero sobre todo César Vallejo van quedando detrás de sí, distantes de este poema. La voz de Escardó ha madurado para la poesía e «Isla» es la prueba de esa madurez.


Por: Virgilio López Lemus

 

 
 

 

Tomado de Cubaliteraria.cu