La libertad creativa, vista como pureza del alma traducida a imágenes alejadas de la sofisticación académica, postacadémica (vanguardista) y postmoderna en todo su extenso espectro, es derecho inalienable, asumido consciente o inconscientemente, por los artistas que nadan en las corrientes pictóricas clasificadas como naif o primitivas. Se trata de una liberación, en primer lugar, de todo referente estético y cultural, sedimentados durante milenios en el intelecto: un brusco retorno a la memoria virgen, abierta al sentido de la maravilla, que permite connotar mágicamente todo acontecimiento y fenómeno natural circundante, colocando al ser humano en su justo lugar dentro de la intrincada red dialéctica de causas y efectos del cosmos.

Los sistemas mitopoéticos, génesis de las primeras artes, generaron necesidad de traslucir en imágenes la esencia inaprensible de las cosas, como nexo semiótico de comunión, entre el homo sapiens y el Todo multimanifestado.

 Figurar y simbolizar, es interpretar las fuerzas ignotas rectoras del universo, mirar al rostro de la deidad a(poli)morfa, robar una chispa olímpica y avivarla en microuniversos particulares, en relación metonímica con la Realidad externa a los sentidos. Hacia esta órbita mística y esotérica apuntan las propuestas plásticas del artista José de Jesús García Montebravo (Cienfuegos, 1953-2010), reconocido por su matronímico dentro del panorama del arte naif cubano y en el más amplio contexto del llamado por muchos arte mágico caribeño, que sin duda se han visto resentidos por su reciente fallecimiento en pleno apogeo creativo tras un año de enfermedad maligna.

Amén de series más figurativas como los pícaros Pipisigallos, las orishas, y las Infantas, negritas éstas costumbristas, decimonónicas y landalucianas, donde se descubre la actitud lúdica, de tintes naif  más “correctos”, Montebravo trasciende vertientes, exóticamente ligths, de remuneración garantizada, y se adentra en una poética compleja, que no regala significados ni delata referentes concretos, como las líneas temáticas ya citadas, o como las obras de indiscutibles hitos del arte mágico cubano nombrados Belkis Ayón y Manuel Mendive, de inspiración explícita en dédalos esotéricos de las religiones y sectas afrocubanas; como el realismo mágico o surrealismo mitológico de sustratos subjetivos, bucólicos y menos complejos, latentes en las obras coloridas hasta el abigarramiento de Pedro Osés, en las figuraciones blanquinegras de Zenia Gutiérrez, en la más libre imaginería campesino y marinera de José Basulto; cosmovisiones estas igualmente asumidas por Ramón Rodríguez (El Güije) desde una perspectiva más estilizada y gráfica, de cierta incidencia africanista; tampoco llega a derramase en geniales caos semiológico-figurativos que son las coloristas descargas de adrenalina y sarcasmo con que Julián Espinosa (Wayacón) abofetea preceptivas.

En sus obras más enigmáticas, insinuantes hasta alcanzar sensualidades otras, ajenas, donde la fisiología no vale, sólo los hálitos, Montebravo renuncia a elaboraciones meticulosas, a la tentación del costumbrismo y la anécdota, generando en tela y cartulina figuraciones frágiles, lánguidas hasta el onirismo alienante de un Miró, cuya transparencia les otorga la densidad de un arquetipo, mutable, flexible, continente de la génesis de todas las formas. Estas figurillas sutiles son silfos y espíritus elementales pertenecientes a todos los contextos y ámbitos, de esencias acomodables, listos para ser cribados por las más variopintas cosmovisiones, adscribiéndose a la conveniencia de cualquier sistema mitopoético.

Dentro de su prolífica producción, piezas como Entorno caribeño, Escena Fantástica, Las imágenes vuelan, Escena en Rojo, Meditación, Tiempo Atrapado, Proyecto de Ser, la serie Situación, y hasta la alegoría martiana  …y en los montes, montes soy,  hablan de la pureza, inasible desde la burda sensorialidad, sólo presentida por la memoria arcana, tras el previo despojo de todo condicionamiento civilizatorio occidental.

Montebravo articula su universo simbólico desde presupuestos surrealistas propuestos por el Bosco, Miró o el cubano Fabelo, salvando las distancias, con la capacidad de calmo extrañamiento heredada de Fidelio Ponce de León, pero con la consciencia de libertad creativa enarbolada por artistas naif como Wayacón y Noel Guzmán Bofill.

El cienfueguero Montebravo, no es un naif de cuna, instintivo, pues cuenta con graduación académica (Profesor de Geografía) Es un naif converso, que voluntariamente estudió y abrazó los disímiles afluentes de esta corriente, la profesa a consciencia, la eleva a planos místicos y filosóficos, desde la actitud contemplativa del chamán y el opiómano, cuyo amodorramiento de los sentidos permite la irrupción de fuerzas mágicas olvidadas, agazapadas más allá de la pared del sueño, presentidos sus contornos por la mano ya inmóvil del pintor. 


Por: Antonio E.González Rojas