Juana Rosa PitaLa pregunta sobre identidad atraviesa el pensamiento contemporáneo. En tal sentido la noción de identidad narrativa de Paul Ricoeur resulta uno de los aportes teóricos de mayor riqueza operativa al focalizar el sujeto como acontecimiento discursivo estético, privilegiadas las formas de rememorar y percibir, de inventar y fabular.   Memoria e imaginación se entretejen en la identidad narrativa, hilo tramado por la ficción. En este sentido, Ricoeur retoma las acepciones aristotélicas de  mímesis, no calco o duplicado, sino mediación entre tiempo y narración, y de mito como puesta en trama: hacer sobre un hacer. Su idea de mito va al encuentro del entendimiento de ficción a modo de “laboratorio de formas” porque, para él, identidad narrativa es inseparable de ficción.

Al pensar la identidad narrativa en la fabulación mitológica, recordaría, además, que el mito supone el significado de una forma ambigua y contradictoria, llena y vacía, pensando con Roland Barthes. Como significante de diversas formas posibles, el mito se vacía, se evapora, deja atrás su contingencia de letra ya establecida en la historia de la cultura. Lejos de esconder sus funciones, las exhibe, ellas contribuyen a hacerlo significar diciendo lo que se quiere escuchar, si bien sus signos no son arbitrarios

El mito congela los significados, pero para lanzarlos a una semiosis sin fin. Su sentido no es un ejemplo, un pretexto de presencia real o alegórica. Interpela a partir de analogías. La lectura diacrónica del mito conserva las huellas activas de anteriores interpretaciones. Leído en sincronía, nos sitúa ante una historia verdadera y, a la vez, irreal. El significado crea nuevos significantes, leer literariamente un mito es entrar en esa vasta red de formas que significan. 

Así, cuando leo Eurídice en la fuente (1979), de Juana Rosa Pita, mi pregunta se dirige a la identidad narrativa y, en particular, a una de sus variantes: aquella en la que el sujeto poético se constituye como autor y lector de la tesitura de su vida en un sistema semiológico de segundo orden, en este caso mítico, al figurar sus experiencias vitales en la mediación simbólica.

Sobre la peculiar estética compositiva del libro, su autora llama la atención:  

Notarás que Eurídice en la fuente, a diferencia de Viajes de Penélope, que surge tras una lectura de La Odisea, no se mantiene apegado a la trama original dando una visión coherente sobre ella desde lo íntimo. La ‘tela’ es emblema de la estrategia espiritual que potencia el cumplimiento del futuro que se espera. La poesía: blue-print de la realidad. (BOLAÑOS,  2008: 152) 

Sobresale la imagen del blue-print tan expresiva de la poetica autoral. La trama o tela narrativa es desplegada en la temporalidad de vida y referida a una identidad en proceso, que se inscribe mitológicamente sobre fondo de textura más realista. Blue-print, palimpsesto, ficción de segundo grado, metalepsis de autor que transita entre los niveles autoficcionales realistas biográficos y míticos fantásticos. Significativa, además, la dimensión utópica de la trama mítica. La temporalidad alude no solo orígenes, sino a un proyecto, es acontecimiento por venir. En el espíritu del simbolismo de la alta modernidad, las mediaciones del símbolo son múltiples y plurívocas, de resplandecientes sentidos espirituales en la inscripción memoriosa de lo memorable.  

Eurídice en la fuente está integrado por tres partes: Tiempo Natal, Eurídice y Tiempo Final. Esta  forma tripartita  nomina figura y tiempo, tiempo y narración, en la pauta de la mimesis, situada la fabulación mítica de segundo grado, explícitamente, en el centro del marco temporal.

La primera parte del libro privilegia el raconto de biografemas, momentos significativos del vivir que destellan, sobre todo, la infancia, memoria reconstruida a partir de restos y rupturas. El imaginar memoriosamente es consustancial al acto discursivo. La escritura se asemeja a un trabajo de duelo, la historia personal fluye, como piensa Vincent Colonna, es  un río de afectos, de un agua muy pura, individual, pero desembarazada de su materia psicológica (COLONNA, 2004: 112-113). Esta abertura inscribe la experiencia traumática de las separaciones: del cuerpo matricial, de la patria/matria y del erótico-amatorio. En el poema llamado “Tiempo Natal”, que inicia el libro, se presenta una figura femenina oximorónica y en rito de pasaje, hecha de pasado y oriunda del futuro, que sobrevive en la música y cuyo destino está ligado al alba, cuando recibe sombra a sombra, la sangre, figura que preludia la mítica de Eurídice sin aún explicitarla. Prehistoria, antes de ayer, destiempo, trayectoria, nostalgias, viaje a la raíz, los títulos y el contenido de los textos que integran esta primera parte de Eurídice en la fuente tienen mayormente un carácter autoficcional de sesgo biográfico. Los avatares temporales permiten hilar con el sueño la vida. Esta tiene la forma de un mapa vitae de cartografía inquieta, en la que la fuente es emblemática: “Me pasé la niñez al borde/ de la fuente”[1] (26). O, a modo de contraste, en otro poema: “La niñez se me cayó en la fuente […] No hay justicia bajo el agua” (22).  En “Antes de ayer”, al hacer el inventario de los dones de la infancia en una enumeración in crescendo, el sujeto poético dice, como punto de remate de su recuento, que le queda una fuente. Con poderes mágicos, reaparece: “Y hay un negro: Lorenzo/ me dice que la fuente hará/ renacimiento” (25). Topo sagrado para pensarse en relación a un caudal oculto de belleza, patrimonio primigenio, sueño, resurgimiento es la fuente, enunciado metafórico de múltiples significados en su trabajada sencillez, ficción en una ficción más compleja, cuyos sentidos se reinterpretan en todo el libro, compuesto por variaciones temáticas.

“Tiempo final”,  tercera parte de Eurídice en la fuente, se dedica al tema de la muerte, fin que presupone todos los principios. Es una vuelta a la memoria de la infancia y del país de origen de la abertura, interpretados con mayor intensidad y abstracción en esta parte final para trazar un círculo perfecto, ese tiempo redondo, paradójicamente abierto, que encontrará su forma más completa años después en “El nuevo tiempo”, de Proyecto de infinito (1991). Este espacio-tiempo autocreativo y superador de la muerte en “Tierra nuestra” se vincula a los orígenes, a la voluntad de pertenencia a una comunidad espiritual: “La patria que lejana está conmigo/ a ti te necesito siempre” (58). En una sugerente enunciación metafórica de su diáspora: “el desgarrón/ que nos volvió veloces y nos tiene/ girando” (58), el yo discursivo se afirma en su imaginario: “Abrazo: nuestra patria en el tiempo/ donde crece Nosotros balbuceando/ la ternura natal” (58). Como desenlace de un discurso sobre y contra la muerte, “Tiempo Final” adopta el tono de una desiderata, tanto conclusiva como augural: “Y que mi sombra alumbre tu camino” (62). El tiempo de la muerte, fecundado por el amor, se cierra sobre sí, sobre lo vivido, para iluminar y abrirse a lo desconocido, “sombra adentro” (47). Esta dialéctica de vida/muerte, distintiva de la poesía de Juana Rosa Pita y llave de su interpretación del mito de Eurídice, es además evocada por otros reflejos especulares del poemario. Dafne, al realizar su metamorfosis deviene árbol eternamente verde. No menos presente, si bien implícita en este libro, resulta Penélope, hacedora arquetípica que intercambia rasgos de identidad con Eurídice. De modo significativo, en Viajes de Penélope, se explicita la fina trama: 

Yo Eurídice
si la tierra me tiembla melodías
soy Isis
resucitando a mi hombre cada muerte
porque aún hay tanto mar
vivo Penélope (PITA, 1979: 6) 

Hechas  de sueño y sombras, en la espera esperanzada, vida y muerte se penetran a través de la obra del amor, denotando el carácter cíclico ascencional del ser en continua renovación de sí mismo y su poder demiúrgico. Pudiera pensarse, con Marta L. Canfield, que se trata de  “una compleja entidad femenina, un ánima, un modus, que de siglo en siglo y de cultura en cultura sigue aflorando mediante diosas, semidiosas, mujeres legendarias. En este caso en particular: Eurídice, Isis y, precisamente, Penélope.”(CANFIELD, 2007).

Y dejo para el final la segunda parte del libro, “Eurídice”, articulada por el mito, si bien no se pierden los sentidos autorreferenciales. Minimalismo y magnificación mítica conviven armoniosamente en el poemario. A propósito de la narrativa autoficcional biográfica, Colonna observa que se instala un equilibrio dinámico entre la estructura exigente de la ficción y un material personal compuesto (COLONNA, 2004: 111). En el interior de esta tensión compositiva, se comunican la ficción del mitema de Eurídice y los biografemas de un yo de apariencia autobiográfica, que se cuenta e interroga. La autora realiza un continuo cruce de fronteras desdibujadas “entre su universo vivido, extradiegético, por definición y el intradiegético de su ficción” (GENETTE, 2004, 36), en una especie de metalepsis de autor, convertida su figura autorreflexiva en acontecimiento de la ficción que comunica mundos al atravesarlos.

Como espejos internos funcionan los metapoemas “De tu fuente”, “Nota confidencial” y “De la necesidad de la muerte”, en los que la mujer que canta despliega su poética del amor. “Carta a Orfeo” hace de Orfeo un doble de Eurídice, hecho a contrasueño: “pálido/ como en trance de sombras” (43), prefigurado el fin como en la épica antigua. En “Reverso” los roles míticos canónicos se trocan en el conjuro: “Que yo te de la espalda/ y entre en mi soledad/ como en un canto antiguo”(36). Los ecos, sombras, reflejos son aquí más intensos.

El juego compositivo de inversiones, reinterpretaciones, transgresiones, dominante en esta parte central, se hace ostensible en “Compás de adiós”, que sigue la línea narrativa del mito, a punto Eurídice y Orfeo de separarse, pero desde otra perspectiva instaurada por el silencio: “Ya se me olvida hablar/el silencio se ha vuelto descifrable” (44), motivo paradójico de “Si Eurídice hablara”. Precisamente, en relación a este poema, la autora define aspectos principales de su poética órfica, de resurrección por la palabra, en nexo esencial con el imaginario del mito:   

 

la poesía es para mí resurrección de la emoción por la palabra, de la palabra por la emoción. Esa dinámica que vence la muerte en cualquier sentido. El rescate del infierno en que caen personas y pueblos cuando en su vivir la historia de sus relaciones, descuidan el subsistir en la eternidad mediante la belleza que alimenta el alma. Mi visión fue siempre intuitiva vivencial, y uno de los niveles en la estratificación de sentidos es la poesía misma y su misterioso alzar " la Eurídice dormida/ hacia la superficie de la vida", como dice "Poética" de Alfonso Reyes (pequeño gran poema que me conmovió cuando recopilaba poemas ars poetica hispanoamericana para mi tesis doctoral en Washington a fines de los setenta); y yendo más lejos, darle o devolverle su voz perdida: "Si Eurídice hablara", como dice mi poema.  Entonces el silencio rinde sus mejores palabras. (BOLAÑOS, 2008: 152-153)

 

Eurídice, tema principal de esta parte de gran movimiento compositivo, recurre en todo el libro. Asociada a principios dadores de vida, autoconocimiento y amor, resulta el hilo vital de esta nueva puesta en trama. Su figura multifacetada supone un juego de espejos que combina los trazos autoficcionales y míticos emblemáticos. Con tan rica significación,  Eurídice es también fuente de sentidos de la poesía ulterior de Juana Rosa Pita. En Pensamiento en el tiempo, libro de plenitud que integra la trayectoria creativa, el mito sustenta una matizada trama metaficcional: “Y la más bella historia revivimos/ de modos infinitos, por pensarnos/ esencialmente fieles al origen/ de nuestra desencadenada búsqueda.” (PITA, 2005: 12). La dinámica excéntrica de la busca se vuelve hacia su fuente primigenia en acto de fidelidad identitaria. “Manuscrito de la sibila” despliega el discurso de la temporalidad como recuerdo de un porvenir “camino de la fuente que hallaremos.” (PITA, 2005: 25). “El tiempo en una imagen” figura los signos identificadores de un yo que habla en un movimiento tanto ascendente como de viaje a la semilla: “Convergir a la altura del follaje/ o de las raíces, restaura (contraseña)/ la fuente de la infancia a Eurídice.” (PITA, 2005, 46). Una proclamación de los vínculos de historia y mito, en sentido inverso al habitual, puede encontrarse en “Soledad transitiva” que identifica la acción genésica del arte sobre la vida:

 Mucho aprende la vida del poema
del relato bien hecho, sin apercibirnos
va narrándose con ritmo
              al compás de objetos mágicos
convocados del hondón del tiempo,
signos vivaces de sentido. (PITA, 2005: 43)

En sesgo metatextual afín, iluminando modos de pensarse y de componer presentes desde Eurídice en la fuente, “El factor Emily” es un poema de síntesis: “imágenes de vez en cuando saltan/ a bordo las palabras, memoriosas,/de la fuente del eterno relato” (PITA, 2005: 86), devenida la fuente, como la vida misma, caudal inagotable.

En verdad, en relación isomórfica con Eurídice, la fuente también forma una red hipertextual en el discurso de Juana Rosa Pita, por tanto, imposible no reparar en su diacronía. Como declaración de poética, aparece en la “Nota de la Autora” de Sorbos de luz (1990), donde afirma que los poemas oriundos de la fuente de belleza “son en esencia claves para transportar a esplendor las cosas de este mundo” (PITA, 2002: 83).  Tela de concierto (1999) invoca  la obsesión de los cosmólogos por la materia oscura “aunque lo mismo daría llamarlo fundamento del ser, callar de Dios o Fuente. Se refieren, por supuesto, a lo invisible, que es casi todo.” (PITA: 2002: 113). En “Eros órfico”, de Y seremos oriundos de la armonía (2000), la enunciación erótica modula las inflexiones míticas y místicas de la fuente; los sujetos, tejidos con la leve y poderosa trama de los sueños proyectivos, se autoengendran en la constancia amatoria, a hechura de la fuente, espejo divino:

Si sólo puedo amar tu cuerpo unido
a la fuente en que se contempla Dios
nuestro hermoso dilema es no morir:
hacernos al amar,
ser tú y yo por las vidas de las vidas.
Aunque sepan las almas que es un sueño. (PITA, 2002: 150)                              

A modo de un haz de significados anagógicos, simbólicos, también  biográficos-culturales aparece la fuente. En esta visión abarcadora, a partir de un tema estructurante, Alexander Pérez-Heredia resalta que Pensamiento del tiempo (2005) comienza con un viaje “Camino de la fuente”:

como si la escritora, en el inicio de cada aventura poética, fuera en busca de la lejana fuente en el jardín de la infancia habanera para encontrar el surtidor que la libera de los límites de lo temporal. La fuente que proviene para muchos del pantano de la memoria y se considera imagen del alma es origen de la vida interior y de la energía espiritual, el lugar sagrado del saber que siempre habita quien persiste en su búsqueda, su agua lustral es la sustancia misma de la pureza y la regeneración. (PÉREZ-HEREDIA, 2005: 100)

Eurídice y la fuente en la poesía pitiana aluden al tiempo existencial entre el nacimiento y la muerte,  también el tiempo cósmico del mito en el que los instantes se suceden sin fin, ambos trascendidos en un tercer tiempo, el tiempo humano, así nombrado por Ricoeur, consustancial a la identidad como narración, acto de creación en el lenguaje que nos relaciona con el tiempo del mundo y de los otros, permanencia y pertenencia al tiempo como signo de identidad personal en tránsito. 

Con la visión de Eurídice y la fuente en sus germinaciones de tiempo humano, retorno a la figura mítica inaugural de Eurídice en la fuente, conjeturando sobre sus significados. Es ella quien hace posible al poeta, sea Orfeo o la propia Eurídice, tramar el canto, la urdidora de saberes que aprende a descifrar el silencio, la que envuelta en soledad corre detrás del amado, sin ángel que se apiade de ella cuando Orfeo se destierra de su noche. Sobre todo, Eurídice es aquella capaz de renacer a la vida bajo una forma inédita y deslumbrante. En “A Orfeo”, Eurídice se autoconfigura dialógica y experimentando una metamorfosis de luminosa:

Soy imagen soñada por la tierra
que vas desperezando con tu música

amo en tu sinsabor lo más callado
y en tu desesperanza lo desnudo
y me desangro al filo de la aurora:
transportando tiniebla me convierto
al trigo luminoso. (29)

 Con la visión intensa y fulgurante de la nominación simbólica, la autora hace del discurso de Eurídice una pequeña pieza de orfebrería que se engarza en las imágenes del poemario. Orfeo es amado en lo más callado y desnudo, no en su fracaso, sino cuando despierta la tierra con su música, hasta devenir Eurídice, en su autorrevelación, cifra del relato mítico. Al igual que Penélope “dinamiza su ser en una capacidad fundadora [que] constituye una variación en el patrón mítico” (BARQUET, 1999: 62) O, como indica Virgilio López Lemus, al identificar la mujer poeta con Penélope, “tejiendo la tela esencial, pero ahora con matices de plenitudes.” (LÓPEZ LEMUS, 2002: 8).

La interpretación de Eurídice de Juana Rosa Pita tiene como motivo dominante la transformación en el tiempo humano. Esta otra Eurídice contesta las representaciones de la identidad inmutable. La poeta, y de nuevo invoco a Ricoeur, muestra el cambio como factor poderoso en la cohesión de una vida. La identidad en Eurídice es un sí-mismo (ipse), estructurándose en la dinámica temporal

 A la pregunta sobre su identidad, la Eurídice del poema final del libro responde. Pero más que definirse, se caracteriza en su hacer y fe. Sabedora de la humildad relativa de su nombre y habitada por sus sueños, Eurídice se rehace en el instante en que consigue dejar atrás el infierno, que es también el instante eterno del canto:

No sé quién soy pero me habita un vivo
engranaje de dioses que en mi ausencia
inventaria los sueños, a paciencia
y sombra de mi frente. Relativo

es mi nombre de hoy. Superlativo,
el oro encadenado que potencia
la siempre fresca olímpica ocurrencia
colonizando mi alma sin motivo.

Soy un trompo girando por la acera,
aunque nadie lo crea, verdadera,
que bordea las horas del trasunto.

Dejo atrás el infierno siempre: a Orfeo
le piso los talones porque creo
en su espalda y su música y su asunto. (68)

 

Si la Eurídice del poema homónimo de la segunda parte de Eurídice en la fuente se configura en un posible y deseado nuevo evento de vida: “Envuelta en soledad: sudando nubes/ corro detrás de ti/ hacia la vida” (46), la figura mítica de “Eurídice siempre” es la plenitud transgresiva de un final en tono menor, aunque finale majestuoso de la música sinfónica. En la oscilación de estos sentidos, el último poema y los textos de Eurídice en su conjunto crean un novedoso arquetipo de mujer artista: trompo en movimiento, bordeando las horas del trasunto. Eurídice nos devuelve al blue-print, invocado por ese trasunto. Su imagen es de sobreimpresión, ella se forma sobre sí misma para ser, no solo génesis y fuente, sino el propio canto.  

Juana Rosa Pita trama una versión de notable intensidad imagética y conceptual. Como hacedora de poesía y encarnación del acto poético, Eurídice es una nueva forma mítica que reinterpreta el motivo del ascenso de la noche al día, de las tinieblas a la luz, presente en casi todas las cosmogonías como principio y matriz fundacional, cumpliendo un camino del infierno a los círculos luminosos de la armonía creativa, de la antropofanía poética y del amor, camino de la propia transfiguración en el hacer verdadero, que salva su propia vida. Para ello, la autora desarrolla su poética de la luz, en la estela del Paraíso dantesco, acaso también en el espíritu de Händel, Beethoven, Malher, referencias musicales clásicas del tema de la resurrección. Con hondas resonancias simbólicas en el cántico espiritual, la individualidad desaparece dando paso a las formas del ser trascendente. El trigo luminoso compartido, la salida esperanzada hacia la vida, la fe en el canto, materialidad espiritualizada y espiritualización del mundo de la vida que nomina la transfiguración catártica del alma, todo consagra la pasión por la luz creativa como el preludio de una estado de júbilo y éxtasis, mística de realización humana. De filiación neoplatónica y teológica metafísica que, entre otros significados, concede particular contenido simbólico a los multifacetados reflejos humanos en el espejo sagrado, el nuevo mito de una Eurídice en movimiento hacia el centro analógico iluminador del universo, que la música y el canto poético simbolizan, forma parte sustancial de una travesía de la poesía cubana, de José Martí a José Lezama Lima, en la que se inscribe el discurso de Juana Rosa Pita al crear, en armónico diálogo con las fuentes clásicas, sus propios mitos.

En ese espíritu liberador de los años 80, o de cualquier época de crisis profunda, Juana Rosa Pita crea un mito de reconstitución después de experiencias devastadoras, asumiendo la mitificación utópica en nexo profundo con su experiencia de diáspora. Como escritora de fronteras, de espacios limares e intersticios, nada en su versión es definitivo. La recreación del sujeto femenino mítico en la busca de sí aparece como un proceso inconcluso. También los niveles de lectura son móviles, en correspondencia con la identidad narrativa y la figuración mítica que, sabemos, es paradójica. Las aperturas simbólicas contribuyen a instaurar un lector semiótico, aquel que se pregunta sobre la composición del texto y sus figuras, que deberá actuar como lector de su propia vida, intentando comprenderse a sí mismo a través de la ficción. Un lector, además, interesado en la relectura mítica, cuya competencia intertextual ha sido activada. Al vaciamiento de la lectura mítica, sucede la plenitud interpretativa de los renovados sentidos. A la ortodoxia sucede la propuesta heterodoxa: la historia ya no es contada desde o por Orfeo, Eurídice, cargando tinieblas, deja atrás el infierno definitivamente, la muerte puede ser un inicio jubiloso, los tiempos del nacer y el renacer se enlazan, las metamorfosis creativas no son solo resistencia, sino transfiguraciones de una identidad en camino. Y, así, ab libitum, de acuerdo con nuestra lectura de época, personal, advertida, porque “El suprasentido intertextual es horizontal, laberíntico, rizomático e infinito” (ECO, 2003: 218). Gozosamente entramos en ese reflejo multiforme, irradiante, que torna posible otras formas de conocimiento y placer estético. Al mirarse en el espejo de Eurídice, la poeta abre preguntas cardinales. Nosotros, lectores, al mirarnos en el espejo de la ficción, nos preguntaremos de nuevo ¿quién soy?

Referencias

BOLAÑOS, Aimée G. Poesía insular de signo Infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora. Madrid: Betania, 2008.

BARQUET, Jesús J. Escrituras poéticas de una nación: Dulce María Loynaz, Juana Rosa Pita y Carlota Caulfield. La Habana: Unión, 1999.

BARTHES, Roland.  Mitologías.  México: Siglo XXI, 1980.

COLONNA, Vincent. Autofiction & autres mythomanies littéraires. Paris: Tristram, 2004.

ECO, Umberto. Sobre a literatura.  Rio de Janeiro/São Paulo: Record, 2003.

GENETTE, Gerard. Metalepsis. De la figura a la ficción. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004.

PÉREZ-HEREDIA, Alexander. “Las estancias del ser en la poesía de Juana Rosa Pita”. Cuadernos del Matemático, no.35, Madrid, Diciembre, 2005, p. 99-101.

PITA, Juana Rosa. Eurídice en la fuente. Washington-Miami: Solar, 1979.

--------. Cantar de isla. Selección y prólogo de Virgilio López Lemus. La Habana: Letras Cubanas, 2003.

---------. Pensamiento del tiempo. Miami: Amatori, 2005.

------------------. Viajes de Penélope/ I viaggi di Penelope. Prefazione di Martha L. Canfield. Postfazione di Reinaldo Arenas. Pasian di  Prato: Campanotto Editore, 2007.

RICOEUR, Paul. Sí mismo como otro, Madrid: Siglo XXI,  1996.

----------. Del texto a la acción, México: Fondo de Cultura Económica, 2001.                                                  

 Este artículo constituye una versión de “Interpretaciones de Eurídice”, ensayo de Poesía insular de signo Infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora. Madrid: Betania, 2008. El libro en su segunda parte, Conversaciones, incluye una entrevista a Juana Rosa Pita, titulada “La poesía, única forma de lucidez que no desampara la sombra”.  



[1] Todas las citas pertenecen a Juana Rosa Pita. Eurídice en la fuente. Washington-Miami: Solar, 1979.


Por: Aimée González Bolaños