Julian del casalJulián del Casal, el nieto del pescador, el hijo del vizcaíno, cuando murió su padre, escribió solemnes versos que decían tuvo el alma más triste que la muerte. Su madre había fallecido antes, siendo él muy pequeño. Este triste acontecimiento lo volvió extraño...Melancólico. La madre había muerto para no padecer la pérdida prematura de su hijo. El padre vivió triste porque presintió, antes de morir, que sólo treinta años viviría el poeta. Después de la muerte del vizcaíno, el joven poeta se fue a vivir a una pequeña habitación situada detrás del sitio donde estaba la redacción de La Habana Elegante.

Las paredes fueron exóticamente decoradas, las puertas entornadas para que el mundanal ruido no lastimara. Allí lloró y leyó a sus franceses favoritos. Colocó Les fleurs du mal en lugar privilegiado para verlas y regarlas constantemente. Bajó a los infiernos de Rimbaud y se miró en las oscuras aguas del Sena, caminó en sueños por un París lleno de luz que cubrió los ojos del poeta habanero con la niebla de la nostalgia.

La fantasía lo cubrió todo. Al despertar y sentir la angustia de la realidad, volvía a entornar los ojos y se iba nuevamente por rumbos desconocidos. Amó tanto la belleza como el aroma del sándalo. Se recostó en cómodos cojines para ver pasar la belleza por detrás de los biombos, para mirar cómo la belleza se regodeaba en el borde de los jarrones. Escapó detrás de cuanta ave blanca escuchaba aletear mientras se abanicaba y se abanicaba. Así perdía noción de tiempo y espacio. Así cualquier alimento sobraba.

En pos de la belleza escurridiza, viajó a España y planeó visitar París. Hay sueños que más vale no cumplir. Así sucedió con su viaje a Francia. Allí quedaron las orillas del Sena y sus cafés. Cuando perdió dinero, ropa y aliento, regresó a La Habana, como quien volvía a su madre santa y muerta, a su padre muerto y vizcaíno. Pero sin los abrazos de este y sin los desvelos de la otra.

Había vuelto viajando codo a codo con los jornaleros de peor olor, los que no podían, aún si hubiesen querido, revivir la seducción del sándalo. El vapor se acercaba a la bahía de La Habana cuando Julián trenzaba el cabello a un torero, a cambio de unos cigarrillos. Habría sabido alguna vez el matador cuáles manos eran las que amasaron su pelo y le acariciaron la sien.

Al volver no tuvo opción. Aceptó un trabajo mal pagado de corrector de pruebas. Vivía para ese entonces en un cuartico próximo al patio de la librería La Galería Literaria . Siempre cerca de los versos y la palabra. Limpio y ordenado, cosía él mismo su ropa –negra como la de Baudelaire- y debajo de la cama guardada (o escondía) un latón de zinc que usaba para bañarse y al que llamó en versos: “tina de mármol rosa”.

Por aquella época, estrechó relaciones con la familia Borrero y en 1892, un año antes de morir, la luz vino a su puerta. Conoció a Rubén Darío a quien dedicó verdaderas loas. A los pocos días que duró la presencia del nicaragüense en La Habana, sucedieron horas de soledad. A los días de euforia, siguieron otros de monacal encierro y aumentó su obsesión por la belleza y por París.

Al año siguiente se desgarró su salud. La tristeza y la fiebre se agravaron. La respiración empeoró. Unos días antes de morir escribió a Darío, refiriéndose a su enfermedad: todos aseguran...que es un mal obscuro y misterioso ...

Dos semanas después de haber escrito esa carta, el hijo del vizcaíno, el nieto del pescador, asistió a una invitación a comer. En la sobremesa, algo provocó la carcajada del meláncolico, del extraño. De pronto, de la risa comenzó a fluir un torrente de sangre. Como si de tanto esfuerzo la carcajada se hubiera vuelto líquido derramado. Así se le escapó la vida, el sueño de París y de cualquier ciudad del mundo. Los morbosos anhelos se convirtieron, al fin, en muerte segura.

Triste gloria trae este año dos mil siete. Harán ciento catorce años que murió Casal. Pero también se conmemorarán ciento cuarenta y cuatro de su nacimiento. Su vida fue tan breve como la más delicada línea de verso. Casal, el nieto del pescador, el hijo del vizcaíno, sigue siendo, como dijo Dulce María Borrero, algo así como la entrada de un ancho rayo de luna en una estancia desierta que estuviese, en sus cuatro paredes, revestida de espejos .

Laura Ruiz
Por: Laura Ruiz