(A propósito de Km 100. Producción visual de los noventa en Matanzas)

¿Qué pasa con los años noventa que tienen el extraño poder de parecernos lejanos y cercanos a la vez? ¿Qué pasa con los años noventa de los cuales a ratos queremos olvidarnos definitivamente y cinco minutos después nos sorprendemos rememorándolos y sacando anécdotas de la chistera del mago?  ¿Qué provecho tiene recordar esa década de pobreza material? Acaso ¿ya está todo dicho sobre ese período? Obviamente no. Una de las razones, a mi juicio, por la que seguimos estudiando y revolviéndonos en las bilis de la temporada de marras es porque aún resulta impactante constatar como en un lapso de tiempo en que la isla estuvo económicamente casi paralizada existían otras norias que se movían, con menos penumbra, concibiendo nuevas expresiones culturales, lo cual hace que hurgar allí –hoy– aun nos depare sorpresas.

KM100

“Cuba es labana y el resto es área verde”, hemos escuchado más de una vez quienes vivimos en esa extraña otredad que es “la provincia”. Área verde también eran los Jardines Colgantes de Babilonia y el Jardín del Edén. Y una vez superada la herida de lo anecdótico, podemos pasar a preceptos más interesantes. No obstante, si en el pensamiento insular se unen “área verde” y aquello que nos dimos en llamar “período especial” y acercamos ambos al estudio de las artes visuales en Cuba, entonces todo se torna más complejo. Asoman, agazapados, en actitud de sospecha, dos códigos innegables: el reajuste  de las prácticas simbólicas y discursivas y una nueva manera de acceder a los circuitos de validación y mercado. O al menos eso es lo que sucedía, a manera general, en aquello que parecería ser no ya “área verde” sino centro y canon.

Pero... ¿qué pasaba a 100 kilómetros de la capital? La respuesta necesaria a esta pregunta –y a otras– es posible encontrarla en Kilómetro 100. Producción visual de los noventa en Matanzas, de la filóloga, museóloga, curadora y especialista de las artes visuales, Yamila Gordillo, publicado por Ediciones Matanzas, en el recién concluido 2015.

Era fácil entonces –sigue siéndolo– entender por qué muchos artistas se marchaban de la isla, de sus provincia, de su casa, de su barrio. ¿La pregunta acaso no sería otra? ¿La pregunta no sería más bien: por qué se quedaron quienes lo hicieron? ¿qué pasó con ellos? ¿cómo se insertaron en la problemática del arte de aquellos días? A eso es a lo que se refiere Gordillo en estas páginas donde historiza la producción visual en un momento muy difícil de hacerlo en tanto, como es posible comprobar en más de una cita al pie de este volumen, la labor arqueológica fue tarea de primer orden.

Fotografías que nunca llegaron a realizarse por la penuria no pueden dar fe de las obras realizadas. Suplementos culturales y periódicos que desaparecieron no pueden reseñar las exposiciones concebidas. Y he aquí uno de los grandes méritos de este libro: el rastreo no solo de valiosas fuentes documentales sino también el magnífico uso de entrevistas a artistas y curadores y, más que todo, el sentido común de hacerlo justo cuando aun quede quien lo recuerde y está dispuesto a desempolvarlo, lo cual no es un detalle menor. Es por ello que esta faena investigativa se mofa de lo provisional para erigirse en memoria de la labor de cada artista que aparece estudiado en este compendio a la vez que deviene memoria colectiva de toda la tensión existente entre el poder de las instituciones y el poder creativo.

Conceptualizar la formación de grupos, su labor de resistencia no solo frente a las adversas condiciones económicas sino también frente a los procesos extrartísticos en la “provincia” donde el gris a ratos puede tornarse más opaco por increíble que parezca, es el poder de este ensayo que cubre la producción visual matancera de 1992 a 1999, apoyado por valiosas imágenes de obras, rescatadas de archivos varios.

El estudio de los contextos, su incidencia en la creación artística; los viajes de ida, siempre con regreso, de los artistas a la capital y a becas y exposiciones en el extranjero; su inserción en los circuitos del arte, entre otros postulados, queda documentado en estas páginas que son una suerte de bitácora de la mutación.

Artistas de diferentes promociones y con variadas poéticas aparecen valorados en una estructura regida por el orden cronológico en el contexto provincial de una importante etapa para las artes y la cultura del país.

Las reflexiones en torno a estrategias artísticas; la fecundidad de unos años y la parquedad de otros expresada en muestras personales y Salones Provinciales; el alcance de significativos proyectos curatoriales que redimensionaban aquello que sucedía en la urbe capitalina, iluminan este libro. El criterio de que una obra de arte lo es –más que todo–  no por referencia a un determinado canon, tabulado antes y fuera de este, sino por su capacidad de abrirse a sí misma para liberarse de obediencias culturales recorre estas aseveraciones de Yamila Gordillo.

Hay que agradecer entonces a su autora este estudio que, cargado de referencias histórico-sociales y topográficas pero sin abusar de ellas, se construye muy dignamente sobre valiosas vías de acceso al contexto periférico. No queda otra que gratificar este volumen investigativo, interpretativo y reflexivo que trasmite con certeza una experiencia teórica abierta, libre, capaz de ayudar a configurar el todo desde las partes, con ese imprescindible y absolutamente necesario aliento de verdadera integración nacional en el arte y la cultura cubana que todos desde hace tiempo estamos esperando.


Laura Ruiz Montes
Por: Laura Ruiz Montes
Poeta, editora, crítica de arte. Directora de la Revista del Vigía y de Mar Desnudo