* Palabras de presentación del libro La Vena Rota. Ediciones Vigía, abril 2010

La vena rota. Rolando EstévezCuando un hombre se sienta a pensar en cómo ha transcurrido su vida, en qué estaciones quedaron atrás talismanes, ofrendas, recibimientos; no hay otra salida que expulsar el aire doloroso que ha invernado en sus entrañas. Ahora bien, no es tan sencillo como parece; sobre todo, cuando no se trata de un capricho, ni de una búsqueda romántica de la tristeza; sino del inevitable destino que llega y golpea como un niño travieso y desobediente. Entonces, quizás no se trate de resguardos contra la mala suerte, ni mucho menos de olvidar con engaños lo que se ha sedimentado para formar parte indisoluble de la existencia. Más bien pudiera tratarse de una aceptación humilde y conciente de aquello que por su naturaleza no está al alcance de nuestras decisiones. El hombre que es Rolando Estévez ha aceptado que para vivir plenamente hay que comprender por qué somos de una manera, y no de otra; cuáles son nuestras carencias, y en qué medida estas carencias influyen en nuestra personalidad.  El poeta y artista que es Rolando Estévez lo ha dejado plasmado a lo largo de toda su obra. No obstante, a Rolando Estévez le faltaba, en nuestra modesta opinión, mostrarnos la más importante de las aristas: La vena rota, su aorta estrangulada en el instante en se sentó a la mesa familiar y no hubo otros comensales que la soledad y el vacío, sus principales vasos comunicantes interrumpidos en las largas noches insulares cuando las palabras exilio, emigración, Estrecho de la Florida martillaban sobre su esternón.

La vena rota, poemario publicado por Ediciones Aldabón, nos estremece por su gran sensibilidad y su excelente manejo de las formas poéticas. Nos levanta el espíritu, a pesar de su cargado contenido melancólico, y esto se debe precisamente a que la sabiduría del artífice ha convertido la angustia en poesía, ha trascendido las ausencias para dejarnos un buen sabor en la boca. Aunque en ocasiones, con toda intención, el cuaderno roza el melodrama, nunca estamos en presencia del kitsch. Una fusión de coloquialismo y lirismo marcan el ritmo, confluencia que ha sido dictada, pues aquí no hay búsquedas estéticas sino respuestas a una necesidad expresiva que ha encontrado con autenticidad su único sendero.

Estévez fue llevado a un cine de barrio mientras su madre hacía su maleta, pero una maleta nunca perdona los olvidos, pues hay dos torres de fuego que se miran sin tocarse poniendo mar por medio. La hermana de Estévez, en castellano amargo, le traduce las dulces, las ligeras, las extrañas palabras, que en un inglés perfecto le regala la lengua de su hijo. Su padre quiso el mar, el mar tiene el rumor, la bravura, los azules, los verdes, los violetas, los delfines, las algas, los navíos, los tesoros, los peces, los reflejos, los caminos que vuelven a la Isla. Hemos mirado estas y otras imágenes desde la dura butaca de su cine de barrio y nos hemos convertido en sus aliados, sus cómplices, asumiendo, más que una posición ética, una condición: la del viajero sin nervios, que se alza el cuello del abrigo/ para no partir,/para no esperar a nadie.


Por: Israel Domínguez


SELECCIÓN DE POEMAS DEL CUADERNO "LA VENA ROTA"

 

19-12-1969

Una fecha pasada no es camino.

La fecha por venir no es un lugar
frío ni caliente.

Una fecha es tan solo
el pájaro de tinta, negro,
debajo de tu piel.
Cicatriz que no duele
ni vuela.

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Papeles de febrero

No son un  puente
porque un puente es de hierro y hormigón
y siempre sobrevive al que lo cruza.
No son severos como el puente de Tirry,
no vuelan como los express-ways.

No son mi silla,
no pueden amordazarme frente a la mesa,
    frente al mar
para que cumpla tantos años de prisión.

No son el aéreo camino de ida y vuelta.
No son el camino firme porque no dan sombra,
    no dan piedra,
no conducen.

Quizás estén previstos para el envoltorio
de un secreto animal que me trasciende.

Tercos, como el éter en la pantalla
se disuelven en la que bebo y orino.

Agua al fin son inasibles
hasta que tropiezan con la harina, con la sangre
y se empegotan en los dedos
y en las cartas noches del mes.

Pulpa sobria. Alimento.

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El muro

Yo soy un hombre más,
un hombre en dos partido por un muro.

En la parte de mi que soy mi madre
vaga una desconciencia color rosa,
unos guantes muy tibios
para agarrar con pinzas las vísceras sobrantes.

En esa misma parte soy mi padre
llevando el pan a casa,
rugiendo entre las jarcias con toda desmedida.
Blasfemando y muriendo y hasta resucitando.

Y en esa misma parte soy mi hermana,
y canto dulcemente una canción de otoño
con mi traje de niña: violeta, perfumado,
todo de cristalitos.

En la parte de mi que soy yo mismo
ellos vuelven a estar. Los acompaño.

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Casa de mi hermana, 1998

En Orlando, los pintores se van a Disney World
a retocar la sangre en el pecho herido del pato.
Los poetas se van a Disney World
a escribir otros versos que en otro idioma
inmortalicen al pato.
Las camareras de los restaurantes de Disney
lloran sobre las bandejas las hazañas noveladas del pato.
El viento del norte levanta sobre el mantel
un muñeco de nieve que abre sus alas
y ladea la cabeza tristemente, como el pato Donald.

Sobre una cartulina roja comprada en Peral,
junto a las aguas dulces de la piscina
pinto un ángel con la boca morada.
Y en el fondo
pinto a Matanzas
confusa entre el vaivén de la república
y la dignidad del socialismo.
Pinto la torre de su catedral
por donde no sale volando una lechuza
sino una bandada silenciosa que atraviesa el cielo.
Una bandada de emigrantes grises:
a contraluz,
patos de la Florida que regresan.

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Pensando en mi amiga Ruth Behar

Estoy pensando que la ciudad, el país, el mundo todo,,
caben en la maleta del viajero.

Yo llegué a los andenes
los puertos y aeropuertos
con mi maleta hecha.

He dejado salir el tren
zarpar el barco
despejar el avión.

En aquellos lugares soy reconocido
como el viajero sin nervios
“ que se alza el cuello del abrigo”
para no partir,
para no esperar a nadie.

 


Rolando Estévez