Por: Norge Céspedes

Como considera que se ha avanzado poco “en nuestra operatividad cultural en pos de asignarle validez nacional a los procesos regionales que lo merecen”, el poeta, crítico, periodista y editor villaclareño Ricardo Riverón Rojas se ha lanzado a hacer justicia con sus propias manos, conocedor además de que el registro de tal relato “difícilmente pudiera tener por narrador a alguien que no haya participado de manera activa en los hechos objeto de estudio”. Desde su atalaya periférica, Riverón se ha propuesto validar “la representatividad de ciertos procesos culturales que se expresan, hoy, a lo largo de la geografía cubana” y que “con toda su gama de matices” pueden sumarle, “desde lo regional, diversidad y vigor a lo nacional”.

La aldea letrada. Ricardo Riverón Rojas

El concepto de que “la aldea es (también) la nación” ha sido una auténtica obsesión del pensamiento de este autor durante años. Sostener sus criterios en este sentido ha requerido en su caso una concentración y una intensidad productiva fuera de lo común, que además ha suscitado una previsible fuerza de resistencia, a partir de su franca, de su frontal labor de desbroce, y del hecho de ir no pocas veces en contra del ventilador, es decir, en contra de los centros de poder tradicionales.

Testimonio de tan ejemplar tenacidad intelectual es el libro La aldea letrada (Ediciones Matanzas, 2016), donde se reúnen artículos, crónicas, entrevistas y semblanzas en las que, según afirma el intelectual cubano Félix Julio Alfonso en el prólogo del libro, “se habla de construcciones históricas de la memoria y de dinámicas de producción y consumo intelectual en las provincias y municipios de Cuba”. Se trata de textos que en su mayoría fueron dados a conocer originalmente en la columna “Al cantío de un gallo”, la cual es sostenida por el autor en el sitio digital Cubaliteraria.

Además del prólogo de Félix Julio, La aldea letrada cuenta con un “Acta Fundacional (como prolegómeno)”, que precede a las secciones y que está conformado por un artículo titulado precisamente “La aldea es (también) la nación”, en el cual el autor ofrece consideraciones conceptuales que pueden considerarse las tesis que conforman el libro.

Ya en la primera sección, “Callejón del viajero”, se incluyen crónicas que, según dice entusiasmado Félix Julio Alfonso, presenta “la exégesis de las grandes ciudades y los mínimos villorrios, y nos sumerge en sus intersticios y suburbios, barrios o solares donde se encuentra lo más auténtico y secreto de sus habitantes”. Lisboa, Maracaibo, La Habana, Santa Clara, Matanzas, Camajuaní, Zulueta y Manicaragua son algunos de los sitios evocados por Riverón.

En un segundo momento del libro, en la “Esquina de los conversadores”, se reúnen entrevistas, de corte testimonial, a fundadores de proyectos de promoción literaria como José Ramón Calatayud, Alberto Sicilia, Alfredo Zaldívar, Arístides Vega Chapú, Alejandro Querejeta y René Batista. 

En la dramaturgia del volumen toca el turno a un tercer acápite, “Liceo”, con un tono más reflexivo e incisivo, con artículos donde se aborda el relegado e imprescindible quehacer de los editores, los antecedentes y el devenir del Sistema de Ediciones Territoriales (RISO), las ferias del libro, la política de premios, la condición de escritor y el impacto de algunas revistas villaclareñas...

Ya hacia el final del libro, se regresa al tono íntimo, y en este caso conmovedor, pues se trata del capítulo “Camposanto”, en el que se incorporan semblanzas que evocan, en homenaje póstumo, a Carlos Galindo Lena, Rafael Altuna, Omar Rodríguez, Agustín de Rojas y Frank Abel Dopico.

Pasada la última página de La aldea letrada, se siente que estamos en presencia de uno de esos libros excepcionales que en verdad merecen existir. Marcado por un rigor conceptual, incorpora definitivamente al panorama de nuestras letras figuras, procesos que por estar asentados en el interior, en las llamadas áreas verdes, permanecían en la cuneta de la gran vía. Se trata además de un rescate desde lo más auténtico, desde las voces de los propios protagonistas, desde lo testimonial. Desde géneros que pienso que siguen siendo preteridos. La entrevista, la crónica, la semblanza. Este es también otro rescate de este libro.

En la reciente Feria del Libro de Matanzas conversaba con el también santaclareño Yamil Díaz Gómez y le comentaba sobre las potencialidades de su provincia en el acercamiento a lo testimonial. Pensaba en su tradición en este campo. En la persistencia de la revista Signos y en la existencia de un Feijóo, un René Batista u otros sensibles zarapicos como el propio Riverón.

Pienso ahora en cierto poema de Borges, en el que el sujeto lírico del mismo se preguntaba por el destino de los atardeceres que se habían contemplado, de los cantos de pájaros que se habían escuchado, de todo lo extraordinario de nuestra existencia, una vez que llegaba la muerte. ¿Podría desaparecer todo aquello?

Ahora, en otro dilema, yo me pregunto qué habría sucedido con todo esto que Riverón está poniendo, cuánto nos hubiésemos perdido, cuánto hubiésemos dejado de conocer, de no haberse concebido desde la persistencia, desde el rigor y la sensibilidad un libro como La aldea letrada.