Alberto GuerraLos negros nunca están solos, le atribuyen alma a
 las cosas, los objetos, los elementos, etcétera...
ALEJO CARPENTIER
  

Desde muy pequeños nuestros padres nos inculcaron que la vida humana es sagrada, por que cada vida es única. Recordaba lo anterior mientras leía un libro de relatos –de cuentos maldecidos por su propio autor, pues seleccionó para formar este volumen nada más y nada menos que trece textos, una cifra maldita y temida1--. O sea, un libro también sagrado en el sentido de la lógica educativa paterna y en los otros por su uniformidad, su estructuración sobre sentimientos y circunstancias únicas. Alberto Guerra Naranjo nos presenta una sutilísima manera de desnudar lo observado, su mirada es múltiple y sus introducciones en el entramado narrativo, audaces: por la crudeza lírica de ciertos contrastes y por lo expresivo. Es un creador que suele servirse de todos los materiales a su alcance, tal y como acostumbran a hacerlo los pueblos pobres –en su mejor sentido arquitectónico, no en el otro extremo: el patético--. Le confiere una importancia sorprendente a los matices, las sugestiones, las zonas grises u ocultas –fantasmales--, y a los aspectos psicológicos de los personajes e incluso de las cosas.

Posee un gusto casi enfermante –luego enfermizo-- por la (e)lección de los detalles, la escenografía; con innumerables fórmulas; experimentos técnicos y estilísticos2. Tratando de colmar con su prosa el vacío de lo real, pues Alberto conoce que la realidad no es lo real, en sus cuentos se parte de la vida para alcanzar otra realidad. “Realidad” que vive y vibra en sus relatos de una manera absurda, a veces insólita, inesperada –en la forma de manejar el lenguaje3--. Su escritura se enlaza a las teorías en uso, en el espesor y la aspereza de una aceleración: lo nuevo de una plenitud fecundante.

Blasfemia del Escriba4constituye un libro de cuentos bien pensados, conceptualizados, donde todo –como en los movimientos vanguardistas— se centra en nuestros marcos de referencias. Cada objeto en el mundo contemporáneo no es simplemente el mismo, sino que incluye todos los demás objetos y, de hecho, resulta todo lo demás. Entonces asistimos –en complicidad con el descubridor/creador-- a un continuo progreso narrativo hacia un objetivo que la intuición consumista y desbrozadora del lector puede captar. Guerra Naranjo nos previene contra nuestras vivencias diarias –sin llegar a lo noticioso o anecdótico--, pues la gente se pasa la vida pensando que las cosas son esto cuando en realidad son aquello otro, y, estos errores los cometen justamente con lo que les resulta más familiar. Para degustar / gozar de estos trece relatos es necesario afiliarse a la cultura macabra y existencial. (Ad)mirar sus variadas direcciones, colocarse más allá del espacio-tiempo sombrío, del espacio fáctico. En este libro se escribe, se narra con mucho cuidado, demasiada cautela –leyéndolo con atención: un libro de textos expansivo, pero son más estratégicos que audaces, o sea, maniobras responsables--. Aquí estamos viéndonos en un espejo, espejo donde el lector –avezado o no-- percibe su propio pensamiento reflejado, con sus deformaciones, sus errores y sus conquistas. El autor lucha con el lenguaje –no lo domestica, más bien lo fructifica-- frase tras frase. La voz se convierte en ironía de ser atormentado por la complejidad del universo que lo rodea. Me gusta definir estos cuentos como: mosaicos sintéticos de firmamento, donde se expulsa mucha sangre.
 
La escritura como el espacio –creo— van perdiendo cada día su pasividad, se mueven, se deslizan, se incorporan, se dispersan en todas las direcciones, o sea se convierten en un delta. Delta que se aleja del universo freudiano o del newtoniano, sintiéndolo como un lugar de convergencias. Zona creada, pero innombrada como el discurso e la razón sobre la sinrazón. Su constante desplazamiento. Alberto Guerra se puede identificar como el homo aestheticus.   Ser perfeccionista y obsesivo, pues nos muestra lo impalpable. Sus soluciones se trastocan o traspolan en enigmas. En búsquedas caóticas de un sentido: su sentido. Aquí se nota mucha máquina y cuando me apoyo en esta palabra técnica/mecánica/científica me estoy acercando a la máquina como método de crítica5, crítica extremada y extrañamente social ante todo. Guerra Naranjo no escapa al tejido de relaciones, sus narraciones se hallan más cercanas a la meditación que a la reflexión pura –y lo escribo cuando observo y pienso la risa en sus personajes, risa que se sitúa más acá de cualquier espacio filosófico--. Es la risa espontanea del pueblo, no será la risa corroída por la reflexión y sin embargo es risa, humor práctico, crítico. El pueblo sabe –como signo de orientación incorporado consanguíneamente-- que en el choteo, la carcajada plena, el burlarse de todo, habita mucha duda, mucho cuestionamiento y en esa repetición cínico/burlesca se verifica un método, o puede resultar un sistema deconstructivo que logra su estructuramiento en el absurdo –a pesar de los medios utilizados, a pesar de su supuesta ambigüedad--, pues el pueblo es sabio por natura –juicio del poeta Ismael González--. En este volumen se pueden rastrear sin dificultad los ciclos creativos vitales del autor y para ayudarnos en esa tarea los relatos aparecen cuidadosamente fechados –claro sin orden cronológico--, pero una obra artística permite y admite lecturas diversas, se pueden y deben cotejar esos sentidos colaterales, matices, motivos y hasta historias diferentes que se enmascaran en las fechas, porque la vida resulta también eso: estruendo, desorden, carcajada, absurdo, entredicho, equivoco, misterio e hipocresía consagrada –entre otras disimiles cosas--. Yo prefiero acercarme a ellos –y es mi opinión personal-- como si fueran estrías de pensamiento, engranajes reflexivos, pedazos de textualidad pensante, fusión intensa de ritmos y silencios; pues nada puede situarnos, definir qué somos, dónde estamos, hacia dónde vamos, y tan sólo nos resta como consuelo –amargo por demás-- y defensa par el homo culturus: su asombro. Ahora –un ahora que nadie puede tampoco asegurar6-- me he acercado a la confesión necesaria del inicio del libro. Albert Camus –su tocayo-- lo sabía y lo escribió: “La verdad de un pensador es anterior a la escritura, un artista encuentra su verdad mediante la escritura”. Guerra Naranjo lo sabe, no los ha demostrado con creces, ya de él es el reino de La Caída: esa hora natal de la palabra. No deseo por último aconsejar la lectura de un texto antes que otro, sobre otro, a la izquierda o a la derecha, al este o al sur de los demás; me complace significar su completitud, su necesaria recepción como totalidad7 y unas pocas palabras merecidas para su edición, o lo que es lo mismo: para su editora. Un libro también y sobre otras muchas cosas –verdad de perogrullo-- es una obra de arte y si en este título se verifica, es por la minuciosa labor de su editora: Elizabeth Díaz González.
 
A estas alturas el lector habrá notado que me he colocado sin pudor alguno a favor del libro, entonces comprenderán con otros autores: “Los objetos funcionales son tanto más hermosos cuanto menos visibles”. Mi psiquis que es tan imaginativa a veces, cree leer estos relatos con la unidad de una novela y resulta comprensible, pues los personajes saltan de un texto al otro, o sea que del autor esperamos su próxima novela; y ojalá que no resulte un proceso tan kafkiano, tan demorado, tan progresivo. Tendré que repetirle el parlamento de uno de los personajes de Virgilio, en su Eneida: “Sufrirás más porque, a mayor perfección, mayor goce o mayor dolor”. De esos antagonismos fundantes un Libro blasfemo...
 
 


 
1 El número 13 suele significar en algunas culturas y tradiciones supersticiosas –sobre todo las relacionadas con Roma y su cultura— una cifra aciaga, nefasta, de mala suerte. Por ejemplo: “Los estadounidenses este día no se casan, no se divorcian, no realizan ninguna clase de negocios y hasta han eliminado esa cifra fatídica –según ellos— de las grandes edificaciones, incluso de hoteles importantes”. Recordar el adagio popular cubano: “El 13 ni te cases, ni te embarques”, o no pronunciarlo directamente recurriendo a la sencilla operación matemática de: “12 + 1”. También existe una intencionalidad bien clara en la selección: no olvidar jamás que blasfemar puede significar maldecir, vituperar, palabra injuriosa contra Dios o sus santos, et al.
 
2 Al poeta Ismael González Castañer lo he escuchado insistir sobre lo difícil que resulta relatar en segunda persona. Siempre explica que si existe un exponente capaz de abordar y sobrepasar las impedimentas de la narración en segunda persona –luego de Carlos Fuentes y algunas figuras del Postboom--, el sujeto cubano más eficaz y certero lo constituye: Alberto Guerra –ahora no me quedan dudas--.
 
3 Creo con Jasper que, la verdad del mundo no tiene nada que ver con la comprensión del mundo, la inteligibilidad del mismo y sus maneras de reflejarlo en ficción. La literatura es el modo mismo de lo imposible, porque sólo ella puede decir su vacío y, diciéndolo funda una plenitud. Plenitud que se halla más allá de la realidad que la origina.
 
4 Deseo resaltar que este libro es el único de mi generación que ha sido reeditado, o sea, estoy analizando su reciente reedición por la editorial Letras Cubanas, 2003. No quiero ser injusto con nadie –acción difícil—, pero otros escritores de nuestra época y sobre todo sus obras merecían una reedición de sus editoriales, libros principalmente de la primera y segunda convocatorias de Pinos Nuevos. Que el lector dinámico realice su propio catálogo de reediciones, pues no pretendo exaltar mi pedantería libresca en estas páginas, además de no ser el sentido obvio del texto.
 
5 Cuando me refiero a sus textos como máquinas narrativas, estoy intentando significar algo que cada vez es más evidente en la Postmodernidad: “El arte será cada día más científico, del mismo modo que la ciencia se volverá, cada día más artística, y paradójicamente Gustave Flaubert en 1872 expreso un juicio similar, adelantándose así a su espacio-tiempo”. Pero coincido a su vez con Cortázar: “El cuento es una máquina de crear interés”.
 
6 Según los físicos y los matemáticos actuales, o de vanguardia, no existe nada verdadero, no existe una verdad absoluta, pues las verdades científicas van más allá de las simples construcciones mentales o humanas. Se puede comprender que no existe en absoluto algo como el ahora, o sea que es imposible –incluso--   numéricamente arribar a la verdad absoluta. Recordar que los números son infinitos, como también las soluciones. Guerra Naranjo juega –consciente o inconscientemente— con todo esto y trata de hallar soluciones colaterales o aceptables/demostrables; de manera que recomiendo pensar que la física y otras ciencias constituyen una unidad, un todo y que andan por caminos afines.
 
7 Podría citar o situar en esta parte de mi texto la historia personal del autor: los premios obtenidos e incluso aquellos de importancia en que reincidió, pero eso queda como tarea para sus biógrafos, yo soy –deseo  creerlo/pensarlo: un lector.
 

Por: Antonio Armenteros