Juan Gualberto Gómez (Sabanilla del Encomendador, Matanzas, 1852 – La Habana, 1933) se aparecía de vez en cuando por el habanero Club Atenas, donde solían reunirse personalidades de la raza negra. A su llegada lo recibían con alborozo pero también con profundo respeto. Era 1929 o 1930. Protagonista de momentos gloriosos de la historia de Cuba y considerado uno de los hombres más influyentes del panorama político republicano, es obvio que proyectara cierto halo de distinción.

Acaso en el Club Atenas Juan Gualberto frunciese repentinamente el seño. Quizás, después de echar un vistazo en aquel lugar público, le habría parecido atisbar una presencia que le ensombreciese el ánimo: cierto contendiente que lo atacara desde la prensa, con aquellas caricaturas o escritos que lo satirizaban y lo demeritaban injustamente. Pero no le duraría demasiado la incomodidad, aquello no podía ocurrir en el Atenas, donde siempre él despertaba tanto fervor entre sus asiduos, donde no tenía cabida ese tipo de elementos.

Juan Gualberto entraría ya sin reservas, saludaría sonriente a un lado y a otro, y, como era costumbre, después que se acomodara, todos callarían solemnemente para que él empezara a hablar, “primero en voz baja, apenas perceptible, y enseguida con viva animación y lleno de tono”.2 El gran orador que era tomaría el control de la concurrencia, se desplazaría de un registro grave a una nota de humor y, muestra de su amplia cultura, abordaría con fluidez numerosos temas, aunque sus preferidos eran la política y los sucesos históricos del pasado.

Hay otros elementos que van más allá de la palabra y debían tener “un efecto sugestivo” en el auditorio, que en general acababa por asumirlo como alguien “de misteriosa atracción”:3 su mirada incisiva, detrás de los espejuelos, el refinamiento y la sobriedad de sus modales, así como su característica melena, que resaltaba mucho, y tal elegancia en el vestir que Sanguily lo había llamado el Petronio moreno. Asimismo, ya como detalle de fondo, habría que imaginarlo con una copa de vermut —la única bebida alcohólica que tomaba— servida en la mesa, fumando alguno de los cinco habanos que invariablemente colocaba en su tabaquera antes de salir de la casa, y no lejos de él, su infaltable paraguas.

Tras conocerlo en aquella época, el intelectual cubano Jorge Mañach confesaría: “Pocos hombres me han dejado una impresión tan genuina y sin embargo tan sencilla, de proceridad”.4 Lo que significa este término o concepto —si es que tal concepto existe o se puede configurar—, resulta acaso una de las mejores definiciones de lo que él ha sido ante los ojos y el alma de su pueblo y su nación.

Juan Gualberto Gómez. La patria escrita, una selección de textos acerca de su devenir, provee elementos que refuerzan la “sensación de proceridad” que suscita aún esta figura. Una proceridad que parte de la consagración a sus ideales patrióticos, desde que en París, adolescente todavía, expresara: “El amor de la patria es más que una virtud, es un deber, es más dulce que un deber, es un gozo”,5 hasta que ya enfermo, ocho días antes de su muerte, dijera a la muchacha que lo ayudó a subir a un pequeño banco para izar la bandera en su casa: “Mírala bien, a esta hay que defenderla hasta con la propia sangre”.6

Una proceridad que implica asimismo su profunda condición humana, la cual se aguza con el conocimiento directo de los estratos más diversos que tipifican la sociedad colonial, y particulariza su protagonismo durante la etapa preparatoria de la Guerra del 95, como José Martí reconociera elogiosamente en varias ocasiones. En la República, sigue siendo humana y moralmente digno. Junto con Manuel Sanguily, Salvador Cisneros Betancourt y Enrique José Varona, Juan Gualberto conforma un grupo de hombres honorables, que no pierden en el marasmo republicano el relumbre moral y revolucionario adquirido en periodos precedentes.

Esto explica la veneración con que se le recibiera en el Club Atenas, o la confianza que depositaran en él muchísimos cubanos, de sectores diversos de la población que habitualmente solicitaban su apoyo en disímiles causas, entre las cuales se hallaban las luchas políticas, las reivindicaciones raciales y hasta de género, situaciones particulares de olvidados veteranos de las guerras de independencia o reclamos del proletariado:

los obreros […] le escribían para que presidiera sus reuniones, y a su vez, ofrecer discursos, consejos y opiniones , con la finalidad de que los ayudara en su batallar […] Algunos de estos gremios lo nombraron presidente honorífico o socio protector y lo invitaban a sus actividades. Tales fueron los casos del gremio de los estibadores, de zapateros, tabaqueros, torcedores […]7

 

Notas

1Fragmento del prólogo de Juan Gualberto Gómez. La patria escrita (Ediciones Matanzas, 2014), selección de textos acerca de este patriota, que ha sido compilada por Norge Céspedes, y se presentará en la Feria del Libro de La Habana 2015.

2En la presente selección ver Nicolás Guillén: “Don Juan”.

3Leopoldo Horrego Estuch: Juan Gualberto Gómez. Un gran inconforme, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p.46.

4Citado en Rafael Marquina: Juan Gualberto Gómez en sí, Ministerio de Educación, La Habana, 1956, p.94.

5Carta a su amigo Juan de la C. Alsina, en 1873, citada en Octavio R. Costa: Juan Gualberto Gómez. Una vida sin sombra, Editorial Unidad, La Habana, 1950, p.19.

5En la presente selección ver Mercedes Ibarra Ibáñez: “Villa Manuela”.

6Oilda Hevia Lainier: “Introducción a la selección de documentos”, en Leopoldo Horrego Estuch: ob. cit., p.211.


Por:Norge Céspedes