Portada de Teatralidad y Cultura Popular en Virgilio PiñeraAmado del Pino no lo sabe pues nunca lo hemos hablado, pero desde que yo estudiaba en el bachillerato (de eso hará pronto veinte años) leo y escucho sus opiniones teatrales. Leía sus artículos en las revistas Tablas, Conjunto y Revolución y Cultura y en los dos diarios de tirada nacional que aún tenemos en Cuba: Juventud Rebelde y Granma. Escuchaba cada lunes los guiones que escribía para el programa radial “Aquí el teatro”, transmitido por la cadena CMBF, y que significaba, en los finales de la década de los noventa del pasado siglo, posiblemente la mejor forma de estar al tanto de la cartelera escénica de La Habana con una visión no solo informativa sino teatrológica. Por suerte muchos de los textos de Amado que dibujan el panorama teatral cubano han sido compilados por él mismo, con la colaboración de su imprescindible compañera Tania Cordero, en un par de volúmenes, a los que espero se sumen futuras ediciones que contengan los materiales recientes aún no reunidos en un libro.

Y es que al teatro, posiblemente, no haya mejor forma de salvaguardarlo que así: levantando un altar a la memoria. Proponiendo en la crónica, a medio camino entre la concreción del suceso y el punto de vista personal, una opción de recuerdo, un camino que se sume a las fotografías y los (a menudo imposibles) vídeos de los espectáculos y que permita, generación tras generación, conservar algún documento que oriente a quien no fue testigo. Quizá un arte que se construye de imágenes y palabras evanescentes merezca perpetuarse con el enfoque subjetivo de alguien que analiza a partir de elementos objetivos.

A la eficiencia absoluta, en este sentido, de los artículos de Amado del Pino, se suma otra cualidad fundamental en alguien que “ensaya” el teatro desde el papel: su dominio de la tradición, que incluye la historia de la cultura, y la capacidad para conectar universos que a otros resultarían distantes. El entrenamiento en la crónica, género literario para el cual también se requiere un pulso específico, ha ido perfeccionando en el autor sus fórmulas para ensamblar lo culto y lo popular, para mirar sin miedo los cimientos de la Nación Cubana (más que la llamada “cubanidad”, término que evito por su imprecisión) y explicarse de este modo, y explicarnos, cuál es su lugar en el mundo, cómo se integra su misión de escritor en los cauces de la Cultura Contemporánea. Porque Amado del Pino, sea cual sea el género que escoja, en los parlamentos de los personajes de su dramaturgia tanto como en los párrafos de sus investigaciones, ha ido haciendo de la literatura un sitio cada vez más propio, ha ido escogiendo y vinculando mundos en pos de un sentido profano, desmitificador de lo canónico. Como todo héroe intrépido, ha dado el viaje de comprensión del canon y en paralelo ha ido manipulándolo.

El libro que hoy presento, cuidadosamente editado por Verbum, prologado por Abilio Estévez e ilustrada su cubierta por Aisar Jalil, es un perfecto ejemplo de ese ejercicio. Si sobre otros dramaturgos cubanos importantes ha incidido Amado en ocasiones anteriores (entre mis predilectas, sus visiones del propio Estévez y de Eugenio Hernández Espinosa), ahora respira en el universo Virgilio Piñera. No es la primera vez que lo analiza, pero quizá sí la primera que persigue asirlo como sistema. Lo hace con el desenfado, a nivel de escritura y organización del razonamiento, que le caracteriza: sin preocuparse en demasía por el perfil académico, lo cual es de aplaudir siempre en el ensayismo. Desde las academias, hegemónicamente, siguen insistiendo en inculcarnos que son los filólogos e historiadores del arte quienes pueden y deben “ensayar” la cultura, mirándonos desde ese Olimpo a los simples mortales que servimos como conejillos de Indias y utilizando herramientas técnicas de tesis doctorales, eruditos epígrafes y abundantes notas al pie. Sin embargo la tradición nos demuestra que eso es una mentira y que ejercer de ensayista es algo mucho más simple, mucho más cercano a la filosofía del escritor, a la narrativa y a la poesía, al logos como ideotema. Teatralidad y cultura popular en Virgilio Piñera de Amado del Pino no renuncia a los requerimientos estandarizados de una investigación de corte académico, de hecho entre lo más completo del libro está el aparato bibliográfico y la forma ecuánime en que se integran las citas al cuerpo textual. Pero lo prioritario no es eso.

Sin pretensión de exhaustividad ni de agotar ninguna de las ventanas que abre, Amado viaja en busca de Virgilio a través de la puesta en espacio de diversos temas. A lo largo del volumen los conceptos de “teatralidad” y “cultura popular” se van fundiendo para diseñar un único estamento de acción (acción para interpretar y reconstruir), aunque con varias ramificaciones, desde el cual se establece la ruta analítica: lo popular como teatro, la vida cotidiana como representación.

A pesar de que Piñera es una de los escritores cubanos más estudiados de los años recientes (mucho más estudiado, llevado y traído que leído en profundidad), y que gran parte de estas aproximaciones se basan en el costado desacralizador y subversivo del autor de “La isla en peso”, lo cierto es que ha primado la investigación sobre su narrativa y su poesía. Como si el teatro tuviera (de hecho la tiene) otra vida que lo explicara mejor que el ensayo literario: el ensayo escénico. Esa bibliografía pasiva de Piñera la componen algunos estudios memorables, muchos de los cuales sirven de lógica base a Amado del Pino. Pero lo curioso de su visión es que, en la primera parte del libro, no quiere segmentar por género, quiere entender y conectar herramientas compositivas del autor con variantes de la conducta cubana. “En Piñera lo teatral emana de una forma a la vez conflictiva y estilizada”, afirma el ensayista con sorprendente sagacidad (conflicto-estilización resulta una rica paradoja aquí) y abre así la brecha a lo espectacular como semilla en el corpus piñeriano. Asocia, a veces de manera desorbitada y hasta humorística, versos y fragmentos de relatos con esta perspectiva. Busca y rebusca, es decir, lee con insistencia y escoge qué vincular. 

Debo reconocer que no soy un admirador ciego de Piñera. Pienso que el conjunto de su cuentística lo ubica entre los mejores narradores en español de todos los tiempos, por su desfachatez, su capacidad de síntesis y su desbordante imaginación. Luego, su poesía es de un gran nivel casi toda. Su teatro, sin embargo, es desigual: tiene obras menores y otras excelsas. Pesan tanto las excelsas, con Aire frío y Electra Garrigó a la cabeza que, como las experiencias tristes de la vida, uno puede hacer hasta caso omiso de las menores.

Por tanto, otra de las cosas que me alegran de este libro de Amado del Pino es su sinceridad a la hora de adentrarse en el teatro de Piñera, que de cualquier manera ya es padre y maestro de todos los dramaturgos cubanos. Amado es sincero cuando critica sin justificar tontamente al autor: disemina los rincones de su teatro todo y es tan preciso cuando elogia como duro cuando disiente. El marco de las partes segunda y tercera del libro está acompañado de una sabiduría adicional: la de ubicar contextualmente a Piñera y proponer un mapa de sus regiones creativas colindantes (también de los reflejos escénicos). He disfrutado mucho las digresiones (que en el fondo no son tales sino estupendos complementos) sobre asuntos específicos de las décadas doradas del autor estudiado: los cuarenta, los cincuenta y los sesenta del siglo XX. Siempre hay un ángulo (la geografía habanera, un suceso político, el cosmos racial, el origen de la radionovela…) que el ensayista potencia para arropar a Piñera: en esa densidad que por momentos roza la recreación biográfica radica lo más plausible y entretenido de este libro.

Amado del Pino acumula un saber (el de afanoso lector, el de inteligente periodista cultural, el de asiduo investigador, el de ser humano siempre activo y curioso) y lo entrega, mediante su escritura, en dosis exactas, sin aspavientos. Comparte sus experiencias sobre la escena cubana contemporánea (de la cual es un minucioso albacea) y, en general, sobre la vida. A quienes tenemos sed perenne de conocer nos alegra ese perfil dadivoso. En Teatralidad y cultura popular en Virgilio Piñera resulta palpable, junto a lo ya dicho, la generosidad con que un dramaturgo asume (se cuestiona) la herencia de otro dramaturgo que le ha guiado. Porque a pesar de que, a primera vista, Virgilio Piñera y Amado del Pino parezcan antípodas (la delgadez de uno contrastando con la robustez física del otro, o la homosexualidad abierta de aquel con la evidente heterosexualidad de este), hay algo en la esencia que los une y que no es precisamente eso llamado “cubanidad”. Es un deseo impío por penetrar, mediante la mascarada del drama, en el alma dolorosa del cubano de a pie.


Por: Abel González Melo