La hija del tabernero. Mae RoqueMuchas veces me he sentado a beber en la taberna de Mae. Si no lo entienden debiera explicar un poco más. Muchas veces me he sentado con Mae, o hemos compartido, alrededor de un licor no siempre noble. La nobleza está en otras aristas, en otras miradas a ese licor. Y siempre Mae ha devenido excelente anfitriona. Ron por el medio hemos hecho una historia.Yo tal vez no sea el más indicado para hablar de glorias etílicas. Hay muchos testigos de mis chascos y fracasos. Sí me creo en la posibilidad de hablar de este libro que lleva con nosotros ya muchos tragos… Digo, muchos años.

Poemas son que nos encarcelan más allá del recipiente de cristal… o de barro. Signos son de una mirada esencial hacia la poesía. Poemas que miramos con un aguardiente, y ojalá sea Gatao Verde , o mejor una desaparecida Coronilla . Poemas que sentimos, como una vez en Nueva Gerona, o en Playa Bibijagua, con arenas negras en nuestras manos.

Este es un libro que los años han cocinado. Son poemas al añejo, y todos sabemos, como buenos curdas, que el ron añejo es el mejor, como los poemas que el tiempo ha hecho maravillas, perfecciones que hemos leído tantos amigos para que llegaran a esto. La hija del tabernero nos sirve en un vaso de cristal, una copa, un humilde vasito plástico, una poesía nada humilde. Textos que recurren al mito universal de Ulises y su regreso a Itaca equivalen también textos de naufragios, del agua sobre la interminable lucidez de la poesía. Textos sobre el saber ser y el tiempo para todo. Esa comunión de ron y puerto y marino equivale a comunión entre los amigos que somos, pasamos, huimos, volvemos siempre a beber de un licor, ya lo dije, no tan noble.

Mae quizás quisiera muchos párrafos. Yo sólo quiero una sola cosa: brindar a su salud, y la salud de todos ustedes, que buscan hace mucho tiempo leer aquellos textos que junto a una botella de ron escucharon una vez. Brindar con ese secreto que es la poesía, verdadera culpa que nos une en paz a los pies de un licor de paz y un silencio de amigos.

Por: Gaudencio Rodríguez Santana

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Mae RoqueSelección de poemas
del libro "La Hija del Tabernero"
de Mae Roque

 

Marginal

 I

La tristeza
de la mujer que fui,
estas mis manos
cuando solía perderme en los tejados.
Este era mi rostro
cuando tenía una casa y unos padres.
Yo era la niña rara que amanece en las calles
con una botella bajo el brazo
y no cree en las buenas intenciones.
Ahora soy la otra y no esa.

  II

Demasiadas preguntas
quedaron en el fondo del vaso.
Y se fue el recuerdo
de la mujer que hoy me ronda.
La que vistió mis telas
y corrió descalza en los pantanos.
Llega sucia,
ojerosa,
muda.
Impenetrable como las piedras,
fría,
inalterable,
pero temblando.
Ella es la que hace las preguntas
mientras yo río con los extraños.
Viene con una niña del brazo,
niña que mira incrédula,
me extiende sus manos
también ella temblando.
No quiero verlas,
pero están ahí,
sonriendo a pesar del abandono.
Yo, sin que ellas lo sepan,
soy el vaso.

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Mis mujeres

Esa sonrisa dibujada en rostros ajenos
han sido la fuga inevitable,
el eterno naufragar sobre el espejo,
la pérdida,
que nunca he querido perder.
Es imposible enumerar
cuántas veces fue dichosa una mujer.
Imposible la palabra
en este caminar
sobre pedazos de uno mismo,
sobre noches entre el vino y el estío.
Noches etéreas
donde el amor llega y se marcha
en los brazos de la duda.
Noches de masticar la soledad
en la boca de otra que se aferra al sueño.
No es posible señalarlas,
el infierno es un sitio donde no existen,
cuerpo ausente al otro lado de la cama,
el café a solas.
Mis mujeres son el andar de un tiempo
salvado del desastre.
Cada una se llevó una parte de mi suerte
a ese lugar extraño que es el cielo.
Por ellas he existido alguna vez.
Suave mezcla entre diosas y putas
siempre infieles como la vida.
Musas tristes de estos versos
hechos a golpes
cuando recuerdo
que también yo me desnudé
en la noche de otra
en algún cuarto de hotel.

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El juego

Esta noche en la taberna se juega.
Mientras la botella gira
los asiduos apuestan
y los nuevos visitantes tiemblan.
Aquí toda vida se conoce.
De alguna forma se van quedando
en el filo de la navaja,
en el fondo del vaso,
en el misterio de la botella.
Los que vienen a escuchar
cuentos llegados de la India
pueden dejar historias del más allá.
Todos culpables e inocentes.
Hasta los abstemios,
los poetas sin alma de poetas
acuden disfrazados con la piel de otros.
La taberna sabe tentar a los hombres.
Cuando la botella gira
el silencio es pesado,
                             duele.
Las miradas se mezclan
al centro de la taberna.

La botella se detuvo.
A partir de ahora
te ensucias con el lodo de uno,
te limpias con los sueños de muchos,
quedas por pedazos en las manos de todos.
Para el final se habrá hecho la magia.
Se esperará a la próxima vez
para seguir viviendo.

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Aquí están los monstruos seductores,
los mutilados monstruos,
los monstruos callados,
los diabólicos e insomnes
monstruos,
los neuróticos,
los casi poetas,
los hilarantes,
los monstruos desolados
y desamparados monstruos.

En el satánico desfile
de los monstruos olvidados
una mujer almacena los días
de su monstruosa soledad.

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El estanque de los peces

Otra es la luz.
En estas orillas vertieron la sodomia
y el espanto,
la cicatriz,
la rabia.
Soy el rey de los peces,
el primero en ser engañado.
La luz lanza el desafío
sobre el agua
y descubro que la estrella deseada
no es más que otro farol del universo.
Mis súbditos fueron las espinas
de los que se han ido.
Todo es buscar:
el agua,
las algas,
la superficie.
Otro es el olor.
El estanque es otro,
el de los peces,
entre otras cosas,
                    muertos.

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Momento perdido

Hombres que van por ahí
con una historia a cuestas.
Llegan a las ciudades
y voltean el rostro a un lado:
      un posible amante.
Voltean al otro:
     un posible amante.
Como quien intenta una fuga
sigue sin volver una vez más el rostro,
para tropezar
con cientos de posibles amantes.
Cuando salen de las ciudades
y se sienten protegidos
por la seguridad del camino
piensan:
el amor bien pudo ser
ese chirrido metálico,
oscuro,
del último tren.
Y voltean el rostro.

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Mandamientos

“No robarás”
y el mundo se llevó mi inocencia
más allá de lo soportable.
“Amarás al prójimo como a ti mismo”
y un día descubrí
ciertas malformaciones afiladas
en la zona donde creía tener la espalda.
“No matarás”
y esta tarde partirán algunos amigos
del otro lado del mar.
“No cometerás adulterio”
y Salomón enfermó de Sida.
“No codiciarás la mujer de tu prójimo”
y casi siempre hay que hacer el amor
de prisa.

Resumiendo:
“Ojo por ojo y diente por diente”
Este es un planeta de lisiados.