Julian del CasalFueron los encantos de una matancera-habanera, miembro de una acaudalada e ilustrada familia, los que motivaron en el poeta y narrador Julián del Casal (La Habana, 1863-1893) los versos de Kakemono. Considerado uno de los precursores del modernismo en Hispanoamérica, Casal aportó a las letras cubanas una nueva sensibilidad. Transitó del romanticismo al modernismo para legarnos una poesía plena de riquezas sensoriales y de un dominio axiomático de las métricas. Innovador y apasionado, sus tres libros publicados en vida  (Hojas al viento, Nieve y Bustos y rimas), así como toda su obra recogida en publicaciones literarias de su tiempo, ofrecen un escritor consumado, cuyo legado constituye uno de los tesoros más valiosos de la literatura cubana de la decimonovena centuria.

María Luisa Rosa Cay Deville fue el nombre de la musa que lo llevó a escribir una de esas composiciones en la que exotismo, prodigalidad verbal y cromatismo apuntan indefectiblemente a su poética. Había nacido María en Matanzas, el 3 de febrero de 1862. Unos meses después, el domingo 15 de junio, fue bautizada en la iglesia San Carlos Borromeo, hoy Catedral de la archidiócesis yumurina (1). Su padre fue Ricardo James Cay, oriundo de Francia, según los documentos parroquiales, aunque en algunos textos se le atribuye la nacionalidad inglesa o norteamericana, indistintamente. Miembro del Liceo Artístico y Literario de esta ciudad y aficionado a la poesía, Cay ocupará, posteriormente, importantes cargos en la diplomacia insular. De hecho, su actuación como canciller del consulado imperial de China en la capital habanera favorecería la adopción de ciertas costumbres y gustos orientales en su entorno doméstico, siendo su residencia una suerte de extensión de aquel universo exótico, tan apegado al gusto de los escritores modernistas.

La madre de María, Matilde Deville White, era descendiente del comerciante de origen francés Fernando Deville y de la mulata Rosa Agustina y hermana de la soprano Úrsula Deville (2), una de las primeras mujeres que abrazó el canto profesional en Cuba. La propia Matilde había actuado como aficionada, al lado de Úrsula y de su también hermana Celia, a quienes sus coetáneos aclamaban en los años cuarenta como las Perlas del Yumurí.

La información en torno a la vida de María Cay es escasa. Sin embargo, los hechos que sobre ella se conocen permiten atisbar el encanto que debió distinguirla. También en la “Atenas de Cuba” nació su hermano Raúl Augusto Rafael Cay (Matanzas, 21 de junio de 1864-?) poco antes de que la familia se trasladara a la capital.

En la década de 1880 María recibió clases de canto de su tía Úrsula, quien había regresado a Cuba, tras residir en España por más de dos décadas. La joven llegó a formar parte del elenco del Nuevo Liceo habanero, dirigido a la sazón por el abogado Nicolás Azcárate Escobedo. Intervino en puestas operísticas como La Sonámbula, de Vicenzo Bellini, que tras su estreno seria escenificada en los escenarios del teatro Tacón y del Esteban (hoy Sauto), en Matanzas.

La función habanera de La Sonámbula se había efectuado en el teatro Albisu, el 10 de agosto de 1883. Al mismo asistió un público ávido de participar de una puesta de aquella dimensión, incluido el propio capitán general Tomás Reyna y otras personalidades políticas. La organicidad de la representación, la escenografía y la actuación de los intérpretes fueron reflejadas por disímiles publicaciones artísticas, que catalogaron aquel como uno de los hechos artísticos más relevantes de 1883.

La revista El Museo. Semanario ilustrado de literatura, artes, ciencias y conocimientos generales, dirigida y redactada por Juan Ignacio de Armas lo estimó como “el acontecimiento social y artístico más importante ocurrido en La Habana de treinta años á esta parte” (3) y tal vez la afirmación no fuera del todo exagerada si se considera que la escena lírica cubana había tenido su mejor época antes del inicio de la gesta independentista. María interpretó el rol de Lisa, mientras que Margarita Pedroso Scull encarnó a Amina, la protagonista. Ambas han sido objeto de atención del acucioso investigador Enrique Río Prado, en virtud del cual han podido conocerse incontables sucesos de la escena lírica cubana.

El Museo publicó una extensa crónica en torno al estreno, al lucimiento de los intérpretes y a la decoración del coliseo, que la noche del 10 de agosto estaba totalmente iluminado y “adornado con esquisito [sic] gusto”. Festones de tela roja engalanaron los cinco pisos del edificio y enlazaban en las lámparas de gas, alternando con festones de gasa dorada (4). El pintor Miguel Melero, presidente de la Sección de Artes, había sido el artífice de toda aquella fantasía.

Respecto a María Cay y a Josefina Sa del Rey, quien desempeñó el rol de Teresa, el cronista expresó: “Las Srtas. Cay y Sa del Rey, en sus respectivas partes lucieron sus facultades de distinguidísimas aficionadas, de que tan brillantes muestras tienen en los salones de esta ciudad, siendo ambas muy aplaudidas” (5) Al concluir la función Margarita Pedroso fue obsequiada con una bandeja de plata y una corona de laurel de oro y sendas coronas de rosas fueron entregadas a las citadas cantantes del elenco. María, había cautivado al público.

Constituido en noviembre de 1882, el Nuevo Liceo logró convocar a más de mil miembros de las capas más altas de la sociedad habanera. A semejanza de otras instituciones análogas, en esta asociación se organizaban conciertos, fiestas, veladas artístico-literarias y se escenificaban comedias y óperas, como la referida. Generalmente estas citas tenían lugar en el mencionado coliseo Albisu, cuyos altos habían sido arrendados, para tales fines, por la dirección de la institución.

María se develó en La Sonámbula como una de las promesas más grandes del panorama lírico del período. Más, como la mayoría de las cantantes de su tiempo, su carrera musical abarcaría un tiempo breve. Además de dejarse escuchar en salones y en algunos de los primeros teatros del país, su paso por el Nuevo Liceo contribuye a ensalzar su fama artística. En septiembre de 1883, interviene en una de las veladas organizadas por la institución y en las que drama y canto, eran ingredientes indispensables. El semanario El Museo nuevamente detiene su atención en la matancera- habanera:

 La Srta. Cay, una de las valiosas joyas que ha conseguido recientemente el Liceo cantó la delicada melodía Vorrei moriré, de Francesco Paolo Tosti, con acompañamiento doble de sexteto. Su flexible voz, su buena escuela de canto, el conjunto de los instrumentos que á la perfección la acompañaban, y el mismo tono dulce, triste, melancólico, de la composición musical, formaban un efecto mágico que sometió a su misterioso influjo á toda la concurrencia. Efecto que se reprodujo, cuando después de tres calurosas llamadas, tuvo la Srta. Cay que repetir la melodía” (6) 

Después de fundada en 1885, Raúl Cay se trasformó en uno de los periodistas de más renombre de la revista El Fígaro, en cuya redacción se forjó su amistad con Casal. Este devino uno de los más asiduos colaboradores de la emblemática publicación, conjuntamente con Nicolás Heredia, Juana Borrero (otro de sus amores platónicos),  Carlos Pío y Federico Uhrbach, el nicaragüense Rubén Darío –representante mayor del modernismo literario en Hispanoamérica–, el mexicano Miguel Gutiérrez Nájera y otros.

La amistad entre Raúl y Casal permite el acercamiento del autor de Hojas al viento, con María. A inicios de la década de 1890, en la casa de la familia Cay-Deville coincidieron, en cierta ocasión, Julián y Rubén Darío, quien como su cofrade quedó hechizado por los encantos de María y con aquel ambiente en el cual la musa se desenvolvía, haciendo gala de esa feminidad refinada y seductora que tanto atraía a los modernistas. La fascinación aumentó cuando los contertulios pasaron a un pequeño salón, que es descrito, con maestría, por Darío en una crónica que fuera publicada en La Nación de Buenos Aires, el 7 de marzo de 1895:

En noviembre de 1892, el autor de estas líneas llegaba a La Habana, de vuelta de un viaje oficial a España En un banquete que siempre agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada El Fígaro, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica elegante de dicha publicación. En la noche siguiente, Raoul condújole a su casa y presentóle al Señor Cay, padre, antiguo canciller del consulado imperial de la China, en la capital de la isla, entonces a cargo del Gran Sr. Tam Kin Cho, y a María, su hermana, una hermosísima cubana, gallarda, espléndida, con lánguidos y milagrosos ojos de criolla y fabulosa cabellera. Entró una visita. El Sr. Cay me presentó y me dijo su nombre. Era el novio de María: el señor general Lachambre.

Tipo marcial, de esa especial marcialidad española. Joven todavía, correcto, elegante: la mirada vivaz y escrutadora, barba y bigote negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente serio; en la solapa del smoking, una camelia blanca. Pasamos Julián del Casal – el poeta celebrado por Verlaine y alentado por Huysmans y Gustave Moreau –, Raoul Cay y yo a un saloncito contiguo, a ver chinerías y japonerías. (7)

 Mujer-inspiración-musa, María Cay alienta la creación   de uno y otro poeta. Darío le dedica “Para una cubana” y “Para la misma” y Casal, al menos una de sus excelentes composiciones. Según la leyenda, que no la historia, en el salón traspalado del Oriente los amigos, estimulados por Raúl vistieron trajes de sedas y hasta turbantes, mientras deleitaban un té, digno del propio Confucio.

Los estudiosos de su poética aseveran que los amigos del controvertido Casal eran contados, pero muy especiales. Era preciso ser dueño de una naturaleza singular para atraer su atención y su simpatía. Así, María Cay fue, sin dudas, una de sus más caras experiencias humanas.

No obstante su discutida orientación homoerótica, algunos autores estiman que la matancera fue para Casal un amor imposible, el motivo inspirador de una pasión, no tanto romántica, como la filiación de sus primeros versos, sino seductora, sensual y exótica, a semejanza de las vestiduras con que la musa gustaba de adornar su cuerpo. De tal forma se mostraba en la foto que obsequiara al extasiado Casal y en la que aparecía “travestida” con el deslumbrante traje japonés, que usara poco antes, durante un baile de disfraces celebrado en casa de la familia Conill. Esta imagen y la atmósfera de misterio que signaba el cosmos de la “cubano-japonesa”, motivó la escritura de  “Kakemono” (1891).

El poema Kakemono es uno de los escritos que demuestra su libre albedrío en el uso de imágenes originales y exóticas, su destreza artística en la manipulación del lenguaje y del espacio preconcebido de países lejanos. El poema […] apareció en la revista La Habana Elegante el 22 de junio de 1891 con el título de “Pastel japonés”. El Kakemono es una pintura vertical japonesa enrollable que se cuelga en un lugar destinado como santuario a la entrada de la casa. (8)

Devenida esposa del mencionado general José Lachambre, María Cay marchó a España después del matrimonio. Pasada la luna de miel retornó a la isla, donde aquel ocupó el puesto de gobernador de Santiago de Cuba. Apreciada o soñada entre parasoles, vestidos de seda, abanicos, lacas, marfiles, kakemonos, dragones de oro y aromático sándalo, viajemos junto a Casal al lejano 1891 y apreciemos a la musa en todo el esplendor de su belleza inspiradora.

Hastiada de reinar con la hermosura
que te dio el cielo, por nativo dote,
pediste al arte su potente auxilio
para sentir el anhelado goce
de ostentar la hermosura de las hijas
del país de los anchos quitasoles
pintados de doradas mariposas
revoloteando entre azulinas flores.

Borrando de tu faz el fondo níveo
hiciste que adquiriera los colores
pálidos de los rayos de la luna,
cuando atraviesan los sonoros bosques
de flexibles bambúes. Tus mejillas
pintaste con el tinte que se esconde
en el rojo cinabrio. Perfumaste
de almizcle conservado en negro cofre
tus formas virginales. Con obscura
pluma de golondrina puesta al borde
de ardiente pebetero, prolongaste
de tus cejas el arco. Acomódese
tu cuerpo erguido en amarilla estera
y, ante el espejo oval, montado en cobre,
recogiste el raudal de tus cabellos
con agujas de oro y blancas flores.

Ornada tu belleza primitiva
por diestra mano, con extraños dones,
sumergiste tus miembros en el traje
de seda japonesa. Era de corte
imperial. Ostentaba ante los ojos
el azul de brillantes gradaciones
que tiene el cielo de la hermosa Yedo,
el rojo que la luz deja en los bordes
del raudo Kisogawa y la blancura
jaspeada de fulgentes tornasoles
que, a los granos de arroz en las espigas
presta el sol con sus ígneos resplandores.
 

Recamaban tu regia vestidura
cigüeñas, mariposas y dragones
hechos con áureos hilos. En tu busto
ajustado por anchos ceñidores
de crespón, amarillos crisantemos

tu sierva colocó. Cogiendo entonces
el abanico de marfil calado
y plumas de avestruz, a los fulgores
de encendidas arañas venecianas,
mostraste tu hermosura en los salones.

Recamaban tu regia vestidura
cigüeñas, mariposas y dragones
hechos con áureos hilos. En tu busto
ajustado por anchos ceñidores
de crespón, amarillos crisantemos
tu sierva colocó. Cogiendo entonces
el abanico de marfil calado
y plumas de avestruz, a los fulgores
de encendidas arañas venecianas,
mostraste tu hermosura en los salones,

inundando de férvida alegría
el alma de los tristes soñadores.

¡Cuán seductora estabas! ¡No más bella
surgió la Emperatriz de los nipones
en las pagodas de la santa Kioto
o en la fiesta brillante de las flores!
¡Jamás ante una imagen tan hermosa
quemaron los divinos sacerdotes
granos de incienso en el robusto lomo
de un elefante cincelado en bronce
por hábil escultor! ¡El Yoshivara
en su recinto no albergó una noche
belleza que pudiera disputarle
el lauro a tu belleza! ¡En los jarrones,
biombos, platos, estuches y abanicos
no trazaron los clásicos pintores
figura femenina que reuniera
tal número de hermosas perfecciones!

Envío

Viendo así retratada tu hermosura
Mis males olvidé. Dulces acordes
Quise arrancar del arpa de otros días
Y, al no ver retornar mis ilusiones,
Sintió mi corazón glacial tristeza
Evocando el recuerdo de esa noche,
Como debe sentirla el árbol seco
Mirando que, al volver las estaciones,
No renacen jamás sobre sus ramas
Los capullos fragantes de las flores
Que le arrancó de entre sus verdes hojas
El soplo de otoñales aquilones. (9)

 

Citas y notas

  1. Archivo de la Catedral de Matanzas. Libro 30 de Bautismos de Blancos. f.68.Partida 334
  2. Felipa Úrsula Deville White (Matanzas, 24/5/1824- La Habana, 4/8/1914) fue una de las voces líricas más importantes del siglo XIX en Cuba. En Matanzas actuó en el Teatro Principal y en la capital fue socia facultativa de la Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia y del Liceo Artístico y Literario. Se presentó además en Santiago y Puerto Príncipe, donde inauguró el Teatro Principal, al frente de una compañía profesional que organizó su esposo, el pianista español José Miró Anoria, con el que pasó a residir en la península, a principios de la década de 1850. Se destacó en los roles protagónicos de Norma, Lucia de Lammemmoor y otras óperas. Después de la muerte de Miró (Sevilla, 1878), retorna a Cuba y se establece en Marianao, La Habana, donde se desempeñó como pedagoga.
  3. El Museo. Semanario ilustrado de literatura, artes, ciencias y conocimientos generales. Vol. II, No. 37, La Habana, 12 de agosto de 1883. pp.50
  4. Ibídem. p.50.
  5. Ibídem. p.51
  6. Ibídem. Vol. II, No. 42, La Habana, 16 de septiembre de 1883. p. 90
  7. Rubén Darío. “El General Lachambre. Recuerdo de La Habana”. En: La Habana elegante. Hojas al viento. www.habanaelegante.com Véase también Historia de la Literatura Cubana. Editorial Letras Cubanas. 2005. Tomo II. p.545
  8. La visualización de la mujer oriental en el Modernismo. En: www.etd.lib.fsu.edu   (Consultado en marzo de 2013) 
  9. Incluido en Julián del Casal. Poesía completa y prosa selecta. Editorial Verbum. Madrid. 2001.

    Por: Mireya Cabrera Galán