Teatro Las EStacionesLos zapaticos de rosa, realizada por Teatro de las Estaciones, es toda una muestra de preciosismo escénico, con alto grado de precisión dramatúrgica donde, volcada toda la dirección de arte hacia la recreación epocal decimonónica con todo el oropel neoclásico de la aristocracia y la burguesía medianas, se logra contener la irrupción del kitsch, y la cohorte de excesos cursis y amaneramientos estereotipados que  trae aparejados.

Con ojo y paciencia de artesano, Rubén Darío Salazar balancea adecuadamente las porciones de edulcoramiento, ternura, lirismo, belleza, en un todo orgánicamente concebido, con presencia mínima de recursos materiales, hábilmente empleados y manipulados (el satín como olas, los pañuelos-banderas que sintetizan las lágrimas de la rusa y la inglesa, las diapositivas de aires antiguos que registran en síntesis el viaje de Pilar, las cajas decoradas que hacen las veces de bancos y playa), deslizándose todo por el paladar sensorial sobre pétalos de rosa.Sello distintivo de Las Estaciones es la imbricación dinámica de actores-manipuladores con los títeres, esta vez verdaderas muñecas, homenaje velado tanto a los juguetes centenarios de rostros de biscuit y porcelana, y a las muñecas cubanas marca Lilí, de más reciente factura y extinción. En esta propuesta, los personajes humanos vuelven a ocupar posiciones secundarias, casi accesorias, respecto a las figuras, quienes encarnan los más icónicos roles de Pilar, Alberto el Militar, la mala Magdalena, la niña enferma, no obstante conducir toda la puesta.
 

El poema de alta carga narrativa muestra noble volubilidad, favorable para su eficaz traspolación dramatúrgica. Se supera la mera calificación de poema dramatizado gracias a la incorporación de rondas y juegos infantiles clásicos, como guiño nostálgico a un tiempo pasado que, siempre mirado con ojos de añoranza, fue mejor. A la vez, subyace quizás una referencia más velada a otro de los textos más conocidos redactados por Martí para La Edad de Oro: Un juego nuevo y otros viejos.  

Ahora, no obstante todas las justas virtudes que cualifican la obra en cuestión, realzándola como otra gema de la tiara que Teatro de Las Estaciones, hace más de quince años, mantiene firme sobre la testa del teatro de títeres cubano para niños y adultos, desbordante de oficio narrativo, escénico y técnico, al servicio de una gran sensibilidad poética complementada por significativo sentido de la mesura y la agudeza estética, no buscan sus artífices trascender la trama propuesta en el poema original, ni revisitarlo bajo nuevas luces, algo plausible dada la perennidad y universalidad de sus presupuestos morales, humanistas. Permanece entonces la obra presentada en el Terry como una bella traducción cuasi literal de la obra escrita, cuya demasiado fiel mirada al pasado no le permite aventurarse en una apropiación creativa que busque un redimensionamiento más personal, de autor aguzado que lee entre líneas.

Los zapaticos de rosa, de evidente pero no pedante propósito moralizante, se emparenta con otras fábulas martianas: Bebé y el señor Don Pomposo y La muñeca negra, protagonizadas todas por niños de cuna dorada, que en determinando momento ven desgarrada un esquina del velo afiligranado de sus vidas ideales, aristocráticas, por la incidencia de elementos discordantes, señales de la otredad que transcurre allende zapaticos de rosa, sables dorados y muñecas de porcelana.       

Tales historias hablan de poderosos sentimientos en estado de pureza, como sólo pueden existir en un niño de poca edad, libre aún de las mezquindades adultas, de la corrupción espiritual sobrevenida con una vida centrada en avariciosa ascensión social. Hablan de la capacidad de trascender predestinaciones en pos de ideales universales que no reparan en el color de la sangre.

Pilar, Bebé y Piedad se ven atrapados en vórtices donde la ética y la compasión riñen con los convencionalismos clasistas en los cuales conviven, simbolizados en los objetos clave mencionados. Ante estos dilemas específicos, optan por despojarse de riquezas materiales a cambio de un enriquecimiento espiritual. La pobre niña enferma, el primo Raúl, se ven compensadas en su desgracia por estos atuendos, y la desarrapada y negra muñeca Leonor es preferida por encima de la delicada figurilla de seda.

Mas las renuncias de estos niños a partes ínfimas de sus riquezas son coyunturales, y no afectan en nada sus status. Ya lo dice Pilar al entregar su calzado: “yo tengo más en mi casa”; y la madre de Bebé es tan rica que podría reponer instantáneamente el sable dorado de Don Pomposo, quizás hasta por uno de hoja diamantina. Una parábola bíblica cuenta sobre un rico que deposita en el altar una bolsa de monedas, que poco o nada melló su patrimonio, y luego una anciana harapienta deposita una moneda de cobre, toda su pecunia.

¿Quién mereció mayor mérito ante Yahvé?

En la cara más oscura de la moneda, oculta bajo la inocencia rubicunda de estos infantes que tienen el privilegio de ser generosos y filántropos de guardería, late una crítica social aguda que dudo Martí haya pasado por alto. Para realmente ganar algo en la vida, hay que perder algo. Hay que desgarrar algo muy profundo para hacerle espacio a nuevas concepciones vitales, y los tres pequeños mosqueteros morales dan mucho, pero no llegan a perder nada, pues tienen más en sus casas. Martí introduce, en la forma de la niña enferma, el primo Raúl y la muñeca negra Leonor (Ay, Luisa, la única niña negra de mi aula), pequeñas cargas de caos en los perfectos universos de los niños, y por ende en la percepción panglosiana y conformista de muchos seres humanos, quienes piensan que lo ausente de su círculo vital, sencillamente no existe. La pobreza desaparece porque no se ve, y ya.

Los zapaticos… y Bebé… comienzan con la descripción de mundos perfectos, armónicos, donde todos ríen, disfrutan de la vida, tal como pudo ser en menor escala con el pequeño Pepe que acompañó a su padre a La Hanábana. El entorno amable donde conviven estos niños es roto de repente por la irrupción de las conmovedoras (casi terribles) figuras de una niña harapienta, y un primo huérfano, desposeído; el niño Pepe ve azotar un esclavo y con cada latigazo se va un retazo de su inocencia. Así ocurre igualmente con Pilar y Bebé: descienden abruptamente de sus escabeles a las tristezas de la realidad, emboscadas tras las refulgencias aristocráticas, allá, “en la barranca de todos”. 

Perdida la pureza ignorante, pero sin poder trascender los condicionamientos de clase (no quiero sonar a marxista rabioso, pero donde sirva el sayo hay que ceñirlo) sólo aciertan a una rápida caridad, a una instantánea satisfacción de su consciencia. Pero la niña está enferma, moribunda, y los zapaticos de rosa no pueden salvarla. Raúl no puede recuperar a sus padres ni con mil sables. Leonor sale mejor parada, pues simboliza un mayor entendimiento de la diferencia, de la disolución de barreras raciales e ideológicas en un sentido más amplio.

Teatro de las Estaciones pudo haber profundizado en los significados ocultos tras la corrección formal de la anécdota filantrópica, en las consecuencias de perder la inocencia; en las responsabilidades implicadas; en cuánto de hipócrita autocomplaciencia hay en la caridad momentánea, que sólo logra satisfacer  conciencias superficiales. Creo que Martí no dejó escapar estos significados más terribles, camuflándolos en sus inmortales fábulas, para incidir en las generaciones que más de un siglo después, leyeran los cuatro números de La Edad de Oro y optaran por seguir la estrella despojada de todo manto regio que oculte su brillo, tal como el Apóstol de Cuba hizo en vida.    


Por: Antonio Enrique González Rojas