Aquí no vive nadieExposición Colectiva “Aquí no vive nadie”.

Hacia el 1800 y 1850, se aprovecha en la ciudad de Matanzas el declive hacia el San Juan de la calle Río, erigiéndose allí uno de los conjuntos arquitectónicos más notables de la ciudad y el país, llamándosele a este conjunto de viviendas, Manzana de Oro, la rápida evolución se hace notable por su valor estilístico, y la ubicada en Río 29, construida por un acaudalado comerciante de origen Catalán, no sería la excepción. Ya a finales del siglo XX y principios del XXI comienza un deterioro notable de la majestuosa construcción, convirtiéndose en morada de saqueadores y de una que otra alma lujuriosa. Hoy un grupo de jóvenes artistas tienen la intención con su expo “Aquí no Vive Nadie”, sensibilizar a oídos ensordecidos y miradas cegadas al rescate y preservación de nuestro patrimonio cultural.

Utilizando elementos del lugar y haciendo un uso magistral de los mismos, logran estos artistas concebir piezas que van de lo ingenuo a lo intencional, manteniendo en todo momento notables valores esteticistas y respetando el entorno arquitectónico que aún perdura en el espacio. Audiovisual, instalaciones, y otras manifestaciones de las artes, hoy están aquí acompañando, a las viejas pilastras que aún se asoman al empolvado balcón.

Por: Ivett Forbes Brito


Bajo el título Aquí no vive nadie, un grupo de artistas de la plástica intervinieron las ruinas de la otrora clínica Tamargo, en la ciudad de Matanzas, convirtiéndola en una sui géneris galería por una noche.

Pinturas, obras performáticas, instalaciones, incluso el vídeo arte y las intervenciones del espacio dieron color a las descorchadas paredes como una explosión de vida en medio de la nada.

“Nos interesa promover un discurso alternativo y heterogéneo que logre insuflar energía positiva, un espíritu de renovación, pero sobre todo dialogar con la ciudad, mostrar ese carácter sanador que también tiene el arte”, explicó Lilliam Cedeño, organizadora del proyecto que aglutina creadores independientes, profesores, alumnos y egresados de la Escuela Profesional de Arte, muchos de ellos jóvenes talentos de la Asociación Hermanos Saiz.

“Nosotros no podemos reconstruir el edificio, ni decidir que se haga o no, pero esto es un llamado a la sensibilidad con ese enfoque de los jóvenes, siempre inquieto e inconforme”, señaló Carlos. M. Oliva, Premio Provincial de Artes Plásticas 2014.

Si efímera resultó la exposición, su preparación fue bien ardua y prolongada. Durante dos meses los 14 integrantes del proyecto tuvieron como reto crear algo exclusivo, nacido de allí mismo.

No en balde, junto con las tormentas de ideas, hubo intensas jornadas para sanear lo más posible la depredada construcción, cuyas grietas amenazan con llevarse al río, de un momento a otro, la que fuera una de las mansiones más encumbradas de la manzana de oro de la Atenas.

Por: Yamila Sánchez Rodríguez


Aquí no vive nadie. Expo

La muestra se realizó en un edificio en ruinas ubicado en Narváez esquina Jovellanos antigua clínica Tamargo devenida con la Revolución en sede de Educación Provincial hasta el derrumbe del inmueble alrededor del año 2009.

La expo está integrada por catorce artistas de la ciudad de Matanzas, (Edel Alonso, Katia Uliver, Fernando Cruz, Yeins Gómez, Amanda Abreu, Midielkys García, Lianet Barceló, Abel Rolo, Carlos M. Oliva, Ictiandro L. Rodríguez, José A. Hernández, Adriana Riera, Yosvany Martínez, William Cedeño, con la intención de aglutinar el quehacer más joven dentro del territorio, las obras surgen a partir de una estrecha relación entre el artista y el contexto, nos interesa trabajar con el sitio en sí, activar el contexto con la obra y la obra con el contexto solidificar esa retroalimentación, las paredes sucias el deterioro de la arquitectura enfatizaban en el deseo de darle vida al menos un día a la construcción. Sobresalía una idea, rescatar desde la intervención inmuebles que van quedando destruidos a lo largo del país, con propiedades idóneas para agrupar propuestas instalativas, pictóricas, performáticas, fotográficas, video proyecciones. La realidad puede renacer en ciertas zonas no habitables haciendo más extenso el recorrido entre forma y contenido.

Por: Lilliam Cedeño


Aquí no vive nadie

Cuando a las seis de la tarde llegué y vi a un centenar de personas avanzar hacia las ruinas de lo que fue una casona patrimonial, comprendí que el objetivo de los artistas se había cumplido.

Ellos, catorce jóvenes matanceros dedicados a las artes plásticas, habían decidido exponer sus obras entre los escombros, como vía de llamar la atención de los ciudadanos hacia la casa de la calle Ríos no.20, con fondo hacia el San Juan. Se trata de una de las viviendas-almacén construidas en la primera mitad del siglo XIX, cuando el auge económico que vivió la región transformó el entorno citadino, surgiendo así las denominadas Manzanas de Oro, uno de los conjuntos arquitectónicos más notables de Matanzas y también del país.

Aplastadas por el paso del tiempo, por la desidia y la escasez de recursos, estas casas que una vez nos llenaron de orgullo se fueron deteriorando a la vista de todos, y no pocas se vinieron abajo. Igual suerte corrieron otras, que terminaron volatilizadas de la memoria y de la vida real, convertidas en parques. La de Río no. 20, utilizada como clínica médica privada y que después albergó las dependencias de la Dirección Provincial de Educación hasta su derrumbe, podría tener el mismo destino.

Pero esta vez ocurrió algo interesante: el grupo de jóvenes artistas instaló allí su expo “Aquí no vive nadie”, y cambió, dentro de lo posible, el curso de esa pequeña historia. Plegándose a las condiciones de tan peculiar entorno, y haciendo uso de los elementos allí existentes, muchas de las piezas lograron compartir el protagonismo con los muros centenarios, con los cantos que se vinieron abajo, con las piedras, la maleza, las sombras y la humedad predominantes. En este sentido son dignos de destacar el performance “Sillón”, de Katia Uliver; “La sonrisa del universo”, lotos blancos de origami manufacturados por Edel Alonso; la mochila de hierro con libros dentro,“Equipaje”, de Lilliam Cedeño; y de Abel Rolo los graffitis de “Good bye Hiroshima”. Estética más bien minimalista muestran “Hogar”, de Midielkys García, y “La piel del cordero”, de Yosvany Martínez. Otras, más llamativas y aparentemente destinadas a ocupar espacio en galerías, sirvieron, con su exceso de colores, para aumentar el contraste sobre el gris predominante, como la serie “Homenaje a los muertos de salud perfecta”, de José A. Hernández. Todas ellas, en conjunto, se valieron de los cubículos y rincones que ofrecían las ruinas para ofrecernos una especie de performance total, íntimo y acogedor, que incluía al centenar de espectadores que acudieron a la cita.

Y aunque entre ellos no vi a ninguno de los personajes que deciden la suerte de casas arruinadas o a punto de caerse como esta, doy por seguro que sí supieron del gesto. Conozco a algunos, y sé que darían lo que no tienen, lo que no está en sus manos, por devolver a la ciudad completa el esplendor de antaño. Esperemos que algún día las cosas cambien, y podamos concretar los deseos de los artistas, políticos y personas sensibles que asumen el destino de la ciudad como el suyo propio. Por ahora queda claro: aquí sí vive alguien.

Por: Nester Núñez


Los márgenes de la calle Narváez, acá en la ciudad de los Ríos y Puentes, nunca antes habían estado tan concurridos, y mucho menos las inmediaciones de la conocida Clínica Tamargo, hace tan solo unos años atrás, la Dirección Provincial de Educación.

Jóvenes y no tan jóvenes esperaban por la inauguración de un acto creativo totalmente efímero, pero sí necesario para los que pueblan esta urbe de valores arquitectónicos, muchos de los cuales se encuentran en el olvido o depredados. Tal es el caso de la Clínica Tamargo, inmueble incluido dentro de la tipología de las casas-almacenes, un rasgo muy yumurino dentro de la historia de la arquitectura cubana, al aprovecharse el declive del terreno para corresponder dos funciones: la vistosa residencia, por una fachada y por la otra, los locales habilitados para el comercio por la cercanía del río San Juan.

Pese a su exclusividad la Tamargo no encontró la acogida de nuestro tiempo, y por ello cerca de catorce jóvenes de la Asociación Hermanos Saíz le dieron vida nuevamente con la intervención de su espacio y bajo la frase Aquí novive nadie.

Se enfrascaron por cerca de dos meses tanto en la terminación de las obras expuestas como en la investigación histórica del lugar, la curaduría y más adelante en el saneamiento del edificio. “Muchísimo trabajo”, reconocen sus hacedores en medio de luces y sonidos que acentúan la presencia de las piezas y sus mensajes. “Muchísimo trabajo”, vuelven y vuelven a repetir.

Y sí, hubo varias sorpresas: desde una alocución abierta a Matanzas, quizás, para despertarle; hasta la presencia de Katia Uliver, ella misma su obra, perpetuada en la inmensidad de las épocas, recostada en un sillón, con relojes que imponen su propio toque e imbuida en un sueño o ausencia que nadie intentó mellar.

Todavía no anochece del todo y en la calle Narváez continúa el bullicio, tal como sucedía en otro tiempo lejano cuando era el centro de la incipiente economía matancera, donde el azúcar forjaba una ciudad neoclásica tildada hoy como “excepcional”.

Entre todos y con su mochila de metal fundido, Lilliam Cedeño luce su pieza que ha llamado Un paseo intelectual, al cargar con todos aquellos textos que, en lo individual, le han aportado y aportan.

Desde un comienzo quisimos eso, crear obras que se relacionarán con espacios ruinosos, para romper el esquema tradicional del artista y su galería. Nos movió el interés de apropiarnos del contexto y retroalimentarlo, a su vez, con el aliento que desprende la creación”,apunta.

¿Por qué escoger precisamente este inmueble?

Creo que el hecho de fungir como una clínica en un momento de su historia nos entusiasmó, al entreverla desde la concepción terapeuta del arte”.

Carlos Miguel Oliva, profesor de la Escuela Profesional de Artes y otro de los hacedores inmersos, cree que los mueve precisamente la inquietud e inconformidad de los jóvenes artistas que si bien no pueden ni conservar o reconstruir; pueden, en cambio, centrar la atención en lo bello que se pierde.

La fotógrafa Adriana Riera también quiso llegar a igual punto, y para ello situó bajo cielo abierto y tras los restos de un meticuloso trabajo en madera su instalación Besos robados al tiempo. Lejos de lo que se puede pensar no agrupó aquí su obra sino la de sus familiares apegados al universo periodístico.

Allí, en medio de aditamentos y soportes fotográficos de décadas pasadas, resurge entonces la otra Clínica Tamargo, entonces la Dirección Provincial de Educación, erguida y con el ajetreo de la vida.

En medio de la noche matancera y ya a punto de finalizar Aquí no vive nadie, algunos soñadores abogaron por realizarla nuevamente en el contexto citadino, propusieron extenderla a otros espacios ruinosos y otros, quizás los más atrevidos, aspiran a una mayor convocatoria del resto de las instituciones culturales y representantes del Gobierno local para burlar lo efímero y crear esa perenne provocación a la ciudad.

Por: Jenny Hernández