La poesía en tiempos...Desde cierto punto de vista, la poesía es un sofisticado instrumento de observación y transformación. Su vínculo con la búsqueda del conocimiento y con los problemas humanos es indisoluble.

Cuando empieza a helar y a nevar
es cuando aprecio la pujanza perenne
del pino y el ciprés.

                                                                                                            [CHUANG TZU]

Comprender el origen y el sentido de la vida, construir la imagen de los héroes para eternizar sus valores, aglutinar al pueblo en torno a una tradición; esas fueron, en los comienzos de la historia, las funciones de la poesía. Eso y dar testimonio de la belleza, del amor, de la luz que nos asiste en la experiencia cotidiana de vivir. Mucho ha cambiado desde entonces el mundo, y aunque algo de aquellas funciones iniciales persiste, pocas veces regala ya el poeta panegíricos o cantos dulces.

Son tiempos de decepción y angustia, ha sido honda la crisis y tortuosos los caminos, y en los últimos siglos devino el poeta una suerte de vox clamantis in deserto, un ser maldito con cierto halo de misterio, lejos en su laberinto de signos que apenas venden o interesan. “¿Es eso Poesía?”, duda el ciudadano común, ajeno a los códigos encabritados de la poesía actual. “¿Para qué sirve?”, preguntan impermeables el comerciante, el funcionario.

Tal vez -aunque parezca obvio- conviene hablar sobre la utilidad de la poesía en el presente, pues suele suceder que cuando más superfluo nos resulta algo es cuando más lo necesitamos. Pero, simultáneamente, habría que ver en esas preguntas de apariencia tonta un síntoma, una señal: esa impermeabilidad, ese desinterés, son significativos.
 
Acaso en tiempos pragmáticos y raudos como este, saturado de ofertas y presiones, pierda en su ajetreo el hombre el silencio y la paz; acaso uniformado por la abrumadora diversidad de lo mismo, olvide la raíz de su sed y, en su locura, arranque de sí o tuerza cuanto de grande habita en él. Mas si así fuera, ¿cuánto de culpa habría que adjudicar a los poetas? Mucho ego ha "engordado" a la sombra de la Poesía, mucho charlatán sonriente hincha su verso de vacuidad y, atento más a lo que recibe que a lo que ofrece, payasea y se hunde en el lodo, entre aplausos y premios. Mucho poema inocuo roba al lector su fe y a la poesía su lugar. Por eso quizás ese desinterés, ese recelo que despierta hoy en algunos.
 
Desde cierto punto de vista, la poesía es un sofisticado instrumento de observación y transformación. Su vínculo con la búsqueda del conocimiento y con los problemas humanos es indisoluble. Como aquella estrella que ilumina y mata, es a la vez veneno y cura, camino y casa, espejo del espíritu donde se muestra lo esencial, lo relevante. Si algún bien reporta, es por su capacidad de comunicar, de deshacer esquemas mentales y descubrir lo que esos esquemas esconden. Renovar el lenguaje y limpiarlo para que, como una lente, corrija la miopía, las aberraciones de nuestro mirar cotidiano, y ofrecer a nuestros ojos una perspectiva descontaminada, una profundidad reveladora, un ángulo desde el cual se vean con claridad el mundo y quien lo observa: ese es el fin y el verdadero valor de la poesía. Pues cuando las palabras se acumulan sobre su objeto sin penetrarlo, cuando en vez de revelar velan, la poesía se vuelve adorno o letanía, pierde su lustre y su filo, deja de ser; mas cuando el poeta pone en ella el alma, y ofrece a través de ella su verdad y sus tormentas, entonces se hace entraña y voz de quien la escucha. Nadie pregunta entonces para qué sirve, aunque hiera. Gandhi decía al respecto: “Las creaciones realmente bellas aparecen cuando surge la comprensión verdadera. Si estos momentos son raros en la vida, también son raros en las artes”. Así, aunque el cinismo al uso intente roer o atenuar el sentido de palabras como belleza y verdad, y el arte parezca en ocasiones renunciar a ellas, lo cierto es que el hombre no ha cambiado en lo fundamental y el ansia de verdad sigue siendo su motor.
 
En estos tiempos signados por la velocidad y la inquietud, por el asedio de la información irrelevante y sin exégesis, por el imperativo de poseer y fingir, cuando proliferan la arrogancia y la pobreza, y lo íntimo colapsa ante lo público, y lo invaluable se ofrece al regateo del mercado, y la astucia prevalece, ¿qué puede ofrecer la Poesía que sea útil? Quizás poco: preguntas, imágenes más o menos precisas o fragmentarias de este absurdo en que habitamos, espejos, reflexiones, vislumbres de una mente y un corazón abiertos, gritos y silencios, breves remansos donde aliviar o comprender el dolor, alas y ocasionales detonantes, antídotos contra el desánimo o la credulidad, puertas hacia un espacio interior donde es posible todavía meditar, (di)sentir, juzgar el rumbo y los peligros que acechan… en fin, muy poco. Nada de cuanto puede ofrecer la Poesía es suficiente, de nada sirve si el poeta recela de sus propias fuerzas y el lector se niega a pensar, a abrir los ojos.
 
Son tiempos de decepción y angustia, tiempos difíciles como tantos otros anteriores, pero en tiempos como este -advertía Chuang Tzu- es cuando más se aprecia la constancia.


Por: Daniel Díaz Mantilla