Caprichosas ConjeturasEn el film Midnight in Paris (Woody Allen, 2010), basado en un relato antiguo y breve del mismo director, un escritor norteamericano en plena crisis creativa, se halla de vacaciones prenupciales en la Ville Lumiere, con su frívola novia y la rica familia de esta.

Mientras vagabundea por una parisina callecita oscura y desierta, suenan las campanadas de medianoche y de manera mágica, el protagonista se encuentra con Scott y Zelda Fitzgerald, que lo transportan en el tiempo y lo llevan cada noche a sus fiestas en las que conoce a Gertrude Stein, Hemingway, Buñuel y Dali, entre otros. Cada mañana, terminado el encanto, el escritor regresa a su vida actual, lleno de ideas literarias y cuestionamientos acerca de sí mismo.
 
En una de las fiestas, mientras charla animadamente con Luis Buñuel, el escritor le propone un guión cinematográfico en el que los personajes están encerrados en una habitación y no pueden salir. Y Buñuel se sorprende de un argumento tan raro y pregunta una y otra vez, totalmente extrañado:¿Por qué no pueden salir?
 
Quien no ha visto “El ángel exterminador”, no reirá en esta parte del film, quizás en otras, pero se perderá esta. El que no conoce a Matisse, la Belle Epoque y el Renacimiento, se perderá otras muchas carcajadas. Sabiendo menos, reirá menos.
 
Y de eso trata Caprichosas Conjeturas, cum grano salis[1], cuaderno de cuentos de Mayerín Bello (Ed Letras cubanas, 2013). De reírse con lo que uno ha leído y aprehendido.
 
Lo primero que me atrae del libro, es que tiene un prólogo. Normalmente los volúmenes de cuentos no los tienen. Lo otro es que está redactado por ella misma. Segunda sorpresa porque en general, no están concebidos por el autor de las historias.
 
Certero e iluminador, dotado de una prosa fluida que se mantiene durante todo el cuaderno, el prólogo de Mayerín, nos recuerda que el idioma que nos identifica tiene muchas palabras, esas que ya no usamos para escribir, para hablar, para pensar, palabras con las que es delicioso reencontrarse.
 
En este flexo de dos páginas, delicado e irónico, están las claves del libro, las razones de Mayerín, profesora dedicada, ensayista minuciosa, traductora respetuosa para, para luego de un encomiable íter académico, que continúa in crescendo, adentrarse en la literatura de ficción.
 
Motivos que, según su propia autora se explican de este modo
 
“…el impulso de liberar la reflexión de las –para mí- habituales vías del ensayo, de modo que pueda transitar así por derroteros alternativos. Sin desestimar el humanísimo deseo de recreación para descanso de nuestro afligido espíritu” (Bello, 5)
“…las ideas que motivaron los relatos pudieron haber seguido los rumbos del ensayo. Siendo, sin embargo, tan peregrinas-esto es, tan extravagantes como andariegas-terminaron por acogerse a los fueros de la ficción” (Bello, 6)
 
¿Adónde nos conducen las conjeturas caprichosas de la escritora? A una especie de biblioteca de Babel. A un paseo gozoso por un territorio infinito donde caben todos los reinos posibles, sobre los que vela el mago Merlín, hilo conductor de las historias  y denominador común, en su papel de sensible e ilustrado ministro de orden interior.
 
A un libro delicioso, a la vez reverente y pícaro, erudito  e hilarante. A un divertimento culto que tiene como ingredientes a Sancho y Don Quijote, Dante, Astolfo y el hipogrifo de Ariosto,  teatro isabelino, Camus, Kafka, Dostoievski, las leyendas arturianas, Goethe, Lezama,los filósofos presocráticos,  Gabriel García Márquez, Victor Hugo, la teología y el darwinismo, Freud, Lacan, Verne, el cine mudo, Arthur Conan Doyle y Agata Christie.
 
Que los últimos nombres de la lista sean los clásicos de la literatura policiaca no es casual. Mayerín es una empedernida bebedora de policíacos. Y este libro, es un libro de relatos doblemente policiaco.
 
Hay un doble juego detectivesco en estas páginas. El primero, es el  policiaco en strictu sensu contenido en las historias, que tiene en cada una de ellas matices sociales, existencialistas, feministas, psicoanalíticos, siempre  respetuosos de las reglas del género.
 
El segundo, más sutil, es el que nos propone la autora entre bambalinas, y en el que uno se involucra casi con adicción. Descubrir cada uno de los guiños a los textos clásicos, seguir las señales, recoger las miguitas de pan que ella nos deja, esparcidas en personajes, parlamentos y descripciones con los que ella juguetea, mostrándonos la punta del ovillo. Convocados a este reto de buscar, re-buscar, recordar, rebobinar en los anaqueles de nuestra memoria de lectores, mientras rememoramos, reflexionamos y dudamos,  nos divertimos un montón.
 
Porque, al final resulta que la más evidente de las pistas del libro es que, mientras más referencias descubrimos,  mientras más guiños recibimos, mientras más nos remontamos a los orígenes, más nos divertimos. Y esa, la búsqueda de las “verdades” o del principal móvil de Mayerín, la risa, sal de la vida,  convierte a los lectores en acuciosos detectives  en busca de “huellas”, recopilando informaciones, interrogándose a sí mismos, cotejando, contrastando y tratando de llegar a la esencia de cada personaje, frase, título, descripción o acto. Es esta la gran victoria de un libro en el que el conocimiento es la vía expedita del goce.
 
Este juego del lector con el texto, refuerza la otra particularidad  que caracteriza estas caprichosas conjeturas. Su carácter de rompecabezas.  Como esos formados por reproducciones de cuadros famosos.  Rompecabezas de cuadros y no los cuadros en sí. Porque este modo de Mayerín de barajar, construir, de-construir, machinar, y revolver ingredientes en un caldero a lo Macbeth,  no tiene que ver con las apropiaciones de la plástica ni con las parodias de los textos.
 
Es como si tomáramos esos rompecabezas que a veces tienen dos mil piezas. Pensemos en varios de ellos, con motivos pictóricos:
 
-La anunciación de Fra Angélico
-Un retrato del Greco
-Lilas de Monet
-La sopa Campbell de Andy Warhol
-Algo de Jackson Pollock
 
Los desarmamos, mezclamos y luego, usando piezas de todos ellos, armamos otro. O sea, logramos que encajen desde el punto de vista geométrico y obtenemos un nuevo rompecabezas coherente, que representa un nuevo cuadro que no pertenece ni a la pintura medieval italiana, ni al renacimiento español, al impresionismo, al pop art o al expresionismo abstracto.
 
Basada en esta idea, no calificaría este libro de acrónico ni atemporal. Hay un tiempo, un espacio, una fecha y un lugar. Un mundo, como en Alicia o Peter Pan. El que Mayerín ha creado.
 
En el primero de los cuentos, titulado La Encrucijada un tal Menardo, cada vez más desalentado y confuso, está escribiendo Don Quijana, la historia de un hidalgo que, aún sin lugar de origen ni dama de sus sueños, ve molinos y a quien Sancho aclara que son gigantes. Que resultan ser Briareo, Caligorante, Gargantúa y Pantagruel, que están jugando dominó.
 
En este pasaje, regalo exquisito que nos hace la escritora se suceden, la más pura jerga de contrincantes que usualmente acompaña estas lides y un diálogo de los mismos jugadores que analizan con hondura psicológica y literaria, la personalidad de Don Quijana-
 
Menardo se ensimisma, pierde el entusiasmo y se ausenta de la historia. Y es sustituido, muy a su pesar, por Cid Hamete Benengeli, (“a quien, ¡al fin! damos la más cordial bienvenida”) (Bello, 18) y que llega a tiempo para encaminar la historia.  En el segmento final, Merlín y Briareo, sentados en una cómoda terraza del alcázar, conversan y es el de ellos un diálogo sapiente, soñador, poético. Pero cuando pensamos que la historia concluirá en esta tesitura, se establece una especie de duelo argumental en el que el último párrafo da una estocada maestra -estamos inmersos en una novela de caballería- al anterior, dotándola historia de  un final que escapa al más sagaz de los lectores profetas.
 
El segundo de los relatos, Heterodoxia, es un policiaco de corte social y dolcestilenuovo. Merlín, en ejercicio de sus funciones, está encargado de resolver un crimen, la muerte de Paolo Malatesta, habitante del segundo círculo del Infierno, o sea, la segunda muerte de un muerto.
 
Y para esclarecer el misterio es designado Cléobulo de Lindos, uno de los siete sabios de Grecia, a quien, fiel a la máxima de mente sana en cuerpo sano, encontramos haciendo ejercicios físicos mientras le comenta a Dante lo que cree de su obra.
 
Cleóbulo y Dante, maestro y discípulo, forman una pareja como la de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, los protagonistas de El Nombre de la Rosa, a quien esta historia nos remite en muchas más cosas que el dúo de personajes .Cleóbulo es vital, sabio, práctico y desenfadado. Con un sentido del humor exquisito, Cleóbulo comenta con simpatía“…que extraño sentido del humor el del discípulo, ¡llamarle Comedia a su libro!”(Bello, 38)
 
En sus pesquisas, atraviesan la selva oscura, llegan al Limbo, un sitio como Las Vegas, donde se fuma el mejor tabaco del mundo. Y mientras caminan juntos, disfrutamos de la relectura gozosa que el sabio de Lindos hace de la obra de Dante  y el modo en el que enfrenta al autor con su texto, convertido en una realidad que pese a ser descrita por él, no reconoce.
 
Altas instancias, jerarquías, burocracia, mecanismos, dogmas, gobiernos intolerantes, contrabando, sobornos, mercado negro y burla de la censura, conforman este sitio de misterios, re-lecturas y reivindicaciones literarias.
 
Con una cita de Helene Cixous, feminista, asociada a los círculos lacanianos, inicia el tercero y más breve de los cuentos, en el que Gertrudis, reina de Dinamarca, ha desaparecido (5), pequeña sinfonía de psicoanálisis, feminismo  y leyendas  arturianas. Los rivales de esta historia son Merlín y fata Morgana, conspiradora, exiliada, ex alumna y ex amante de  Merlín, quien nuevamente debe resolver un misterio, en el que sospecha, la mano de la sacerdotisa de Avalón.
 
Desapareció la madre de Hamlet, se revuelve el reino de Dinamarca. Y la autora, usando a Morgana como médium en un alegato en el que la fata asume la defensa de Gertrudis, despoja al egocéntrico príncipe danés de su solipsismo y nos descubre y nos devuelve el personaje de la reina en toda su riqueza de madre- adúltera, magnicida, y sobre todo, creadora del protagonista indiscutible, porque Gertrudis es “…la mujer que le ha dado el ser, ese mismo ser que tan famoso lo ha hecho.” (Bello, 63)y, sin Gertudis, Hamlet cojearía. Cojearía Hamlet personaje, Hamlet tragedia.
 
La así, la sagaz Morgana, coloca a Gertrudis madre, a la misma altura de Shakespeare escritor, la de los creadores. 
 
Y, como último de los cuentos, llegamos a lo que llamo el delirium tremens, al gran final al Baile de máscaras -que así se llama el más extenso de los cuentos y el más clásico de los policiacos del libro- escrito con todas  las leyes de Agatha Christie, y reverenciando lo más universal de la literatura “moderna”.
 
Aquí, como en una mascarada, nadie es quien dice ser. Aquí, como en las novelas de detectives, hay un crimen, todos son sospechosos, todos tienen coartadas, todos tienen un móvil y todos tuvieron la oportunidad para cometer el delito.
 
En la pensión de Vauquer,  enclavada en un lugar que parece sacado de La montaña mágica de Tomas Mann, veranean Astolfo y el hipogrifo, convertidos luego en el puntualísimo PhileasFogg y Mr Hipolit Griffin, títulos que resultan ser la cobertura de dos agentes de Merlín. Uno, de nombre Rathbone (un actor que encarnaba detectives en el cine mudo) y el otro, Christie.
 
Además de nuestra pareja de detectives, sagaces y con clase, y de un inspector de policía torpe e incompetente que se llama Javert Lestrade (simbiosis del sabueso de Los Miserables y el eterno  obstáculo de Holmes) conforman el resto de los huéspedes, gentilmente atendidos por el gerente Monsieur Vauquer:
 
-Jean Valjean, escondido tras el nombre de torero de Juan Masjuan,
-la cándida Eréndira, sensual y latina.
-el novelista Merso, (escrito como se pronuncia en francés el personaje de El extranjero)
-Mr Daniel Gray, (que se declara sobrino de Asa Gray, un botánico cristiano que integró el darwinismo en su concepción religiosa)
-Katerina Petrovna
-Herr Werther, un industrial alemán con la cara desfigurada por un intento de suicidio por mal de amores en su juventud
-Y Cidi Galeb Ahmed Al Raschid, ya imaginamos de donde vienen todos los nombres que ostenta este personaje, que tampoco es quien dice ser y que resulta ser la víctima de un disparo de pistola que lo deja muerto bajo un radiante sol.
 
Enredos, mentiras, falsas identidades, torpes manejos policiales, indagaciones de nuestros detectives, que usan  métodos poco ortodoxos para realizar sus pesquisas y una reunión final con todos los personajes en la que afloran las confesiones, los oscuros motivos, el quitarse el antifaz, el final de la mascarada. Luego de la que arriba, esclarecedora, justiciera  y triunfante, la verdad.
 
Hay una víctima, muchos sospechosos,  un policía inepto y dos detectives listos. Y un culpable, porque es un policiaco de los de verdad. Con un final no exento de humor negro.
 
Matt Groening, el creador de The Simpsons, declaró hace muchos años en una entrevista que ya tenía preparado el último capítulo de la serie, por si un día la Fox decide terminarla. Seguramente Matt Groening es de los que sostiene que los finales no se pueden componer con la sensación de final que se asocia al agotamiento.
 
Sucede a menudo. Magníficos libros que  llegan a las últimas páginas extenuados, como si el autor además de escribir el texto hubiera debido vivir en tiempo real las vidas de todos los personajes. Y los finales, son otra de las grandes virtudes de estos cuentos. Sabia y habituada a largas y profundas lides con la literatura, Mayerín orquesta finales sorprendentes, casi desconcertantes y a la vez muy coherentes  que evaden cualquier profecía prefabricada de esas que engordan la autoestima de lectores listos.  
 
Validando la teoría de la recepción del texto- sin llegar a la de la muerte del autor- esa que nos convence de que el libro se enriquece con cada par de ojos que lo recorren, lo piensan y lo degustan, estas conjeturas que son también certezas, recolocadas y entretejidas caprichosamente , nos devuelven  el inmenso placer de fisgonear y sentirnos  a nuestras anchas en estos relatos en los que los diversos niveles de lectura y decodificación de los clásicos a los que homenajea y con los que juega la autora, están en relación directamente proporcional con el disfrute, dando como resultado una sabrosa República de los libros, aderezada cum grano salis.

  
Por. Mylene Fernández Pintado
La Habana Abril, 2014.
 
Notas:

[1] Caprichosas Conjeturas (cum grano salis) Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013. Todas las citas son de esta edición.