Legna Rodríguez Iglesias

1.

Las analfabetas somos ella y yo.
¿Te duele?
Sí, me está doliendo.
Al contrario de lo que todos creen, una analfabeta sabe muchas
cosas.
Sabe sentarse en un parque y mirar la estatua del parque.
Y encontrar que la estatua ha perdido valor.
Al otro lado de la estatua ella me mira, y al contrario de lo que
todos creen, sabe que no soy un piano.
Una analfabeta auténtica reconoce a otra analfabeta.
En el alquiler todos somos analfabetas.
Somos de países diferentes y también somos analfabetas.
Ella no parece analfabeta pero lo es.
Una analfabeta con complejo de inferioridad siempre trata de
pasar desapercibida frente a las
otras analfabetas.
Y cree que es mejor que las otras analfabetas.
Y piensa que sabe más.
Y se niega a vivir entre ellas.
Hasta que las necesita.
Ella era la única que faltaba y la esperamos algunos meses.
Hasta que nos necesitó.

2.

Querría empezar este libro con una frase dudosa.
Algo de lo que cupiera dudas.
Que ni ella misma quedara exenta.
Algo como una regla ortográfica.
Se escribe eme antes de pe y be.
Pero qué se escribe después.
Probablemente todo.
Después de pe y be ella querría escribirlo todo.
Al contrario de lo que todos creen, una analfabeta sabe escribir.
En el alquiler la mayoría de las analfabetas tenemos una laptop.
Para escribir sólo necesitamos abrir la laptop y teclear.
Y es bueno saber que la laptop nos corrige.
A, be, ce, che, de, e, efe, ge, hache, i, jota, ka, ele, elle, eme, ene,
eñe, o, pe, qu, ere, ese, te, u, uve, dobleuve, equis, ye, zeta.
Si la laptop no nos corrigiera probablemente no escribiríamos.
Robaríamos para comer.
Mataríamos si es preciso.
Y terminaríamos presas.


3.

Aquí no tienen pianos de cola, pensó en voz alta.
Sí tenemos pianos de cola, al menos por la mañana, había cientos
aquí.
Entonces muéstramelos.
Mira hacia allá, cuántos pianos de cola más quieres ver.
Tal vez eran pianos por la mañana, pero ahora mismo, no lo son.
Cómo que no lo son, no hay nada más parecido a un piano
que eso.
Para mí, que ando buscándolos, un piano es otra cosa.
Qué cosa.


4.

Un piano no es un teléfono ni es una cafetera.
Y aunque se parece a una laptop, tampoco un piano es una
laptop.
Los teléfonos encontraron la inspiración.
Uno es macho y uno es hembra.
O por lo menos han dejado claro que los roles masculino y
femenino están presentes.
Vigorosos y enamorándose.
Con un par de cables que se entrelazan.
Se anudan.
Un piano no tiene cable.
Al menos un piano de cola.
No tiene cable.
Tiene cola redonda y erótica.
Una cola enorme.
Un teléfono orina y el prepucio le crece tanto que en vez de
cuatro patas se diría que tiene cinco.
Cuando el teléfono macho golpea al teléfono hembra, este prefiere
no haber nacido.
Un piano de cola comería hierba y con eso estaría feliz.
Los pianos son analfabetas y no tienen necesidades intelectuales.
A los pianos de cola no les gusta escribir.
Y aunque les gustara, los pianos de cola no tienen laptop.
Ningún vendedor de laptop le vendería una laptop a un piano.
A no ser que fuera un vendedor analfabeta.
Ahí sí.
Pero los vendedores son licenciados en economía.
Por eso la hierba es suficiente para hacer feliz a un piano.
Es lo menos parecido a ella que hay.
Que no es feliz con nada.
 


5.

Está en un soológico buscando algún piano.
Alguna señal.
Este soológico no le gusta porque no hay pianos de cola.
Y del tenedor y de la cuchara sólo percibe su hedor.
Y las estrellas no le caen bien.
A decir verdad, no tolera nada de la familia de las estrellas.
Igual que con los seres humanos, que si tienen características
físicas semejantes a una estrella, tampoco los tolera.
Igual que con los objetos, que si tienen forma picuda, como una
estrella, trata de eliminarlos.
¿Todavía te duele?
Mucho.
Perdóname.
Z o o l ó g i c o se escribe con zeta.


Legna Rodríguez Iglesias


Se adjunta un fragmento ampliado del texto
 

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