DrakeAgustín Drake Aldama (Juan Gualberto Gómez, Matanzas, 1934) me conduce hacia el amplio patio de su casa, donde me muestra una especie de casucha que concibió provisionalmente para protegerse del sol, mientras preparaba una escultura de San Carlos Borromeo, a emplazar próximamente en la parte superior de la fachada de la catedral de Matanzas. Después que hizo el molde en barro, fundió la pieza (de un metro y cincuenta centímetros de altura) con resina esporci, en el taller del escultor Osmany Betancourt (el Lolo).
 
Frente a la casucha, Drake me comenta las veces que debió agacharse, acostarse casi, para tener una idea de cómo se veía la obra desde la perspectiva aproximada con que debería contemplarse una vez instalada. Recuerda que en estos casos se deben exagerar los detalles más importantes, para que puedan percibidos desde abajo, en este caso: las manos y la cabeza. Me confiesa que demoró dos meses en acabarla y que Leonor Jorge-Vergara, su esposa, lo estuvo ayudando en todo momento.
 
Hace dos años sorprendió a muchos con la muestra “Drake y sus cosas”, una especie de antología de su quehacer, en la que se incluían más de cuarenta nuevas obras: esculturas, arte-objetos e instalaciones. Ahora, el San Carlos confirma que a sus casi ochenta años de edad se mantiene en ejercicio pleno de su condición de artista. Y no se toma un minuto de descanso. En este instante medita sobre algunas piezas de pequeño formato que tiene en mente emprender en breve, entre ellas unos carruajes griegos de hueso que darán continuidad a una serie con esa temática, y por otro lado piensa en una escultura de gran formato que partirá de unas propelas de barco.  

Graduado de escultura en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas Alberto Tarascó, Drake es autor de una extensa y diversa producción como escultor y ceramista. Fue profesor, director de numerosas instituciones culturales y fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), de la cual es miembro de mérito. Mereció el reconocimiento Por la obra de la vida, del Fondo Cubano de Bienes Culturales.

 
—El San Carlos Borromeo da continuidad a la temática religiosa, que también ha formado parte de su obra y apenas es conocida.
 
—No soy religioso, pero una razón sorprendente me vinculó a los temas sacros desde mis inicios: viví durante diez años en el Obispado de Matanzas. Soy de Sabanilla y en 1953, después de graduarme de escultura en la Escuela de Artes Plásticas Tarascó, no tenía dónde quedarme aquí. Dos de mis profesores hablaron con el obispo, Alberto Martín Villaverde, y este me acogió en el Obispado, donde conté con mi dormitorio y mi taller entre 1953 y 1963.
 
Entonces hice numerosos trabajos de motivación religiosa. En el Obispado se conservan dos esculturas: “La virgen del niño” y “Bautizo de Cristo”. También confeccioné o reparé altares e imágenes para el Obispado, las iglesias o personas determinadas. De manera paralela realizaba encargos vinculados a otra perspectiva de la religión: la santería y las mezclas que se produjeron con la visión africana. Aquello fue un gran aporte para mí, pues tuve que estudiar, aprender de mis raíces.
 
En 1960 levanté un Cristo, a tamaño natural, de bronce, en el central España Republicana, de Perico. Un avión iba a tirar bombas en ese ingenio y explotó antes de que sus tripulantes lo hicieran. El sacerdote de la zona y los obreros del central consideraron que lo sucedido había sido un milagro y decidieron hacer algo que lo recordara. Los trabajadores realizaron una colecta para sufragar los gastos de la obra y a mí me tocó hacerla. Querían un Cristo obrero. Cristo era hijo de carpintero y por tanto ayudó a su padre en esas labores, debía haber sido un obrero. Así que lo concebí con músculos pronunciados, con la espalda ancha y, tal y como me lo pidieron, con un parecido a Camilo Cienfuegos en el rostro. En una mano un trozo de madera y una trincha, y con la otra bendecía. Luego, por razones absurdas, fue retirada de su emplazamiento. Por suerte se conserva en la parroquial de Perico.
 
Voy a mencionar otro suceso más reciente. La Virgen Mambisa sufrió un accidente en San Miguel de los Baños durante la peregrinación de 2010 y yo fui uno de los artesanos matanceros que la repararon. Sufrió graves daños: el cuerpo (de madera), la aureola y la corona (de plata), la base (de yeso), la urna (de acrílico) y las andas (de madera). Yo me ocupé de la base. Todo se solucionó rápidamente. Monseñor Manuel Hilario de Céspedes, actual obispo de Matanzas, se mostró complacido con nuestros trabajos.
 
Por cierto, fue él mismo quien me pidió que asumiera el San Carlos Borromeo. Quería un santo no idealizado, sino lo más natural posible. Era un hombre de nariz aguileña, de orejas grandes, un poco encorvado. El San Carlos tiene un metro y cincuenta centímetros de altura. Preparé el molde en barro y luego el Lolo se la llevó para su taller, donde fundió la obra con resina esporci, que no había utilizado antes. Se liga con talco industrial, polvo de mármol y blanco España, y da como resultado una pasta que imita a la piedra. Es como un plástico.
 
—Hablando de materiales, se puede decir que estos, su elección, su empleo, resultan esenciales para la ejecución práctica y la propuesta conceptual de tus obras.
 
—Pienso que sí. Las define, las peculiariza. De hecho, reconozco que si bien a veces parto de una idea previa, en buena parte de las ocasiones son los mismos materiales los que me llevan hacia la pieza. Dentro de mis últimos trabajos están dos carruajes griegos de pequeño formato que se me ocurrieron después de encontrarme dos mandíbulas de caballo. Ahora proyecto una serie pues un sobrino prometió conseguirme cuatro o cinco mandíbulas más.
 
Para mí todos los materiales son válidos. Bronce, cobre, hierro, baro, piedra, mármol, hueso, madera, soga, fibras, lo que sea... A todos les echo mano. Hay algunos que no he podido utilizar pero esto no ha sido por falta de deseos sino por no haber hallado la manera de ensamblarlos. Al decir materiales también me estoy refiriendo a cualquier tipo de objeto: bicicletas, puertas, tibores, planchas, ruedas, tibores, lozas, herramientas... No me gusta esconder su origen. Yo quiero que vean qué cosa es, qué era. Mantengo el desperfecto que tengan, el color... Solo les procuro acomodo, una armonía en el nuevo contexto.
 
—En cierta ocasión dijiste que habías comenzado a utilizar esta variedad de materiales a partir de un suceso casual... 
 
—En mis inicios yo era principalmente un tallador de madera, y también incursionaba un poco en la cerámica —específicamente la terracota—, pintaba..., pero todo sin complicaciones, sin mixturas. Hasta que estando como profesor en la Escuela Provincial de Arte, en el periodo revolucionario, a finales de los años sesentas, se produjo una carencia de materiales y dieron la orientación de mostrar a los alumnos que se podía trabajar con cualquier tipo de recursos. El pintor José Ramón Fundora y yo, cada uno en su especialidad, impartimos un curso en ese sentido. Para enseñar a los muchachos tuvimos primero que aprender nosotros y quedamos tan entusiasmados que luego lo seguimos haciendo. A Fundora lo atrapó el arte matérico y yo empecé a soldar, remachar, pegar, ensamblar cuanto material caía en mis manos.
 
—El humor es otra de las características de su obra...
 
—El humor forma parte de la idiosincrasia del cubano. Hasta lo que parece más serio, más grave, se raspa un poco y surge la veta humorística. He acudido a él en cualquiera de los temas que he tratado: sociales, políticos, históricos, culturales, religiosos, ecológicos... En todos me ha funcionado. Me valgo de él para llegar hasta el fondo de un asunto, tensarlo hasta lo máximo, y además me posibilita que el discurso fluya, que tenga naturalidad y frescura. A veces los mismos materiales me ayudan a dar esa intención. Los materiales como tal, o los objetos. Piénsese, por ejemplo, cuánto se le puede sacar a un tibor en ese sentido. Yo concebí una serie partiendo de ese objeto, aunque no de originales, sino hechos con barro. 
 
—Ha desarrollado la mayor parte de su obra en pequeño formato. Es también otra característica de su producción artística. Sin embargo, no tiene emplazada ninguna obra de gran formato... ¿Le queda algún sentimiento de frustración en ese sentido?
 
—Es una pregunta con varias respuestas. Yo concebí algunos proyectos de esculturas de gran formato pero nunca se materializaron. Ese tipo de obras necesitan una serie de condiciones que no dependen solamente del artista. Entre otros requerimientos, demandan en ocasiones muchos recursos materiales, un lugar para emplazar y sobre todo alguien que las patrocine, sea una persona en específico o una institución. Es decir, un mecenas. Si no se reúne todo eso resulta difícil llevar a cabo el proyecto. En mi caso, hubo gente que no me apoyó cuando hacía falta, e incluso que me obstaculizaron. Pero no quiero echarle la culpa a nadie. La quiero asumir yo solo. Tenía que haber dado batalla, haber luchado y es probable que las cosas hubiesen sido distintas.
 
Haré dos aclaraciones. La primera es que dentro de mi currículo cuento con varios murales emplazados, de considerables dimensiones, y que llevan casi tanto trabajo como una escultura de gran formato. En la segunda diré que no siento ningún tipo de frustración como escultor, pues lo cierto es que he podido desarrollar una extensa obra. Eso es lo que importa, hacer. Sea en el formato que sea, con el material que sea, pero hacer.
 
—Tengo entendido que el pequeño formato también podría decirse que le fue impuesto por las circunstancias, al menos en un primer momento...
 
—Siempre tuve muchas responsabilidades administrativas y políticas. No me quedaba tiempo para nada. Eran reuniones van, reuniones vienen. Entonces me adapté a llevar algo pequeño y trabajar allí mismo. Echaba dentro del maletín un pedazo de bronce, del material que fuera, y una escofina. Yo tenía la capacidad de estar al tanto de lo que se hablaba y a la vez ir avanzando en mi pieza. Al terminar la reunión muchos se acercaban y me decían: “Negro, enséñame a ver qué estás haciendo”.
 
El pequeño formato me ha dado otras ventajas. Recuerdo una gira que hice por cuatro países africanos, a los que pude llevar una muestra de mis piezas precisamente porque eran de pequeño formato. Las metí dentro de dos cajas y allá van. Lo mismo me ocurrió en un viaje a Letonia y otro a Polonia. Este tipo de obras también es más fácil para comercializar. Son obviamente más cómodas para trasladar y una vez adquiridas se pueden colocar en cualquier lugar, no ofrecen complicaciones para su emplazamiento, como si puede ocurrir con las de gran formato.
 
Pero independientemente de todo eso, el pequeño formato me satisface como artista. Algunos lo menosprecian pero eso es un disparate. El arte no tiene que ver con el tamaño físico de una obra. Una miniatura puede ser una pieza magistral y un mural de 40 metros una reverenda basura. Recuerdo cierto artista que al ver una escultura mía dijo: “Qué lástima, si fuera grande sería una maravilla”. Yo le respondí: “No olvide que las tanagras caben en una mano y después de miles de años siguen siendo consideradas obras maestras”.
 

Por: Norge Céspedes