Gotas del San AndrésEscribe Jorge Luis Borges en El otro, uno de sus cuentos de El libro de arena (1975), que el Borges anciano, sentado a orillas del río Charles, en Boston, coincide con el Borges joven. De la conversación que ambos entablan resume: Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos.

El tiempo es, a veces, mezquino, lo sabemos, pero ese no es el punto de partida en esta historia. En un plano secundario los personajes, entretenidos en la plática, imaginan su reflejo en la corriente del Charles, que corre hacia el Atlántico. Imperceptibles para el lector, los pequeños remolinos en el fondo arrastran el lodo, los tallos secos del fondo, para lanzarlos, deshechos, al mar. Una elucidación de la vida que pasa, nunca serán la misma agua ni la imagen reflejada y sin embargo, desde la distancia sigue siendo tan propio el cauce de siempre. Para Tales de Mileto, uno de los siete sabios de la antigua Grecia y padre del pensamiento científico, el agua era el único principio del mundo, supeditado a una experiencia sensible, donde todo se transformaba en todo.
 
Samuel Langhorne Clemens, se apodó Mark Twain y creció entre las barcazas que cruzaban el Mississippi; Horacio Quiroga fue un escritor que traspasó su vida sentado en ambas orillas del Río de la Plata. El poeta esclavo Francisco Manzano dedico versos memorables a los fanguizales, que entre mosquitos y matas de mangle bordeaban el Yumuri. Esa matanceridad, como una condición intrínsica de la creación citadina en el siglo XIX, fue el reflejo de una ciudad arrinconada por tantos cauces. Antes de concluir este imantamiento aclaro que nada hay de casual en la sensualidad del mejicano Carlos Pellicer, viajante íntimo, influenciado en su obra por la bonanza del trópico con la selva, sus grandes ríos, y el sol.
 
El San Andrés es algo más tierno. Una corriente de Municipio en este universo mediático, que no puede siquiera compararse en longitud con los grandes afluentes de Cuba. Es un cauce pequeño, imperceptible en el mapamundi, desconocido para mí. Sin embargo, mientras espero en la Casa de las Letras a que pasen las horas, lo descubro sinuoso y bello.
 
Repaso en el ordenador los poemas de Maylan Álvarez y vienen a mi mente esas pequeñas marcas que quedan en el cuerpo tras la llovizna. Nada puede una gota del San Andrés, muchas horadan, atraviesan, conviven en el mismo cuerpo. La existencia es una continuación de la historia que teje el rio, como Danae envuelta en la cinta dorada del Nilo.
 
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias de levantar 
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
(Lezama. Ah, que tú escapes!)
 
En los textos de Maylan, atestados de una de humildad infinita, la poeta se desplaza en un horizonte que migra desde su mirada particular hasta la percepción del (pro) veedor, a la usanza cotidiana del barrio. El mensaje, como la isla en medio de la nada, está escondido. Entonces, hay que buscar en uno mismo para hallar la contestación verdadera, el sentido verdadero. El rio, lo sucedáneo, será el artilugio, la magia que propone y desafía al artista.
 
En el centro se multiplica la luminosidad del agua, el reflejo de la luz, ambarina o nítida, de acuerdo a la época del año, que no enclaustra sino viaja de la belleza a la belleza, repitiendo su ciclo vital en cada mirada, dialogo sui-géneris pupila-obra que imanta.
 
Anaximandro, filósofo y matemático,  hablaba de un infinito anterior al agua, mezcla de todos los contrarios y en el cual todo vuelve a confundirse, principio de donde salen y adonde vuelven los mundos.
 
El ser vuelve con el tiempo al elemento que le dio origen. Algún día seríamos los peces de la nueva vida.
 
Alejandro, mi hijo mayor, me acompañó esa tarde-noche. En medio de la calle, como las fiestas de advenimiento,  Maylan Álvarez hizo la presentación oficial de La Otra orilla[1], un libro de poemas muy íntimo, escrito durante mis años de estancia en la ciudad de Kayes, Mali, a orillas del rio Senegal.
 
 
Otoño del 2010

 

 

Por: Yovanny Ferrer Lozano