Otro Retorno al país natalAl morir el alba Aimé Cesaire regresa de Francia a La Martinica.
Solo después de esa muerte.
 
Las muertes tras la que regresa Laura Ruiz son otras bien diferentes. Otro retorno al país natal no es paráfrasis, ni eufemismo, y mucho menos juego de palabras. Laura regresa a un país llamado Beatriz.
 
A la humedad,
la telaraña,
el polvo…
 
a la verdad de perro y gato que le toca, al vino agrio que es nuestro.
 
Es la poesía que la cotidianidad ha resguardado para su regreso: en el regreso hay remembranzas, saltos, heridas, miedos, disonancias. Y por supuesto: muertes. Y por supuesto: vidas.
 

El pan bíblico retoma su función primigenia a la luz mitológica del mechón; la ilusión que es la nieve puede desmoronarse, tantas banderas esconder su bandera.

 
El infierno, que fue llaga, asedia. El dedo en la llaga apunta hacia la muerte. Como en una película del gran Alfred, como una pústula que crece, exorbitantemente, el hospital con su enfermo y su acompañamiento. Sus enfermeras y camillas. Rimbaud en Abisinia. Rimbaud sin una pierna. Temporada. Rimbaud sin piernas. Muerte. Rimbaud sin vida. Posiciones políticas, brebajes. Nirvana.
 
No se trata de retratar la cotidianidad del que regresa y recuerda, del que regresa y llora, del que regresa sin importarle el precio… y los precios.
 
Pudiera decir que este libro es una metáfora del regreso, como lo fue Los frutos ácidos de la sobrevida. Pudiera decirlo. Pero se corre el riesgo de la reducción. Y nada hay tan peligroso e injusto.
 
Pudiera decir que lo vivencial es trascendido por la mirada aguda que hace visible lo que no, tangible lo que no. Los recursos expresivos a que echa mano Laura Ruiz Montes en este breve cuaderno, son los de un poeta que conoce su oficio y no hace gala de él.
 
Gran poesía que transcurre sin poesía, sin complicaciones tropológicas ni imágenes, sin plasticidad. Pareciera que no hay trabajo con la palabra, que no hay concepto ni filosofía detrás de estas palabras. Pareciera que pudieron ser dichas por la vecina o el paseante.   Pero insisto: pareciera. Y esa apariencia, esa voluntad —quizás no es la palabra, ni su concepto—es el punto, el imperceptible punto, en que todo se detiene para empezar de nuevo. En que se vuelve atrás regresando. En que se camina sin vuelta atrás, con la seguridad que dan la memoria y un largo sueño.
 
Laura vuelve a convencernos del valor de lo breve. De lo mínimal. De la palabra justa y de la importancia del punto final. Su obsesión.
 
Para la cubierta de este libro Johann E. Trujillo fotografió un pájaro, un ave que no aterriza, más bien amariza. Amarizar o amar. Infinitos que asedian. Lo que no da lugar a dudas es que, como Laura, el ave llega. Como la poeta, está llegando a Matanzas, a su bahía, su bruma y sus nubes y vuelve a decir que es suyo “el cielo que queda entre las casas”, puede “huir a la vez en dos direcciones”.
 
Traigo estas citas de los primeros poemas de Laura porque hay también en este poemario un retorno otro. Laura Ruiz, sin saberlo se ha envuelto no solo con la nostalgia vivencial, también con la poética.

Este libro, escrito como acierta a decir el jurado, “desde la madurez humana y estilística”, es, siendo el más reciente, el más parecido a su primer libro, aquel que ella tituló Queda escrito. Y más atrás aun, a su primer poema publicado: “Reunión”. Es tan así que “aquí estamos todos, como siempre”.  
                                 

 
Alfredo Zaldívar
a los 12 días del mes de noviembre de 2012,
en La Madrugada, “cuando el sol con rayos de oro da en las domésticas tejas”.