Leonardo PaduraTodavía recuerdo con absoluta nitidez el día de junio en que hace ya seis años, Carlos Velazco y yo tomamos el largo camino para entrevistar a ese escritor que recién habíamos leído con fruición pero con sospecha en los ratos libres permitidos por una aburrida carrera universitaria que tratábamos de hacer entretenida y llena de sobresaltos. Aquel viaje constituía uno de esos esfuerzos a brazo partido por tener algo que contar en un futuro no muy vislumbrado. Íbamos, más que con un cuestionario, con un interrogatorio de casi cuarenta preguntas y la esperanza de lograr que Leonardo Padura fuera noble y las respondiera en apenas dos horas.

Aunque no hablamos de ello durante el atestado traslado en un ya extinto camello, un enigma nos martillaba con mayor fuerza en la cabeza que los otros. ¿Por qué aquel hombre multipremiado, publicado por la prestigiosa Tusquets en España, con las puertas abiertas para vivir en cualquier otro sitio, se mantenía aferrado al poco noble barrio de Mantilla? Misterioso nos parecía que ni siquiera hubiese intentado buscar una casa por los alrededores de La Rampa, siguiendo ese precepto atribuido a Guillén de que los grandes hombres pueden nacer en cualquier lugar, pero siempre han de morir en El Vedado.

Con cierta timidez, cuando faltaba poco para concluir, no pudimos postergar más nuestra curiosidad y lanzamos una de esas preguntas que quizás no le hacen a Paul Auster. ¿A qué se debía aquella fidelidad a Mantilla? Como se sabe, y como puede haberlo intuido Padura en ese instante, preguntábamos de otra manera las razones de la fidelidad a Cuba. Una fidelidad que se extendía no solo al hecho de permanecer en uno u otro sitio, pues no se deja de ser cubano por cruzar una frontera. Nuestra inquietud en realidad buscaba desentrañar las razones por las cuales uno de los autores más atronadoramente exitosos de su generación, pudiendo limitarse al público seguro fuera de la Isla, persistía en escribir esencialmente con las claves para un lector cubano y mantenerse haciendo un periodismo de servicio a través de crónicas y comentarios sobre temas sociales, políticos y culturales que casi siempre encontraban el modo de imprimirse o pasarse de un correo a otro. Pensándolo con una lógica pragmática, no tenía necesidad de ello.

Creo que solo con el paso del tiempo, llegamos a comprender que Padura sufre a nuestro país y que su periodismo, ya sea el de investigación que practicó en los 80, o el de opinión que aún hace, es el espacio donde deja fe de sus desgarramientos cotidianos. Pues incluso aunque no siempre sufra todo lo que puede aquejar a un cubano común, no deja de importarle su destino, no por filantropía o solidaridad hipócrita, sino porque le duele realmente, se angustia y siente, como ha confesado, el martilleo de su conciencia ciudadana, con la suficiente intensidad como para no dejar de insistir aun cuando las cosas no siempre cambien.

Desde aquel libro de entrevistas a peloteros retirados publicado en 1989 en colaboración con Raúl Arce, no ha sido de otro modo. En la conversación con Manuel Alarcón, los comentarios sobre las sillas y las mesas ansiosas de una mano de pintura, o el cabaret nocturno La Presa, que empezando por su nombre simula cualquier cosa menos un cabaret, reflejan el aprendizaje de una de las lecciones de Tom Wolfe: presentar cada escena al lector a través de los ojos de un personaje en particular y experimentar la realidad emotiva tal como la está experimentando quien escribe. Por ello estas estrellas del terreno se prefiguran como auténticos personajes hemingwayanos, un puñado de hombres nostálgicos y tristes que cantan en un bar de quinta para conseguir los aplausos perdidos o tienen el valor de retirarse en la cúspide de su carrera a la más mínima señal de que se avecina el fracaso. A veces la similitud es tan evidente que ni el entrevistador puede sucumbir a la tentación de la analogía directa. Determinadas preguntas que se repiten contribuyen a crear esa sensación: Padura insiste en sus fracasos, en sus dolores más íntimos, en saber qué hacen ahora, y la ficción se parece a la vida cuando casi todos tienen entre sus preferencias la caza o la pesca, aun cuando Aquino Abreu no pueda comer los frutos del mar, no importa, pues él disfruta la lucha con el pez. El paralelo con el Santiago de El viejo y el mar no puede ser más claro.

Persiste un marcado interés por erigir a estos jugadores en héroes. La historia de vida que se va gestando, sus personalidades aparecen dignificadas y hay una focalización en la proeza de jugar con dolores físicos. Esa voluntad responde además a un objetivo mayor que persiguen las entrevistas: encontrar un discurso crítico mediante el que se revelen las injusticias y arbitrariedades cometidas con estos grandes peloteros, y ponerlas en contraste con los sacrificios que ellos fueron capaces de protagonizar.

Los recursos expresivos empleados (el presente histórico, los epítetos, las metáforas, el humor, el dato escondido) ayudan de forma decisiva a la intemporalidad de los diálogos. Aún funciona llamar a Ñico Jiménez “el más famoso de los robadores cubanos” para luego aclarar que este es el único caso en que ser ladrón es una virtud o ocultar hasta el final de la entrevista con Fidel Linares que su hijo mayor Omar no es otro que el Niño Linares.

Resulta significativo que Padura manipule la realidad, en el buen sentido del término, para construir un conjunto de relatos y destacar que estos hombres vinieron de abajo. Esa será además una constante en su sensibilidad incluso de escritor: le llama la atención el personaje que debe luchar contra su entorno para alcanzar un destino luminoso o excepcional. El dramatismo implícito en la existencia, las espirales de la pobreza por las que los jugadores han tenido que atravesar para llegar a la cima, representan uno de los puntos de especial atención.

Al pasar a otro libro de entrevistas, pero esta vez a figuras descollantes de la salsa de América Latina, percibimos con énfasis que a Padura lo domina el deseo de rescatar leyendas orales contemporáneas, de apresar otro tipo de saber que emerge de una memoria que rara vez logra reunir la dignidad indispensable para alcanzar la letra impresa. Su defensa del “Olimpo democrático” creado en el continente alrededor de la música, confirma su fascinación por salvaguardar los signos de la identidad, sobre todo si esa identidad es atravesada por lo urbano y lo contracultural. Sin poder resistir la tentación de hacer un alto en Benny Moré, figura que clasifica como uno de los tesoros espirituales de su generación, Padura comienza por Mario Bauzá, el rey ―él mismo lo corona― del jazz latino. Una estrategia que se reitera en varios de los textos periodísticos es advertir del olvido para iniciar la reivindicación. Y en este sentido, el autor utiliza fragmentos y jirones externos a su discurso principal mediante la cita en extenso, con el único propósito de sustentar su tesis. Es el caso de cuando recupera la escueta nota necrológica que da fe de la muerte de Bauzá en el periódico Granma en 1993. Este método de alertar omisiones voluntarias, Padura la reedita tiempo después en su columna “Cultura y Sociedad”, al señalar los saltos y tratos injustos en el Diccionario de la Literatura Cubana con pesos pesados como Gastón Baquero o Guillermo Cabrera Infante.

La única diferencia que advertía Alejo Carpentier entre el periodista y el escritor estaba dada por la cuestión del estilo: mientras que el primero adoptaba uno elíptico, condicionado por la escasez de tiempo y espacio; el último podía hacer uso de otro más bien analítico, con puertas abiertas para el regodeo en la disquisición filosófica y el examen de largo aliento. Padura revisa esta idea y se percata de que lo único que ha de respetar al aplicar las técnicas narrativas en el reportaje es el umbral entre la ficción y la realidad. Las horas que dedica a un periodismo histórico que amerita la investigación en profundidad, le cubren las espaldas a la hora de imaginar diálogos o situaciones. Lo ampara una divisa que según confiesa aprendió al leer Raíces de Alex Haley: la historia puede no haber ocurrido de la forma en que se narra, pero según las pesquisas realizadas, todo lo narrado pudo haber sucedido así.

Aunque las fuentes principales de sus reportajes se encuentren en el pasado, Padura muy pronto va en busca de los ecos de ese pasado en el presente, de los vestigios de una época, un suceso, un lugar, un personaje. Su enfoque concibe una Historia con mayúscula que alterna una y otra vez con la microhistoria, y esa posibilidad se la brinda no solo la búsqueda en archivos, sino sobre todo, la exploración vivencial a la cual se somete. De este modo, nos revela el rostro desconocido de algo que siempre ha estado frente a nosotros. Revisita los orígenes de un Barrio Chino venido a menos para iniciar El viaje más largo, convencido de que no bastan las cifras de los culíes llegados a Cuba para dibujar el cuadro y que solo se acercará al paisaje general, con una mirada inclusiva hacia manifestaciones que forman parte raigal de un país, como la música o la cocina.

No parece interesarle sin embargo auto titularse el gran descubridor y, en este sentido, deja espacio a la duda, a una zona misteriosa e intangible. Pudiera hasta pensarse que estamos en presencia de un contraperiodismo, en la medida en que la práctica se entiende como un dilucidar y dar noticia a toda instancia. Los reportajes funcionan cual puertas a mundos desaparecidos o a punto de desaparecer y, quizás por ello, Padura intuye que no valen ni lo docto ni lo categórico cuando lo único que tenemos a nuestro alcance se reduce a sombras y un sinnúmero de subjetividades. No busca el dictamen, sino un concierto de voces, plural y polifónico, del que cada cual escogerá la que más lo convenza.

En el ensayo Heredia o la elección de la patria, Padura se concentra en una intriga. No puede dejar de preguntarse por qué un hombre que apenas vivió una suma de seis años en el país, haya decidido ser cubano, cuando también pudo ser venezolano, dominicano o mexicano. Esa determinación de pertenecer a la Isla, sin embargo, no es una peculiaridad que solo le interese en el caso privativo del poeta. En sus textos periodísticos, ronda con frecuencia los avatares de aquellas personas que se instalaron en Cuba, aun cuando pensaban no quedarse. Quiere hurgar en la capacidad de imantación que nuestro país parece haber tenido alguna vez, ya sea entre los chinos, los gitanos, los catalanes o los franco-haitianos. Repasa las causas de ese anclaje y al mismo tiempo, perfila la imagen de Cuba como un puerto que deviene punto de llegada, nunca de partida. No es casual que señale los cambios de identidad, la adopción de nombres castellanos como práctica común de integración, pero también de una invisibilidad con la que pretende acabar. Los llamados “hombres sin retorno” lo seducen en tanto su capacidad de generar nostalgia por parajes desdibujados, cuyos colores son cada vez más desvaídos.

Su periodismo de investigación se aparta además de los centros citadinos. Su ojo se traslada al barrio, al pueblo lejano, a la periferia, a lo que en alguna oportunidad, pudo ser el margen, y por eso encalla en Casablanca, Lawton o el Calvario. Consciente de que los grandes discursos se entienden de modos más entrañables si vienen en clave dentro de una historia de amor (por ejemplo, entre una haitiana y un alemán), Padura muchas veces aborda temas como la discriminación racial, la trata de esclavos o roza figuras centrales de la historia cubana desde el recodo ofrecido por el devenir de personajes de un segundo o tercer plano.

Suele detenerse en las historias de vida entrelazadas con el nacimiento de alguna costumbre ancestral cubana, y en ese empeño hilvana relatos para persuadirnos de que nuestra adicción al café no puede entenderse desconociendo la aventura de Casamayor en la Gran Piedra o que el mito del ron Bacardí amerita rondar la ciudad de Santiago y la línea genealógica que le dio nombre.

Su gran obsesión por aproximarse a la memoria viva, lo conduce hasta los orígenes de sus propios fantasmas infantiles o a seguirle la pista a los helados de fruta de Zacarías, el americano, que recordaba su tío Tomás, sin abandonar la costumbre de permanecer más tiempo con las fuentes para transparentar sus vidas: sabe que mientras más minucioso sea el trabajo previo, mayor será la oportunidad de usar el diálogo o imaginar una escena. Padura recorre así el justo límite entre periodismo y literatura, a tal punto de que lo que escribe, como ya nos decía el viejo Martín Vivaldi, comienza a ser la expresión de una personalidad literaria, de un estilo, de un modo de hacer, de una manera de concebir el mundo y la vida, que los lectores buscan no solo ya por lo qué dice, sino por el modo en que lo dice.

Puede pensarse, y no sería errada la teoría, de que el periodismo de aliento literario se convierte en un entrenamiento de Padura con vistas a su ya decidida carrera como escritor de ficción. Sin embargo, suponer una tendencia escapista y hasta evasiva por los años que lo ejercita, no podría ser más equivocado. En este sentido, sigue un camino inaugurado por escritores cubanos como Carpentier o Arenas, al percatarse de que hablando del pasado se puede poner en entredicho el presente. Aun cuando se mantenga orbitando en torno a casas ¿embrujadas? como la de San José de Bellavista, no duda en introducir un dato crítico: en ese entonces ―corría el año 1985― la mansión estaba ocupada por varias familias que no creían en fantasmas. La necesidad puede desterrar el miedo.

Sin prescindir de una denuncia latente, como por ejemplo la pérdida definitiva de la fisonomía que antes hizo el encanto de un sitio, en ocasiones opera con conceptos como lo real maravilloso americano. No es casual que la última parte de su crónica sobre Casablanca aluda a la que Carpentier le dedicara al poblado en 1939. Este rescate de la descripción del autor de El siglo de las luces no solo permite oponer y dar cuenta de lo desparecido para el nuevo turista cubano, sino que apunta a leer determinados detalles como guiños hacia la teoría fundada por el escritor. Con ese dato acaso disfrutamos más el hecho de que los pobladores de Casablanca olvidaran construir un cementerio pues eran al principio jóvenes o que en Los Cocos todos los días apagaran con baldes de aguas los pequeños fuegos desatados por las chispas del cañonazo de las nueve. La atracción por los mundos que se acaban, las ruinas que amenazan con esfumarse por completo, marcan los descansos de un explorador perseverante, dotado con una conciencia que le hace sospechar de los hoteles de hormigón que crecerán sin coto en un cayo antes virgen.

El distanciamiento de los centros lo conduce a orbitar todavía más lejos y acaso llevar al paroxismo las conversaciones con hombres recios, de mar o de río, curtidos al calor de los más duros trabajos, aplicando entonces una de las últimas recomendaciones de Wolfe: fijar la relación de gestos cotidianos, simbólicos, en términos generales, del status de vida de las personas.

La densidad de la materia literaria puesta al servicio del periodismo cruza con amenazante atrevimiento las líneas de contención entre los dos universos y acaso alcance en Yarini, el rey uno de los más altos exponentes. La varilla del reto en este caso sube a considerable altura, pues la riqueza dramática de la vida del mítico proxeneta ya había sido explotada en Cuba por el teatro y la novela testimonial. Padura decide dar el salto construyendo su propio relato y recolocando dentro de su trabajo los fragmentos de las obras precedentes, creando de este modo un texto que tiende redes de sentido. Y digo que las barreras parecen venir abajo, porque Padura tensa la cuerda al punto de comenzar su reportaje con un sueño de Yarini. La cercanía del narrador con el personaje es tan peligrosa y, por supuesto, omnisiciente, que el periodista nos entrega en bandeja de plata nada más y nada menos que la señal premonitoria que por la vía onírica recibe Alberto Yarini la mañana del día de su muerte. También podría pensarse en el comienzo de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez: como lectores, ya sabemos que el personaje va a morir, pero nos interesa saber el modo en que Padura va contarlo.

Quizás como en ningún otro texto de esta época, se revela la preocupación del escritor periodista por salvar de la desidia aquellas leyendas orales que matizan a los personajes que poblaron nuestra realidad. Aun distanciadas, Padura sitúa dos anécdotas antitéticas: la de Yarini forzando a una prostituta a devorar una cazuela de sopa ante el rechazo de esta a su plato preferido, y la de ese mismo Yarini fracturándole la nariz y el maxilar al Encargado de Negocios de la embajada norteamericana en la Isla por burlarse de un patriota negro cubano. En un único texto coinciden entonces dos visiones, no importa confirmar una o desestimar otra, sino acaso demostrarnos que se acabaron los tiempos de los santos y que a veces vence el ángel y otras el demonio.

En el 2006, Padura nos confesaba que el impedimento de escribir un periodismo más cercano a la sociedad se debía a dos razones: la primera no dependía de su voluntad, se limitaba a no tener un espacio en la prensa masiva para hacerlo, y la segunda, que ese giro implicaría una inserción en la realidad que “siento que me falta, porque cada vez me he ido apartando más del curso cotidiano de lo real”. Esta última razón ―además de la apetencia por entregarse definitivamente a ser un escritor― quizás sea la determinante para que Padura abandone un periodismo de investigación que le resultaba imposible llevar a cabo para entonces, y tome como camino el de la primera persona que ofrece la crónica. El yo tímido que asomaba en sus trabajos de antaño, regresa con la fuerza de la mirada hecha desde la intimidad, incluso cuando a veces mude a una tercera persona en busca de un tono expositivo.

Padura reconoce una época que no es la suya. Esa certeza no solo está expresada como una preocupación individual, sino también generacional. Podría decirse que la existencia de nuevas dinámicas que no puede comprender del todo, o que comprende, pero a las que no puede integrarse, resulta la base de la relación que en La neblina del ayer mantiene Mario Conde con Yoyi El Palomo, esta suerte de joven guía, de traductor de una manera de vivir en la que el viejo expolicía queda al margen. En este caso (solo en este) podría pensarse en que Padura ha trasladado a su personaje literario fetiche un dolor propio. Y me regodeo en el hallazgo porque me atrevo a asegurar que los comentarios sobre temas políticos, sociales y culturales de este período, van todos, de algún modo u otro, a envolver la inquietud ―en este caso no conservadora― de que algo se pierde para siempre o que comenzó a perderse definitivamente en los años noventa. Padura se ha impuesto una tarea compleja: dejar constancia de una escisión en el modo de ser y pensar en Cuba, de un cambio de siglo que no llegó para nosotros en el 2000, sino mucho antes, con el derrumbe del campo socialista.

Cada crónica pudiera leerse entonces como la descripción de un síntoma que aqueja a una sociedad enferma. Esos malestares van desde la violencia en sus más variadas manifestaciones hasta el desplazamiento de la pelota como deporte nacional, el baile como medio de solaz o el carnaval como afirmación de una pertenencia. Aunque parezca lo contrario, las preocupaciones más temibles del escritor no giran en torno a lo material, sino que giran en torno a ello, en tanto causa directa del daño espiritual. No por gusto dice que experimenta la sensación de un mundo que lo rechaza, no por lo que es, sino por lo que siente. El lenguaje directo y hasta descarnado que esgrime en esta zona de su periodismo, apunta a tratar aquellas temáticas que muchas veces se comentan en el mermado espacio público cubano, sin lograr alcanzar una resonancia en el sistema de prensa. El compromiso que Padura siente ha adquirido, es el acicate que lo impulsa a concluir sus trabajos con líneas de deseo y hasta de sentencia, en un tono ríspido, incluso pesimista. Escribe para dotarnos de una válvula de escape, pero sin duda, también para quienes toman las decisiones políticas.

Una vez le dije a Carlos que me daba la impresión de que Padura sentía pena por nosotros. Y hoy, al terminar de escribir estas palabras que han querido ser un análisis, pero también un homenaje, esa sensación me acompaña. Ahora estoy mejor que antes, pues creo haber llegado a saber por qué no las tiene. Siente pena por nosotros porque nuestra dura educación sentimental pasa por el reguetón y Paulina Rubio (aun cuando no los escuchemos) y por Paulo Coello (aun cuando no lo leamos). Siente pena porque tampoco podemos integrarnos al mundo del que ya él se siente fuera y porque acaso las decisiones que nos quedan por tomar se reanudan en la pregunta herediana de cuánto terminará la novela de nuestras vidas para que empiece la de nuestra realidad.

Con toda intención he dejado para el final la respuesta de Padura a aquella pregunta hecha con escualidez una tarde junio:

    En Mantilla nació mi bisabuelo, nació mi abuelo, nació mi padre, nací yo, si hubiera tenido hijos, hubieran nacido aquí también, y la relación con este barrio no es ya la relación de alguien que vive en un lugar, es la de alguien que pertenece a un lugar, y esa es, fundamentalmente, la relación que yo tengo con Mantilla: una relación de pertenencia. Cuando miro mis propios recuerdos, mi propia vida aquí en el barrio, me doy cuenta de que formo parte de él, como lo forma la calzada, como lo forma un poste de la luz, soy algo que está dentro de la vida de este lugar, por mi propia existencia...

Esperemos que los casetes de Serrat y un librero colmado de autores releídos y entrañables que van desde Vargas Llosa hasta Salinger, sigan siendo una piedra lo suficientemente ancla para que Padura nunca deje de firmar sus novelas y todos sus escritos en Mantilla.

 


Por: Elizabeth Mirabal