Leonardo Padura: PeriodistaLeonardo Padura no ha seguido el consejo de Hemingway, ese en el que el célebre novelista recomienda a los escritores noveles que comiencen haciendo periodismo, pero que dejen de hacerlo cuando se dediquen de verdad a la literatura. Padura sigue siendo el periodista de siempre. Bueno, rectifiquemos, no exactamente el de siempre: ahora los años y las glorias lo han acomodado en una posición más “respetable”, la del columnista que opina sobre casi todo con la certeza de que ya es una voz “autorizada”.

Es natural. El narrador reconocido, el ensayista y conferencista solicitado ya no tiene todo el tiempo del mundo para aventurarse en investigaciones en el terreno, para escribir reportajes de periódico (recuerdo ahora aquellos maravillosos textos reunidos en El viaje más largo, hace casi dos décadas: fueron inspiración para tantos estudiantes de periodismo deseosos de narrar esa otra historia, la pequeña y paralela). Padura, de acuerdo, ya es otro periodista. Pero sigue siendo un periodista muy bueno, como era de esperar.

La editorial Caminos ha publicado La memoria y el olvido, una compilación de sus artículos para el servicio mundial de columnistas de IPS, la agencia italiana con la que trabaja desde 1995. Escritos en los últimos años, los textos se centran en los retos y peripecias de la Cuba contemporánea (asumiendo que en estos años, esa Cuba cambia bastante rápido), desde el punto de vista de un observador que pretende ser todo lo objetivo que le permite su participación directa en los acontecimientos. Porque Padura se sabe parte y esa circunstancia marca todas sus reflexiones. No obstante, en ocasiones se permite valorar como si estuviera por encima de los sucesos: habla de los cubanos, sus conciudadanos, en una tercera persona que resulta bastante cómoda.

Los análisis de Leonardo Padura son muchas veces críticos, pero siempre constructivos. Son, muchas veces, propuestas o exhortaciones para resolver problemas bien concretos. Claro que mucho más fácil es plantear un problema o incluso aventurar su posible solución, que llevarla a cabo. No es que Padura sea ingenuo o superficial, lo que pasa es que el ejercicio de su profesión tiene ámbitos, límites. Al periodista le corresponde debatir, proponer, incluso denunciar. Pero un periodista no es, en esencia, un agente efectivo del cambio. Leonardo Padura lo comprende. Reflexiona entonces con serenidad, permitiéndose incluso cierto tono flemático que no llega nunca a ser displicente.

La Cuba que “retrata” Padura es al mismo tiempo personal ―la tierra de sus obsesiones de siempre, la de su barrio y su gente― y la más mediática. No deja escapar ninguno de los temas de siempre, los que marcan la agenda de los medios extranjeros (la política, la democracia, la participación ciudadana, las estrategias gubernamentales, las relaciones ―polémicas― entre Cuba y los Estados Unidos, las carencias cotidianas, el acceso a la información, un largo etcétera…), pero su mirada se distancia en sentido general de los clichés y la superficialidad y maniqueísmo de los análisis que se publican habitualmente sobre la realidad cubana. Insistimos: el columnista no tiene la verdad absoluta en su mano, y en ocasiones lo reconoce. Pero es honesto y no pierde la perspectiva.

Por supuesto que Padura trasciende las fronteras y habla de los grandes (y no tan grandes) problemas mundiales. Sin llegar a resultar apocalíptico, sí resulta muy crítico. Pero no pierde nunca el sentido del humor, ni ese vuelo literario que marca incluso las páginas más urgentes. En cada uno de los comentarios está el narrador, siempre inclinado a la crónica.

Para mucha gente, Leonardo Padura es una especie de voz maldita y molesta para los “círculos oficiales” cubanos.

Los medios han tejido la leyenda de que es prácticamente un escritor prohibido y marginado en su país. Sus novelas, sin embargo, han sido publicadas por las editoriales cubanas y siempre son un acontecimiento popular. Estos comentarios ―que obviamente no responden a “dictados”― bien que podrían aparecer en los periódicos y revistas cubanos. Algunos estarán de acuerdo y algunos no, pero de eso se trata el ejercicio del debate. Y ahora mismo, en un país que quiere cambiar lo que deba ser cambiado, el debate franco es una necesidad.


Por: Yuris Nórido 

Tomado de: http://laventana.casa.cult.cu/index.php