Letras húmedas. la Ciudad Poética. Urbano MartínezIntroducción

Hay ciudades que fueron y otras que son. Las hay que no existieron nunca, y alguien las inventó una vez. Ellas vivieron desde entonces únicamente en el sueño de un caracol o en la memoria de un buzo: rastreador de océanos, envuelto en limo verde y apologista de ruinas arqueológicas; pero no siempre la historia ha propiciado las invenciones (dragones y vampiros se salvaron porque, después de ser imaginados, se volvieron reales). Hacia falta espacio, hacía falta sueño. Era imprescindible algo más: la necesidad y la utilidad del invento. De lo contrario, la historia continuaría repitiéndose: los cangrejos andando de espaldas, la manzana de Newton cayendo hacia el suelo y las aves volando con mayor velocidad que una princesa árabe. No en todas las épocas han existido buzos ni ciudades. Ni Newton. Pero han vivido, sin caducidad, los cangrejos y los caracoles. Una ciudad cualquiera podría ser como una hermosísima princesa árabe. Haber viajado primero en andas y caravanas de dromedarios.

Después, elevarse hacia el éter en calamitosos aviones supersónicos. Eso sería una ciudad cualquiera (no Matanzas). Tendría siempre una corona dispuesta para su alcalde y este dispondría de una llave inmensa, dorada, metálica... para entregarla a personajes importantes, como símbolo que abre las puertas a todos los que parezcan seres notables (con testas ya archicoronadas) cuyos homenajes culminarían con frondosos discursos referidos a ciertos cangrejos otoñales que, a fuerza de tecnología y ciencia, aprendieron a caminar de frente; y a manzanas que, lejos de caer a tierra, se elevan al cielo, en las barrigas de fantásticos aviones, repletos de pasajeros que ven desde arriba el Sahara y sueñan con ver de cerca la torre Eiffel.

Casi todos los alcaldes, en ceremonias pomposas, entregan ellos mismos las llaves de su ciudad. Entregar es fácil. Lo difícil es regalar. Es la clásica diferencia entre millonarios y mendigos: “Te hago donaciones”; que, desde luego, no es lo mismo que un regalo. En Matanzas todo es tan distinto. Sobran llaves, pero no hacen falta, porque se llega a ella desde todas las partes, sin pedir permiso. Por aire, por mar, por tierra. Por ahí llegan también los cangrejos, los buzos y las manzanas envueltas en brillantes paquetes de celofán.

He soñado hace un mes con una princesa árabe que, perdida la corona, llevaba en sus manos un caracol verde. No sé si por el limo. Se dirigía a esta ciudad y en su bolso guardaba una llave, hecha con metales prehistóricos, colectados por antiguos orfebres de una dinastía inventada por cronistas legendarios. Escribí este libro pensando que a ella, venida a menos y desde el Sur, nadie en el mundo le entregaría llaves simbólicas. Quise no entregarle, sino regalarle esto: el secreto de un antiguo amor, el de la ciudad y la poesía. Una ciudad de verdad, pero reinventada por los poetas. Mi libro es la historia de esa reinvención.
 
* Con este libro el autor mereció el premio "Fundación de la Ciudad de Matanzas" 2011, en el género de ensayo.


Por: Urbano Martínez Carmenate
Miembro de la Academia de Historia de Cuba. Labora en el Departamento de Investigación del museo provincial de Matanzas.Es uno de los biógrafos de mayor reconocimiento en el país. Entre sus libros de destacan "Domingo del Monte y su tiempo" (Premio de la crítica)