Letras HumedasCuando Raúl Ruiz se refería a la obra de Urbano Martínez decía que envidiaba su forma de escribir, lo cual, viniendo de alguien tan prestigioso como el desaparecido historiador de la ciudad de Matanzas, constituía un gran elogio. Quizá por haberlo asumido a partir de su labor como museógrafo e investigador del Museo Palacio de Junco y no por su formación académica -que es de Literatura y Letras-, en Urbano el oficio de historiador, tan dado a la precisión, al dato factual, tan celoso de nombres, cifras y hechos, que en ocasiones lo despojan de belleza y estilo, no ha sufrido esas carencias. Sus libros tienen como sello distintivo, entre los historiadores del territorio, ese arte de la belleza en el decir que casi siempre es dado a los escritores de ficción, esa rara conjunción entre Clío y Calíope.

El libro que da lugar a esta reseña tiene esas características en grado sumo. Se trata de un ensayo, ganador del concurso Fundación de la Ciudad de Matanzas del año 2011, y como todo ensayo -cuando es feliz-, contiene una novedosa propuesta, una estructura argumentativa muy peculiar en este caso, pues utilizando la más detallada documentación histórica, Urbano Martínez ofrece un devenir de la ciudad desde las pupilas de los escritores y poetas que se han inspirado en ella, que la han mencionado en versos, cartas, artículos.
 
Es esta una manera de historiar desde la poética, o de poetizar desde la historia, pero como quiera que se le conciba, el saldo final es un texto que muestra la evolución de Matanzas, denominada con razón ciudad de los poetas por todos los que han vivido en ella. Desde las páginas del libro nos hablan Manuel de Zequeira, José María Heredia, Juan Francisco Manzano, José Jacinto Milanés, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), José Zacarías González del Valle, Miguel Teurbe Tolón, Juan Clemente Zenea, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cirilo Villaverde, Federico y Carlos Pío Uhrbach, Fernando Lles, Agustín Acosta, José Z. Tallet, Cintio Vitier, Carilda Oliver y Digdora Alonso, entre los más conocidos, y otros, que pudieron poco aportar pero que, igualmente, le cantaron a la ciudad.
 
Todos ellos, desde su época, en un itinerario de varios siglos y a partir de una inteligente sistematización que debemos al autor, develan al lector las glorias matanceras y sus identidades: la naturaleza, el paisaje, los ríos y puentes, el Valle de Yumurí, las Cuevas de Bellamar, barrios y sitios típicos citadinos, el desarrollo económico, el auge cultural, las instituciones, la vida intelectual; sin olvidar también los escollos, los períodos de decadencia, las miserias sociales -propias de una urbe que alimentó sus arterias económicas y culturales con la sangre y lágrimas de la población esclava más numerosa de la Isla-, la indiferencia y el cansancio espiritual que por siglos ha provocado el ambiente provinciano, el tedio, la mediocridad, el relativo abandono que -tanto tiempo después-, parece un símbolo de Matanzas, tan suyo como los ríos y la bahía.
 
Son las voces poéticas las que consiguen ese devenir, esa sensación de movernos en el tiempo a través de un extenso poema. Pero no nos engañemos, fue ardua la dedicación de Urbano Martínez en la consulta de fuentes para haber logrado esto, lo que se evidencia en el riguroso aparato referencial de la obra, típico de toda investigación histórica.
 
Un libro como este, bellamente escrito, no tenía derecho sino a ser un libro hermoso en su presentación formal. En tal sentido la concepción general y el diseño de la portada, de manos del talento de Johan Trujillo, inmovilizan, desde las riveras del San Juan, un instante matancero que se aviene muy bien con esas letras húmedas -de rocío, historia y poesía-, que nos entrega Urbano Martínez Carmenate con esta obra.

Por: Alina Bárbara López Hernández.