Lien y ReyPalabras de presentación del Concierto de Lien y Rey durante la Feria del Libro en Matanzas.

Entre uno y otro poeta que leía en encuentros, peñas y aniversarios, Lien y Rey cantaban y tocaban sus canciones desconcertantes, rasgando, punteando, volviéndose locos con esos rizos indomables, con esas voces que juntan y separan, separan y juntan en armonías rarísimas, violentísimas, con una energía que se parece a la voluntad de sobrevivir en medio de páramos, y desde ahí --el páramo-- echaban la esperanza, la razón, el llamado a la ternura, la cordura, la locura, también.Escuché y reescuché en las últimas semanas Tríptico de la Luna, que no sólo es su segundo disco (producción independiente) sino un testimonio de cuánto han aprendido dos artistas a hacer cosas con uno, a obrar con la emoción de uno, en contra y a favor. Es así el disco desde que comienza con una especie de crónica engañosa, Ante mi puerta, que va ganando ímpetu, problematizándose, enredándose lo visual con el trasfondo social, hondo de una vivencia colectiva al límite, cruzada de pronto por un pregonero de pan que pasa, como si nada, sobre la reciedumbre de la circunstancia. Y luego ¡otra vez la esperanza! sobrevive a través de esos ojos que me están mirando, tan vívidos y penetrantes, descontroladores en una guaracha lenta y descoyuntada, de letra fina, igual de sensual y pícara.

Entonces sigue Quince inviernos, ese retrato al pastel, tan suelto y bien arreglado, virtuosos que son en cuerda y voces, casi dicho al oído, como una confidencia a un amigo, como quien no espera respuesta, sólo dar fe de un milagro. Después, un ambiente de safari advierte la presencia de un animal peligrosísimo, selvático, acechando en derredor. ¿Animal o inquietud...? Es el peligro.

Escuchando esta canción, Naturaleza, escribí una noche en un papel cualquiera: ¿No está el amor --no sólo el de pareja, sino todo el eros-- en estas canciones de Lien y Rey, como en la vida de la gente, siempre merodeado, apeligrado? ¿No será una de las claves para entender su poesía de amor una continua advertencia: cuidado, material vulnerable y quebradizo? Yo creo que sí.

Bolero para Domec es otro retrato, esta vez a la acuarela, de cierto ángel de niebla que cruza cantando un bolero sutil por el matancerísimo callejón de la Sacristía; pero pronto el trazo es desfigurado (o sea, el que parece va a ser un estable entorno musical) por un imaginativo cajón que burla soberanamente el espacio que ocuparía el consabido martillo del bongó habitual (lo cual no tendría la menor gracia); y para colmo, un clarinete medio Benny Goodman acaba por desmantelar toda esperanza de habitualidad de ambiente “bolerístico”, o sea, todo trato con el melodramilla municipal para que lloren solteronas. Porque Lien y Rey no conciben sus canciones como letra y melodía, sino vinculadas, o mejor dicho, comprometidas, con el arreglo --no lo pueden evitar, músicos abarcadores que son-- de las cuerdas, las maderas y la percusión. Tienen la suerte de haber encontrado excelentes cómplices que no sólo “los sigan”, sino que hablen su idioma instrumental, que los entiendan creativamente.

La pieza que sigue en el CD, Camino del sol, posee líneas de verso de contención ejemplar: ese voy con tu cuerpo, que es decir con el mío, en un ritmo creciente, irregular, de extraña mezcla que, muy a lo lejos, no por sonoridad más sí de espíritu, lleva dentro una batería batalera de raíz poderosa, como traída desde una alucinación.

Y entonces comienzan las tres Lunas, zona principal del disco, como describiendo fases herméticas de una ciencia de la que sólo Lien y Rey conocen el secreto último. Por eso es difícil describir el Tríptico. Primero: la espera o luna nueva --hay una luna creciendo en mí--; luego, la llegada o plenitud, con una especie de oración o conjuro: que no te apague la noche ni la sombra de tu sombra, mientras el ambiente sonoro se va haciendo más denso, más elaborado no sólo en música, sino también en silencios.

El tercer estado o fase, la Luna III, es dialogante, la pieza más compleja y sonámbula de este conjunto; arriesgada en lo formal y directa en el sentido, donde no hay lugar para la metáfora o el cuidado lírico, ni para el ornamento ni el buril sobre palabra y línea melódico-armónica. Esta tercera Luna es la urgencia de un diálogo que se hace cada vez más intenso y más transparente, en el que faltan palabras últimas, porque hay incertidumbre, malestar, enemistad con la circunstancia, irresolución, todo eso, figuraciones de un futuro tornadizo, indescifrable.
Y al final de todo, está la voz de Luna-niña, preguntando ¿Dónde está la luz? y la risa de Luna, y alrededor una maderita riente que juega con ella, (desde ella), conduciéndola, llevándola a dormir quizás, porque nunca para Lien y Rey va a estar perdido o será invisible el camino, mientras haya Luna. En su resplandor ponen las cabezas rizadas a descansar de toda dureza, toda intemperie. De eso se han convencido y nos han convencido

Sigfredo Ariel
Por: Sigfredo Ariel

( Santa Clara 1962). Ha publicado entro otros títulos, los libros de poesía “El cielo imaginario” (1995), “El enorme verano” (1996), “Las primeras itálicas” (1997), “Hotel Central” (1998, “Manos de obra” (2005)