Lina de FeriaQuisiera resucitar como una siberiada/ todos los que me dieron soplo de vida en la felicidad/ y que ya no existen porque la muerte/ como lanzabalas del mundo/ cercena las pupilas hondas/ hacia la nada y el olvido."
 
Aunque la intensa añoranza por los que han partido, que embarga, entre otros poemas del libro, a Transeúnte -el último de la más reciente entrega de Lina de Feria, Caminando en el ocre (Letras Cubanas)-, pudiera hacernos creer que el lamento será un leitmotiv en estas páginas, lo cierto es que la escritora, entre recuerdos, desencuentros y estados de ánimo no siempre felices, sigue apostando por el brillo incuestionable de la existencia.
 
"En realidad, me sigue sorprendiendo la vida, yo cada día me despierto con un rostro nuevo, el día es una articulación, como un viaje, hacia la noche", comentó la autora
 

Una treintena de poemas sin títulos y otro conjunto agrupado con el nombre de El signo cifrado, concebidos, según su propia visión del poemario, "a la buena de dios", se ofrecen como espontáneos actos poéticos tomados de pequeños instantes cotidianos a veces, mientras que otros parecen haber necesitado toda la vida para revelarse textualmente en su total esplendor.

La pérdida de un perro que ha sido el mejor guardián y "que llega a parecerse por el intenso intercambio afectivo a su dueña -mi hermana-"; el tiempo regenerador e indomable por donde se mueve el caminante; la naturaleza como motivo y canal de comunicación, y la plasticidad que incorporan al conjunto las referencias intermitentes a creadores contemporáneos como Juan Moreira y Alicia Leal, y a otros más distantes como Jorge Arche y Fidelio Ponce de León, surcan los pasos de De Feria por estos lares que a ratos rescatan del pasado avasallador las más memorables estampas aunque el salvamento ocurra a modo de evocaciones.
 
"Tengo a mi madre entre las multitudes/ donde apenas se ve una cabeza. Es cierto que la vi/ pero el alto edificio quiere que todo sea/ sombra e imposibilidad./ Yo habilito mi cosmos/ cuando entre los grandes nubarrones/ de una tarde/ como deben ser las tardes newyorkinas/ mi madre me buscó/ y no nos hallamos más que en la memoria."
 
La aparente reconditez del ser se palpa a flor de piel en los ocráceos caminos que -poeta y caminante al fin- va haciendo al andar. "Tengo en la soledad un arma inmensa (... )/ Amo las hélices que impulsan/ el barco por todos los océanos" -nos dice-, y quienes la hemos acompañado ya, leyéndola en la plenitud de estos versos no mentimos al decir que, tal vez sin que ella lo sepa, conquista también las azules profundidades.

Diario Granma