Hombre que dio expresión poética a los haikus, peregrino incansable por todo Japón, Matsuo Basho escribía sus impresiones en los viajes que llevaba a cabo. Se percató de que los lugares no permanecen como los poetas los habían descrito, por eso nos dice:

Al visitar lugares cantados en viejos poemas, casi siempre uno se encuentra con que las colinas se han achatado, los ríos han cambiado su curso, los caminos se desvían por otros parajes, las piedras están medio enterradas y se ven pimpollos en lugar de árboles antiguos...

El estrecho camino a través del norte profundo o Sendas de Oku es un diario de peregrinaciones. Margarite Yurcenar dice sobre su autor que “este hombre en marcha sobre la tierra que gira... va también, como todos nosotros, caminando dentro de sí mismo” ; de modo semejante el joven poeta cubano Leymen Pérez se presenta en su poemario Transiciones , que mereció el premio Hermanos Loynaz de poesía en 2005.

El autor emprende el descenso con honda desesperanza y lobreguez. Cavilo, me pregunto por qué Leymen siendo joven escribe un poemario tan lacerante. Supuestamente la juventud es el tiempo para llevar a cabo o intentar la realización de los sueños, pero los intentos de Leymen nos conducen a otros espacios: con persistencia cava, hacia abajo y hacia dentro. Su constancia nos lleva al pesimismo y todo propósito de soñar se transforma en obstáculo.

Mi espanto se debe sobre todo a que he leído, uno tras otro, dos poemarios. El segundo pertenece a Lina de Feria, aquella mujer que cuando todos creían en el bien común comenzó escribiendo “han tomado mi casa…”. Su primer poemario, Casa que no existía , viene a significar la pérdida de toda identidad; del espacio íntimo, familiar, estable. Es una especie de expulsión del paraíso. Desde entonces emprende el éxodo, una búsqueda incesante (testimoniada por su obra poética) de la estabilidad y el sitio propios; elementos que sí se relacionan con la poesía de Leymen. Pero Absolución del amor rompe con el hondo pesimismo y la imagen truncada que caracteriza, de manera general, la obra anterior de Lina de Feria. Este último poemario publicado en 2005 podría interpretarse como “el hallazgo” y ofrece al yo poético quietud y altura, esperanza fundada hacia atrás, en el pasado. Al ver frustrado todo intento de encontrar en el futuro o presente el equilibrio necesario o “su” lugar, la autora emprende un “nostos” dentro de sí misma, regresa, por medio de la evocación, a los momentos en que fue feliz; los selecciona, los reúne, los escribe y los enseña. Sin embargo, Leymen no retorna al caminar en su interior, para él el futuro (“lo que eres, lo que serás”) es “una prolongación hacia adentro”. Su paso no conduce a la estabilidad, aunque haya deseado “dibujar una patria un lugar firme”.

Cuando comparo los poemas de Lina y Leymen, más allá de rápidas diferencias formales que son captables a primera vista, me sobrecojo, pues ella desde la vejez canta al amor y a la altura, al placer de una pasión adolescente que revive desde un recuerdo más real que “el hoy” marginado dentro del libro; mientras que el representante de la más joven generación que hoy escribe en Cuba emprende una catábasis, hurga con dolor adentro y afuera. Lina inicia una elevación, sus versos son vida ascendente; a diferencia de Leymen que cae, se golpea, se raspa y desde la experiencia nos dice: “ un cuerpo es duro cuando no se raya al caer./ Eso te repetirás/ una y otra vez/ en la caída”.

Transiciones es un poemario que abre zanjas y denota una verticalidad hacia los profundidades, aunque el viaje horizontal es también elemento a tener en cuenta: se camina en círculos, hay absurdas repeticiones en la vida que parece muerte, cercanías de tiempos lejanos, diálogo con culturas antiguas desde una contemporaneidad marcada en el propio epígrafe de Matsuo Basho que encabeza el cuaderno: “no sigo el camino de los antiguos/ busco lo que ellos buscaron”. Esto no significa en modo alguno que se evite el diálogo, la cita o la intertextualidad; Whitman, Mishima, Octavio Paz, Oku, Eolo, Helios, Tallet, Wagner, la relación con los haikus tanto formal como en el significado, cierta alusión a las pinturas egipcias… alejan cualquier posible duda al respecto.

Las transiciones de Leymen son en tres tiempos. El poemario está dividido en tres secciones. Desde un anonimato, una atopía, un lugar difuso en que el ser se mueve (“en un fondo impreciso muevo los pies”) en la primera división del cuaderno, pasamos (en la segunda) a percibir el contorno de los objetos y a nombrar. Hay una ubicación cronotópica: noviembre de 1992, Matanzas. El sujeto lírico desde el uso de las personas segunda del singular y primera del plural (frecuentes en la primera parte) pasa a designar a su madre/no madre, a Olga, Magalis, Carmen, y también habla explícitamente de la crisis (de los 90). Poco a poco, en fragmentos que el lector reúne durante la lectura, se descubre el ambiente, la naturaleza que lo define, su lugar dentro de un país y las relaciones con los colindantes. El poemario termina fusionando presente y etapa colonial. El yo poético transita hacia el amargo reconocimiento de su entorno a través de los vasos comunicantes entre exterior/interior. Esta definición del hábitat ya se enuncia en el último poema de la primera parte, donde las figuras incompletas y deformes de los murales egipcios se comparan con el rostro de una familia cubana. Hay una disminución en la cantidad de poemas por partes. Veinte conforman la primera, la segunda tiene once y la tercera, dos. En contraste, Lina de Feria escribe los veinte poemas que conforman Absolución… donde la verticalidad permite al sujeto lírico sentirse realizado y se relaciona con la satisfacción y la plenitud del deseo. La armonía que logra se refleja hasta en la equilibrada división de diez poemas en una parte y diez en otra.

Propenso a la caída, el sujeto lírico de Transiciones se golpea, se rasguña, busca la asfixia y la muerte. Dirige su discurso con frecuencia a una segunda persona. El propósito de este diálogo con el interlocutor poético (que es patente desde el primer poema), parece ser informar, advertir del descenso inevitable. Lina de Feria dialoga con el ser amado desde otra dimensión, después de tantear otros caminos, libera el deseo y enfrenta, gustosa, todo peligro; queda mirando al “tú” que la acompaña; limita un espacio íntimo, anulante, cercano. Podríamos decir que en Absolución… las cotidianas frustraciones quedan al margen, solo se descubren en las citas de Wordsworth y Martí que encabezan, de manera respectiva, cada sección; o en unos pocos fragmentos, sobre todo en la segunda parte, cuando reconoce, por ejemplo, no saber “hasta dónde/ podré ver en el hoy/ el ayer de tus ojos” . Me parece que no es solo “la gran puerta… para la resignación” que predecía cuando pensaba en su vejez lo que encontramos en Absolución …, por el disfrute parece ser más; aunque se puede alegar en contra que no es remedio para el fracaso del presente permanecer recordando el pasado; sin embargo, como propuesta literaria me parece sólida (mucho más en contraste con la obra anterior de la poetisa), y si, por un lado, existen algunas alusiones al “hoy” como espacio para la desilusión, esto no impide que los textos vayan conformando en su lectura una especie de residencia arcádica y abran en la memoria un “locus amoenus”. Leymen lo que abre con sus pequeños textos es una cavidad en la tierra, un lugar donde enterrarse y enterrarnos. La vida como una pulsación interna, una definición hacia adentro, a escondidas, donde somos turbios: “debajo de la cicatriz está tu elemental…”.

Se advertía ya en “amantes de azoteas y andamios” de Lina de Feria (de un modo más pesimista) un campo léxico-semántico que se enriquece en Absolución …; este se relaciona con la altura y alude al deleite y a la felicidad: castillo, palacio, azotea, planetillos, cometas, luna, estrellas, soles, arcoiris; el cual se une, junto al oro, a la idea de luminiscencia y colorido, dado también a través de imágenes plásticas. La niñez y el nacimiento apuntan a la etapa adolescente, idealizada; con esto se relaciona la navidad (ecosistema de la esperanza) y la estrella de Belén. La pasión juvenil se traduce en ocasiones en imágenes muy inocentes y en elementos miniaturizados (a lo rococó), que encarnan la torpeza y la ingenuidad propias de la adolescencia, y hacen más vívido el recuerdo. La autora no construye en cada verso una imagen que siga a otra y a otra, como en anteriores cuadernos; ahora las escoge, las prolonga, extiende, las demora junto al tiempo, no ya vertiginoso, sino detenido “como si los amaneceres/ nunca fueran a llegar” . No obstante, las asociaciones siguen siendo insólitas. La sintaxis abunda en subordinaciones, especie de onda o espiral en que la imagen se esparce (vertiente que desde Casa … utiliza). También se mantienen algunos de los temas más caros a la escritora: el tiempo, la memoria (con menos pesimismo), o imágenes que recorren todos sus libros: la verticalidad, el mar, el árbol. Además, siguen las peculiares referencias a las manifestaciones artísticas: el cine, Vivaldi, Chopin, Coleridge, Wordsworth, Velázquez, Van Gogh.

Muy contrario a lo señalado en Absolución …, en el cuaderno de Leymen Pérez la idea de luz, Helios tiene mucha correspondencia con las obras de Fidelio Ponce de León: personaje agónicos en una escala de grises, cadáveres vivientes, donde la irradiación y el calor tropical parecen una maldición eterna: “el sol ilumina sucios bordes y diminutos seres al mismo tiempo”. También podemos reunir algunas palabras que reafirman lo señalado sobre el cuaderno y que contrastan con Lina en el uso de la verticalidad ascendente/descendente, en optimismo/pesimismo y en plenitud/segmentación: caída, golpes, rompimiento, vacío, fondo, inclinarse, cadáver, dolor, huesos, asfixia, segmento, precipicio, pedazos, cicatriz, fragmento, residuos, sepultar, muerto, deformaciones, arrastrarme, zanja, sequedad, enterrarse, crisis, hendiduras, surco, marcas, astillas, sombra, cárcel, silencio, sucio, árido, agreste.

La sencillez de lenguaje y los pequeños textos que conforman Transiciones , además de tener un referente en los haikus, apuntan a una “labor limae” de la que ya nos había hablado Horacio. Un lector no muy diestro pudiera definirlos como simples. El poeta latino ya nos decía “toda obra, en fin, sencilla y una sea”. El léxico coloquial que utiliza Leymen Pérez en su poemario, accesible en gran medida, manifiesta una depuración, un estudio detenido del orden y selección de las palabras. Aunque son vocablos comunes, adquieren extrañeza y auntenticidad, lo que me vuelve a remitir a Horacio, quien dijo:

De conocidas voces tejería un drama tan sencillo, que cualquiera creyese hacer lo mismo; y si lo osara, tiempo, afán y sudor perdiese en vano: tanto puede la unión, tanto el enlace; de tal gloria es capaz mediano asunto.

Las dos propuestas de estos autores son reacciones distintas ante un mismo fenómeno. Lina lucha por crecer y nada la detiene. Leymen se deja llevar y caba; la gravedad lo vence, y con él nosotros también recibimos encima nuestra porción de tierra. Si Lina sube y se dirige a una estabilidad segura, Leymen dice “en una cámara al vacío existes”, con voz altazoriana, de quien irremediablemente cae. Por eso me debato en la lectura entre un cuaderno que parece una espátula afilada con la que me pudiera enterrar y otro que invita a que (“como quien echa/ por primera vez/ un bote a la mar” ) transitemos “por donde el amor/ continúa hallando/ el aliento imborrable…”.

Tomado de Cubaliteraria.

Por: Yoandy Cabrera Ortega