Texto leído en el evento Lectura 2007. Para leer el XXI . Celebrado en La Habana en 2007

La lectura de una época requiere, necesariamente, de una visión general, abarcadora, que aprecie por igual, más allá de las latitudes geográficas o de las coordenadas de poder, el quehacer material y espiritual de la humanidad a través de sus creaciones. En estos años que tanto interés han concedido a la recuperación de la memoria histórica, a la búsqueda de testimonios y evidencias que permitan escuchar las voces de los silenciados por la historia —la del esclavo, la de la mujer, la del indígena y otras— se repite, sin embargo, una misma tradición de marginaciones y desencuentros. Pocos centros del mundo tienen el control de las claves culturales y artísticas que se difunden a gran escala, pocos gozan del privilegio de decidir qué se publica, qué se lee.

Mas los problemas que entraña la lectura del siglo XXI, no sólo están relacionados con los textos que se divulgan, sino con las potencialidades del lector para acceder a esos textos. Y no me refiero solamente a un problema de mayor o menor accesibilidad de los mismos en términos económicos, ni de la capacidad para su comprensión y disfrute, o ni tan siquiera de su elección adecuada en el marasmo de tanta seudo-literatura circulante, sino de la posibilidad real de saber leer, de ser capaz de entender el lenguaje escrito, una opción negada a tantos seres humanos en este siglo que irónicamente se anuncia con banderas electrónicas y sutiles realidades virtuales.

Hablar de la literatura caribeña como un texto periférico —que así lo ha sido como parte de un mundo tradicionalmente colonizado, cuyos valores espirituales son desconocidos y menospreciados por los mismos que saquearon sus riquezas—, implica hablar también de un lector periférico, limitado en su acceso al saber y a la cultura, no solo de la humanidad sino de su propio entorno y de su país natal. Porque no sólo se trata, como se ha dicho, de las obras disponibles, sino de la competencia escolar o lingüística que les permita, en primera instancia, entender esos textos.

En estas notas al margen —dispersas, voladas, incompletas— quisiera referirme a una zona específica de ese mundo subalterno, a una de sus últimas fronteras, donde se potencian, hasta adquirir tintes delirantes, los problemas relacionados con la lectura del siglo XXI y con la posibilidad del mejoramiento humano. Se trata de Haití, pequeño país del mar Caribe, donde por primera vez en este continente se llevó a cabo una revolución anticolonialista y emancipadora que antecedió en muchas décadas a otros proyectos similares, incluyendo la rebelión de las Trece Colonias, que si bien logró en 1776 la independencia de su antigua metrópoli, no emancipó al hombre negro esclavo sobre el que se asentaba buena parte de su economía.

Haití, ese país donde “por primera vez se alza la negritud y dice que creía en su humanidad”, como expresó Aimé Césaire, fue una nación creada por una masa esclava analfabeta, cuyo primer presidente, Jean Jacques Dessalines, apenas sabía escribir su nombre. Curiosamente el prócer indiscutible de la guerra de emancipación haitiana, Toussaint Louverture, apresado por los oficiales del ejército enemigo con los que accedió a dialogar y confinado en Francia a una helada celda de un castillo en el Monte Jura hasta su muerte, a partir de un engaño que ha sido considerado una de las traiciones más viles de la historia americana, había, como esclavo doméstico, aprendido a leer, y contaba entre sus lecturas con textos como los Comentarios a las guerras de las Galias, de Julio César; las Historias de Herodoto; Reveries del Mariscal de Saxe; y la Historia filosófica de las Indias del abate Raynal, saber libresco que debe de haberlo ayudado no sólo a lidiar con tres potencias imperialistas —Francia, España e Inglaterra— sino también a comandar el enorme ejército de soldados descalzos y hambrientos que, sin embargo, dieron al traste con la dominación francesa en plena cumbre de la gloria militar de Napoleón Bonaparte. Es conocido que para sofocar el levantamiento esclavo de allende los mares Napoleón envió a su cuñado, el General Leclerc al mando de un poderoso y bien abastecido ejército. También es conocido cómo, a pesar de su competencia militar, ese ejército fue derrotado en Haití. Como escribe Leclerc a Napoleón en una carta muchas veces citada: “Para darle solo una idea de mis pérdidas, sepa usted que el Séptimo Cuerpo llegó a aquí con 1 395 hombres: hoy llevan los colores del Cuerpo 83 hombres medio enfermos; 107 están en el hospital; los demás están muertos”.

El propio Leclerc morirá de fiebre amarilla durante esta campaña, y la hermana del emperador, Paulina Bonaparte, luego de esa intensa aventura caribeña, regresará viuda al viejo continente.

Con posteridad a su independencia, Haití sufrió un enorme aislamiento del mundo y se vio obligada a desarrollar una precaria economía de subsistencia, en la que se revivieron herencias técnicas y antiguas prácticas africanas. Al mismo tiempo la nación recién constituida continuó sometida a largos períodos de desasosiego político. Como ha expresado el historiador Robert Heinl:

Entre 1843 y 1915 Haití tuvo veintidós gobernantes, padeció ciento dos guerras civiles en setenta y dos años de independencia, y entre 1849 y el primer año de la ocupación norteamericana, los barcos de guerra de los Estados Unidos navegaron sus aguas treinta y ocho veces.(1)

El aislamiento, la conciencia de ser un país bloqueado y abandonado a su suerte es un motivo recurrente, aún en el siglo XXI, de la creación literaria haitiana. Doscientos años después de su independencia el pueblo de este extraordinario país caribeño aún padece un implacable olvido del resto de mundo. El joven escritor Fils-Lien Ely Thélot (1976) en su poema “Para una bandera que llora”, conmemora con intenso desamparo, los dos siglos de independencia de su patria:

Oh mi bandera
Tus hijos parten y te abandonan
Se van a otros lugares buscando vida
En todas partes los encontramos con las manos tendidas
(…)
Mi hermosa mi triste mi única bandera
dos veces cien veces trescientos sesenta y cinco días
dos veces cien veces trescientos sesenta y cinco noches
Que estás mirando morir a tu pueblo
Que te sientes morir tú misma
Que estás llorando Oh mi bandera
(…)
Pero el mundo entero ha cerrado los ojos ante tu infortunio
Pero el mundo entero le vira la espalda a tus susurros…(2)

La sensación de estar al margen del resto del universo, de habitar un territorio abandonado en las soledades marinas, una isla náufraga, de la cual todos parten como tripulantes de un barco que se hunde, responde a una realidad histórica que sistemáticamente ha marcado el destino del país. A ello ha contribuido, luego de la reacción airada de Francia —que sólo reconoció a Haití como nación independiente en 1825, luego de imponerle una deuda de ciento cincuenta millones de francos para compensar las pérdidas de sus antiguos colonos—, la política hostil de los Estados de Unidos hacia un país que formaba parte de sus intereses estratégicos en el área del Caribe. El poderoso país del Norte no sólo ocupó la pequeña nación caribeña de 1915 a 1934, sino que, para justificar su intervención militar, ofreció una imagen distorsionada de del pueblo y la cultura de la sociedad que agredía. Como ha expresado Joan Dayan en “Vodoun or the Voice of the Gods”:

Durante la ocupación se publicaron en los Estados Unidos cuentos de canibalismo, de tortura y de zombies. ¿Qué mejor manera de justificar la “civilizadora” presencia de los marines en Haití que proyectar el fantasma de la barbarie?(3)

En este contexto apareció The Magic Island de William Seabrook —publicada casualmente en el mismo año, 1927, en que aparecía Así habló el tío del destacado intelectual haitiano Jean Price-Mars—, un texto “ilustrado con caricaturas brutales y sedientas de sangre”, que mostraban “cuerpos retorcidos, sangrientos, en oscura saturnalia”.(4) Esta imagen distorsionada de la cultura hatiana y de sus prácticas religiosas llegó a adquirir tintes grotescos, por ejemplo, en una edición de la Enciclopedia Británica donde se caracteriza el vodú como un culto antropófago y se afirma que durante esta práctica religiosa:

…se realizan sacrificios humanos; el corazón y los pulmones de la víctima se comen crudos, mientras la carne es salada por las familias de los sacerdotes; la sangre se bebe aún tibia, o a través de tubos insertados en las venas de las víctimas moribundas para chuparles la vida, lo cual añade vitalidad al bebedor.

Desde el punto de vista de la temática de este congreso debe tenerse en cuenta que, a diferencia del resto del Caribe francés, donde la escolarización es obligatoria y sus habitantes tienen acceso a la francofonía, en Haití sólo el 13 % de la población habla francés. Casi el 90% restante sólo se expresa en creole, la lengua nacional haitiana, pero es prácticamente analfabeto: no saben leer ni escribir su lengua materna. Desde el punto de vista lingüístico, Haití tiene una situación muy peculiar de diglosia, expresión de grandes contradicciones entre la lengua nacional y la lengua oficial, que hacen muy difícil acercarse a su población a través de la literatura. Una pregunta recurrente e inevitable para un autor haitiano es en qué lengua escribir y para quién. La opción de hacerlo en creole implica de antemano que apenas habrá un público receptor que pueda, por el momento, acceder a su literatura. Aún así, ya existen obras escritas que esperan por sus potenciales lectores, y mientras tanto van conformando un corpus que retroalimenta la cultura haitiana y va creando una tradición letrada en expresión creole. Un ejemplo significativo es el de Frankettiene, quien en 1975 publicó Dezafí, la primera novela escrita en la lengua de Haití.

Debe tenerse también en cuenta en relación con el tema de la lectura del siglo XXI, las grandes dificultades que existen actualmente para el conocimiento de la literatura haitiana. Estas dificultades forman parte de la propia tradición literaria del país, desarrollada y consolidada en condiciones muy precarias. Acerca de la notable la ausencia de estudios, generales o especializados, sobre este conjunto literario se ha comentado:

Parece que esta negligencia frente a la literatura haitiana proviene de su inaccesibilidad, en dos sentidos de la palabra: Primero, el tiraje de una obra haitiana rara vez sobrepasaba los 600 ejemplares (…). Así, las publicaciones del siglo XIX son inhallables, aún en Haití; y a excepción de un seminario católico en Haití (San Luis Gonzaga), no conocemos ninguna biblioteca del mundo que disponga de una colección casi completa de la literatura haitiana. En segundo lugar, la literatura haitiana ha estado siempre aislada…(5)

Este fenómeno abarca no sólo las obras del siglo XIX, sino las del XX. Baste mencionar que la novela Le Joug publicada en 1934 por Annie Desroy —una de las primeras escritoras en abordar los problemas de raza y los prejuicios de clase en su escritura—, considerada hoy una de las más importantes obras de la literatura femenina haitiana, apareció inicialmente con una tirada de cincuenta ejemplares(6) .

Sin embargo, como afirma Ulrich Fleishman, “la literatura en Haití es un fenómeno sorprendente. En una primera apreciación de las condiciones de la vida intelectual en Haití nos preguntamos: ¿cómo puede este país tener una tradición literaria?”.(7) Y continúa explicando este investigador cómo en 1969 no había más de doscientos mil haitianos, entre sus cinco millones de habitantes, capaces de participar en una literatura escrita, como lector o autor. No obstante, existían en ese momento más de cinco mil publicaciones —modestas, con tiradas irrisorias, pero ediciones al fin y al cabo— de autores haitianos.

Es poco conocido el hecho de que, a pesar de ser la nación más pobre del hemisferio, Haití cuenta con una tradición intelectual que se remonta a los años de la propia independencia. Y esa intelectualidad, si bien de elite, se mantuvo actualizada, conoció a fondo la herencia clásica de Occidente y bebió de las fuentes de la cultura universal. De hecho, muchos intelectuales haitianos recibieron esmerada educación en importantes centros de enseñanza europeos. Tal es el caso del destacado político decimonónico Antenor Firmin que en 1885 publica De la igualdad de las razas humanas, un largo y agudo ensayo donde refuta las tesis racistas de un científico europeo; de Fernand Hibbert, el autor de Sena, que se graduó de Derecho y Ciencias Políticas en Francia; el del historiador y etnólogo Jean Price Mars, quien ganó una beca para estudiar en París; o el de Jacques Roumain, que a los doce años es enviado a continuar sus estudios en Suiza. Al mismo tiempo el sistema de enseñanza haitiano, si bien limitado a una minoría, mantenía todo el rigor de la tradición pedagógica francesa. Es interesante recordar cómo algunas familias pudientes de la cercana ciudad de Santiago de Cuba enviaron a sus hijos a realizar la enseñanza media en Haití, pues, aparte del excelente aprendizaje del idioma francés que realizaban, recibían una sólida formación en otras disciplinas.

Mas sería un grave error creer que el talento y la sorprendente fecundidad literaria de la elite intelectual haitiana se debe a la sólida formación cultural recibida cuando, en realidad, sus más profundas raíces se encuentran en la propia fuerza y creatividad de la cultura propia que los alimenta, de una visión del mundo y una sensibilidad para la belleza forjada al calor de una estremecedora historia ha definido los perfiles de su identidad como nación. Poseedor de una cortesanía y una educación natural que ya sorprendiera a José Martí cuando realizó su periplo por ese país para finalmente zarpar de Cabo Haitiano hacia Cuba, con un profundo arraigo en creencias religiosas que a través de códigos de conducta y hermosas narraciones míticas lo dotan de un peculiar saber, vinculado intensamente con la naturaleza y dueño de una prodigiosa imaginación que da fe de la riqueza de su espiritualidad, el pueblo haitiano ha creado, a lo largo de muchos años, una espléndida cultura que está en la base del quehacer de sus escritores y artistas. Desarrollada principalmente a través de la oralidad, mas no por ello menos atenta al arte de la palabra y la belleza del lenguaje, así como a otras coordenadas de la creación estética, la literatura popular haitiana, sus héroes y sus deidades, sus leyendas y sus conflictos, sus paisajes y su modo peculiar de vibrar frente a las adversidades del destino, está en la base del talento de sus mejores escritores, que para muchos resulta sorprendente.

Tanto los creadores que integraron el fuerte movimiento de la escuela indigenista haitiana en la década del veinte del pasado siglo, como escritores posteriores, han dejado diferentes testimonios de su enorme deuda con el folclore y el imaginario popular de su país. Tal es el caso de Jacques Stephen Alexis, autor de El compadre General Sol, —esa intensa novela convertida ya en un clásico de la literatura caribeña—, quien en su “Manifiesto sobre el realismo maravilloso haitiano”, presentado en el Congreso de Escritores y Artistas Negros celebrado París en 1956 expresó:

Hacer realismo maravilloso significa, para los artistas haitianos, ponerse a hablar la misma lengua que su pueblo. (El realismo maravilloso) pretende poner de relieve el tesoro de cuentos, de leyendas, de toda la simbología musical, coreográfica, plástica, todas las formas de arte popular haitiano, para ayudar a la nación a resolver los problemas y a cumplir las tareas que están ante ella. Los géneros y los conjuntos de normas occidentales legados a nosotros deben ser resueltamente transformados en un sentido nacional y todo en la obra debe conmover esa sensibilidad particular de los haitianos, hijos de tres razas y de numerosas culturas.(8)

Actualmente la literatura haitiana se sigue nutriendo de su poderosa y originalísima cultura popular, en la cual la presencia del elemento mágico y maravilloso, reivindicado entonces por Alexis, desempeña un papel principal. A pesar de la inestabilidad política, de las precarias condiciones económicas, de las deficiencias de las instituciones literarias y del alto índice de analfabetismo esta literatura sigue produciendo grandes textos aunque carezca de un público lector, nacional o extranjero, que dé fe de la calidad de sus creaciones. Para los autores haitianos, sobre todo los que viven en la isla, continúa siendo un grave conflicto, aún en el siglo XXI, la difusión y recepción de la obra que realizan.

Dispersos por París, Montreal, Dakar o Nueva York, los escritores de la diáspora también enfrentan, además de la ausencia de su país natal y de los múltiples conflictos que supone su condición de emigrantes, escasas posibilidades de publicación de sus obras y, en muchos casos, el sometimiento a las condiciones impuestas por las editoriales extranjeras.

Cabe preguntarse entonces, después de este largo recuento por una literatura, más que periférica, sistemáticamente marginada, cuáles son las perspectivas que abre este nuevo siglo apenas comenzado a aquellos que carecen del adiestramiento más elemental de la lectura y de la posibilidad de conocer, a través de ésta, el inagotable universo de saberes y emociones que se trasmite a través de la palabra escrita. Las respuestas, lamentablemente, hay que buscarlas más allá de lo literario, en esas zonas del quehacer del hombre que sean más efectivas en la dificilísima y compleja lucha por mejorar sus condiciones de vida y desarrollo. Mientras tanto, ese lector periférico del Caribe y de otras latitudes del mundo que no entran en las coordenadas de los países poderosos, o más aún, ese no lector analfabeto, incapaz, ya no de leer un poema de Saint John Perse o Derek Walcott, sino una simple advertencia de peligro que pudiera poner a salvo su vida, difícilmente podrá leer, en el sentido vasto del término, este nuevo siglo por el que estamos transitando. La literatura, sin embargo, aun con todas las limitaciones que enfrenta para su cabal desarrollo, seguirá contribuyendo a esa empresa inagotable de mejoramiento del ser humano.

Notas:

(1) Robert D. Heinl y Nancy G. Heinl: Written in Blood: The Story of the Haitian People, 1492-1971. Boston, 1978, p. 404. En: Myriam J. A. Chancy: “Ayiti ce te glissé: ocupación estadounidense y voces literarias femeninas” en Revista Casa de las Américas n. 233, octubre-diciembre, 2003, p. 60

(2) Fils-Lien Ely Thélot: “Para una bandera que llora” en Revista Casa de las Américas, n. 233, octubre-diciembre, 2003, pp.120-123.

(3) Apud: Myriam J. A. Chancy: “Ayiti ce te glissé: ocupación estadounidense y voces literarias femeninas” en Revista Casa de las Américas n. 233, octubre-diciembre, 2003, p. 62.

(4) Idem.

(5) Ulrich Fleischmann: “Para una interpretación sociológica a la literatura haitiana” en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Lima, Latinoamericana Editores, Año IX, n. 17.

(6) Cf: Myriam J. A. Chancy: “Ayiti ce te glissé: ocupación estadounidense y voces literarias femeninas” en Revista Casa de las Américas n. 233, octubre-diciembre, 2003.

(7) Ulrich Fleischmann: op. cit. p. 68.

(8) Material mimeografiado, s/p.

Margarita Mateo Palmer Por: Margarita Mateo Palmer
Ensayista y narradora. Profesora Titular del Instituto Superior de Arte. Profesora Visitante en las universidades de Sào Paulo y Clermont-Ferran y profesora Adjunta en la Universidad de Búfalo. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Ha publicado, entre otros: "Del bardo que te canta", "Ella escribía postcrítica", "Paradiso: la aventura mítica", y  "El Caribe en su discurso literario" (en coautoría con el ensayista Luis Álvarez).