La habana de CodinaLlegué a La Habana en los primeros días de 1959, en un vuelo de Aeropostal venezolana. Venía de Anauco esquina de Veroes, después de haber nacido en la zona popular de la Candelaria y vivido en una urbanización “de bien”: Altamira.[1] No por gusto los caraqueños dicen con sorna que “la gente vive en el este”. Caracas era entonces una ciudad vivible, donde al atardecer descendía de los cerros una suave brisa de clima templado (“Ávila de mi niñez, luminoso y sombrío”).

Traía mi madre en ese viaje un gran pañuelo con alegorías “habaneras” donde se mezclaban la rumbera, las peleas de gallos, el jaialai y las carreras de caballos, con la fuente de La India, el Morro y el Capitolio, y desde ahí empezaron a tejerse las muchas lecturas de esta ciudad que me han acompañado desde los sentidos y la memoria con su luz irrepetible.

Mediodía

 
En el arco de medio punto
atrapada la franja del mediodía
cada partícula de polvo, estremecida, fragmentada
cada salto de luz
búcaro con flores de Amelia Peláez
en la vigilia verdirroja depositada.
 
 
La paz de la penumbra se quiebra contra los muebles
un temblor de claridad con ella se confunde
entre los cántaros y los vitrales
reproduciendo la batalla de los pellejos de vino.
 
El sol verdugo, profana cuchilla
en patios, calles, campos deportivos
piedra de aljibe y rebaño
bestias y estiércol bajo el aluminio.
¿En dónde cobijo mi silueta
cuando te desprendes al mediodía?
 
Mi percepción infantil de la ciudad se armó mientras desandaba las calles familiares, o recorría las casas y los edificios desde el segundo piso, a partir del cual el paisaje varía y la ciudad se hace otra. Tal vez mi actual terraza sea el premio a esa “otra” lectura urbana, que con el calidoscopio del amanecer, día, crepúsculo y noche, se multiplica. Soy un amante de las paráfrasis, por eso, a propósito de las luces y somNorberto Codinabras de las ciudades paralelas, de esta capital caribeña signada por el eterno y exultante resplandor del trópico y los pobres alumbrados nocturnos y las zonas de apagón de las carencias del subdesarrollo, trastoco estas conocidas palabras de Lewis Carroll: “Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una ciudad cuando está apagada.”
 
Cada hora y cada época del año nos regala una imagen diferente. Así se forman en el imaginario individual las “ciudades paralelas”: La Habana “real”, La Habana “formal”, La Habana “literaria”, la que se soñó o vivió, la de cada tristeza y cada alegría, la nocturna, la del alba, la del mediodía implacable, la que pasa de blanca a rosada, se oscurece con tintes malvas, violáceos, y se va diluyendo entre sombras alargadas y pálidas luces, con nuestros muertos entrañables y los interlocutores cotidianos, la personal y la ajena, la que se recuerda y como se recuerda.
 
Junto a su transparencia alucinada, están además sus olores y sus ruidos. Los primeros cada vez más diluidos, confusos, localizados en zonas muy determinadas, evaporándose con el paso del tiempo. Apenas quedan ya los de las panaderías, fábricas de tabaco, tostaderos, guaraperas, mercados de frutas y especies, o el efluvio a intervalos de las puertas de las tiendas por departamentos, que al abrirse al paso del transeúnte, nos regalaban la ráfaga bendecida del aire acondicionado, con toda una gama de mercancías al ávido olfato de la niñez. Ahora impera el smog, emanaciones indeterminadas, muchas veces hostiles a nuestro apéndice nasal.
 
El ruido es otra cosa, como la luz, inseparable a la ciudad en que vivimos, y que llama la atención, y a veces abruma y alarma, al que nos visita por primera vez. El carnaval y el estadio de pelota son dos de sus emblemas. Recuerdo una emotiva crónica de Graziella Pogolotti, cuya idea original yo retomara con ella para publicar en La Gaceta…, sobre su llegada por primera vez a la isla, cuando entró en barco a la rada habanera con los primeros relámpagos de la guerra mundial a sus espaldas de niña, en aquel ahora muy lejano 1939: “El ruido me golpeó como una violenta llamarada. Desde entonces, me ha perseguido siempre. (…) Los ruidos cobraron formas. Se convirtieron en pregones, en música propalada desde la mañana hasta tarde en la noche a través de la radio, en voces de los vecinos…”. No en balde su libro de memorias, que va escribiendo a retazos, tiene como posible título “La bulla”. Porque bulliciosa han sido nuestras calles, nuestra cultura, nuestra historia, y por bulla hasta en el último aliento, cuando “el muerto se va de rumba”.
        
Esa luz, ese ruido, irrumpen hasta mi casa. Desde “el rincón de la ventana mía”, un séptimo piso, octavo para los del “interior”, multiplicado a su vez por la lomita que remata la calle O, hay una vista panorámica de un fragmento significativo de la ciudad, y por tanto, de mi vida.
                                     

Ciudad
                                                         
Desde el rincón de la ventana mía
la arquitectura y la gente tienen una marca familiar .
 
Cuando miro las azoteas del barrio
descubro otra ciudad.
 
En cada columna una falta de pintura diferente,
manchas propias,  
grietas al mediodía por donde escapa el vapor
del último bochorno;
escaleras en espiral, puertas debajo del cielo,
ventanas eternamente arrancadas de su tiempo.
 
Nada de mármol ni de piedra fina
el barro y los colores sobran.  
                
Y esas altas paredes de la siesta.
 
Sol, cuevas de pájaros,
monte, plantas con su cuerpo herido por el humo.
Frescas aún de espuma y constancia
las tendederas con su carga húmeda,
el palomar, el latón de figuras,
el escombro, el hollín, la luna de las antenas,
la muchacha que cruza irremediable.
Y las altas paredes de la siesta .
      
 
Azoteas, techos, balcones, fachadas recortadas a lo lejos, ventanas, claves obligadas en el recorrido visual. Casi a mis espaldas el Habana Libre, sitio permanente de la primera juventud, el edificio Hermanas Giralt (mi camino al Pre de El Vedado) y dejando 23, el Palace con sus ladrillos rojos, y a un tiro de piedra el América –que es lo que un español llamaría cutre–, con las cicatrices del deterioro, casi un signo de la identidad urbana. La universidad no se ve, pero sabemos que está ahí; el techo rojo del palacete florentino de Orestes Ferrara, sede del Museo Napoleónico (“puesta a ostentar –como dice Abilio Estévez en Los palacios distantes –, la capital de la Isla exhibe hasta un museo napoleónico donde se muestra [...] hasta una muela que, según dicen, le extrajeron a Napoleón en la campaña de Egipto”); la torre de hierro de la televisión, la loma del Príncipe, la Plaza de la Revolución, el edificio de las FAR; una chimenea lejana; más cerca un edifico de apartamentos con una extraña cúpula; muy lejos, figurando al otro extremo de la urbe, Los Pasionistas de la Víbora; a una cuadra la Iglesia del Carmen, donde, “conocí el agua bendita a los nueve años”; teniendo como fondo a derecha e izquierda edificios de micro con sus toscos tanques de agua (“ ...en el barrio de Cayo Hueso y en la Esquina de Tejas, irrumpieron dos anónimas torres en el corazón de la ciudad...”, y aquí cito a Segre, que a su vez cita a Coyula); más a la izquierda la bola del mundo del Centro Masónico, la aguja neogótica de la iglesia de la Calzada de la Reina[2], la torre de la telefónica; el Capitolio que siempre nos acompaña; la refinería con su lengua de fuego (“el monumento al fósforo”); el edificio Bacardí; el hospital Ameijeiras; el Cristo de La Habana; el Malecón, siempre el Malecón, con su recordada cinta de luz en las noches de la década del 60, ese inmenso sofá de hormigón de todos los habaneros; la bahía, en fin, el mar. Y en lontananza, a veces fantasmal entre la neblina y el smog, las pequeñas elevaciones que rodean la ciudad, y que en mi primer libro de geografía –Así es mi país– aparecían como el grupo montañoso Bejucal-Madruga-Limonar.
 
Enfrente, Infanta es la frontera natural con Cayo Hueso, con los mosaicos singulares del edificio Álvarez Rius; el parquecito Eloy Alfaro donde tuvo su bautizo de sangre la Revolución de 1930, entre cuyos protagonistas estuvo Lezama Lima, suceso que definiría como “el comienzo de la infinita posibilidad histórica de lo cubano”, a cien metros del apartamento de Abel Santamaría donde se gestara la de 1959.
        
Cintio Vitier nació en Key West. Y en el solar El África de Cayo Hueso se dio a conocer Chano Pozo, nacido en Pan con Timba, en la calle 33 de El Vedado, y muerto en Nueva York. Y de Cayo Hueso a Nueva York fue Monsieur Babalú: Miguelito Valdés; y Domingo Vargas tuvo a sus Jóvenes del Cayo; y allí estuvo Tío Tom, el tumbador que en su nombre artístico lleva la impronta del Sur algodonero; o Dandy Crambor (Armando Cárdenas), figura de los cabarets habaneros del cincuenta. Entre la punta de cemento de Key West, que representa el sitio más cercano a la Isla desde los Estados Unidos, y el barrio habanero encuadrado hoy entre Belascoaín, Zanja, Infanta y Malecón; pues antes Neptuno dividía al Cayo Hueso original del antiguo barrio de San Lázaro, que debe su nombre, igual que el torreón, a la caleta allí existente. Aquí está simbolizado el flujo y reflujo presente en las inversiones de Norteamérica o las ideas anexionistas dominantes a mediados del XIX; o la emigración de tabaqueros cubanos tan vinculados, aún hoy, a esas pequeñas ciudades del sur de la Florida, a las guerras de independencia o a ese barrio de La Habana profunda que mezcla los fantasmas de la música popular y de los obreros emigrados con el contrabando a los pies de mi casa.
          
En mi actual manzana vivieron hasta el final de sus días el irreverente y genial Virgilio Piñera, el recordado Pepe Rodríguez Feo, que fue mi compañero de “comedor obrero” y me prestaba un sinfín de libros y películas, a pesar de nuestras apasionadas tánganas beisboleras Industriales versus Santiago (o a propósito de), y el cercano Fayad Jamís, cuya amistad me descubrió el edificio donde hoy vivo. Aunque tal vez valga la pena recordar a Fernando Pessoa, aquel que siempre fue “otro”, y que escribió una vez: "El único sentido íntimo de las cosas es que ellas no tienen sentido íntimo alguno".


[1] A propósito, es significativo el listado de “habaneros ilustres” con los que comparto el privilegio de haber desfilado convocados por el estimado Coyula en nuestra condición de poseer una “auténtica prosapia capitalina”. Entre otros que me han antecedido, baste mencionar a Ambrosio Fornet (Veguitas); Jaime Sarusky (Florencia, la de Camagüey, la nuestra); Rosario Novoa (Mariel); Nelson Herrera Ysla (Morón); los santiagueros Marta Rojas, Harold Gramatges y César López (eso de los santiagueros-habanistas ya va siendo algo redundante); Enrique Núñez Rodríguez (Quemado de Güines); Eusebio Leal (Guanajay); Gustavo Eguren (Nueva Gerona), Reynaldo González (Ciego de Ávila); Pablo Armando Fernández (Delicias); y he dejado a Graziella Pogolotti para el final, porque todos sabemos que París es nuestro origen común.
Como ven, estos vecinos de El Vedado y Miramar, se integran a una rica tradición de escritores muy habaneros y universales en su obra, que junto al Lezama de Marianao y Trocadero, al Eliseo de Arroyo Naranjo y
 

Por: Norberto Codina
Poeta y editor, director de La Gaceta de Cuba, publicación de Arte y Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado: A este tiempo llamarán antiguo (Premio David, editado en 1975), Un poema de amor según datos demográficos (plaquette, 1976), Árbol de la vida (1985), Los ruidos humanos (mención Premio de la Ciudad de la Habana, 1986), Lugares comunes (finalista del Premio de la Crítica, 1987), Poesía V (1988), Cuaderno de travesía, (2003); autor de la antología Los ríos de la mañana (Poesía cubana de los ochenta, 1995), Material de lectura de Raúl Hernández Novás (UNAM, México, 1996) y coautor de las antologías Donde nacen las aguas, Poesía cubana del siglo XX (2002) y En el reino de Escuque (2006), entre otros. Recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural José A. Fernández de Castro.