Lola_CruzUno de los personajes femeninos más famosos del siglo XIX cubano fue Dolores Cruz Vehil (Matanzas, 20.9.1840- Ídem, 1913). En una época de prohibiciones para la mujer, “Lola” Cruz sobresalió sin transgredir las reglas, pero reafirmando continuamente su recia personalidad y su axiomática devoción por la patria chica. Dentro de los moldes sociales en que se desenvolvió, la adornaron virtudes como una erudición amplia y bien cimentada y un pensamiento liberal que solía manifestar en el trato próximo y humanizado que confería a sus esclavos, así como en la simpatía que mostraba respecto a las causas, socialmente justas. Dominaba varios idiomas, en particular el inglés, el francés y el italiano, tocaba el piano con una habilidad superior al de las jóvenes aficionadas de su clase y compartió con su esposo -el acaudalado José Manuel Ximeno- la pasión por el arte pictórico.

A tono con su contexto estos rasgos enfatizaban su belleza, que fue, como era de esperarse entonces, el atributo por el que su nombre trascendió, despertando “no solo un gran número de admiradores, sino también de curiosos que venían expresamente á Matanzas á [sic]  conocerla […] En su tipo delicado hacían contraste sus ojos negros con el cabello castaño, y la nítida blancura de su tez, le valió el sobrenombre de la Perla del Yumurí.” (1) 

Inmortalizada por poetas, pintores y contemporáneos en general, resulta evidente, sin embargo, que no fue solo su imagen externa la que atrajo la atención de las personalidades que interactuaron con ella y entre las cuales se contaron la escritora camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, el pianista norteamericano Luis Moreau Gottschalk, el violinista matancero José White, los pintores Esteban Chartrand y Ferenc Mejaski, yumurino y húngaro respectivamente, así como los más prestigiosos médicos e intelectuales de la Matanzas de su tiempo.

Entre las fuentes que hacen referencia a la personalidad de Lola Cruz la más profusa en información es Aquellos tiempos…Memorias de Lola María, estimada un clásico en su género. En esta obra, publicada en dos tomos (1928 y 1930), Dolores María Ximeno Cruz, hija de aquella, retrata la ciudad y dedica innumerables páginas a tributar  a su madre. Matanzas y Lola Cruz, se erigen, en mi consideración, en las protagonistas de estas memorias, donde la autora convoca a incontables personajes del siglo XIX, incluidos aquellos que solo conoció por las narraciones de su progenitora y de otros miembros de la familia. Debido a ello una buena parte de los sucesos aquí referidos fueron tomados de esa fuente, amén de la utilidad de otras como las contenidas en el Archivo Parroquial de la Iglesia San Carlos Borromeo (actual Catedral) de Matanzas y en el Fondo Familias Ilustres de la Oficina del Historiador de La Habana.

Lola CruzFueron sus padres, Joaquina Vehil -descendiente de Nicolás Vehil, Capitán del Batallón de Cataluña- y Blas de la Cruz, Regidor del Ayuntamiento matancero, Auditor Honorario de Guerra y Caballero de la Real Orden de Carlos III. Tales cargos y nombramientos apuntan al importante lugar que este hombre y su familia ocupaban dentro del grupo de poder que representaban y al rol que desempeñaban respecto al orden socio-político, preestablecido por el régimen español, si bien ya se trataba de individuos nacidos, la mayoría, en la Isla.  Todas estas circunstancias apuntan a los contextos en que Lola Cruz habría de moverse desde su niñez.

Blas y Joaquina se casaron en la iglesia parroquial San Carlos Borromeo, el 8 de marzo de 1839, (2) donde el sacerdote Manuel Francisco García (3) habría de bautizar, el 16 de noviembre de 1840, a su primogénita. Nacida el 20 de septiembre de ese año (4) fue llamada María de los Dolores Joaquina, por ser su madre devota “ferviente de la Virgen de los Dolores, nombre que dio a su primera hija y a su primera esclava” (5). Después nacerían María de los Ángeles Dolores Micaela, Blas José Francisco de los Reyes, Joaquina de los Dolores, Carlos Francisco María de la Concepción y Nicolás Donato.

Conocida tempranamente por el seudónimo de “Lola Cruz”, María de los Dolores Joaquina creció  en la casona familiar, situada en Gelabert (Contreras) No. 35, esquina al callejón de la iglesia, uno de los inmuebles significativos de la arquitectura doméstica matancera y en cuyo espacio se levanta hoy un centro comercial. Allí construyó su mundo, en medio de la opulencia y de un orden aparentemente inamovible. Ese entorno y el que se extendía puertas afuera fue el marco en el que transcurrió la mayor parte de su existencia. Amó a Matanzas como se ama a una suerte de madre tutelar. En pos de la ciudad su labor benefactora fue constante y se vinculó, de una forma u otra, a todos los grandes sucesos y personajes artísticos que en esta población nacieron o se forjaron. Fue incluso más allá, pues haciendo empleo de su influencia social y de su carisma pudo intervenir en ciertas discordias políticas, intercediendo a favor de aquellos condenados desafectos del tutelaje español que “por empeños unas veces y por ruegos otras […] arrancó del patíbulo” (6)

Hija de una clase social: la gran burguesía criolla, estudió en prestigiosos colegios privados, como el Santa Teresa, que dirigía Pío Campuzano y frecuentó teatros y salones, tanto en Matanzas, como en La Habana, donde fue invitada a grandes convites, reseñados casi siempre por la prensa. En febrero de 1862, por ejemplo, impresionó hondamente a los concurrentes a las fiestas que se ofrecieron en las residencias capitalinas de Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre y Capitán General de la Isla (1859-1862) y de la familia O’Farril. Su propia casa fue escenario de tertulias y conciertos. En ella actuaron virtuosos como el citado Gottschalk (New Orleans, EE.UU, 8.5.1829- Río de Janeiro, 18. 12.1869) que en septiembre de 1860 improvisó un concierto ante el gran piano hogareño. De naturaleza osada, Lola Cruz no pudo evitar, en esa ocasión, sentarse ante el instrumento, cuyas notas atrajeron, de inmediato, al afamado norteamericano.
 

Un domingo al concluir la retreta [recordaba] estaba Gottschalk de visita en nuestra casa. Era yo soltera, y con nuestros amigos […] veíamos desde el balcón desfilar la banda militar. Eran las diez. Volvimos a la sala […] El tiempo corría en amena charla […] cuando yo, impaciente en extremo, levantándome de improviso me senté al piano preludiando “El Jaleo de Jerez”, de sus Souvenir de Andalucía. […]  Al oírme el artista, se acercó, como movido por un resorte y galantemente colocando en el teclado sus manos sobre las mías […] continuó […] interpretando lo mejor de su repertorio […] Nunca olvidaré […] aquella noche en que el genio del mago nos hizo sentir creaciones desconocidas. (7)

También trabaría amistad con la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, 23.3. 1814- Madrid, 1.2.1873), a quien recibió en su casa en noviembre de 1861, cuando la cantora arribó a la “Atenas” cubana, acudiendo al llamado de la dirección del Liceo Artístico y Literario (8), de presidir los primeros Juegos Florales convocados por la institución. “Tula” residía con su familia en la península, desde el segundo lustro de la década de 1830. Tras recorrer varias ciudades de Francia y España, se estableció en Madrid (1840), donde llegó a ser uno de los nombres más respetados dentro del círculo de escritores españoles de la época.

Los ilustrados matanceros que la recibieron en 1861, conocían el mérito de su poética y de su bien ganada fama literaria, razón por la que su presencia en la ciudad devino todo un suceso. La acompañaba el político español Domingo Verdugo, su segundo esposo, con quien residió temporalmente en Cuba, entre 1859 y 1863, época por la que él fue designado Teniente Gobernador de la villa de Cárdenas. 

El júbilo provocado por la llegada a la urbe de la Avellaneda y su coincidencia con el bazar que se celebró entre el 3 y el 6 para destinar la colecta a continuar los trabajos del teatro Esteban, (hoy Sauto), impidieron que la escritora y Lola Cruz fueran presentadas inicialmente. No obstante, el atractivo de la matancera llamó la atención de la autora de Sab, quien hizo saber su deseo de conocerla personalmente. La familia Cruz-Vehil organizó una reunión para acogerla en su casa, iniciándose una amistad que duraría varios años.

Con satisfacción extrema la familia Cruz la invitó a la visita solicitada y así se comunicó á [sic] la Avellaneda, quien fue recibida en aquella casa con las mayores deferencias por los padres de Lola y sus amigos, allí reunidos […]

En el rato que hizo esperar la procesión, se improvisó una interesante tertulia […] sirviendo de tema España, asunto familiar á [sic] la poetisa  y donde habían estudiado jurisprudencia varios de los que la escuchaban. Extendida la conversación á [sic] su literatura, bellas artes, religión y política, admiró á [sic] los circunstantes por la elevación con que se trató de dichas materias y al referirse á [sic] la política, tocó las reformas pedidas para Cuba […]

En esta reunión satisfizo el deseo de conocer particularmente a Lola Cruz, con quien estableció las más cordiales relaciones de amistad […] A la Avellaneda, admiradora de la belleza, le era más sensible, cuando la encontraba en la mujer; Lola lo ha sido siempre de la inteligencia y este fue el lazo que las unió. (9) 

En algún momento de estas jornadas, la escritora solicitó a Lola Cruz un retrato para incluirlo, con el de otras matanceras, en su  Álbum Cubano de lo Bueno y de lo Bello que había comenzado a publicar en La Habana, desde 1860. Tras coincidir, el 9 de noviembre, en los ya citados Juegos Florales, al día siguiente la escritora fue agasajada en una de las casas-quintas que hermoseaban la Calzada de Esteban, en lo que hoy se conoce como el barrio de La Playa. Sobre algunos de estos particulares se hace referencia en las cartas que ambas mujeres se cruzan entre 1861 y 1863. En 1862, la Avellaneda es invitada nuevamente a Matanzas, con motivo de los festejos del patrono de la ciudad San Carlos Borromeo. Imposibilitada por varias causas de verificar la visita, se lo hace saber a Lola Cruz:
 

V. me perdonará mi bella amiga, el no haber contestado antes á [sic] sus gratísimas líneas […] ardía en impaciencia  de dar á [sic] V. un millón de gracias por el amable ofrecimiento que me ha hecho de su casa á [sic] nombre de sus Sres padres, para si voy á [sic]  las fiestas de S. Carlos. Ruego á [sic]  V., Lolita que haga presente  á [sic] su papá y á [sic]  su mamá lo mucho que estimo esta atención de parte suya, y el sentimiento que tengo de no serme posible este año, como el anterior, en las agradabilísimas reuniones de las lindas hijas de Matanzas, cuyo recuerdo conservaré siempre. Mi salud, que no es buena, y otras muchas circunstancias que se reúnen fatalmente, me impedirán de seguro hallarme corporalmente entre VV., pero puede estar V. muy persuadida de que mi corazón andará por allí más de una vez, gozándose en los triunfos de mi amiga Lola y aplaudiendo, como quien más la gracia, la elegancia y la hermosura que hará brillar, como de costumbre, en las mágicas sourées del bazar. 

También acá tendremos uno con motivo de la erección de la estatua de Colon, y como se pretende que asista el Capitán  Gl. y nos tocará en tal caso la honra de hospedarlo, me tiene V. desde ahora en preparativos domésticos, que no son fáciles para quien tiene una servidumbre bastante mala. Sentiré mucho que coincidan sus fiestas de VV. y las nuestras y en unos mismos días, porque así pierdo la esperanza de verla á [sic]  V. por acá. Pero ¿no es muy raro y hasta muy inconveniente para todos el que Matanzas demore sus festejos precisamente para los días señalados para los de Cárdenas?... […] Me parecen si he de hablar á [sic] V. francamente, rivalidades pueriles, indignas de una ciudad de la ilustración que he admirado en Matanzas […]  

Iba á [sic] hablar á [sic]  V. ahora sobre su recomendado  […] pero mi marido -que es un coquetón siempre ansioso de decir algo á [sic] las niñas bonitas- tiene el atrevimiento de querer por sí ofrecer á [sic] V. sus disculpas  respecto al asunto mencionado, y contando con que V. no lo llevara a mal, le cedo la pluma, repitiéndome, (muy agradecida por los retratos con que V. ha embellecido mi Álbum) su amiga más sincera

                                                                                     G.G. de Avellaneda (10) 

Obras de exito. Lola CruzEsta  epístola de la Avellaneda posee valores que van más allá de las citas históricas. Puede apreciarse como el retrato de una época y de las relaciones de género entre dos mujeres que coincidían en el apego a la cultura y costumbres del país. Una desde un protagonismo creativo en el universo de las letras, la otra desde su observación y entendimiento, aparentemente pasivos. La entrenada pluma de Tula, se refiere, sin lastimar, a las rivalidades sociales  existentes entonces, entre las dos ciudades vecinas que se “disputaban” la primacía económica y cultural de la región. Ella hace partícipe  a su interlocutora de la inauguración de la estatua de Colón (11) y nos permite “aproximarnos” a la vez, a esos rasgos que perfilaban la personalidad de la matancera: belleza, erudición, amor por el conocimiento y por las tradiciones locales. Queda asimismo como testimonio de la amistad que creció entre estas dos mujeres, distantes cronológicamente, pero cercanas en sus sensibilidades y en las circunstancias sociales y cotidianas que enmarcaron sus respectivas vidas.

Al mes siguiente de la redacción de esta carta, Lola María se casa con José Manuel Ximeno (Matanzas, 25.7.1824-Ídem, 3.10.1883), Abogado de la Real Audiencia Pretorial, Comendador de la Real Orden de Isabel la Católica y Consejero de la Administración de la Isla. Hombre culto, fue además un admirador de la pintura y de otras artes afines, afición que lo llevó a organizar una de las pinacotecas más importantes de Cuba y a tratar con artistas e intermediarios que regularmente contribuían a engrandecer su colección.

José Manuel fue uno de los seis descendientes del matrimonio entre Simón Ximeno Estévez e Isabel Fuentes y Rodríguez de la Barrera (12). Se había formado intelectualmente en los mejores colegios de la colonia, baste mencionar el Carraguao y posteriormente la Universidad de La Habana, donde se graduó de Abogado. Era primo, por vía materna, del poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés y entre su dilatada lista de amigos se contaban hombres como Domingo del Monte, Vidal Morales y Morales, los hermanos Guiteras y otros importantes intelectuales de su tiempo.

Para la fecha de su matrimonio con Lola Cruz -19 de noviembre de 1862- (13) ya era considerado uno de los herederos más ricos de Matanzas. Su padre Simón había muerto en 1851 y él se ocupaba desde entonces de los negocios de la mayor parte de la familia. Representaba además a algunas de las entidades económicas más importantes de la urbe, como el Banco San Carlos, del cual era Presidente. Sus hermanos Antonio y Francisco poseían otros intereses y en el caso del segundo, conocido como el “Poey matancero” su entrega al estudio de las ciencias y a la conformación y cuidado de su famoso Museo Zoológico, Botánico y de Pis­cicultura motivaron su relativa desatención de los asuntos meramente económicos.

Después del enlace, Lola Cruz pasó a residir en la casa de Ximeno, ubicada en Gelabert, No. 16, muy próxima al teatro Esteban, cuya construcción estaba por concluir y donde llegaron a ser propietarios de uno de los palcos, mejor situados del coliseo (14), en una época en que la elegante presencia de Lola Cruz, despertaba la curiosidad de todos los asistentes.

Además de Dolores María, nacida el  29 de diciembre de 1866, el matrimonio Ximeno-Cruz tuvo un hijo varón, el primogénito José Manuel, “Meme” (Matanzas, 10.9.1863- Ídem, 27.8. 1916), quien seguirá los pasos del padre, graduándose, posteriormente de Abogado. Los hermanos fueron bautizados en la iglesia de San Carlos, con aguas del Jordán que los ilustrados Antonio y Eusebio Guiteras Font, amigos de la familia, habían traído consigo, tras el viaje que emprendieron, en 1844, a Europa, Egipto, Grecia y a varias regiones de lo que hoy se conoce como Medio Oriente, entre otras Palestina, lugar sagrado, de donde provenían aquellas aguas. (15)

El buen trato que la familia Ximeno-Cruz confería a los esclavos es una peculiaridad, que está descripta no solo en las referidas Memorias.., sino en otros textos que aluden al hecho de que “en plena esclavitud se desterró de su casa el castigo corporal impuesto entonces, como medio de corrección á [sic] los infelices que la sufrían. Lola y su esposo, benignos con sus siervos, la primera los adornaba con sus joyas, el segundo los inclinaba al placer del teatro, donde podían aprender á [sic] cultivar su inteligencia” (16)   

El mismo año del nacimiento de Dolores María, las facciones de Lola Cruz habían sido recreadas por el pintor sevillano José María Romero – director de la Academia de Arte de esta ciudad–, quien pintó por encargo varios retratos de la familia. Estos los realizaba en España, tomando como referencia las fotografías que José Manuel les hacía llegar a través de un intermediario. Al propio Romero corresponde también el acabado cuadro de José Manuel Ximeno Cruz, niño, con su nana negra, Rosa. Otros retratos de Lola Cruz se conservan en el Museo de los Capitanes Generales de la capital, específicamente los realizados por el ya citado pintor y miniaturista Ferenc Mejaski, uno de los artistas protegidos por Ximeno, como también lo fueron los cubanos Esteban Chartarnd y Juan Jorge Peoli, el belga Henri Cleenenwerck y el norteamericano Eliab Metcalf.

Con creadores contemporáneos, como los anteriormente citados y con muchos otros, provenientes de diferentes épocas y estilos, Ximeno conformó su apreciada colección de pinturas. Según el catalogo original, constaba esta de poco más de ciento diez  cuadros, entre los cuales había originales de los españoles Bartolomé Esteban Murillo, José de Ribera, Alonso Cano, Juan de Juanes, Valeriano Bécquer y del referido José María Romero (17).

En la década del 70, Lola Cruz frecuentaba con su familia la casa quinta que compartía con su cuñada Isabel Ximeno, en otro tiempo el amor imposible de Milanés, y el esposo de esta, Manuel Mahy León, en La Cumbre, Versalles. Según el historiador Raúl Ruiz 

José Matías Ximeno [abuelo de José Manuel] parece haber sido el primero en edificar una casa-quinta en la Cumbre Alta, hermoseada por un campanario y bajo la advocación de la Virgen del Carmen. Al morir esta propiedad pasó a su hijo Simón, y de éste a su hija Isabel. En esta vivienda pasó algunas temporadas el poeta José Jacinto Milanés, sobrino político de Simón de Ximeno. Mahy, el esposo de Isabel, se dedicó a urbanizar el lugar. Compró a Cristóbal Madan, en 1865, una casa-quinta de dos pisos, que restauró para su residencia; cedió o vendió asimismo, terrenos para otra decena de edificaciones, dando lugar al caserío, denominado “de Mahy”, en los alrededores del sitio donde hoy se halla la torre de televisión. Este terreno de veraneo de la burguesía fue destruido, por un incendio intencional,  en 1898. (18)

Muy cerca de la casa de Mahy hicieron erigir las suyas Antonio y Francisco Ximeno. Guiado por su mentalidad de naturalista, “Pancho” rodeó su propiedad de exóticos jardines, conservando allí toda clase de insectos y otros ejemplares de la fauna y la flora cubanas. Como refiere Raúl Ruiz, fue precisamente Mahy –cuyo origen era mexicano–, quien transformó el lugar en lo que muchos estimaban una extensión del Paraíso. Amplias y dotadas de todas las comodidades posibles allí levantaron sus mansiones de recreo los patriarcas de otras familias de la burguesía criolla local, como Angulo, Madan y otros.

Allí, en la naturaleza insuperable de La Cumbre, los Ximeno-Cruz recibían visitas de toda índole, amigos, artistas, científicos. A menudo organizaban tertulias y conciertos, dables a disfrutar sólo por el selecto y acaudalado grupo de las familias concomitantes. Valga destacar la presencia en el lugar del ya mencionado Esteban Chartrand, figura máxima del paisajismo pictórico en la isla. La inclinación por las bellas artes, fue –como se ha referido– una de los rasgos más sólidos del carácter de Lola Cruz y de sus descendientes. Lola María hace alusión en sus memorias a las visitas del pintor, a quien frecuentemente podría verse, paleta en mano, trasladando al lienzo las idílicas imágenes del lugar. “Allí concurrían amigos, artistas, perpetuando Esteban Chartrand, huésped apreciadísimo, con su maravilloso pincel casas y paisajes…Allí, un sabio extranjero […] dijo al admirar el Museo de la ciudad de mi tío Francisco, su casa de la Cumbre y los ejemplares exóticos de los jardines. “Aquí vive un hombre” (19)

Fue precisamente en estos parajes donde “Lola María” y su hermano “Meme” recibían de pequeños al maestro Joanicot, no referido en los libros tradicionales de  historia matancera. Cuando la familia pasaba prolongadas temporadas en La Cumbre, ambos debían compartir el esparcimiento con los estudios. Para Lola Cruz y para Ximeno la educación de sus hijos constituía una prioridad y los recursos eran pocos con el fin de dotar a sus descendientes de una ilustración acorde con los tiempos que se vivían.

Durante esta época, la “Perla del Yumurí” es testigo de sucesos menos venturosos, vinculados a la Guerra de los Diez Años. Estos irán cambiando en ella su percepción del sistema colonial. Su sentido de lo cubano que nace, será más fuerte, a la postre, que la herencia española y que todos los privilegios de que gozara por su condición clasista. Como tantos coterráneos, es testigo,  del fusilamiento de varios jóvenes matanceros, una parte de ellos egresados del Colegio la Empresa, propiedad de sus amigos, los hermanos  Antonio y Eusebio Guiteras, cuyo credo independentista había motivado, en 1869, su clausura por parte del gobierno, que tildaba el centro de “nido de víboras”.

Aquel propio año, es fusilado el conspirador independentista Eleuterio, Tello, Lamar y Valera, al que se le habían ocupado armas, en su finca de Santa Ana. Lola sufre la noticia y no halla respuestas a sus preguntas. Su desazón e inseguridad aumentan, cuando asiste a las exequias de Carlos de Jesús Verdugo Martínez, uno de los ocho estudiantes de medicina ejecutados injustamente, en 1871, por el despiadado régimen español. El joven fusilado se hallaba en su casa de Matanzas, el día en que supuestamente un grupo de ellos había burlado, en la capital, la tumba del periodista español Gonzalo Castañón. Cursaba el primer año de la carrera y era hijo de de Inés Martínez y de Pedro Isidoro Verdugo, uno de los médicos de mayor reputación y clientela de la ciudad, de quienes Lola Cruz y Ximeno eran grandes amigos. Alrededor de la casa de Gelabert, No. 64, hogar de los Verdugo, un largo cortejo de coches reflejaba lo que en el interior de esas paredes se vivía. Años más tarde, Lola Cruz contaría a su hija el relato sombrío de lo allí acontecido.

La ciudad entera estaba allí  y contábame mi madre […] que cubanos y españoles a una, allí concurrieron: españoles intransigentes, sorprendidos, adoloridos y avergonzados, para con ellos sentir el horrible trance […] Y el hidalgo caballero y buen doctor, hosca y huraña la expresión, expresión que nunca lo abandonaría ya más […]

Y ella, mi madre, contábame también, que al salir con mi padre de aquella visita o manifestación o purgatorio o cosa sin igual […] esa noche al llegar a su hogar, loca, repleta, voló a la cama de su hijo y delirante abrazóse a él […], llorando sin cesar, […] amparando al niño que inocente dormía […],  sorprendida de todo desconfiaba, desplomada la fe de la nación colonizadora que esto permitía […]

¡Noche inolvidable! Pues la España que desde tiempo inmemorial en la casona conocíase era la de Capdevilla, la otra no. (20)

Hacia esta época, muchas de las fortunas del occidente de la Isla - sostén económico de la Guerra de los Diez Años- comenzaron a resquebrajarse, en parte, por los impuestos y contribuciones que el poder español les obligaba a pagar con el fin de respaldar el conflicto. La familia de Lola Cruz fue una de ellas. Pronto el status quo de esta estirpe fue transformándose, sin que los Ximeno parecieran muy conscientes de ello. Así, a inicios de la década de 1880 comenzaron  a aflorar los problemas y la familia se vio sensiblemente afectada.

Apesadumbrada ante la inminente quiebra de la economía familiar, Lola Cruz dejó de frecuentar los grandes salones y el teatro Esteban. Preso de la depresión, Ximeno se sumió en una suerte de aislamiento. Finalmente tuvieron que abandonar la residencia de Gelabert, No. 16, que había pertenecido al apellido Ximeno, desde que el primero de ellos avecindado en Matanzas, José Matías Ximeno (21) hiciera construir la casa, obra del norteamericano Antonio Glean. El inmueble, de una planta por el frente, concluía en dos por el fondo, que daba a la calle Contreras (22).

La familia no pudo saldar sus compromisos financieros y junto a Gelabert, 16 perdieron otros inmuebles en distintos puntos de la urbe. Un mes demoró la mudanza a otra vivienda más austera, pero cercana a aquella otra (Contreras, No. 39) y, sobre todo, al entrañable teatro Esteban. El día definitivo, Lola  se quedó hasta el último instante, cuando, con todas las pertenencias repartidas en las casas de los amigos y de antiguos y fieles esclavos, fue cerrando cada una de las estancias, acompañada por los dos hijos.  

Problemas muy arduos [recuerda Dolores María] ocupaban [a mi madre], a los cuales serena y abnegada hizo frente. Uno de ellos, el de nuestra educación, cumpliendo hasta proporcionar a mi hermano su carrera y a mí lo mejor que hubiera. De la pasada opulencia mucho quedaba, y de ella vivimos […] Del antiguo esplendor de cuadros, objetos de arte, libros, muebles, vajillas y cristales, joyas y encajes supo mi madre sacar provecho. […] Y como nosotros, cientos de familias arruinadas subsistieron de aquellos restos de grandes fortunas. (23)

En 1882 Lola María Ximeno viajó, por cerca de tres meses, a Estados Unidos de Norteamérica, invitada por su tía, Ángela Cruz.  Lola y su esposo aceptaron la invitación por entender que aquel contacto contribuiría a ampliar la cultura de su descendiente. El propósito de la visita era conocer la gran metrópoli de New York, así como Saratoga y el Niágara. Norteamérica se hallaba, entonces, en pleno apogeo de su crecimiento económico y ya comenzaba a perfilarse como la gran potencia imperial que es hoy. 

Durante la travesía hacia New York, la madre  escribe a Lola María, lo cual repetirá casi a diario, mientras dure la estancia de aquella en el país norteño. Estas epístolas, inéditas, muestran a la “Perla del Yumurí” en la tranquilidad del nuevo hogar y exteriorizando toda la ternura que despierta en ella la hija. “Vida de mi vida”, “Hija de mi corazón”, “Hijita mía” son algunas de las frases con que inicia sus misivas. Todo el tiempo le pide que no pierda oportunidad de observar y de disfrutar cuanto se presente ante ella. Protectora, le pide que se cuide y aprovecha para contarle algunas anécdotas de la vida matancera, la familia y los amigos. Así, el 4 de agosto escribe:

Hijita del alma mía

Ya estarás en estos momentos más cerca de New York que de nosotros. Ya son cerca de las cuatro de la tarde y si el cielo que descubro desde mi acostumbrado sitio, frente al tocador, es tan azul y tan diáfano como el que tus ojos contemplen tendrás un viaje delicioso. Dios quiera ser el piloto que guía tu embarcación. José Manuel llegó por la mañana y me tranquilizó mucho describiéndome las condiciones marineras del New Port, el lujo del servicio, el confort de los camarotes y lo bien que deben pasarla los pasajeros. […] (24) 

En carta posterior  expresa: “[…] Cuánto te extraño. Que sola me encuentro. A estas horas ya estarás en New York. Qué te parece. ¿Has quedado deslumbrada? Con cuanta ansiedad espero tu primera carta. Cuéntamelo todo, hija mía. Piensa que tu madre en este rincón (el último del mundo) no tiene más alegría, ni más distracción que la que tú y tú hermano le proporcionen. […]” (25)

Lola Cruz es consciente del significado de este periplo para la hija. Bien conoce la animosidad y el sentido alerta de la joven.  Educada con maestros particulares y en las mejores escuelas para niñas de Matanzas, Lola María hablaba, con soltura el inglés y el francés. Visita museos, galerías y centros comerciales. Todo le depara una sorpresa, un nuevo descubrimiento. La madre insiste en el valor de la indagación y en la práctica del idioma, bien sabe que el encuentro con aquella nación contribuirá a ensanchar sus conocimientos.

“Habla siempre en inglés, hija mía [le aconseja], que no se diga que al volver de ese país ni el idioma has aprendido. Espero de tu buen juicio, ya que tan acertadamente llamas a ese lugar otra Babilonia” (26) Enjambre de altas piedras y de nacionalidades, Lola María  advierte la diversidad apabullante de ese país y en particular de una ciudad de tanto ajetreo comercial y sociocultural como New York.

Durante estos años, Lola acude regularmente a la iglesia de San Carlos y excepcionalmente a ciertos eventos, recluyéndose en los recuerdos que habitan en su memoria y en la preocupación por el porvenir de los hijos y de la ciudad. Su agitada vida social se ha trocado en esa melancolía manifiesta, que late en su escritura. A José Manuel, el esposo, la une el afecto por lo vivido, pero la añoranza de éste ante la pérdida del ambiente hogareño, cuyo escenario interior forjara centímetro a centímetro, lo mantenía alejado del mundo terreno. Ella se había transformado también en una mujer solitaria, pero apegada a esos vínculos íntimos y cotidianos que la mantenían sujeta a la realidad.

En Matanzas, la población vivía el pánico provocado por la epidemia del tifus agudo. Uno de los criados de Lola Cruz, sucumbió, víctima del mismo. Los médicos, todos amigos de la familia, se reunían para determinar ante la cama de los enfermos: Esteban Llorach, Cartaya, Jiménez y Verdugo. Cientos de personas adineradas emigraron a otras partes, huyendo de la muerte, pero los Ximeno, tomaron precauciones y no abandonaron ni un solo día la ciudad. La enfermedad hacía estragos entre los niños y los extranjeros, fundamentalmente, hasta que poco a poco se fue atenuando y la existencia volvió a la normalidad, incluidos los viajes por mar que habían sido interrumpidos por el temor de los marinos a infectarse.

Durante la estancia de su hija y hermana en Saratoga y a punto de tornar estas a New York, Lola Cruz continúa describiendo en sus cartas, la cotidianidad yumurina. Además de comunicarle los estragos causados por el tifus, narra eventos, aparentemente intrascendentes, como la costura por ella misma de una polonesa para lucirla en sus salidas.

En otra carta Lola insiste: “Me agrada mucho saber que te fijas en todo y que todo los preguntas y quieres saberlo- esto se llama estudiar un país por uno mismo.” (27)

A tono con lo que se exigía de una señorita de su clase, Lola Cruz espera que la visita a Estados Unidos, refuerce en Lola María todas esas cualidades de un ama de casa ilustrada. En otro orden de cosas, menciona en algunas de sus cartas a personalidades claves dentro de la evolución intelectual de la isla y con las que José Manuel mantuvo una amistad duradera. “Tu padre está cada vez más entusiasmado con la correspondencia de Vidal Morales sobre noticias del poeta Domingo Delmomte, de quien fue tu padre grande amigo. Morales parece satisfecho de sus cartas y siempre celebra y admira su estilo” (28)

Las epístolas relativas a este viaje llegan hasta avanzado el mes de octubre, momento en el que presumiblemente Lola María retornó a Matanzas.  Resulta muy interesante la remitida el 26 de septiembre, porque su autora narra los detalles de una procesión religiosa protagonizada por negros y mulatos, por cuya cultura y costumbres profesaba no solo respeto, sino una profunda simpatía.

Antes de ayer hubo una gran procesión á [sic] la Caridad del Cobre por la gente de color, quedó muy bien- con mucho orden. Llamaban la atención de todos una docena de mulaticas y negritas que iban en el centro, vestidas divinamente con un bouquet de flores naturales en la mano, apoyadas de dos en dos. No hay dudas, esta clase en estos momentos es soberbia. Que mujeres tan lindas, tan finas, tan elegantes […] 

En la calle de Medio se ha abierto una tienda de objetos egipcios y reliquias santas y al pasar la Virgen por allí uno de aquellos musulmanes le colocó un crucifijo que se supone de coral y nácar y después acompañó á [sic] la Virgen con una vela, colocándose detrás de ella hasta que entraron en la iglesia. Te bendice. Tu madre. (29)

A fines de septiembre, José Manuel, “Meme”, marcha a La Habana para iniciar los estudios de Abogacía. Esta partida quiebra, aún más los ánimos de Lola Cruz, quien no obstante comparte con su hija la satisfacción de este suceso. Guiará los pasos de su vástago y le ofrecerá el aliento que a ella le falta. Confía en su fuero interno en los nuevos cubanos, que como José Manuel forman parte de “la juventud naciente, esperanza de nuestra pobre y abatida patria” (30)

El 3 de octubre de 1883 muere su compañero de dos décadas (31). Contaba Ximeno cincuenta y nueve años y ninguna enfermedad perceptible causó aquel suceso inesperado, aunque en el acta de defunción se mencionara una afección, hasta ese momento desconocida en su organismo. En pocos términos, la melancolía terminó venciéndolo, igual que lo había hecho, en circunstancias diferentes, con su primo José Jacinto Milanés, el gran poeta romántico.

Lola Cruz asume entonces la mayor parte de las responsabilidades familiares. El hijo continuará sus estudios y residirá un tiempo en la capital. Allí se casa, más tarde, con María Antonia de la Torriente y Scott-Jenckes. Concluía el año de 1888. Poco después se restablecerá definitivamente en su natal Matanzas, donde nacerá el único hijo del matrimonio.

Viviendo en medio de una relativa austeridad, Lola Cruz continuó con su rol de filántropa, ya fuera al frente de la Junta de Maternidad o del Asilo de Ancianos. Apoyó, más que nunca las causas nobles y desarrolló una estimable labor en pos del independentismo. Cuando años después, en 1896, Valeriano Weyler se hizo cargo de la Capitanía General y dictó el Bando de Reconcentración, obligando a los campesinos a establecerse en los pueblos ocupados por los españoles, ella fue una de las matanceras que ofreció su casa para acoger a una familia de reconcentrados. No obstante su origen de clase, se mantuvo a la altura de los acontecimientos y del lado de los más preteridos por la historia, tal como lo había hecho desde su juventud.

Murió en 1913, cuando la naciente y adulterada Republica impuso un nuevo “orden” de cosas. El silencio suple las palabras en las Memorias… de su hija. Recordémosla como solía manifestarse desde la muerte de Ximeno y tras el ocaso de lo que en otro tiempo había sido su vida.

Y desde entonces fue indiferente a mi madre cuanto en la vida atrae y seduce, a pesar de haberse visto de ello muy rodeada, consumiéndose en inextinguible afán por el mejoramiento de su hogar y por amor a sus semejantes, su mayor desvelo. Y comenzó, en plena juventud, el retraimiento, al que jamás renunció ya.  Sencillamente vestida, limpísima, siempre en traje de casa , completamente liso y el cabello invariablemente recogido, sin seguir moda alguna, de una nitidez exagerada toda su persona, aun  la contemplo, y más amada me parece su figura, que con las deslumbradoras joyas y galas parisienses. (32)

La aureola que esta mujer dejó en la historia cubana del siglo XIX no pudo pasar por alto a la sensibilidad de un músico como Ernesto Lecuona Casado (Guanabacoa, Cuba, 6.8.1895- Santa Cruz de Tenerife, España, 29.11.1963). El pianista y compositor le dedicó la afamada zarzuela, en dos actos, Lola Cruz. Con libreto de Sánchez Galarraga. Esta seria estrenada, con gran éxito, en el teatro Auditorium  – actualmente Teatro Auditorium Amadeo Roldán– el 13 de septiembre de 1935. Los roles protagónicos fueron desempeñados por Caridad Suárez y por la entonces debutante Esther Borja, Pedro Hernández y Rafael de Grandy.  Resurgía, de esta forma, el mito de la mujer-beldad-madre- esposa-patria, la misma que más allá de la riqueza o el infortunio mantuvo intacta su lealtad a la ciudad que la vio nacer, esa que vio transcurrir su vida y junto a ella una historia colectiva de la que fue protagonista indiscutible.

Citas y notas


1. José Augusto Escoto. Gertrudis Gómez de Avellaneda. Cartas inéditas y documentos relativos a su vida en Cuba. De 1859 a 1864. Matanzas: Imprenta La Pluma de Oro. 1911. p.43

2.
Archivo Parroquial de la Catedral San Carlos de Matanzas. Libro 6 de Matrimonios de Blancos. f. 176 v, partida 528


3.
Nacido en Ceiba Mocha, el 27 de septiembre de 1794, Manuel Francisco Cosme de Jesús García Gómez, bachiller en Filosofía y Doctor en Teología, por el Seminario de San Carlos. Fue designado a la parroquia de San Carlos Borromeo de Matanzas, desde octubre de 1817, desempeñando una significativa labor en favor de la educación local. Uno de sus logros más importantes es el establecimiento de la Cátedra de Filosofía. Funda, en 1832, la parroquia de Pueblo Nuevo y transforma la de San Carlos. En 1853, García - quien fuera protector del poeta “Plácido” durante los sucesos del 44- parte hacia La Habana para ocupar el cargo de Maestre escuela de la catedral capitalina. Muere el 3 de octubre de 1867.


4.
Archivo Parroquial de la Catedral San Carlos de Matanzas. Libro 20 de Bautismos de Blancos. f. 161 v, Partida 840


5.
Dolores María Ximeno. Dolores María Ximeno. Aquellos tiempos…Memorias de Lola María. Habana. Imprenta y Papelería “El Universo”. 1928. Tomo I, p. 24


6.
José Augusto Escoto. Ob. cit. p. 44


7.
Dolores María Ximeno. Ob.cit. Tomo I, pp. 124-125


8.
Inaugurado el 17 de fe febrero de 1860, fecha en que se aludió por vez primera y de manera oficial al sobrenombre de “Atenas de Cuba”, la directiva de esta institución de instrucción y recreo estuvo conformada por el hacendado Pedro Hernández Morejón (Presidente), Rafael del Villar, (Director) y el periodista y pedagogo Ildefonso Estrada y Zenea (Secretario), entre otros. Durante este certamen, resultarían premiados, entre otros, los escritores Federico Milanés, Eusebio Guiteras, Casimiro del Monte, el mencionado Estrada y Zenea y Domingo del Monte Portillo, los primeros por obras poéticas y el último por una memoria sobre fusión de ferrocarriles.


9.
José Augusto Escoto. Ob. cit. p. 21
Ç

10.
  Gertrudis Gómez de Avellaneda. Carta a Dolores Cruz. Cárdenas, 15 de octubre de 1862. Reproducido de José Augusto Escoto. Ob. cit. pp. 33-34


11.
  Realizada por José Piquer, primer escultor de Cámara de la realeza española y Director de Escultura de la Academia de Artes de San Fernando. La obra terminada en 1861, fue expuesta en la capital ibérica,  antes de su traslado definitivo a Cárdenas. Fue inaugurada el 26 de  diciembre de 1862, ante la presencia de la poetisa, de su esposo, y de otros representantes del poder político insular. Se estima el primer monumento erigido en Cuba y América al navegante genovés.


12.
  Para mayor información sobre la familia Ximeno véase de Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallen, Historia de Familias Cubanas. La Habana. “Editorial Hércules”, 1943. Tomo III. pp. 397-400


13.
  Archivo Parroquial de la Catedral San Carlos de Matanzas. Libro 8 de Matrimonios de Blancos. f. 203, partida 766


14.
  El palco del matrimonio Ximeno-Cruz estaba situado hacia la izquierda, frente al de la autoridad local y con semejantes dimensiones. Poseía un antepalco alfombrado y paredes tapizadas en tonos claros, recorriendo los ángulos y perfiles de la varilla dorada. Según Dolores María Ximeno poseía una mesa de centro que sostenía un candelabro de bronce con luces de gas.


15.
  Véase de Eusebio Guiteras. Relación de un viaje por Grecia, diario conservado en el Fondo Personal de la Familia Guiteras del  Archivo Histórico Provincial de Matanzas.  Original manuscrito. s/p.

16.
  José Augusto Escoto. Ob.cit, p.44


17.
  Ibídem, p.43


18.
  Raúl R. Ruiz. Retrato de ciudad.  La Habana: Ediciones Unión, 2003. p. 38


19.
  Dolores María Ximeno. Ob.cit Tomo I, p. 300


20.
  Ibídem. Tomo II. pp. 77-79


21.
  José Matías Ximeno era natural, según los documentos consultados, de Bilbao, capital de Vizcaya, una de las tres provincias actuales del País Vasco.


22.
  Una descripción detallada de la casona de Gelabert  No. 16, de su estilo, estancias, e incluso de la biblioteca y la pinacoteca del padre  es ofrecida por la autora en su citada obra. Tomo I. pp. 321-342


23.
  Dolores María Ximeno. Ob.cit Tomo II. 1930, pp. 201-202


24.
  Archivo de la Oficina del Historiador de la Habana. Fondo Familias Ilustres. Familia Jimeno. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Leg. 300, E. 23 Año: 1882. (Matanzas, 4  de agosto de 1882).


25.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 6  de agosto de 1882.


26.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 5  de agosto de 1882.


27.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 1  de septiembre de 1882.


28.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 5 de septiembre de 1882.


29.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 26 de septiembre de 1882.


30.
  Ibídem. Carta de Lola Cruz a  Lola María. Matanzas, 29 de septiembre de 1882.


31.
  Véase Diario de Matanzas. Periódico Liberal. Matanzas, 4 de octubre de 1883. La fecha del fallecimiento de Ximeno, publicada en la citada obra Historia de Familias Cubanas. Tomo III, p. 400  es incorrecta.


32.
  Dolores María Ximeno. Ob.cit Tomo II, pp. 201-202


Por: Mireya Cabrera Galán