lorca y cernudaCoincidieron, también, en el espejismo que es La Habana. Primero el uno, andaluz universal, como quieren llamarle los que apelan a esos lugares comunes para no repetir su tantas veces ya repetido nombre. Luego, el otro, semioculto en esas maneras suyas que parecían no venir de la ciudad donde el poeta había nacido, trocando la Sevilla colorista y cegadora en modos de una mesura que otros no han podido definir sino llamándola inglesa. Medió, entre una y otra visita, un puñado de tiempo y la muerte de uno de ellos.

Ahora mismo, La Habana cuenta con los paseos de ambos entre sus mitos más ceñidos; hace saltar sobre esas diferencias de carácter que son más recordadas, quizás, que el valor de cuanto nos legaron, al tiempo mismo de sus horas en la Isla. Coincidieron sí y no en La Habana; sospecho que ha de haber sido imposible para Luis Cernuda, durante su estancia brevísima en esta capital, no dedicar unos momentos de recuerdo a quien fuera su amigo. Ambos, deslumbrados, dejarían testimonios de la epifanía escuchada y gozada, en tonos tan diversos, por ellos en este mismo punto del planeta y el idioma. Pero el abrazo que pudieron haberse dado aquí había surgido ya hacía mucho tiempo atrás, antes de que la catástrofe cegara la vida de Federico García Lorca e hiciera de Luis Cernuda un peregrino, uno de los mejores poetas trashumantes de este mundo lleno de trashumantes. 

Una foto quiere recordarnos esos primeros abrazos: en el pliego gráfico de algunos de los libros que les dedican a ambos aparecerá sin dudas la imagen que reúne los rostros de Lorca, Cernuda y Vicente Aleixandre. Tres grandes,  se dirá con facilidad ante esa trinidad que la amistad cifrara incorruptible. Los tres miran, sin demasiada gravedad pero tampoco con sonrisas al objetivo de la camara: la fotografía es de 1933; sabiendo ahora los destinos que corrió cada uno, podría parecer premonitoria esa seriedad en los rostros, el silencio que parece haberlos detenido por un segundo ante el lente. Ya un año antes, en el Heraldo de Madrid, Cernuda había dejado aparecer un pequeño ensayo alrededor del granadino, donde con el juicio crítico que fue siempre en él deslumbrante y riguroso apunta cardinales que luego la posterior crítica repetirá o prolongará, si bien nunca con la asombrosa intuición del autor de Perfil del Aire. Allí sugiere que tal vez el mayor hallazgo de su amigo radique en la perennidad que concede a todo aquello que su palabra toca, a la gracia infinita que puede insuflar Lorca aún al momento más efímero, ganada con una naturalidad que asombra y enriquece. Cómo este sevillano, andaluz también, pudo y supo comprender los misterios del verbo lorquiano –tan diverso en el tono y lo formal del suyo- puede dar fe de hasta qué punto esas diferencias que remarcan los testimonios eran sólo una superficie bajo la cual se agitaban no pocas angustias parecidas. Extrovertido Lorca , siempre silencioso Cernuda; pudieron sin embargo reconocer el uno en el otro la existencia de un talento irrevocable, de una fe poética que derribaba eso que a otros les parecería inconcebible. Cuando, ya en 1936, Lorca homenajea a su amigo por la salida de La realidad y el deseo, sus palabras en el acto serán la expresión de un agradecimiento en el que se mezclaban amistad y respeto, admiración y complicidad. Quiere la suerte que hoy sepamos de la existencia de una probable relación íntima entre los dos poetas, efímera sin dudas, pero en la cual tal vez se encuentre no sólo la raiz de la magnífica elegía que dedicara Cernuda a Federico, sino también la de aquel artículo citado y de los otros que luego acerca de él escribiera. Pero a ese fervor y a esa posibilidad hay que añadir el silencio: el de un Cernuda siempre discreto y tímido, reticente a hablar de sí, y el del propio Lorca, amordazado por la muerte. Sabemos, también, que de un modo indirecto debemos al granadino los versos de Donde habite el olvido, uno de los mejores libros cernudianos, en tanto fue él quien presentara al autor de ese cuaderno al muchacho que los inspiraría, en 1931. De la mano enjoyada de Federico García Lorca conocería pues Cernuda a Serafin Fernández Ferro:esos poemas son el diario apasionado y tortuoso de una relación que nace y muere salvada apenas por una hora de poesía: “No es el  amor quien muere,/ Somos nosotros mismos”. La fotografía mencionada es pues, cifra de una conjura sutil: en la tertulia de Don Vicente se encontraban Lorca, Cernuda, allí llevó Federico a Serafín; allí, entre horas de literatura y música, procuraban los poetas un instante de armonía que vivir levemente, una discreta epifanía. Cuando Lorca habla en el acto de homenaje a su colega andaluz, escoge una palabra para definirlo que sobresalta y esplende, le llama divino. Está devolviendo, con el regalo de ese término, el regalo prodigioso que Cernuda le había ya otorgado: un abrazo en lo vital y lo artístico; se sabían de algún modo semejantes. 

II

Habrá que suponer que en alguna de esas tertulias Lorca hablaría a sus amigos de La Habana. Pasados los meses de 1930 en los cuales su estancia en Norteamérica había tenido el alucinante colofón de su visita a la Isla, la añoranza por ese tiempo fugaz y dorado debía seguirlo inspirando. Cuando estuvo entre nosotros, quiero decir: entre cubanos, no calló la admiración que esta ciudad le produjo. Las dos únicas cartas que conservamos como testimonio de su estadía, los fragmentos que la aluden en la conferencia acerca de sus vivencias en el trayecto que lo condujo a Nueva York, y los testimonios de quienes aquí lo ampararon y acogieron no esconden detalles acerca del enfebrecido estado de ánimo que fue Cuba en el andaluz. Recordémoslo; dice:  

  ¿Pero qué es esto? ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía universal?

    Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforecencia de pez.

Y también:

Pero Habana es una maravilla, tanto la vieja como la moderna. Es una mezcla de Málaga y Cádiz, pero mucho más animada y relajada por el trópico. El ritmo de la ciudad es  acariciador, suave, sensualísimo, y lleno de un encanto que es absolutamente español,  mejor dicho, andaluz. (...) Yo, naturalmente me encuentro como en mi casa.

 Y no mentía; deslumbrado estaba por esa cercanía como puede estarlo quien, desde Cuba, visite Andalucía y reconozca aires, gestos, costumbres que se abren mostrando el origen de cosas que suponemos nuestras, amurallados como estamos por el mar, sin poder constantemente salir al mundo para ver cuánto de lo nuestro tiene su espejo en otros sitios: puentes que habría que vivir y no intentar definir en palabras y párrafos inútiles ante la sorpresa de ese estallido que Lorca resolvió aprendiendo los sones del momento, indagando en otros puntos del archipiélago, perdiéndose en la noche para que ni el mejor biógrafo diera con su huella. Hasta qué punto ese poeta atormentado que había dejado la Península para cambiar de aires en el Nuevo Mundo se halló a sí mismo en La Habana es cosa que no podemos sino imaginar; pero el cambio fue evidente para sus conocidos, que se sorprendían ante la jovialidad renovada, ese “don  de saber vivir” que Cernuda le descubriera, amplificado entre el calor, la melodía persistente de las “fritas”y los cuerpos que apreció sin recato. A esa vertiginosa embriaguez que aquí le dominó debemos escenas de sus piezas mejores, revisadas en La Habana, y las malditas páginas de El Público, devueltas a la luz sólo muy recientemente. La epifanía de Federico en La Habana fue ese estado de ánimo, ese gozoso dejarse vivir que añoraría constantemente, realzado por el éxito económico, por la amistad sin tasa de algunos, por el aplauso que se le prodigó y le hizo sentirse príncipe.


Veinte años más tarde, llegaba Luis Cernuda a La Habana. La invitación, esta vez, no la cursaba la poderosa Institución Hispano-Cubana, ni era José María Chacón y Calvo quien recibía al poeta en los muelles. José Rodríguez Feo acogía al autor de Vivir sin estar viviendo en una Habana que apenas se conmovió ante su llegada. Eran otros los tiempos, otros los aires. Ya el propio director de Orígenes ha contado cómo se encontró con el sevillano, y esa anécdota –el cubano en la fría estación norteamericana, tratando de hallar entre los que esperaban “un típico andaluz”, topándose con un señor que por la discreción y sobriedad de esas maneras parecía el más inglés de cuantos allí viera- dice ya del modo en que Cernuda había perfilado, en su exilio, lo que en España llamó la atención de sus contemporáneos. Ese carácter retraído, ese rechazo a la estereotipada imagen del español que siempre manifestaba, le provocó no pocos malentendidos, no pocas enemistades en las cuales corrió la voz que, incluso,  llegaba a tildarlo de mala persona. Mal poeta sí no lo fue, y eso ahora es lo que importa, así como valen los testimonios de quienes le conocieron bien y aceptaron, en esa diferencia, el privilegio de conservar la amistad de un ser excepcional, en quien la poesía española supo curar algunos de sus males de siempre: el exceso, el barroco porque sí, la nulidad retórica, y alcanzó un instante de pulimentada maestría, que afirmó la sinceridad plena de un hombre  que supo reconocerse además sin prejuicio, y en la década del 30 estaba asumiendo su homosexualidad ante un público mucho menos cabal  de lo que somos hoy día-si es que lo somos,finalmente- en textos insuperados. A ese autor retraído, parco,traía Rodríguez Feo a La Habana. Lo acogieron los poetas del momento, con un abrazo que no gano esta vez los grandes titulares de los diarios, algo que imagino a él le haya sido preferible antes que el escándalo publicitario que nunca le tuvo entre sus elegidos. Dio apenas tres conferencias en la capital –y digo apenas si pensamos en el número de las ofrecidas por Lorca aquí y en otras ciudades: Santiago, Cienfuegos, etc. Quienes lo escucharon, supieron de sus criterios acerca de Bécquer (acaso el poeta español que más alabó), Unamuno y su propia generación poética. Pero tal vez no sea ése el detalle más importante, y ya alejados de la mera precisión alrededor de una visita sobre la cual, siendo más reciente que la de Federico sabemos muchísimo menos, pueda decirse que radica lo verdaderamente asombroso del paso de Cernuda por la Isla en la confesión que hizo a su anfitrión poco antes del regreso a los Estados Unidos. Dejo que sea el propio Rodríguez Feo quien lo cuente:

Cuba, realmente lo deslumbró y decía que La Habana era una pequeña Cádiz. Cuando recorríamos las calles de La Habana Vieja, le parecía que estaba en Andalucía, por la forma de hablar y de caminar de los cubanos. Había pasado varias temporadas en México pero en La Habana se sentía como un andaluz de nuevo. Se lo presenté a Lezama y a otros poetas del grupo Orígenes. Durante los días que permaneció entre nosotros parecía otra persona: alegre, locuaz y menos retraído que cuando lo conocí en Mount Holyoke. Unos días antes de partir me confesó que nunca había extrañado tanto a España como en Cuba.

 En el mezquino par de veces que dialogué con Rodríguez Feo, nunca el nombre de Cernuda se cruzó entre nosotros. Lo siento de veras, ahora sé que conoció a fondo a su invitado, que perdí un testimonio que ya no podrán devolverme las cartas ni los textos que dan fe de esa visita. Lo lamento de manera especial porque Cernuda es uno de los poetas que prefiero, y de su experiencia poética no pocas veces he aprendido lo que me falta. Quién sabe, también, si Pepe Feo me hubiera contado algo, si no hubiera dado uno de esos giros que él sabía dar a las conversaciones cuando no estaba dispuesto a revelar demasiado. Tampoco lo sabré ya: tendré que conformarme con esas cartas, con la fachada de una casa donde una tarja informa hoy de la estancia en ella de Cernuda. Y con Aire de La Habana.

Si Lorca, acaso no el más admirado de los poetas de la generación del 27 pero sin dudas sí el más querido, nos regaló en agradecimiento ese poema brillante que es el Son de negros en Cuba, el meticuloso don Luis se despidió de la Isla con una página no menos hermosa. Ese fragmento excepcional, dedicado a la impresión que el cielo abierto de esta ciudad le provocara, habla de sí y de la epifanía que le permitió reir más de lo acostumbrado entre nosotros, y si La Habana trazó para él su atardecer memorable, en esas líneas estará, eterno, el color y el matiz que le sorprendieron, que levantaron su gozo ante el andaluz más discreto que acaso se haya conocido. Como lo fue para Lorca, la Habana fue para Cernuda una reproducción en pequeño no sólo de la geografía natal, sino también de un modo de ser, en tanto la espiritualidad de ambos rescató aquí esa gradación de alegría con la cual parecen vivir sus coterráneos, inacallables incluso bajo un manto de severidad. Ambos reaccionaron ante la invitación de la ciudad dejándose llevar por el ritmo, por el aroma, por el rostro que de sí mismos les devolvió este paisaje. En Aire de La Habana la ciudad es un espejismo, y Cernuda la compara con otros puntos lejanos que ha visto o imagina así: Andalucía es ya también, para el poeta, un espejismo. ¿Y no es eso, exactamente, la poesía: un reino de infinitos espejismos, un dominio de visiones impalpables que nos invitan a entrar en ellas, a encontrar en ellas qué paraíso perdido? Así andan los poetas por el mundo de hoy: vagando en busca de qué espejismos, de qué posesiones ya irrecuperables, sin que la mayoría los escuche ni comprenda.

Epifanías en La Habana: festividad, gozo, hartazgo. Para Lorca y Cernuda supo ser la ciudad un punto de encuentro, en el recuerdo y la posibilidad de la memoria. En México o España, esos países a los cuales me ha empujado el azar, he pensado en estos poetas. Sabiéndolas cerca, me he negado a visitar la tumba de uno y la casa de otro. Y estando en La Habana, provinciano como ellos, puedo jugar a cruzar la misma calle que atravesaron sus versos, y leer sus versos en un punto donde no han nacido ni descansan: en este cardinal fugacísimo donde siguen siendo eternos. Para uno, cae una lluvia torrencial que no impide la aglomeración de habaneros que acude a aplaudir su última conferencia. Para el otro, cuando recorre el malecón en el poderoso descapotable de Rodríguez Feo, se produce el milagro de una ciudad del trópico capaz de recordarle el cielo de Venecia. Venecia, “que por lo demás no conozco”. Dicha humilde de una ciudad que acogió a dos grandes y supo revelárseles en esa plenitud, para recoger luego dos páginas no menos humildes, y sin embargo enteramente memorables. Así ha de haber sido La Habana para los dos amigos, los que miran al lente junto a Vicente Aleixandre, callando el misterio que hoy sus libros nos dicen. Para ellos, también, como para nosotros, esta ciudad sigue encendiéndose. Sigue incendiándose.


ALGUNAS FUENTES. 

CERNUDA, LUIS. “Aire de La Habana”, en Antología Poética. Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1996.

______________.Poesía y Literatura. Tomos I y II, Editorial Seix Barral. Barcelona,1960 y 1964.

GARCIA LORCA, FEDERICO.El público. Edición de María Clementa Millán. Colección Letras Hispánicas, Ediciones Cátedra, México, 1990.

_____________________. Obras Completas. Ediciones Aguilar, 3 tomos. Madrid,  1986.GIBSON, IAN. “Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca”. Editorial Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

RODRIGUEZ FEO, JOSÉ. “Mi correspondencia con Lezama Lima”. Biblioteca Era,  México, 1991.

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Por: Norge Espinosa Mendoza
Poeta, ensayista, crítico y teatrista.  Ha publicado:  Las breves tribulaciones,  Cartas a Theo, entre otros.  Sus ensayos y poemas han sido traducidos al francés y al inglés. Obtuvo la Orden por la Cultura Nacional.