Me veo claramente
marchando a campañas de guerra entre todos
y yendo a otras guerras privadas también.
Silvio Rodríguez

Los años ochentaTal vez tenían razón Gardel y Le Pera cuando dijeron que veinte años no es nada. Porque ahora mismo me veo claramente en la puerta de la sede de la Unión de Escritores y Artistas en Santiago de Cuba aquel mediodía de septiembre de 1987. Apocada, porque apenas conocía a los poetas que iban bajando de la guagua, invitados al V Festival Nacional de Poesía. Allí los fui abrazando uno a uno. Allí, en ese mismo instante, empezó para mí la historia de la llamada Generación de los Ochenta.

No tengo claro qué había pasado antes, pero sé perfectamente lo que ocurrió después: unos tras otros se sucedieron festivales, congresos, ferias, recitales, mesas redondas, talleres literarios e infinidad de pretextos para que nos encontráramos de nuevo y compartiéramos los poemas, las inquietudes y los ideales.

Como dije en mi poema “Linternas”, éramos “un ejército de desesperanzados/ cómplices de la noche”, que bebíamos ron en cualquier parque de la isla y escribíamos consignas, fragmentos de poemas y canciones en los forros de los libros, en el corazón de los amigos y en las paredes de nuestras propias casas. Un puñado de soñadores que creyeron posibles muchos de sus sueños y lucharon por hacerlos realidad.

Con irreverencia y arrojo, un grupo de muchachos de apenas veinte años se fincaba en la historia lírica de mi país y ese festival en Santiago fue punto de partida, piedra de toque. Estos poemas que les presento a continuación han sido escritos recientemente por algunos de ellos. Los releo y los comparto como quien vuelve a vivir aquellos años. Que veinte años no es nada, tarareo y sonrío la ironía.

Odette Alonso Yodú

Septiembre de 2007 en la ciudad de México

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Victor FowlerVíctor Fowler Calzada
(1960)

CARTAGENA

A la espalda quedaba el hotel de los pavorreales
y cotorras, de los canteros como sacados de la
selva y camareros, de casaca blanca, rápidos y
jocosos. En la línea de la playa conversábamos,
el agua salpicando los zapatos. Querías cambiar
tu suerte por la mía, escuchar la respuesta que
todo sufrimiento justifica. La imagen donde se te
viera bajo enormes pancartas y me diste la cámara,
como a un peatón más que hace el favor. Yo trataba
de agujerear los carteles, que miraras la vida oculta
al otro lado. Nos interrumpía la vendedora de flores
con labios de un rojo desmesurado y rostro cubierto
de polvos. Que te contaminaras al escuchar, que
aspirases el aire de las cuarterías, su suciedad y
miseria. En el mismo lugar donde apareció el cadáver
sin vísceras de tu amigo –señalaste a un punto cercano
en la costa–. Había muerto por las fotografías que tú
tanto deseabas, por la confirmación que exigiste que
te diera. Para esto me habías sacado del hotel de los
pavorreales y cotorras, para brindar sentido o pasar
a mis espaldas tu muerte como rocas. Y no pude
ayudarte. Respondí que debías elegir o, mejor aún,
recuerdo que nos volvimos a contemplar la huella de
los zapatos sobre la arena blanda y que el agua lo
borraba. Y fue en el mismo lugar donde apareció
flotando el cadáver sin vísceras de tu amigo.

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Teresa MeloTeresa Melo
(1961)

LAS ALTAS HORAS

El día de mi padre me decía al oído:
be careful, it’s my heart
Louis Armstrong dictaba en el oído
lo que nunca cantó.
Otro hombre perfecto fue su dueño.
Cantores, militares, ya no viven aquí.
Vive Daniela/
el eterno retorno de la canción que pide
cuida mi corazón de alturas y cemento.
Y por la suerte cuido.
Levísima es la suerte a la que doy memoria.

Hija mía. Sé libre
ama con esperanza/ con ingenuidad.

Una taza de té empecé a tomar hace años
y hace más tiempo removía la carne temblorosa
que tomaría el té.  Desde ese temblor
escribí, escribí:
ahora cuento las palabras
que quedan sin contaminar.
Dentro de mí   el piso 23   la escuela
el corazón que cae.
Tú eres ese cuerpo sin fragmentar  intacto.

Hija mía  soy libre
te amo con esperanza/ con ingenuidad.
Quédate cerca de la puesta del sol:
quien la fragmenta y disecciona
no puede hacer que el sol se ponga para ti.
Quien diseca la palabra
no puede hacerte vibrar con palabra alguna.
Eso te doy     las puestas de sol que fueron
las sobre mí
las que te inquietarán y aquietarán
y esta palabra sin contaminar
para que la bebas con fruición
como la leche de las altas horas
la acunes, aprendas y mastiques
y te haga luz     en la hora violeta
cuando el sol se ponga sobre mí.

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León EstradaLeón Estrada
(1962)

MÁS EL FRACASO QUE LA DUDA

Obedecerte. Levemente inclinado a la izquierda.
Violeta. Cetro que dejas. Íntimo.
Sinuosa flor que siente el orden.
La moderación del gesto en la ciudad cerrada.
Casa en ella con su jardín prudente
y más cercano. Arena. Palidez.
Hacia el ocaso la mirada más tibia. Sin temor.
Las aves obedecen. Obedece la triste muchedumbre
en tu íntimo encanto y no en todo cerebro a tu favor.
Tal vez morirás en una tarde plácida y desnuda.
Discreta cruz. Marfil de obedecer. Besar la cruz.
Morir por ella. No te consuelen otros gestos.
Has de pagar tanto desastre ajeno.
Vanidad. Dicen. Dicen. La falsedad de las monedas.
Deseas más el fracaso que la duda.
Y te comprendo. Débil reflejo eres
de aquel magno                           obedecido ser.
Dices reconocerte cansado. Incapaz de sentir
cómo acechan los cuervos...
Incapaz de sentir cuál será tu final.
Incapaz de saber cómo termina todo.

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Reynaldo GarcíaReynaldo García Blanco
(1962)

TE ESCRIBO EN EL AÑO DEL PERRO

Te escribo en el año del perro para decirte que no creo en los horóscopos. Han sido demasiadas las guerras los jardines arrasados los giravientos tirados al olvido. Nadie es carne de la carne sin alistar sus brazos. Caen los miércoles como la mostaza en el mantel. No es posible definir los denarios para comprar el pan y los libros que otros compraran a precios de usura. Te escribo en el año del perro sin hacer caso de la jauría de esas músicas que caen de sopetón nos ponen cardiacos irreverentes sordomudos. Aquí no hay línea de la mano izquierda no hay runas no hay una solvencia para sentarnos sobre una piedra blanca y en el espejo del agua se pueda leer el día de la muerte o el casamiento. Han sido suficientes los sobresaltos a mano armada a mano profunda a mano silbante que nos saluda nos dice adiós y luego busca el cuello y nos ahogamos. Aquí no hay signos zodiacales peces sombríos o palomas mensajeras que traigan un respiro. Soy el húmero el coyote la platea donde bailo la danza de la sobrevivencia y esto no está escrito en ninguna parte. Te escribo en al año del perro para decirte que no creo en los horóscopos.

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Arístides Vega ChapúArístides Vega Chapú
(1962)

EL JARDINERO

Admiro cómo se suceden los días
del jardinero.
Sin contratiempos, ni escrúpulo de reconocer
que no es coincidencia la exacta repetición
de los sucesos.
Como si su vida estuviese muy lejos
de toda tragedia,
economiza sus gestos
para anular hasta los más simples,
por ejemplo: el acariciar la frente
adueñándose de las trasparentes gotas de sudor
con un rápido deslizamiento de la mano
que no sujeta la guadaña.
Quizás él no necesite saberlo
pero disfruto en los lluviosos días
verlo bajo el único árbol que desaparece
bajo la sombra dorada
que provocan sus propias hojas
iluminadas por un cielo
concebido sólo para ese instante.
Y en el que un enloquecido pájaro
prueba el poder de su equilibrio
con la consabida dicha de los animales
que desconocen el cautiverio.
Quizás él no lo sepa
pero disfruto verlo bajo la sombra dorada,
como si fuese el árbol.

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Odette AlonsoOdette Alonso
(1964)

FANTASMA

Soy un fantasma.
Los que hablan de mí
no me conocen
los que extienden su mirada hacia mi orilla
saben
de antemano
que no me encontrarán.
Yo viví en una isla
respiré el salobre viento de las tardes
puse mis manos sobre sus ojos al dormir
besé su boca.
Yo viví en una isla que se hundió para siempre.
Desde entonces
vagabundo en tierra firme
soy un fantasma.

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Agustín LabradaAgustín Labrada
(1964)

NO SIGO EN PAZ MI RUMBO

       Con fábulas y adornos
engaño lentamente la procesión de lunas
     que me acerca a mis padres,
      una azarosa puerta
donde anclan agotados los bajeles.

Me gustaría asumir en paz esas derrotas
      o verlas como triunfos
      cuando exhiben sus lirios
y un halcón trae a ellos
augurios y verdores que pueblan tanto escombro.

No sigo en paz mi rumbo
porque se multiplica el ajedrez
      y en un solo delfín
busco mi manantial, mi Dulcinea,
alguna ensoñación que sacie estos instintos.

Sobre algún arrecife encallará mi voz,
el polen que respiro hacia unos labios,
este haz de mariposas...
Mientras llegan sus nueces,
ciño el arco y espero otra batalla.

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Antonio José PonteAntonio José Ponte
(1964)

LA PROMESA MAYOR

Otra vez a intentarlo porque hicimos
(o nos hicieron)
la promesa mayor.
De algún lugar salió la idea
de que vendrían iluminaciones,
palabras de maestro.

Pero los sabios, si los hay,
no hacen más que dar quejas.
Y de existir provecho en la embriaguez
se pierde con un hipo.
(El deseo es piscina que llama tanto líquido
como el que se le fuga.
O precisa volumen mayor.)

Viene un aire del mar,
levanta las cortinas
y puede que a esta hora signifique algo.

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Nelson SimónNelson Simón
(1965)

 
            la brevedad sutil de los amantes.

Los dos están desnudos y no saben
que la vida este instante no repite.
Los dos jóvenes, mansos; y compite
con su hermosura el agua donde caben.

Reptil de luz es la feliz cañada
donde alivian su cuerpo lujurioso:
uno corta la espuma enamorada,
el otro tiembla, en femenil reposo.

Ah, tiempo de oro y su esplendor ya viejo...
donde manos gustosas descubrían
la impura paz y el cómplice delirio
que los aparta de miradas frías
sin sospechar siquiera, que a lo lejos,
son dos niños, y van hacia el martirio.

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Pedro A. Assef
(1966)


ELOGIO Y OLVIDO DE LA MUERTE

                                   Para Ástor Assef

He visto a la muerte, la he tocado,
hemos estado juntos.
Entre mis dedos
la muerte era pequeña y fatal;
pero la he regresado a los que no reconozco,
a los hombres sin fe,
a las criaturas frías,
a las flores soberbias de la noche.
Ya te he cantado muerte,
ya he puesto tu ceniza en mis versos.
Este poema es tu elogio y tu olvido.
No he de nombrarte más.
Voy a escribir del humo,
de la espera infinita del mar.

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Mirna FigueredoMirna Figueredo
(1966)

GACELA

                        Una oscura pradera va pasando.
                        Entre los dos, viento o fino papel,
                        el viento, herido viento de esta muerte
                        mágica, una y despedida.
                                                                     J. Lezama Lima

No es susurro del viento lo que escuchas,
es la mirada de la noche
que desprende lentamente los cristales de su iris.
Su resplandor puede romper la risa,
el paso virtual que has ensayado
para ser gacela en la extensión del verde,
a puro sol de verano sobre el lomo terso.

Allí te dejan hacer,
como si la libertad fuera ese palmo de hierba
bajo tus cascos, la seducción de su frescura.
Tu arbitrio pudiera parecerse a la felicidad.
Si toda la pradera te recibe cada mañana,
único huésped, como también lo son las mariposas,
las golondrinas, o los animalejos que reptan en la tierra.

Qué buscas en la noche,
qué rostro has dibujado en los contornos del miedo,
qué música te aduerme el oído.
Hay témpanos que la ternura no deshace,
hay pasadizos que se muerden la cola,
pero tú has salido sin brújula,
crees que tu luz es panacea,
árbol del bien, abrazo, puerto, tierra firme.

Ah, gacela, niña dulce del día,
duéleme toda si con ello consigo rescatarte,
de dolor no se muere,
sí de miedo, si de amor extraviado
en la faz siniestra de la vida,
en el sarcasmo de las sombras.

Cómo habrás de volver de las cenizas,
con qué caricia saludarás al sol,
si es que vuelves,
aun  con la piel y los ojos, estarás mutilada
de silencio, un silencio tan oscuro como la noche.

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Laura Ruiz MontesLaura Ruiz Montes
(1966)


PARECE LA HABANA

Sólo una hora en la posada me hizo pensar:
Parece La Habana.
Todo lo desvencijado si aún es hermoso
parece La Habana.

Frente al Castello, en la Praça das Figueiras,
van los tranvías
y vienen los fados que en el trópico no.
Doloroso ir buscando sin saberlo la misma ciudad.

Frente al Castello, la posada.
Allí estuve, sola,
atenta a cualquier posible pregón.
Disfrutando el silencio de estar en paz y lejos.

Mis piernas abriéndose lentamente
al compás de los suspiros en la habitación vecina.
Las sábanas  blancas y lisas
no sudadas como las del trópico.
El mismo hombre ebrio tirado en la calle,
los mismos ladridos.
Frente al Castello
mi mano yendo como los tranvías
y regresando como los fados,
viviendo los círculos exactos, los hondos movimientos.

Frente al Castello, en la Praça das Figueira
tañendo como nunca antes, sin campanas,
probando por vez primera el jugo de los frutos
nunca antes mordidos en La Habana.