Eros y figuración femeninaLa conquista de tierras ultramarinas por los españoles, tanto del Caribe como de las tierras firmes del continente, incluía, junto a la agenda política y de interesas económicos, un amplio plan de orden cultural cuya base era la religión católica. Los nuevos criterios impuestos sobre la población aborigen, sobre la vida y la muerte, los pecados y la resurrección de la carne marcaron un viraje en la apreciación del mundo circundante. Las transformaciones aunque lentas fueron irreversibles. Religión y puritanismo eran aliados perfectos que garantizaban el orden moral y la disciplina política. Cualquier desatino o manifestación contra lo establecido salpicaba a moral pública y encendía el fuego de la Inquisición.

Entre la múltiples caras del puritanismo estaba la del sexo. Diferentes naciones lo practicaban y regulaban a partir de criterios establecidos socialmente y cuya violación significaba un enjuiciamiento tan severo como el que se obtenía al desobedecer las leyes civiles. Pero también en este siglo XIX se publican una serie de artículos en los cuales la mujer y su sexualidad son el centro, con énfasis en sus órganos genitales y su propensión “directa” a la práctica del sexo.
 
Las artes plásticas representaron de manera subyacente estos puntos de vista de corte científico, es el caso de El rapto de Dejanira por el Centauro Nesso, que es una recreación de la relación sexual a partir del poder/subordinación y de la idea de la mujer como un ser proclive a las violaciones.

El siglo XX muestra un cambio de mentalidad respecto a la sexualidad. Aunque aún existían reminiscencias de puritanismo respecto al sexo la época dio a luz obras de los científicos como Albert Moll, Magnus Hirshfeld, Wan Bloch y Havelock Ellis que unidas a las teorías de Sigmund Freud dieron un vuelco a la visión del sexo y sus prácticas. Fue este siglo de asunción de una nueva óptica en la sexología que venía avalado por el testimonio de sus protagonistas.

Es a comienzos de los 60 con un desarrollo abrupto de los productos farmacéuticos que tiene inicio la Revolución Sexual; la aparición de la píldora anticonceptiva en el escenario mundial provee al individuo de la capacidad de separar la sexualidad como ejercicio placentero de la reproductiva. Otros factores también influyeron como el movimiento de protesta de jóvenes que defendían la libertad sexual, el resurgimiento del movimiento feminista, la disminución de influencias sobre los jóvenes de las iglesias judeo-cristianas… son tiempos en que se habla con desenfado del sexo, que se acepta como un hecho natural y cotidiano. Se percibe un aumento en los estudios sobre el tema como el libro Woman Sexual Inadquacyde Virginia Jonhson y William Masters en el que presentan un nuevo enfoque en cuanto al tratamiento de problemas de índoles sexual. De ahí en adelante los avances han sido innumerables, contando como uno de los más importantes el de sacar de la categoría de enfermedades las inclinaciones homosexuales y bisexuales, asimilándolas como una práctica común, hablando sin ambages del sexo y sus proyecciones.
 
De los cuerpos y otros demonios

La naturaleza desde la antigüedad ha sido considerada lugar de lubricidad y libidinosidad, espacio propicio para que el individuo perdiera la compostura y el orden y se lanzara al desenfreno y a la aventura, portadora de mensajes pecaminosos.La recreación del paisaje ha tenido varias ópticas desde el realismo naturalista hasta la idealización. El vínculo entre el hombre y el medio en que se desenvuelve es tan estrecho, tan íntimo, que algunos pintores han interpretado o trasmitidos sus sentimientos más hondos a partir de una transpolación figurativa, es decir, han dotado a la naturaleza una vida que está por encima de sus capacidades generativas, la naturaleza se convierte en algo inmensamente superior a partir de la adopción “secreta” de la vida humana obtenida con la apropiación de los órganos vitales, fundamentalmente los relacionados con la procreación, que es sinónimo de reiteración y garantía de vida, de germinación y desarrollo, es la premisa de la constancia y la permanencia, de la eternidad.
 
En esta interpretación del paisaje o la naturaleza toda como un ser vivo, pero fundamentalmente reproductivo, se enfatiza en la sensualidad y la incitación que lo convierte en una experiencia de vida que despierta los deseos. El erotismo está presente en las formas voluptuosas que diseñan los espacios, convertidos en cuerpos femeninos que descansan con la simulación de un ser fiable, mas oculta con perverso artificio su verdadero temperamento, enigmático, destructivo e impredecible.
 
En Santiago de Cuba es conocida una de las series de Víctor Manuel Jardines, llamada Paisajes Eróticos que retoma la idea de la humanización del paisaje a partir de la figura femenina, enfatizando en los órganos sexuales, símbolos y signos de vida. Pubis, senos, muslos, glúteos, espalda son las partes del cuerpo preferidas para convertir al “insípido” paisaje en un espacio deseado para concretar las fantasías eróticas-sexuales.
 
Los paisajes de Víctor Manuel Jardines son de indicación hiperrrealista con un tipo de pincelada nítida y racional, en el verde expansivo y pasional. La imagen múltiple es un recurso formal/expresivo presente en este tipo de paisaje. La pradera que ocupa el plano principal se erige el cuerpo femenino hermoso y de deliciosa y precisa curva, que deleita al espectador con sus disímiles posturas. La mujer personificada en un verde paisaje yace con la paz y la extenuación propias del agotamiento sexual y del placer orgásmico. La memoria olfativa de la tierra mojada, de los campos en primavera, se ve estimulada por la figura femenina que expele sus aromas de hembra en celo, que espera, que vive a plenitud el sexo sin tapujos ni limitaciones.
 
Con una técnica especial y con tal majestuosidad han sido puntualizados y delimitados los cuerpos donde los órganos referentes al proceso reproductivo quedan sublimemente definidos. De ellos se traspira deseo y placer, la imagen aparece desenfadada dentro de ese ambiente de quietud y reflexión propicio para la coordinación de un acto y la combinación de dos cuerpos. Estas obras poseen una lírica singular y discreta, el asunto no se presenta de manera evidente sino con tacto y sutileza, es la fémina formando parte inseparable de la naturaleza, símbolo a la vez de fecundidad y procreación y aunque aparezca desnuda no se torna ni una pizca grosera pero si sensual.
 
Sus mujeres paisaje son vistas como ninfas transformadas, distendidas en calma son un canto al mito de la belleza y la juventud y un culto al cuerpo femenino cargado de misterios. El rostro humano, la identidad, no es importante, por eso el énfasis alcanza una dimensión de arquetipo, de la mujer como naturaleza.
 
Edgar Yero Vigo ha prestado especial interés a la temática del erotismo. Sus imágenes sugerentes, respaldadas por una técnica impecable saturan el discurso plástico de este artista santiaguero. En su obra pululan un sinnúmero de símbolos: las sábanas como vestigios (testigos) del naufragio post orgásmico, las frutas tropicales: zapotes, mangos, bananas que dentro de la iconografía caribeña, constituyen un recurso visual muy recurrido por los artistas por su connotación sensorial, fundamentalmente vinculada al paladar, al tacto y a la visión. De ahí que se proyecte la imagen de las frutas como una alusión al sexo, queda implícita la idea de este como de un acto de degustación que se realiza con placer. Cada una de las frutas trasmite un contenido que se relaciona con su morfología y con las historias erigidas alrededor de ellas, por tanto, se enriquece y potencia el contenido y ellas adquieren categoría de símbolo.
 
La presencia de la manzana, explica, dentro de la cultura occidental, la incitación al pecado carnal, a la caída abismal en la tentación y la concupiscencia. Esta fruta ha pasado a la historia de la iconografía vinculada a un personaje femenino --Eva la pecadora-- y por tanto, también se asocia a la muerte, la pena y el castigo que son consecuencias de la desobediencia y el desenfreno sexual.
 
Los huevos son una referencia a la procreación, son la semilla de la vida, su alusión a las relaciones sexuales es indirecta, pues es el germen de vida que aparece después del sexo, sobre todo de una relación no controlada, como la de los animales. También significan fragilidad, el sentido de lo perecedero y lo voluble que puede asociarse con las relaciones afectivo eróticas que suelen extinguirse después de su concreción, es como la ceniza que ayuda a extinguirla llama y al mismo tiempo es la prueba de que existió.
 
Yero presta interés al principal objeto trasmisor del contenido erótico: la figura humana, con énfasis en la mujer, que aparece interpretada de diferentes maneras. En ocasiones realiza una síntesis de torsos desnudos de la cintura hacia abajo, no hace referencia directa a los genitales, estos quedan esbozados dentro de la sensualidad curvilínea del resto de las partes. En otras ocasiones la representación goza de un realismo interpretativo en cuanto a fidelidad anatómica, los órganos genitales aparecen tal cuales, con vellos púbicos, los senos incluidos, los senos y glúteos también son recreados en su incuestionable fidelidad a partir de volúmenes que generan un extraño sentimiento de adicción.
 
Como artista que vive premiado de experiencias cotidianas, de las expresiones más resueltas de independencia libertad genérica y sexual, muestra en una de sus obras la relación lesbiana. La obra es fusión, absoluta entrega a partir de un simbolismo que es la penetración de los cuerpos, masculinizando la entrega, aumentando la complicidad emotiva y descubriendo la singularidad de su sexoerotismo. Las orgías completan la galería homoerótica del pintor.
Yero en su extensa obra erótica, también nos entrega el natural dialogo carnal entre un hombre y una mujer, pero nos priva de las relaciones homoeróticas masculinas. Sublimiza el homoerotismo femenino pero evita el masculino. El hombre es poco representado.
 
El recurso de las sábanas presentes en las escenas voluptuosas, ha sido utilizado muchas veces para fortalecer el discurso erótico, y es que las sábanas en su función veladora y reveladora, crea o ayuda a fomentar un ambiente de misterio y búsqueda que, es la invitación misma al acto sexual. En el caso de la obra plástica de Edgar Yero, la originalidad en el tratamiento del tema radica en que nunca antes el objeto en sí --la sábana-- ambivalente por definición, había pasado de complemento circunstancial a sujeto --objeto de atención primaria dentro de la imagen o discurso visual.
 
En otro cuadro trabajado en la misma línea expresiva, Metáfora para una expresión prefigurada, el artista recure a similares recursos expresivos para lograr la evocación erótica: el cuerpo femenino desnudo semireclinado, casi completamente de espaldas al espectador pero con un violento escorzo que busca subrayar la prominencia  de los senos y la complicidad de las caderas. La sensualidad trabajada a partir de las espaldas no es muy recurrente en la pintura, sin embargo, la pinacoteca Universal exhibe un paradigma de belleza y erotismo, el cuadro de Diego Velásquez La Venus del espejo.
 
Metáforas para una alusión prefigurada es una de las partes de un díptico, la otra se inspiro en la obra La Ola del japonés Hokusai; en la reinterpretación que realiza Yero aparece reflejado el rejuego intertextual --citatorio tan caro al espíritu posmoderno. En este caso el recurso o empleo del referente visual que establece la ola como símbolo de poder, parece establecer la necesidad de embestir con fuerza brutal el admirable cuerpo femenino como una continuidad o extensión autónoma del ímpetu marino.
 
La obra de Edgar Yero Vigo traspasa los umbrales de lo real convencional, de lo cotidiano, para colocarnos en un estado ontológico en la historia de la humanidad, en una resurrección del mito del pecado original con la consiguiente expulsión del paraíso, a través de una situación eminentemente erótica, pero no menos fantástica.
 
La belleza femenina, sus dotes naturales para la gracia, la delicadeza y las buenas maneras la han convertido en históricas madonnas, venus y vírgenes; es decir han transmitido el contenido de un icono con sus consiguientes interpretaciones posibles, han sido mártires y sufridas, eróticas y pecadoras, santas y madres. A mitad de camino entre estos tipos están las musas: encantadoras y bellas doncellas con una sapiencia excepcional y con el entusiasmo de una deidad que puede ser angelical o demoníaca. La mujer conforma un jugoso bocado, la ración apetecible a degustar, el sexo es visto como autofagia o canibalismo, como circulo vicioso en que el punto de partida es la posesión del cuerpo.
 
La poética pictórica de Reynaldo Pagán es por definición una obra barroca por su carácter desbordante en todos los sentidos posibles dentro de la pintura: formal, contenidista, cromática, simbólico-analógica, temática o meramente técnica. El horror al vacío parece ser su mayor preocupación espiritual y todo está en función de eliminar esa sensación maldita de habitar la nada.
 
Hay en sus lienzos una marcada prevalencia de colores cálidos: amarillos, anaranjados y ocres en todas sus gradaciones. A pesar de la cargazón compositiva, la luz brota, es inmanente a los cuerpos que se retuercen y luchan. El pintor los anima dotándoles de vida, destacando su voluptuosidad, iluminando aquí y allá brazos, muslos y espaldas, así logra la imbricación laberíntica de los cuerpos en zonas de una intensa y trepidante fulguración.
 
Las figuras se unen formando escenas orgiásticas. La madeja corporal imposibilita definir identidades corpóreas, el jeroglífico humano exige la atención del espectador que se empeña en descifrarlo, sin darse cuenta que se vuelve cómplice y se somete emocionalmente, aun cuando descubre que es una experiencia que se contraviene a las normas morales del individuo que se acoge a los dictámenes de la sociedad. Estas obras se piensan para un espectador/voyeur que activará su memoria sexual en desenfrenada licencia.
 
En Ven y mira los cuerpos se reparten por planos de protagonismo gestual volumétrico, en una suerte de juego de telones que se suceden ininterrumpidamente con una frecuencia cíclica. Pagán no subvierte o somete las nociones de ritmo y tensión. Nunca podremos definir ni es de nuestro interesaos sexos de las personas entregadas al coito, aunque subyace cierta carga homoerótica en las efigies fraccionadas. Las tersuras de pieles y las cabelleras hablan de mujeres entregadas a los desafueros del sexo, aunque tampoco puede negarse que ciertos volúmenes tienen en su configuración no muy lejanas reminiscencias, despojos y rasgos de una recia raigambre masculina.
 
Ejercicio para el voyeur rinde culto al observador implacable de hendijas. La segmentación de la imagen, esbozada en pequeños fotogramas equivale a miradas que atisban a través de un orificio. Estos retazos, a modo de flash fotográfico dan una especie de cinetismo a la obra, es como una película de indudable dramaturgia erótica. Ejercicio provee al espectador de pequeñas dosis de deseo que siempre lo dejaran sediento.
 
No cabe dudas que la mayoría de las representación acentúan el rol de la mujer como objeto de deseo, pero también anidan otras lecturas que las muestran como un ser humano que vive acorde a la nueva era de proyección que les ha tocado vivir, en la que la importancia de cómo sentir su sexualidad, de manera abierta, plena, sin arbitrariedades, sin prejuicios es la palabra de orden. Tomando como premisas lo vivido y aportado por preteridas generaciones, la nueva mujer representada asiente en la búsqueda de criterios que aporten y la rediman de la posición pasiva, demostrando cuanto se ha avanzado hacia la plenitud de la sexualidad humana.

 Por: Gretchen Laborde Delgado y Lidianis Díaz Godínez