Luna de los pobresLos signos de la cotidianidad, de eso que llamamos con eufemismo “lo normal”, en ocasiones pueden llegar a parecer señales de la naturaleza. Creyéndolo, Charo Guerra ha tomado con pericia esos códigos y los ha despojado de su violencia habitual para erigir un panteón que a primera vista podría parecer enteramente personal pero que no es más que un buen disfraz de lo colectivo.

Hay un virtuosismo en la escritura de “Luna de los pobres”, cuaderno merecedor del Premio de Poesía José Jacinto Milanés 2010, publicado por Ediciones Matanzas desde su savoir faire altamente demostrado. La destreza se manifiesta, en primera instancia, en su manera de juntar los residuos, cáscaras, porciones y argumentos para lograr, repito, un altar personal que no es inmóvil o rígido, sino -que a modo de estera de aeropuerto- conduce el equipaje mientras también lleva sobre sí el cuerpo del viajero. Una estera, una cinta oscura, que en la distancia o sobre ella, semeja una línea fija que se pierde donde no alcanzamos a ver porque los otros pasajeros, las otras vidas, nos lo impiden.

Los fragmentos de una jarra de bohemia anticipan la ventura y/o el desastre. Los pedazos fracturados ratifican que este libro a ratos se mueve al borde del abismo y por  momentos se convierte en crónica certera del mundo circundante.

Queda muy atrás la belleza del mendigo de la noche vienesa de Gastón Baquero porque esta vez, en estos versos, se trata de nosotros mismos, animales con la mano extendida, expectantes entre el anhelo y el éxtasis, aguardando a que caigan las monedas, el alimento, la vida. Esta vez nos han retratado igualándonos al brazo de la grúa  que no sabe si allá lejos en la punta permanece vacío o acaso está colmado de los sacos que llegan al puerto y que permiten la alimentación, la sobrevida, con un mínimo de decoro no ya poético sino primario.

Hay un intención urbana en esta colección de poemas, innegable, que puede ser reconocida por el aroma de la fruta, el calor de la bolsa del pan o las migajas de queso que en un día de fiesta podrían de igual manera acompañar al extraño kilogramo de pescado utópico en la isla salada, que a la memoria latente de la isla amniótica o a la literatura de la metaisla.

Charo Guerra en un poema dice a su hija: observa la carencia mientras insiste que lo único inaceptable es la contemplación. Al estado de conciencia lúcida, casi desconcertante, que asoma detrás de la mirada rayada y fiera del tigre donde la poeta quiere hundirse y perderse, la autora le llama estados de ánimo. Es su manera de amansar el dolor y hacer más potable y digerible la soledad esencial, visible cuando la luna en un acto de horror ilumina el cadáver del náufrago o las sobras de la fiesta que tienen que ser llevadas a casa y aprovechadas con toda dignidad. Porque de esas oscuras y apartadas materias, prescindibles para otros, es con lo que Charo Guerra construye una poética que en la sobriedad de sus dolorosas contracciones lleva en sí el poder exacto de la palabra y el azogue cruel y necesario donde reconocernos y reconstruirnos cada día de nuestras vidas reales, allí donde poetizar sigue siendo un acto heroico.


Por:  Laura Ruiz