Instalación Nelson DomínguezManantial de raíces ha bautizado Nelson Domínguez Cedeño (Baire, Santiago de Cuba, 1947) la pieza instalativa que a partir de hoy, integra el acervo patrimonial del Castillo de San Severino, el más antiguo exponente de la arquitectura colonial matancera. Promotor, recientemente,  de ideas como la Subasta Humanitaria de Arte, concebida con el propósito de contribuir a borrar la huella agreste que dejara el ciclón Sandy, en Santiago de Cuba, la vocación humanística de Domínguez, apunta al rol social  y  ennoblecedor que conlleva en sí misma, la verdadera obra de arte. Una acción semejante la había protagonizado tiempo atrás, cuando subastó un abanico de gran formato[1], destinando los beneficios a la mundialmente famosa Escuela Cubana de Ballet.
 
De espíritu inquieto, “Nelson”, paradigma del arte contemporáneo en Cuba, ha dotado a la Isla de una obra vasta y diversa a tono con los códigos estéticos contemporáneos y cuyos diferentes rostros responden a sus varias inquietudes formales y conceptuales y a su disposición creadora, esa que lo lleva una y otra vez a comunicarse con los más variados materiales, procedimientos y asuntos. Desde sus tiempos de aprendizaje, en la Escuela Nacional de Arte (ENA), el artista no se conformaba con el conocimiento recibido de una técnica determinada, ya fuera el dibujo, la pintura o el grabado. Investigador innato, emprendió aventuras delirantes con la estampa (mereciendo los más importantes premios que se conceden a la xilografía y a otras modalidades del grabado en Cuba), manipulando a su antojo materiales como el papel. No es casual que el alquimista que lleva consigo a todas partes mereciera el Premio a la Excelencia Científica durante el IV Congreso Iberoamericano de Investigación en Celulosa y Papel, celebrado en Chile, hace algunos años.
 

Provocativo y lúcidamente irreverente, ha generado propuestas novedosas y de apariencias disimiles, que no lo sustraen, sin embargo, de su esencia primigenia y de su sello personal. Su desbordamiento de los sentidos lo han impulsado continuamente a la búsqueda de soluciones sorprendentes con las texturas, el color y las formas. No bastándole los instrumentos convencionales, llegó a experimentar con su propio cuerpo. De semejante manera ha transitado de lo figurativo a lo abstracto, descubriendo, con el tiempo, las posibilidades discursivas de los objetos más sencillos y de soportes como la madera, elemento predominante en su obra más reciente.

 
Dibujos, grabados, pinturas, cerámicas y colosales instalaciones, reflejan en algunos casos los consabidos temas universales que ha ponderado el arte a lo largo de casi toda su historia. En otros, se trata de propuestas, manifiestamente atrevidas, que elevan  a esa dimensión, entidades de uso común, como sus archiconocidos palitos de tendedera o muebles antiguos que, tras su intervención redentora transforma en peculiares esculturas –retratos de hombres quizás–, a las que incorpora como una rúbrica su dibujo impecable. Y todo este universo de objetos “insignificantes” u olvidados, emplazados lo mismo en el contexto tradicional de una  galería (como los que en estos días se exhiben en la Galería Pedro Esquerré de Matanzas y en la Escuela Provincial de Arte) que en un espacio abierto, pretendiendo con ello integrar su obra a toda clase de espectadores y viceversa y provocando la mirada reflexiva en torno a un mundo que tal vez por cotidiano, pase inadvertido ante la retina poco adiestrada y regularmente ensimismada de los mortales.
 
Dueño de un proverbial repertorio de formas e imágenes, Nelson Domínguez  ha captado al individuo en los más insospechados contextos y situaciones y este, en acción recíproca, ha aprendido a reconocerse a través de una poética de lo cotidiano–inmediato que re-acomoda el universo de las pequeñas grandes cosas, a la vez que nos obliga a emprender un viaje hacia la semilla, pronta a germinar la belleza día a día.
 
En medio de su ir y venir por el mundo y de su reconocimiento universal (ha expuesto en decenas de países e importantes museos y colecciones privadas de arte moderno lo exhiben en sus exposiciones permanentes), Nelson Domínguez, el cubano y el artista ha tenido el noble gesto de donar Manantialderaíces al Museo de la Ruta del Esclavo. El acto aconteció en la mañana del 18 de mayo, durante la celebración del Día Internacional de los Museos. La bahía por un lado y los antiguos muros del castillo, por otro, fueron el marco insuperable para este encuentro en el que arte y ritmos afrocubanos atrajeron a un numeroso público a la cita.
 
Para una nación que nutrió su opulencia y su soberbia cultura artística y literaria a partir del trabajo devastador de cientos de miles de esclavos, nada más justo que tributar a aquellos que, obligados por la fuerza a abandonar sus raíces, dotaron al país de una personalidad propia. Personalidad que como el cubanísimo “ajiaco” multinacional, acuñado por Fernando Ortiz, hubo de conformarse con esa herencia africana (otrora sumisa) entremezclada con las savias española, china y francesa, por solo citar los componentes más importantes de nuestra identidad. 
 
Manantial de raíces simboliza la suma de las innumerables etnias africanas que colmaron con sus cantos,  sus imaginarios y su añoranza los campos cubanos de pasadas centurias. Entre 1977 y 1978, Domínguez emprendió un viaje definitorio a Angola. Le acompañó entonces, su amigo el grabador y pintor Eduardo Roca, “Choco”. Suerte de viaje de descubrimiento, el creador encontró a su llegada un mundo que le ayudó a entender mucho mejor el nuestro, a propósito de las incontables coincidencias culturales.  Esta fue la génesis de sus coyunturales acercamientos al tema afrocubano, un asunto que enfrenta con total convencimiento de su importancia, pero sin los arquetipos que signan la visión folclorista y más manida del mismo.
 
Confeccionada en madera, carbón, papel de aluminio y cristal, en la instalación Manantial de raíces, hace confluir algunos de los recursos expresivos que frecuentan su estética. Pese a la fuerte carga emotiva del conjunto, el autor se las ha ingeniado para trasmitir todo un mensaje de lirismo. Las cabezas y manos de tres negros yacen adoloridas en el cepo  (reproducido del original que se conserva en la Casa de África) y de ese sufrimiento podemos participar cuando dirigimos la mirada hacia los espejos colocados exprofeso en el suelo y cuya función es mostramos la cruda imagen de la esclavitud, a través de los tres rostros agobiados que reflejan los cristales. Los cuerpos de los tres mártires se insinúan entre el carbón que completa el conjunto y en el alargamiento, algo indefinido, de las piernas, con lo cual el artista simboliza la continuidad y por qué no la inmortalidad de aquellos hombres.
 
Nelson nos ha traído de vuelta la imagen de uno de los instrumentos de tortura más empleados contra los esclavos en las grandes plantaciones caña, en una región que, como Matanzas, se develó como la mayor productora azucarera del mundo en el siglo XIX y, en consecuencia, como la más grande receptora de esclavos de la Isla. Sinónimo de barbarie extrema y de un crimen que nunca fue castigado, la instalación de Nelson Domínguez cita la esclavitud, a la vez que rescata fragmentos de un pasado sobre el cual se construyó nuestro presente.
 
Y es que a la par de este canto de protesta contra la inhumana práctica, Domínguez ha logrado su propósito de connotar ese manantial humano, que derivó, más temprano que tarde en liberación. La esclavitud no significó el fin de la herencia africana, muchos esclavos devinieron cimarrones, otros hicieron manar de su imaginación música y poesía, integrándose, llegado el momento, al movimiento liberador de la independencia cubana. Así, aquellos rostros se multiplicaron, para renacer en los rostros de otros hombres como Guillermón Moncada o, más recientemente Juan Almeida. Este es el mensaje de la obra que hoy obsequia a Matanzas, Nelson Domínguez.
 
Inmenso en su sencillez, el creador viaja constantemente por toda la isla. Varios proyectos sociales lo mantienen ocupado. Talleres de arte, emplazados en zonas rurales como El Escambray y una interesante propuesta de insertar galerías en hospitales, algunas ya iniciadas en La Tunas, Camagüey, Ciego de Ávila y Cienfuegos, apuntan a su motivación por llevar el arte a los sitios más retirados y a un público potencial que aguarda por propuestas que contribuyan a elevar su espiritualidad. [2]
 
Nelson Domínguez desconoce los límites para la emoción y el trabajo. Convencido del rol que debe desempeñar el arte desde las edades más tempranas, no ceja en su empeño de apostar por el mejoramiento humano, a través de la enseñanza artística. Decenas de exposiciones personales y colectivas e importantes premios en cada una de las manifestaciones que ejercita, legitiman la obra vasta e innovadora de este artista. Hombre de andar pausado y de mirada limpia e iluminada, Domínguez ha sido condecorado con la Orden por la Cultura Nacional, la Orden Alejo Carpentier, el Premio Nacional de Artes Plásticas. 2009, la Orden de Honor del Museo Fuji, de Japón y otras. Es además, Miembro de Honor de la  Asociación de Pedagogas de Cuba.
 
El Museo de la Ruta del Esclavo y la ciudad de Matanzas agradecen su gesto y la manera en que ha contribuido con él, a enriquecer los fondos de esta emblemática institución. El “manantial de raíces” de Nelson Domínguez ha traspasado ya la historia y se multiplica hoy en la diversidad de colores, credos y heredades que confluyen en el mar, matizado y transparente,  de nuestra identidad.


[1] El abanico que título Alicia, ave nacional, fue vendido en 10. 000 dólares y hoy se exhibe en el lobby del capitalino hotel Parque Central.
[2] Al mismo tiempo, el artista se halla inmerso en un nuevo proyecto personal, consistente en el diseño y fabricación de muebles- esculturas destinados a la decoración de interiores.

Por: Mireya Cabrera Galán