Manual de inexpertosManual de inexpertos, título provisional (1)  le ha llamado Antón Arrufat, en un acto de humildad. Una delicada insistencia, porque casi todos los poemarios como casi todos los poetas son inexpertos y provisionales. Casi todos llevan en sí el azar, la fugacidad de lo que pasa y muere.Es este un poemario donde se alternan ruidos y silencios -provisionales yconstantes y puertas que se abren para luego cerrarse con el doloroso golpe seco que guarda, tras ellas, el cansancio, la aspereza del andar que vuelve el cuerpo torpe y provoca el desfallecimiento del alma. Pero hay, unido a lo provisional, una suerte de permanente luz que asoma entre los árboles y que no es más que la mirada que vaga y que vagando encuentra los olorosos limones y la copa de vidrio que reluce y refleja todo lo que arrastran las redes y que se trasmuta en presa lista para complacer y servir, reverenciar y regalar.

Las palabras han poseído a Antón Arrufat, han saltado de la humedad de su boca al papel, de la pupila a la página en blanco, de lo recóndito al sol. Sus palabras han sido el punto de origen de esta edición que Vigía regala al poeta en esta nueva celebración que le ha estado destinada. Palabras que saltan del adentro para poner a la luz lo que escapó de lo hondo, de lo más oscuro de la vida vivida, soñada o imaginada, que al cabo es casi lo mismo.

No pueden usarse intermediarios en el acto de la escritura. El camino, va de una voz a otra, de unos ojos a otros, sin nada que se le interponga. Pero hay ocasiones en las que es necesario y hasta imprescindible un entreacto, un puente que una las orillas de la escritura y la lectura. Ediciones Vigía ha aspirado siempre a ser ese puente entre las márgenes. Para ello, esta vez ha iluminado estas páginas y ha recreado las lunas que el poeta ha vivido y que traen una grave y solemne cadencia que une los días que aquí aparecen y las horas que aquí transcurren, de forma tal que esa medida, esa consonancia poética, se convierte ella misma en hilo conductor de cuya punta el poeta tira para no perder el ovillo, para poder lanzarlo luego a los otros. Punta que no suelta para que la madeja no se enrede y se pierda entonces la posibilidad real del encuentro entre pasado y presente.

El gallo sobre el muro, la madrugada bajo el cielo… Todo lo que el amanecer trae consigo han trazado estas rutas en la piel de Arrufat, dejando las marcas del ritual de la contienda. Desde esa contienda que es la vida y que es la poesía, el poeta, (el hombre), sabe que un cazador lo busca y que la suerte –como tantas otras veces- está permanentemente echada. Sabe que se adentrará en la noche cuando los de afuera crean que ha echado a volar. Alrededor de toda esta intimidad, el “inexperto” ha creado su historia. En esa existencia –que es a su vez el territorio de este libro-se instalan los cuerpos del deseo y las criaturas insignificantes. Cuerpos y criaturas que permanecen suspendidos-como la lluvia que no cae-, esperando una respuesta, una palabra apenas.

Como pasajeros, se acompañan en este libro las horas de manufactura, la paciencia medieval de los artesanos de vigía y el canto de los desasosegados, los indecisos y los tristes... Todos ellos se convierten en una especie de péndulo que cuelga de un hilo muy sutil cuya fuerza de gravedad no es más que la poesía misma, atrayéndolo todo hacia ella: la melancolía, las extrañas naturalezas, las dolencias sabidas y la memoria de los días y noches vividos para hacerse hoy solo una voz: la voz de la memoria que llega tan diáfana e iluminadora como los antiguos encendedores, como la llama en el viento del arrecife, que no se apaga, no se paga, no se apaga…

Notas:

(1) Ediciones Vigía. Colección Del Estero. Matanzas, 2008. Diseño: Rolando Estévez.
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Algunos textos de Manual de inexpertos…


Persistencia

Criaturas insignificantes que hacen ruido sin transigir:
trazan un paisaje encima de las torres de vigilancia.
Fuera de las casas las he visto
al borde de los balcones.
Las oigo cantar detrás de las rejas,
cerca de los litorales, bordeando las fronteras.

Modos de visionar la vida,
cuerpos ocultos que lavan aguas turbias,
hojas rotas, abandonados olores.
Cuando son descubiertas, simulan obedecer:
se anegan en la oscuridad.

Criaturas que no debieran subsistir donde subsisten,
y porfiadas crecen sobre su condición de excluidas.
Forman el paisaje, el paisaje pequeño
que dura pese a las disposiciones y los clarines,
y tal vez fecunda nuestra persistencia.

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¿Qué heredará la muerte?

Si pregunta por tu belleza
¿será suficiente lo que me ha golpeado?
Cuando yo muera, la muerte sabrá
las veces que lloré en agonía
¿Qué podrá encontrar en mí?
¿Qué podré perder después
que he perdido tus brazos?
¿Después que se alejaron tus ojos,
la saliva viviente de tu boca?
Tus muslos son más atroces.
¿Qué podrá aniquilarme?
¿Qué más lóbrego, espejeante de acabamiento
que el recuerdo de tus primeros besos,
tu voz alzada
o el frenesí de inclinarte?
Ahora que entrego mis despojos
podrán llevar la cuenta de mis muertes.

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Soluciones

Si te faltara un ojo
tendrías una botella parda.

Si te faltara un dedo
tendrías picado un espárrago.

Si te faltara el corazón
tendrías un vaso de agua.

Cuando toda la sangre falte
tendrás la lluvia.

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Cuerpo del deseo

El gallo sobre el muro,
la madrugada bajo el cielo:
el mismo gallo de las torres,
entre las líneas de un soneto,
pata escamosa de los óleos,
dos claves: engendra y mata.

El gallo del amanecer,
sin ropaje el pescuezo: ave solar
sobre el muro.

Voz quebrada por centurias de sueños,
corvo pico, garras,
deleite de lo atroz:
mirar el plumaje lascivo,
redondos ojos ávidos,
oír mi respiración ronca.

No hablemos del amor
en este pudridero.

Déjame picotear tu sexo:
desafío de la muerte
entre muslos.

Es cuanto conozco al despertar
bajo el cielo:
el gallo sobre el muro.