Lo natural unido a lo sobrenatural como objeto de creencias, reflejo de sueños y experiencias que llegan desde los orígenes, desde la memoria primitiva, a través de la tradición son las claves para descifrar el mundo de Manuel Moinelo. La realidad es el despliegue fantástico que nos entrega de la entremezcla de una cultura nacida y transculturada por lo que no sorprende ni es casual el predominio de lo anecdótico y narrativo en su obra.

El ritual, Moinelo lo toma para la cotidianidad, y entonces la irrealidad toma forma haciéndose real. Con El Abre Caminos retoma los ancestros, se hace fiel a ellos, a su ciudad y al mar que habrá de perseguirlo, por eso, causal, geográfico; crea mundos líquidos, donde las criaturas respiran, se mueven como en entorno natural, partes vivas de un todo sincronizado y armónico; únicamente posible cuando se teme y se venera el agua. Su propia creencia impera en el azul profundo, dominio de Yemayá, en el amarillo estridente de Ochún y en el rojo fuego de Shangó.

Los orichas se desprenden del panteón en las líneas vigorosas, en los contrastes puros y violentos, con esa fuerza telúrica que nace de la huella del africano transplantado al Nuevo Mundo, así, ha ido creando una especie de cosmos, un canto a la naturaleza del hombre, donde fulgen los elementos y trasmutan, en aquelarre, en torbellino atrapados, haciéndose, convirtiéndose; tierra, monte, mar; un maravilloso retablo donde la esperanza y la fe son constantes. Sus elegguases surgen en los lienzos, toman forma en el barro y la madera o en las espectaculares rocas coralinas que abundan en los arrecifes y en las escarpadas orillas del mar que rodea su ciudad natal.

El mundo ingenuo de Moinelo se ha dejado atrapar por la mitología, la naturaleza, la historia y por su propia realidad, razón por la cual será siempre un porta voz excelente del arte popular. Pinta con voracidad, disciplina, guiado por una necesidad imperiosa de reflejar la belleza, la magia de la evolución en los modos más disímiles; azul, amarillo, violeta, verde en fuertes líneas actuales que desbordan la cubanía y el mundo antecesor; negro, mestizo, raíz que protege y le hace culto al origen; no hay evasión ni desarraigo en su pintura, sino más bien un afianzamiento del ser, producto al devenir histórico.

Considerado un pintor Naif o Primitivo, Moinelo ha encontrado su propio modo de expresarse: El expresionismo ingenuo.

Su técnica predilecta es el óleo sobre lienzo, aunque va más allá, diseño, grabado, arte matérico, escultura, y murales.

Sus monotipias son accidentes dirigidos y en gran parte de ellas predominan los colores oscuros, dando una atmósfera tenebrosa con toques de claridad en las figuras.

El pez, la paloma, la iguana son representados en variadas formas; la mujer como Oricha, musa o diosa de la naturaleza, estará adornada con elementos que indican religiosidad.

Su obra escultórica es concebida más bien como un desahogo, un alejamiento de la descarga de color de su pintura, logrando el equilibrio en barro, metal, plástico, madera y ensamblaje.

Manuel Moinelo, hombre campechano y humilde, acoge al visitante en su casa en la colina, aislada, rodeada; caracol, amuleto, que aporta a la cultura, alejado del ajetreo mundanal y vanidoso. Hombre que sólo se ha hecho cómplice del tiempo.


Por: Mabel Diez Ochoa.
Especialista del Consejo Provincial de las Artes Plásticas
Matanzas.