María Villar BucetaTomado de  la Revista Matanzas. No2, Año VIII (Mayo-Agosto-2007).

Joven como era, no parecía interesarle nada de
lo que es o debe ser patrimonio de la juventud: galas
femeninas, paseos, bailes, funciones de teatro…O en
palabras mayores el amor, la conquista de la fama,
la ilusión de viajar por otros países…
DML.

El nombre de María Villar Buceta (1899 – 1977), no solo se revela en las páginas, ya distantes, de “El Fígaro” u otras revistas y diarios habaneros, donde, “soñadora de claridad de soles y raíz de sí misma” [1] como la calificara el profesor Mario Rodríguez Alemán, le eran tributados muchísimos elogios.

Su presencia yace en un texto escrito por Dulce María Loynaz, quien logra apresar en “Un paseo a caballo” [2] lo que José Martí llamara el “instante raro de la emoción” [3] . Esta vivencia, devenida relato, tuvo sus orígenes en la década del veinte cuando un grupo de amigos se dieron cita “por las cercanías del Calabazar” [4] .

Acompañados por el escolta –un ayudante de campo, porque los hijos del General debían estar protegidos- José Antonio Fernández de Castro, Mariblanca Sabas Alomá, Aurora Villar Buceta y Angelina de Miranda, esa noche pernoctaron en una casa de campo a orillas del Calabazar, en la residencia de doña Juana del Castillo, madre del autor del “Himno Invasor”.

Era, por entonces, María Villar Buceta la favorita de la familia Loynaz. Por eso, la primogénita de los hermanos, escribiría sobre “el momento en que nuestra admiración se convirtió en el más tierno interés por su persona…” [5] .

En el Paseo se evidencia un proceso dual de reconocimiento. La sobria María Villar Buceta parece escuchar por vez primera su voz lírica pronunciada por una voz evocadora, acaso la de José María Chacón y Calvo, el único de los participantes que se menciona en la tarde de recreo. Es el “misterioso espejo de su alma” [6] que alude Dulce María Loynaz, quien presta especial atención a la carga poética escondida en su amiga.

La autora, con su fina sensibilidad, advierte el regocijo de la bien admirada María, la sabe feliz y por esta causa recoge, en pocas líneas, la trascendencia del encuentro. Ya lo había hecho la matancera en su poema “Primera vez…”, que aparece en su libro “Unanimismo” ( La Habana , 1927), cuando dice:

(…)

Cierro los ojos…Una viva
luz me ilumina el pensamiento…
Hay en mi actitud pensativa
no sé qué don de encantamiento!

(…)

La suave paz de esta campiña,
cómo me llena de dulzura!
El alma se me vuelve niña,
diáfana, primitiva, pura… [7]

(…)

Antes, en mayo de 1923, estos versos habían figurado en la revista “Social”. En la «parte literaria», de la cual era responsable Emilio Roig de Leuchsenring (quien tanto se intrigara con el “Autorretrato” de María), el poema presentaba una dedicatoria que decía: “Para Chacón y Calvo”; razón ésta que nuevamente conduce a sospechar que fueron los labios de él, los que pronunciaron los versos de la poetisa.

Este no sería el único paseo que María hiciera entre intelectuales por la campiña cubana. Según el testimonio de Renée Méndez Capote, autora de “Memorias de una cubanita que nació con el siglo”, invitó a su hermana Sarah [8] y a Villar Buceta a tomar el aire por el campo en un extraviado domingo. Pero la salida no fue del todo grata debido a un inconveniente, que no aparece recogido en ninguna bibliografía, por tratarse de un hecho reservado. Siendo así, se ha de considerar apropiado no apartarnos del texto que motiva estas líneas.

Y he aquí que Dulce María Loynaz se despoja de su característico rigor y muestra una imagen fresca y de ternura casi filial al evocar a María Villar Buceta, a quien visita, junto con su hermana Flor, “solitarias supervivientes del naufragio de nuestra casa” [9], durante su estancia en el hospital: “…Quedó en silencio largo rato. ¿Se nublaron sus ojos verdemar o fueron los míos los que se nublaron y no pude ver bien?...” [10].

De manera que se revelan aristas desconocidas de ambas personalidades tan aparentemente opuestas y tan cercanas en este instante, pues “acercarse a la vida y la obra de María Villar Buceta -dice Mirta Hernández- es acercarse a una mujer única para su tiempo en muchos sentidos, pero a nuestro parecer, admirable en todos ellos” [11] quizás por las claves semánticas que encontramos en su poesía. Antes de leer esta reseña sentíamos a María como una suma de otras dos grandes poetisas. Veíamos confluir en ella la sencillez y naturalidad de Luisa Pérez de Zambrana y la energía de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Aunque también la ironía sentimental de Rubén Martínez Villena y José Zacarías Tallet, todo lo que contribuía a conferirle un perfil ambiguo a la poetisa. A partir de las reflexiones de Dulce María Loynaz comenzamos a percibirla con una definida personalidad.

Pero su producción literaria, “sus artículos, crónicas y comentarios críticos son desconocidos por el lector de hoy” [12]. ¿Será ella una de las violetas del Teide eternizadas en ese libro de viajes que es “Un verano en Tenerife”, “la flor más diminuta, más pobre y más escondida (…) en medio de aquel inhóspito océano de piedra cortante” [13] que tal vez sea el descuido a una vida generosa?

En este Paseo , María Villar Buceta aparece como un personaje que está esperando por su consagración literaria: “Conocí a María Villar Buceta en una época en que pocas personas podrán hoy recordarla”. De este modo comienza a narrarnos la flor -no el látigo- loynaciana, y asimismo inmortaliza (como las primitivas violetas del volcán tinerfeño) a la amiga, porque a pesar de sus diferencias fueron amigas desde el inicio y, unidas en el Paseo , María Villar Buceta es ahora un personaje literario.

En tal caso, podrá ser posible que esta criatura parca agradezca a Dulce María Loynaz, desde una cima más alta que el Gaurizankar, en “la cúpula de los inmortales” [14], quién sabe si encontradas, su memoria, aún palpitante, “como un retorno a la niñez” [15] en “Un paseo a caballo”.

 

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Notas:

1 Mario Rodríguez Alemán: María Villar Buceta. Semblanza con fecha del 2 de diciembre de 1947, en manos de una colección particular.

2 Texto escrito a solicitud de William Gattorno Rangel, el dignatario del Paseo, en el mes de mayo de 1978, próximo a cumplirse el primer aniversario del fallecimiento de María Villar Buceta.

3 José Martí: “Julián del Casal” en Obras Completas. Tomo V, Editorial Ciencias Sociales, La Habana , pp. 222-223.

4 Dulce María Loynaz: Un paseo a caballo. Edición del Comité Provincial de la UNEAC , Las Tunas, 2003, p.13.

5 Dulce María Loynaz: Ob. Cf, p.11.

6 Dulce María Loynaz: Ob. Cf, p.17.

7 María Villar Buceta: Unanimismo. Ediciones Matanzas, Matanzas, 1999, p.52.

8 Sarah Méndez Capote figura en la dedicatoria de Unanimismo; libro publicado gracias a la subvención de esta amiga.

9 Dulce María Loynaz: Ob. Cf., p. 7.

10 Ídem.

11 Prólogo de Mirta Hernández en María Villar Buceta: Unanimismo. Ediciones Matanzas, Matanzas, 1999, p.11.

12 Luis Suardíaz: “María Villar Buceta” en periódico Granma del martes 20 de abril de 1999.

13 José Javier Hernández: “Dulce María Loynaz y El Teide”. Conferencia pronunciada en el Centro Cultural de España en La Habana el 11 de diciembre del 2002 con motivo del Centenario de Dulce María Loynaz.

14 María Villar Buceta: “Autorretrato” en Unanimismo. Ediciones Matanzas, Matanzas, 1999, p.19.

15 María Villar Buceta: Unanimismo. Ediciones Matanzas, Matanzas, 1999, p.52.

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Por: Osmany Pérez Avilés
Ciudad de La Habana , 1979. Licenciado en Educación. Diplomado en teoría y práctica de la creación poética. Poeta y ensayista. Obtuvo el 3er Premio en el IV Coloquio “…en el jardín” por su ponencia “Un acercamiento al mundo lírico e íntimo de Dulce María Loynaz” durante los actos realizados en la capital habanera con motivo del Centenario de la escritora. Viajó a Tenerife, España, a fin de impartir dos conferencias de literatura cubana. Actualmente prepara su libro de ensayo sobre la poetisa Dulce María Loynaz para una futura publicación. Trabaja en la Dirección de Política Editorial del Instituto Cubano del Libro.