MIlanés, MartíJosé Martí fue un fervoroso lector de la poesía cubana que le antecedió en el tiempo, debido sobre todo a la influencia de su mentor y también poeta Rafael María de Mendive, como él mismo reconocía. Sabemos de la particular devoción martiana por Heredia, asumido también con todo el valor de un arma revolucionaria para conseguir sus propósitos libertadores. Pero existen referencias y huellas de otros poetas de la época, entre los que sobresale José Jacinto Milanés. Martí menciona poemas suyos, como “El beso”,[1] “De codos en el puente”,[2] “La guajirita del Yumurí”[3] y en una ocasión dice que Matanzas está “triste como el corazón de Milanés”.[4]  En 1878, en un texto que escribe en Guatemala, caracteriza a sus poetas: “Heredia, el poeta Píndaro”, “Milanés, el poeta puro”.[5]  Por supuesto este calificativo dado a Milanés no supone “la pureza” como entrega absoluta a la poesía, sino referida al hombre sencillo, digno, comprometido, reflejado en su obra.

Pero la huella de Milanés en la misma poesía martiana hace tiempo ha llamado la atención. Ya desde 1918, el poeta y ensayista guantanamero Regino E. Boti, había reparado sobre una estrofa de un poema de José Jacinto Milanés, la cual, sin saber el nombre del autor, muchos lectores identificaban como de Martí:

Yo podré cuando a mi anhelo
noble inspiración socorra,
hacer un verso que corra
manso como un arroyuelo.
[6]

Esta filiación martiana es también la que descubrió el relevante poeta y ensayista Cintio Vitier cuando en 1958, en su indagación sobre Lo cubano en la poesía,[7] encuentra en José Jacinto “una cierta anticipación, en algunos vislumbres, del tono menor de Martí”, ubicado en el romance de aquel “Requiescat in pace”, el cual “parece también una prefiguración de “La niña de Guatemala”: Entre las razones de esto señala el subrayado paralelismo de los versos dispuestos en pareja; y el uso de los mismos tiempos verbales en las escenas correspondientes, a más del mismo color blanco en el ajuar de la muerta. Esos “vislumbres del tono menor de Martí” se descubren también en los octosílabos “Mi hermano”, que guarda cierto paralelismo con “Requiescat in pace” al presentar también un entierro:

Pasó esa noche cruel:
Asomó el sol y con él
Vino mi padre y me dijo:
”Ve donde todo hombre va:
Lleva a tu hermano y allá
Haz que me lo entierren, hijo”.

Vitier también reconoce en el poema “Un día de invierno” una muestra del gusto de Milanés “por el apunte y la acuarela”, con algún pasaje “que seguramente debió encantar a Martí, si lo leyó”. Otro verso de Milanés que le suena al Martí de las estrofas de circunstancia es el siguiente, de la composición “Amar y morir”:

Ser del todo feliz ninguno sabe,
Así lo dice el rey y así el esclavo,
Por tener la esperanza cosas de ave.

Un somero repaso de ambos autores permite encontrar puntos coincidentes bien visibles. A la voluntad martiana de “poner el sentimiento en formas llanas y sinceras”, Milanés había ya anticipado su manera de versar, a contrapelo de algunas pomposas corrientes de la época:

Y no sé más, y aunque me rompa el cráneo
no sé versificar de otra manera,
porque desde el nacer quise fuera
mi verso natural como espontáneo[8]

La preferencia por la naturaleza hasta sentirse parte de ella y la oposición campo-ciudad, tuvieron en José Jacinto un antecedente martiano, que incluso escandalizó a algunos, por su franqueza cuando, utilizando la redondilla, expresaba que

¡Puede haber cosa más bella
que de la arrugada cama
saltar; y en la fresca grama
del campo estampar la huella.?
Campo digo, porque pierde
la mañana su sonrisa,
en no habiendo agreste brisa,
mucho azul y mucho verde.

No hay que gozarla en ciudad:
en todo horizonte urbano
se estaciona de antemano
triste vaporosidad.[9]

Todos estos puntos de contacto encuentran a veces una forma expresiva que sin dudas anticipa los Versos sencillos, como estos octosílabos en forma de décimas, de fuerte sabor autobiográfico, que José Jacinto titulara “Su alma”, de los que copiamos a continuación algunos fragmentos:

En otro tiempo, con frente
en que el pesar se grababa,
yo por el mundo cruzaba
transeúnte indiferente.
Un desengaño inclemente
hirió como daga aguda
mi alma indefensa y desnuda;
y reprimiendo el dolor
iba buscando el amor
impelido por la duda.

…………………………………

Y vi que el alma sañuda
que asida de su dolor
deja el jardín del amor
por el yermo de la duda

……………………………

Que encuentra más poesía,
Más placer y más beldad
Al campo que a la ciudad

……………………………

que estima la sociedad
detestando su egoísmo:
que va tras del heroísmo,
y no tras la vanidad.[10]

Cuando el culto Domingo del Monte se radica en Matanzas hacia 1834, encuentra en el joven y atormentado José Jacinto la arcilla adecuada para moldearlo. Del Monte propiciaba el compromiso social del escritor, pero visto desde su posición clasista, como yerno de un rico esclavista. José Jacinto estaba en los límites inferiores de aquella naciente burguesía matancera, pues tuvo que trabajar desde muy temprano como oficinista, y mantuvo contacto directo con las capas sociales menos afortunadas. Del Monte le proporcionaba lecturas traídas directamente, sobre todo, de Francia, y esto puso al joven en contacto con un poeta que lo fascinó: Victor Hugo. Y no solo desde el punto de vista poético.

Así, en noviembre de 1837 le escribe a Del Monte: “Ya ve, amigo, el terreno de nuestra Antilla, con la constitución gubernativa que ahora la rige, no es el más a propósito para que el romántico brote y fructifique. Como la moral de Victor Hugo es tan imparcial, choca y amarga a ciertos espíritus, que quisieran dejar el mundo como está”.[11]

Milanés va mucho más allá de lo propugnado por Del Monte, y en sus cartas expone ideas de indudable sesgo subversivo para la época. El joven matancero se pregunta “si este espíritu de reforma [del siglo] no ha de esparcir agitación convulsiva en las masas por cuanto saca a la sociedad de aquel pie estacionario en que estaba”.[12] Y defiende que pinta “a la clase ínfima de nuestra sociedad, porque hablando en plata, no tenemos clase alta y culta”.[13]  Y termina por afirmar que está convencido que los negros “son el minero de nuestra mejor poesía”.[14] Todo esto alarma a Del Monte, quien le advierte que “si usted no vuelve en sí, y se atiene a los principios sociales y conservadores del Cristianismo, o a los serios y enérgicos del estoicismo, degenera en la laxitud peligrosa de Byron”.[15]

Las preocupaciones de Milanés lo llevaron a tratar en composiciones poéticas aspectos que estimaba críticos en aquella sociedad, como “La ramera”, “El expósito”, “El hijo del rico”, “El bandolero”, “El ebrio”, “La cárcel”, “A una madre impura”, “El poeta envilecido”, entre otras. Esto le ha sido reprochado duramente hasta nuestros días, por estimarse que las intenciones no cuajaban en formas poéticas aceptables. Pero los críticos de la época no hacían hincapié solo en esto, como lo prueba este comentario de su amigo Ramón de Palma, también discípulo de Del Monte: “Al ver que el dinero es uno de los resortes de nuestro siglo metálico e interesado, muchos pretenden tomarlo por único móvil de las acciones, y no son los poetas socialistas los que menos han sobresalido en este empeño: pero en verdad que hasta ahora no hemos podido comprender qué giro se le quiere dar a la moral bajo este aspecto. A cada paso se enconan contra el rico estos defensores de la humanidad, considerando su riqueza como ocasión de todos los desgracias: y sin embargo confiesan que la miseria es fuente de vicios y maldades”.[16]

El fuerte componente clasista que reflejan estas críticas se imponía a las posibles deficiencias literarias. Y máximo cuando Milanés expresó en poemas sus ideas acerca de la esclavitud, problema crucial de aquella sociedad. Ya en una de las primeras cartas que le envió a Domingo del Monte reflejaba claramente en un poema sus opiniones al respecto:

Campos donde la bárbara conquista
Cual antes en el indio, hoy vil se ensaña
en el negro infeliz ―donde la vista
al par que admira la opulenta caña,
su gallardo ondear, su fértil brío,
mira ¡qué horror! La sangre que la baña.[17]

Ya en un texto anterior,[18] he llamado la atención acerca del paralelismo que guardan estos versos con otros, escritos por Nicolás Guillén 130 años después:

El negro
junto al cañaveral.
El yanqui
sobre el cañaveral.
La tierra
bajo el cañaveral.
¡Sangre que se nos va!

El paralelismo entre los versos, con las obvias diferencias estilísticas propias del siglo que los separan, es notable por la selección de sus cuatro elementos básicos que sintetizan toda una realidad nacional: el opresor, el negro, la caña, la sangre. Guillén actualiza lógicamente el primer elemento, al situar al “yanqui” en lugar del “bárbaro conquistador”. Pero en ambos autores la capacidad de captar de manera poética las esencias de todo un devenir histórico sin dudas es un logro indudable. Además, la antítesis de los últimos versos de Milanés resulta algo insólito en la poesía cubana cuando se escribió (1838).

Traductor de Hugo, toma el título de uno de sus poemas “Un pensamiento” para exponer cómo veía la situación de su isla natal:

¡Pobre Cuba, pobre niña,
a quien la asquerosa tiña
robó su hermosura india!
¿Qué vale ornarte de flores,
si en tus campos de guayabos
vagan señores y esclavos,
oprimidos y opresores?[19]

Su poema “El negro alzado”´, de 1835, es pionero del tratamiento antiesclavista en nuestra literatura. Centrado en el temido cimarrón, hace su pintura mediante la antítesis: el mayoral blanco que lo persigue y maltrata a su pequeño hijo, cruel escena captada en tonos que alcanzan vigor expresionista.

Por supuesto, Milanés no podía mantenerse ajeno al gran problema político de Cuba: la independencia. El futuro de su patria, específicamente de su Matanzas natal, lo expresa en su poema emblemático “De codos en el puente”·, con un exergo de Victor Hugo. En “Los dormidos” fustiga a aquellos que permanecen insensibles ante el destino de la patria. Y sobre todo, en la “Epístola a Ignacio Rodríguez Galván” expresa su posición, en el momento y ante el futuro, mediante versos que Martí tuvo que conocer y gustar, pues constituían un resorte emotivo para superar una época difícil, cuando abortados los primeros intentos independentistas, el yugo colonial preludiaba la Conspiración de la Escalera y sus atrocidades. Estos fueron los versos necesarios para mantener vivo el sentimiento patriótico hasta el brote insurreccional de 1868.

Hijo de Cuba soy: a ella me liga
un destino potente, incontrastable:
con ella voy: forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable.

Con ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre,
con ella iré mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre.

Buscando el puerto en noche procelosa,
puedo morir en la difícil vía;
mas siempre voy contigo ioh Cuba hermosa!
Y apoyado al timón espero el día. [20]

Por supuesto, como ya hemos dicho en otra ocasión, son muchas las diferencias entre Martí y Milanés, y los mismos puntos que hemos señalado como coincidentes nos dan la dimensión más profunda de la voz martiana, así como la mayor depuración de su instrumental poético, no solo debido a los 40 años que separan la producción literaria de ambos. Pero quizás la más llamativa diferencia entre ellos se refiera a la posibilidad de llevar a la acción vital sus ideas y sentimientos. Milanés no pudo hacerlo, y cuando tuvo que enfrentarse a disyuntivas inevitables fue arrastrado al abismo de la pérdida de la razón, precisamente lo contrario de Martí, quien transmitió la mayor lucidez a todos los extremos de su cotidiano quehacer revolucionario. Pero por eso mismo sospechamos que Martí supo comprender mejor el drama de José Jacinto en sus manquedades, pues al llamarlo en una ocasión “Milanés, el poeta puro”, lo hizo tomando en cuenta dos posibilidades: “poeta puro” porque fue solo en la poesía donde pudo adquirir su dimensión humana esencial. Pero “poeta puro” también por su cubanía, su emoción ante la naturaleza, su solidaridad con el dolor del desposeído y su verticalidad en la actitud, que lo hermanaba con los propios principios y actitudes martianos.

 

[1] José Martí: Obras completas. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1995, 5:234.

[2] Idem, 8:203.

[3] Idem, 22:76.

[4] Idem, 5:355.

[5] Idem, /:176.

[6] Regino Boti: “A extramuros de Sibaris. Sol de domingo”, en UniversalLa Habana, a.1,n.4, pp. 336-338, 1918-

[7] Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía. La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1970, pp. 113-115.

[8] José Jacinto Milanés: Obras completas. Edición del centenario. La Habana, Editora del Consejo Nacional de Cultura, 1963, t. II, p 330.

[9] Citamos por la Antología lírica de José Jacinto Milanés. Selección y prólogo de Salvador Arias. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1975, p.53.

[10] Antología lírica, pp. 104-110.

[11] Centón epistolario de Domingo del Monte. La Habana, Imagen Contemporánea, 2002, v. II, p. 68.

[12] Idem, v. II, p 98.

[13] Idem, v. II, p 525.

[14] Idem, v. II, p 39.

[15] Domingo Figarola-Caneda: “Milanés y Plácido”, en Cuba Contemporánea. La Habana, 1914. Reproducido en su Plácido (poeta cubano)La Habana, Imp. El Siglo XX, 1922, pp. 195-231.

[16] Ramón de Palma: “Obras de D. José Jacinto Milanés”, en Revista del Pueblo, La Habana, 3ª. época, ns. 20 y 21, jul. 30 y ago. 15, 1866. Reproducido en Cuba en la UNESCO. (Nueva etapa), a. 5., n. 6, pp. 31-41, ago. 1964.

[17] Centón epistolario de Domingo del Monte, v. II, p 30.

[18] Salvador Arias: Tres poetas en la mirilla. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, p. 99.

[19] Antología lírica, p. 67.

[20] Antología lírica, pp 122-123.


Por: Salvador Arias García