Matanzas y BostonLa ciudad es anclaje y dispersión, enraizamiento y movimiento, rincón familiar y circulación de cuerpos anónimos. Centro de poder y placer, la ciudad incita a viajar, se abre a otros espacios. A veces dichos espacios son pliegues desconocidos dentro de la misma ciudad, otras veces es la ensoñación de la lejanía lo que convoca anhelos de otra ciudad: Matanzas llama a Boston, y los dos llaman respectivamente a Nueva York y a La Habana, y van contaminados por México y Atenas. Decía Cioran que «Mientras más desposeídos, más intensos se hacen nuestros apetitos e ilusiones.» Boston y Matanzas, paradójicamente, es donde las ilusiones y los apetitos se asientan y arden como signos, huellas y figuras.

Esta meditación sobre dos ciudades afines, nace de la historia, la biografía personal, de vínculos artísticos. Van unidas por mi realidad diaspórica mediatizada por dos figuras, una poética y otra musical. Heredia, quien huye de Cuba en 1823 vía Matanzas y va a Boston. Sin embargo, como dice Borges, sus dos poemas más famosos son sobre una catarata en la frontera entre Nueva York y Canadá, el otro sobre una pirámide choluteca. Heredia fue uno de los muchos escritores cubanos que haría el destierro fuente de creatividad y cubanía. Cosa parecida haría el matancero Dámaso Pérez Prado, al lanzar el mambo desde México hasta triunfar en Nueva York -aunque nunca destronó a Machito- haciéndose más famoso que los peloteros, para horror de los puristas. A esos puristas les recomiendo su «The Voodoo Suite» (1955) y «Exotic Suite of the Americas» (1962), composiciones de agudeza, collages sonoros donde los ritmos afrocubanos se abren al jazz, el jazz a los blues y el honky tonk, y todos hacia lo orquestral-clásico. Todo esto para indicar que el cubano a veces tiene que viajar lejos, perderse en otras partes para regresar a la tierra aunque sea de manera artística o metafórica. Ambas figuras conjuran otros, poéticos y musicales que evocan el apodo que ambas ciudades ostentan en sus respectivos países: Atenas.

Matanzas y BostonEn el caso de Boston, tal como Matanzas, nace de su reputación de ser centro artístico e intelectual: casi hay más universidades que farmacias en esta ciudad norteña, y también de ser centro de investigación médica y científica. Más recientemente ha sido uno de los lugares de la revolución informática. Además fue cuna intelectual en el diecinueve con figuras tales como Emerson, Thoreau, Hawthorne, Longfellow, los Alcott, Harriet Beecher Stowe, Oliver Wendell Holmes, William Dean Howells, William James (sin mencionar a Emily Dickinson, de Amherst), y en el veinte se destacan muchos pensadores y artistas, desde Santayana hasta Seamus Heaney, pasando por Henríquez Ureña. No hay que detenerse sobre la historia conocida de Matanzas, con sus antecedentes literarios y musicales que han dejado una huella profunda en el arte e imaginario cubanos.

Las dos compartan un río que las define tanto geográficamente como visualmente (el Charles River y el río San Juan, y en menor escala el Yumurí), ambas son ciudades-puertos, y las dos siguen siendo centros de creatividad artística. Hoy en día ambas son opacadas por sus hermanas mayores, La Habana y Nueva York. Dicho opacamiento tiene su ventaja: para muchos sus respectivos encantos -ser ciudades más manejables, ofrecer ritmos de vida menos perturbantes- se disfrutan sin mucho alarde.

Boston, sin embargo, aunque de intensa actividad musical palidece ante la creatividad matancera en cuanto a genéros musicales: no crea el equivalente, digamos, de la rumba ni del danzón (y el danzonete). Como es de esperarse, siendo una ciudad fundada por puritanos, la primera música era religiosa, y el primer libro publicado en lo que luego sería los Estados Unidos fue un libro de salmos en 1640 en Cambridge, Massachusetts. Dentro de la tradición clásica, Boston ocupa un lugar importante con la Primera Escuela de Nueva Inglaterra de compositores, entre los cuales se distinguió William Billings (1746-1800) y el indefatigable Lowell Mason (1792-1872), quien podríamos describir como el Esteban Salas de la música norteamericana. Compositor de más de mil doscientos himnos, muchos de los cuales todavía se cantan hoy, Mason fue director de la Handel and Haydn Society , fundada en 1815, y responsable de que se introdujera la instrucción musical en las escuelas públicas.

La Segunda Escuela de Nueva Inglaterra , muchos de ellos alumnos de John Knowles Paine (1839-1906), incluyó a Chadwick, Arthur Foote, Amy Beach y Horatio Parker, sin olvidar un contemporáneo de ellos, Edward MacDowell (1861-1908).

Daniel Gregory Mason (1873-1953), nieto de Lowell Mason, compuso un cuarteto de cuerdas basado en los «negro spirituals», que, no obstante su deuda a Brahms, muestra un manejo loable de composición, con melodías opulentas, pero sin llegar a una expresión original y autóctona que se vislumbra en Saumell o Cervantes. Todavía está muy apegado a los modelos europeos, una constante que marcará la vida artística de esta ciudad en crear obras americanas.

Sin duda, el compositor más original de Nueva Inglaterra lo fue Charles Ives (1874-1954). Una de sus obras maestras, «Sonata de Piano # 2, (Concord, Mass, 1840-1860)», en cuatro movimientos, fue compuesta entre 1904 y 1915, y revisada continuamente hasta su muerte. Pieza proteica y multiforme, ejemplifica una cita del propio Ives: «No veo por qué la tonalidad como tal debe desecharse para siempre. Como tampoco veo por qué siempre tiene que estar presente.» Los movimientos llevan los nombres de Emerson (lucha o conflicto), Hawthorne (conciencia), los Alcott (la tranquilidad doméstica) y Thoreau (la contemplación). Ives evoca el trascendentalismo de la época, es decir, antes de su nacimiento, usando las figuras literarias como emblemas, pero fiel a su radical heterogeneidad musical y formal. Curiosa paradoja ya que trata de organizar dicha multiplicidad en una sonata; paradoja que también se refleja en la complejidad teórica de la pieza. Los trascendentalistas vivían cerca de la naturaleza, huyendo de la racionalidad deshumanizante de la urbe. Hay algo en esta pieza que recuerda Nueva Inglaterra en otoño con los árboles estallando en rojo, amarillos, y anaranjados, fenómeno que hoy en día atrae a millones de turistas. Esta obra de Ives es densa, cromática, de múltiples texturas. Sin embargo, la «Concord Sonata», a nivel formal y sonoro ya recrea la ciudad, tal como la definió Aristóteles: «Una ciudad está compuesta de gente disímil; personas similares no pueden crear una ciudad.»

La música como collage de Ives recuerda el comentario de Natalio Galán de que el danzón también es un collage sonoro que ha incorporado arias operáticas, sones, criollas, guarachas, jazz, canciones de Broadway dentro de sus hospitalarias estructuras. Pero es buena descripción de las ciudades, ya que son pocas las que pudieron hacerse de un tirón como Brasilia. Así que hay capas clásicas, barrocas, góticas, victorianas, «federales», «Greek revival», que se entrecruzan, se comentan, y a veces que se anulan.

Boston tiene mayor elementos en el collage, especialmente desde los años sesenta, con magníficos ejemplos de arquitectura modernista (y otros pésimos, como el ayuntamiento) y posmodernista. Sin embargo, comparado con Berlín o Barcelona, Boston no ha logrado una sintaxis urbana que combine lo antiguo (o tradicional) con lo posmoderno, cosa inexplicable ya que hay tres buenas escuelas de arquitectura en la ciudad.

El centro de Boston, por y alrededor de Copley Square, tiene una admirable síntesis arquitéctonica de espacio urbano y literario-musical. En un trozo citadino de unos pocos kilómetros cuadrados se encarnan las tradiciones musicales (Symphony Hall, Berklee School of Music y su Perfomance Center, The New England Conservatory of Music y su Jordan Hall), artes plásticas (Museo de Bellas Artes y su Escuela del Museo, Mass College of Art, el Isabella Stewart Gardner Museum), la literaria (la Biblioteca Pública, Northeastern University), y la religiosa (Trinity Church, Christian Science Center, y la New Old South Church). Todo esto corre paralelamente al Collar de Esmeraldas (Emerald Necklace), los espacios verdes diseñados por Frederick Law Olmsted, el diseñador del Parque Central en Nueva York y Prospect Park en Brooklyn. En Matanzas el Río San Juan cumple esta función. Y este trozo, además del mencionado Olmsted, está profundamente marcado por tres arquitectos que dejaron huella en la ciudad: Charles Bulfinch, H.H. Richardson y I.M. Pei.

Si Bulfinch encarna el inicio de una arquitectura local y regional (tanto privada como pública), la obra neoromanesca de Richardson es de una originalidad sorprendente, sea en su famosa Trinity Church o los edificios que diseñó para la Universidad de Harvard (Sever Hall, Austin Hall). Pei representa una de las figuras cumbres del modernismo arquitectónico, y sus diseños aquí revelan los cambios que dará Boston en los años sesenta y posteriormente. Además de diseñar el edificio más alto de la ciudad (la Torre Hancock), cuya superficie espejosa refleja tanto a Trinity Church, su vecino, como ese ogro posmoderno de Philip Johnson, 500 Boylston Street. Pei también hizo el ala nueva del Museo de Bellas Artes y varias estructuras en la zona de la sede mundial de la Iglesia Christian Science.
Matanzas tiene sus joyas arquitectónicas y urbanísticas nucleadas por la Plaza de La Vigía (Teatro Sauto, Parque de los Bomberos), subiendo, camino hacia el Parque de La Libertad, con la Catedral San Carlos Borromeo, que se empezó a construir en el año oficial de la fundación de la ciudad (1693). Claro, en el Parque de La Libertad está la espléndida fachada del Casino Español con su balcón llamativo, sus leones de perfil y los siete medio puntos, lugar de estreno de «Rompiendo la rutina», danzonete de Aniceto Díaz. Edificios que tienen la gracia, la soltura y la elegancia del danzón.

No voy a repasar los datos conocidos del nacimiento del danzón (i.e.-Miguel Faílde y su estreno de «Las alturas de Simpson», etc.), pero habría que destacar su importancia en el imaginario cultural cubano, recordando su fuerza «subversiva» en la lucha anticolonial. No olvidemos que compositores como Cervantes, Guillermo Tomás, Raimundo Valenzuela, Faílde, y José White, otro matancero, tuvieron que huir de la isla por sus ideales independentistas.

Sin caer en determinismos geográficos, diría que la estrechez de las calles matanceras (de nuevo, pienso en la 83) reflejan esos movimientos dentro de una losa características del danzón. Incluso su célula rítmica, la habanera, evoca el caminar por las calles matanceras, donde hay una cadencia de mirar, esquivar, tocar para no chocar, bajar a la calle para luego subir a la acera. Un ritmo palpable de gente, cuerpos, manos y hombros, cosa que se ha perdido en las ciudades norteamericanas, donde las calles son lugares para evitar el roce físico. La mayor actividad humana está concentrada ahora en los centros comerciales (los famosos malls) donde sin duda hay aglomeración de gente pero dirigida a comprar más y más cosas que no les hacen falta.

Pero a diferencia de Boston, Matanzas nunca estuvo lejos del barracón, cosa que no sólo explica el auge y la importancia del danzón sino la rumba. Hay razones: las plantaciones se dieron en el sur, la cultura puritana del norte evitó este modelo de explotación, y ya para 1780 el estado de Massachusetts había abolido la esclavitud, en lo que se llama la Primera Emancipación. Incluso para los mediados del diecinueve, Boston tenía doce periódicos o publicaciones negras. Nada de esto olvida que Boston es una ciudad muy segregada en términos raciales. Engloba terribles contradicciones: ciudad abolicionista pero racista hasta el tuétano, liberal en su historia política y conservadora en sus relaciones sociales, generosa en aceptar nuevos inmigrantes pero muy cerrada en compartir el poder con esas nuevas fuerzas sociales. Es una de las primeras ciudades fundadas en el país, pero siempre preocupada por mantener cierto carácter europeo.

Matanzas y la rumba divulgan otra vertiente, convierte el apretujado espacio urbano del solar o la calle en zona festiva, cosa difícil de imaginar en Boston, por su pasado puritano, sus barrios segregados y su clima, que dificulta actividades al aire libre por unos cinco meses al año. La rumba se ha convertido en expresión urbana por excelencia, combinando a su manera la improvisación y libertad de movimiento, pero siempre partiendo de unas reglas muy definidas. Tal vez la columbia sea emblemática en ese sentido, ya que su mímesis de la cotidianidad (imitar un cojo, jugar pelota, montar bicicleta) sugiere por un lado actividades ordinarias y a la vez dentro de ese marco hay que responder al repiqueteo.

La rumba es espacio urbano que se abre, que tiene modalidades heterogéneas. En cambio, hoy en día las grandes ciudades norteamericanas tratan de imponer cierta uniformidad del espacio porque está en función del movimiento (circulación de automóviles). La rumba, o los mejores espacios de Matanzas, nos hacen recordar que lo urbano sirve para estimular la vista, el tacto, el olfato, de volcarnos a lo inesperado.

Para los antiguos atenienses, desplegar sus cuerpos, especialmente mostrar el cuerpo desnudo era sinónimo de ser alguien de entereza, civilizada. (Esto sólo para los hombres, las mujeres tenían que taparse). La rumba es hasta cierto punto una desnudez social simbólica aunque obviamente no literal, jugando con las prendas y pañuelos, para intensificar y metaforizar el juego, lo erótico. Su transparencia es la de la convivencia, libre de exhortaciones o de urgencias laborales. Para el ateniense, la desnudez era muestra de su status de ciudadano, para el cubano la rumba significa participar en una comunidad, pero como una «socialización de fundamentales emociones humanas», en fin, «relajo con orden; relajamiento de las inhibiciones sociales hasta el límite consentido por la armonía vital. El arco humano tendido para lanzar los flechazos de la vida a todos los horizontes, hasta la tirantez máxima cuyo traspaso sería el crujido de su rotura.» Esta frase feliz de Ortiz resume la trama musical y arquitectónica de esta meditación. La ciudad no es sólo polis, sino tránsito, memoria, innovación, metamorfosis, sueño. La ciudad, como diría Zambrano del hombre, «es el único ser que padece su propia trascendencia». Es decir, al abrir un horizonte, al querer ser un lenguaje sagrado que abre una espacio vital, olvida y traza a la vez su limitación. Boston intenta traspasar esa limitación lanzándose al futuro sin darse cuenta cuánto arrastra de su pasado; Matanzas, con un ojo velando la inquieta sombra que depara Varadero, escucha y atiende a sus voces ancestrales, asume su modernidad, es decir, su limitación, como apetencia lezamiana, saboreando sus signos citadinos que acumulan renovados destellos en el tiempo.

Por: Alan West Durán
Poeta, ensayista, crítico y traductor. Entre sus libros publicados se encuentran: Dar nombres a la lluvia ; El Tejido de Asterión o las máscaras del logos ; Tropics of History : Cuba Imagined y African Caribbeans : A Reference Guide .