MedeaCinco y pico de la tarde, Parque de La Libertad, Ciudad de los ríos y los puentes, de la mar circundante. Se escuchan los últimos acordes de la excelente música escrita por Raúl Valdés para La Pamplinera de Teatro Mirón Cubano, colectivo responsable de esta hermosa fiesta del teatro en la calle. El gentío, mitad curioso, mitad avisado, vuelca los cuellos hacia la esquina de Ayuntamiento y Milánes, aparecen andantes esculturas de barro que detienen el tráfico, causan el asombro de los que pasan y los que esperan. Otra música hace ahora delirar al parque que de pronto se convierte en escenario otro para una puesta en escena distinta.

Lentas, ceremoniosas, ecuánimes, cargantes, aparencialmente inexpresivas, nos dejan saber que el poder expresivo del ojo humano es incalculable. Sólo los ojos de los andantes no tienen el color de la tierra, pues  tal parece que un vaho traslúcido con el tono de alguno de los surcos donde crece el alimento del hombre, se esparciera sobre el resto de los cuerpos de estos pausados andantes, sobre el parque todo y las otras estatuas: las de bronce de Martí y La Libertad, las de carne y hueso de los espectadores que atrapados en la magia del arte retrasan también su ciclo de movimientos y esperan la gentil caravana.Comienza a moverse un carro de tierra tirado por un dragón: viene Medea; la caravana en dos partida va llegando al sitio de los capiteles jónicos donde los dioses tomarán –tal vez a medias- posesión de su mandato sobre el destino de los mortales.

La representación ha comenzado desde que el primer espectador vio  la primera estatua; la avanzada está conceptualmente imbricada al todo; público respetuoso y asombrado incluido, espacio de la plaza transfigurada incluido. Transfiguración que no presupone un aparato escenográfico que compita en escala ni color con la pluralidad de cualquier plaza del mundo. Transfiguración de la que son responsables los actuantes que al unísono casi militar dejan mover manos y brazos, piernas y pies  en una cadencia exquisita, extra cotidiana,  esa que tanto necesitamos los que habitamos hoy estas ciudades hiperquinéticas, llenas de trágicas químicas contaminantes, llenas de carros que expulsan reggaetón, de bocas que lanzan improperios, de iglesias que expenden toneladas de decibeles por los bafles de última generación que poseen, de cláxones que destruyen el susurro de los pocos árboles. De una muerte distinta a la que propone la protagonista para sus hijos y su contrincante estamos prestos a morir los que hoy habitamos las ciudades. También la Madre Tierra nos prepara la muerte prematura por el mucho daño que le hemos ocasionado. D’Morón Teatro propone entonces decir las verdades en la calle, sin palabras, en una acción que no tendría sentido dentro de un teatro porque está concebido para andar la calle, para mancharla y lavarla al mismo tiempo.

La plaza está repleta. No hay tiempo ni hay espacio para preguntarse ¿cómo están pintados?, ¿de dónde llegaron?, ¿qué vienen a hacer aquí estas estatuas de lento andar? La belleza que configuran música, maquillaje, vestuario, accesorios, utilería, perfección de movimientos y absoluta re-concentración  del equipo de andantes, deja solamente espacio para el deleite; deleite del que participan aún los menos avisados en estas lides del arte contemporáneo. El asombro es también ingrediente para aguzar el entendimiento. El espectáculo casi nada dice, pero lo sugiere todo.

La mixtura de público en el teatro llamado callejero no puede ser mayor. Es la misma que día a día padecen –en el mejor sentido de la palabra- todas las urbes y poblados del mundo. Niños, jóvenes, adultos, viejos, “lumpen proletariado”, estudiantes, trabajadores, jubilados, desempleados, profesionales, traficantes, mendigos, turistas  y minoritariamente gente de teatro. Esta mixtura es rica y peligrosa, porque la plaza es de todos –y para el bien de todos, pudiésemos añadir si la oferta artística que se brinda en ella tiene los quilates del espectáculo del colectivo D’Morón Teatro, grupo avileño que bajo la dirección de Orlando Concepción González, tuvo el acierto de escoger un clásico del teatro griego como Medea de Eurípides, corriendo los riesgos que presupone tal elección, para entonces versionarlo, recontextualizarlo, prepararlo para que el espectador del siglo veintiuno asimile sus claves fundamentales, sus contenidos esenciales y multiplicables que en ningún momento son traicionados,  y así dejarnos saber, una vez más, del incalculable valor de lo nacido para ser eterno. Conflicto e historia son bebidos una vez más por un público aparencialmente desconectado con la tragedia, demasiado inmerso en la suya propia –la que padece el orbe de estos días y de todos los días- pero que asimila a la perfección la clásica dramaturgia gracias a los resortes que son movidos por el espectáculo, es decir: el vino es el mismo –agrio por añadidura- pero la copa, aunque aparenta opulencia y respeto por la época, es en verdad vasija de estos tiempos. Una vez más queda manifiesto que la forma no es otra cosa que contenido. Y en este caso contenido esencial. Contenidos, diría más bien, pues son muchos los que aprovecha el aparato formal de la puesta para hacerlos eco de resortes comunicativos y emocionales. Uno de ellos es la ausencia de la palabra, otro es la presencia de la monocromía, otro el rechazo del gesto parásito, otro la no presencia de la mímica facial. Bien pudiera pensarse al leer estas líneas que el espectáculo se nutre exactamente de todo aquello que se ha venido convirtiendo en lugares comunes del hoy llamado teatro callejero. Y es así. El espectáculo de D’Morón Teatro echa en un saco la comparsa, la sandunga, el sabor local, lo extravertido, lo externo, lo “cubanísimo”, lo falso, la alegría, la burla, el choteo del que nos avisara Mañach, la clásica y nunca bien ponderada payasada. Y el único efecto de los llamados “especiales” de que se nutre es la atinada, eficaz y concéntrica labor del colectivo íntegro. El saco donde lo pone queda demasiado lejos del espectador que sufre entonces una crisis de desconcierto, pero es un desconcierto necesario que llega a la lágrima compartida con la abundancia del preciado líquido del que hace gala la mayor parte del elenco. No sé si por extrema concentración que a veces roza el trance, o por la abundancia de maquillaje que bordea los ojos o por las dos cosas, por lo que sea es para bien de los que observan como se agrietan también lentamente los rostros maquillados de los actores, y reservan sus mejores fotos mentales o digitales, calculan y comparan mientras disfrutan también de una suerte de magia colectiva, limpiadora, imprescindible al parecer.

Performance, no teatro, dijo en mi oído un viejo teatrista amigo que se acercó a mi lado en ésta,  mi segunda ocasión en el disfrute de esta Medea terrícola. Performance, sí, pensé yo, y teatro también, y danza, y hasta un poco de espiritismo consciente. Vale el todo cuando se salvan las partes y todas son favorecidas. Vivimos la edad de la fusión, también pensé. Entonces sería más sensato el comentario del viejo teatrista si dijera: Arte, no teatro. Porque entonces una de las palabras más abarcadora de todos los idiomas, esa que nace de una etimología para algunos confusa e intrincada, esa que es sólo competidora de la palabra amor, estaría presente en la zona afirmativa de la frase de mi amigo. El artificio pleno y desprejuiciado de D’Morón Teatro no echa por tierra sin embargo el estudio minucioso y calculado de la composición escénica, del estilo unitario y coherente con que trabajan los actores, de la estructura total del espectáculo o performance, es lo mismo, una palabra está en castellano y la otra en inglés, y ellos por añadidura, no se valen de ninguno de los dos idiomas para hacerse entender por cualquier parlante o cualquier sordo, este último sólo se perdería las bondades de la banda sonora, híbrida también en su conciencia aglutinadora y marcadora sólo de emociones diferentes. También el sordo se perdería los comentarios iniciales en off, añadido didáctico que teniendo en cuenta lo heterogéneo del público asistente encuentran su motivo para estar, pero que bien pudieran no estar sin que se resquebraje el cuerpo firme de la puesta.  Y he dicho puesta, pues una Misa en la plaza –entiéndase escenario no convencional- producen todos los actuantes. Hay una puesta, porque hay un nivel consciente de asunción de personajes, elaboración milimétrica del gesto y la lenta acción. Y hay además un alto número de funciones hechas. El llamado performance por su parte, está más ligado –en sentido general- a la improvisación, a lo efímero, a lo gastable; pocas veces es repetido. Esta puesta por su parte, crece con la reiteración. Hace dos años la vimos en esta misma ciudad, y hoy retorna alzada, ajustada, movilizada en su sentido artístico, nutrida por jóvenes actores que han venido a sustituir a muchos de los que la estrenaron, por causas ajenas a la voluntad de ambos; por esos trances del teatro que tanto tienen que ver con una movilidad y una inconstancia que bien parecen inherentes a este medio.

Preferiría no hablar por separado de las actuaciones, casi en sentido general repletas de técnica y emoción, -extraña, ritual y contenida emoción- de resistencia y energía ejemplares; del espléndido y consecuente diseño plástico; de la dirección actoral. Me he referido al todo y el todo por supuesto abarca. Creo que gracias a eso esta Medea convence, emociona, llena los ojos y la mente, nos llena de preguntas, nos recuerda que somos ciudadanos del mundo y que muchas veces caemos en la trampa de falsos nacionalismos y lo que es peor, tratamos de convertirlos en poéticas cuando más bien son modos operantes  que se vuelven retóricos.

Hay belleza y otredad. Resortes emotivos e intelectuales. Pero hay también comunicación consciente y estable durante las más de dos horas que median entre ese minuto en el que descubrimos que aparece por una esquina la primera estatua andante y aquel en el que la vemos por última vez, con la nostalgia de saber que la magia pasajera tal vez no vuelva mañana. Y hay aplausos. Muchos, en diversos momentos, llenos de verdad cotidiana, de esa sinceridad que tiene un público amante de lo diverso, de lo ajeno y exótico que es también nuestro, porque tenemos todos una raíz común, una misma necesidad de purificación, elemento para lo cual fue diseñada la tragedia clásica.

Vengan Medeas, apasionadas, calculadas y calculadoras. Crueles asesinas que matan porque se difumina la frontera entre el amor y el odio. Vengan a vengar, pero también a limpiarnos con un baño de tierra, un baño virgen como el barro antes de ser convertido en terracota; en cruel estatua. Un lavado oportuno no nos vendría mal, y si es mejor con la misma que pisamos cada día sin que nos preocupe mucho su desgaste, su envejecimiento, su mortal futuro. Vengan a asegurarnos que la belleza salva como la muerte misma; pues solamente de ellas está nutrida la palabra renacimiento.


Por: Rolando Estévez Jordán.  
Bellamar, 18 de marzo de 2011.