Digdora Alonsomis oídos a toda profanación;
el poema está en su mundo.
Digdora Alonso

Estoy seguro, lo sé, Digddora podría, ahora, estar imaginando la brisa del mar, que lo sabe todo, en las tardes de la bahía, junto a la grama del patio, como en una fotografía. Quizás este sea el primer signo de devoción: el horizonte es infinito, después del mar solo existe el mar, pero es solo una imagen mía, un espejismo guardado con celo por la nostalgia.Desde esa óptica la poetisa asume el sentido de lo bello, el culto a lo externo, como un legado de sí, un sueño.  ¿Hacia donde va? ¿Qué pretende su obra?. Respuestas demasiado narcisistas para resultar comprometidas con lo ajeno, lo otro, la dermis silábica de su insomnio. Lo externo, el mundo (su representación), se convierten en piel, superficie  que resguarda toda aproximación al pasado inmediato. Gritó, pero solo escuchaba su voz. / Soy yo, soy yo, se repetía, /el de la fuente y el de la charca.

Quedan marcadas como un grafiti las posibles emanaciones de éxtasis, el terrible rejuego con la realidad. ¿Qué pensara el poeta cuando descubra que toda realidad es apariencia; que detrás de su imagen crea una réplica imperfecta de su otro ser? 

Valery dictamina  que es necio buscar al hombre en la obra, concluir de una obra a un hombre, por cuanto esto no constituye sino una máscara que, a su vez, deviene "maquina"; hay que buscar, por consiguiente, el esfuerzo para disfrazarse, hay que buscar sus máscaras.[1]

 

Disfunción del silencio en su filosófico crepitar. Toda asonancia es un rictus, una pose que compromete el resultado de la obra creada para un estrado minúsculo. 

Para la metafísica el acto de crear es un culto, un distanciamiento entre el objeto y el sujeto, juego de figuras, metatextos y metaciudad. Ciudad de las termitas/ en vano oculta/ amurallada en vano. Es el celuloide usado en la historia del hombre para mitigar su cansancio físico, engendro de lo real maravilloso llevado a la suprema tentación de la irrealidad.

Surge la poesía, necesariamente, a partir de los recuerdos aunados, vejaciones recibidas, premios financiados por instituciones arcaicas. A su vez esta nueva obra será un laberinto de puertas y puertas, discretas salidas al interior del artista que sin querer se convierte en el propio arquitecto de su vértigo eterno.Tú que sabes ser/ un pedacito de madera gris/ una hoja verde/ y hasta fruta que empieza a madurar, dime como me oculto/enséñame, / yo también siento miedo. Si lo furtivo representa el aura del advenimiento, entonces, el horizonte, el mar (que refleja el cielo), constituyen  su refugio secreto.

De esa ciudad imaginaria que cobija cada reacción, cada espasmo visual, surge una replica del YO. Obvio, tangible, canonizado por ese oficio de percibir dentro del espacio que supone la obra. Si el yo creador, el yo absoluto, reconoce, propaga esta obra precursora, no es sino por la fe absoluta.

¿Hasta donde lo externo influye en la marginación del artista?   

¿Hasta donde el artista aspira concebir su obra dentro de lo externo?

La ciudad, con sus muros resquebrajados y sucios,  ama al artista, lo asfixia, no deja que su obra destruya los límites que la propia imantación ha puesto. La ciudad-artista es una simbiosis inflexible. Cuando lo externo atrapa, ya nada podrá cortar las amarras; ni siquiera el exilio.

Es el sentido místico, comunitario que todo arte encierra. La obra individual es una proyección de la filosofía del poeta en la retina del espectador medio : Cada día  queda algo de la jaula de hierro terminado, y en ese algo  yo trato de encarnar mis sueños, el calor, el amor, y ocurre como si  ella ( la jaula) me robara estas cosas que me dan la vida. Ella vive  y yo voy muriendo.[2]

Los fragmentos se atraen o repelen. Siempre existirá el acercamiento mutuo, la pregunta mutua.Para Didnora concebir su obra poética encierra toda una filosofía práctica, espíritu de convergencia, transición de estados conceptuales hasta la gestación definitiva. Sentirse pecador y llevado en hombros hasta el ruedo...Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.[3]

La poetisa sabe que el artista necesita concebirse como institución. La imagen que proyectará de sí puede arrastrar a detractores y admiradores, más,  nunca se arrastrará a sí mismo sino asume el hábeas de su obra como un todo, una corriente ascendente - de mensajes, ideas, discordias, teorías, etc. – de sí y sobre sí. Por eso la creación (desde su ética) supone libertad - de asumir, padecer, mentir – y necesita de ella para consolidar un pensamiento original. Un cuerpo petrificado donde descanse la agonía del creador en  sus múltiples dimensiones.

Si todo fuese un caos, si más allá de las manos solo existieran las manos, ¿qué podría hacer el hombre para sentirse vivo, delirante, inmerso en su universo de celdas- manos? Los sentidos salvan ¡Hay tanto que sentir detrás de los ojos! Parece un juego, un oficio de (pro)veedor que Digdora Alonso asume, y lega a los desprotegidos, que somos todos, con esa mirada sutil de la vida.

Llegar al YO supremo, máxima realización del instinto poético,  artificio de tejer la red que atrapará al transeúnte. Saltar las verjas y estallar en la semiología del ser y la palabra (evitando esa tendencia nuestra al retoricismo). Son solo menesteres de salvación o perdición.

Desfallecer tiene sus riesgos.

Salvarse equivale a ocupar un lugar objetivo, bien definido, interactuar con el límite, despersonalizar la absoluta pertenencia del YO.

Del macro al micromundo, del Universo todo al hombre, desde el que escapa hasta el que padece. Es el hábito, quizás me responda, de vivir en la ausencia, demarcar los señuelos que rondan una y otra vez cada palabra y que al final esquivan ese dichoso desasosiego que la soledad concede.

No dudo que la frialdad de las noches, donde quiera que este, le recordaran las costas olvidadas de esta ciudad, a la que una y otra vez regresa como un gran preámbulo del sueño de su vida, o que el barrio, la tierra, sean un símil de esta calle que la ha visto empinarse una y otra vez, superando cada golpe de suerte con un estoicismo inmenso.

Lo advierto, son detalles que imprecisos surcan mientras fabulo en estas líneas. Hacer un recuento a quienes han desoído los galopes de su voz no viene al caso, prefiero perderme entre esos sueños guardados para los amigos, como pedacitos del alma, que se entregan desde la voz profunda y que al unísono del tiempo germinan.

Ciudad de Cárdenas, Junio del 2010


Por: Yovanny Ferrer Lozano.
Poeta, narrador