Miguel Luna Novela de Abel prieto feria del libro 2012Presentar Viajes de Miguel Luna, la nueva novela de Abel Prieto, resulta para mí un reto verdaderamente apasionante. Leí  hace un tiempo la primera versión de la obra, y todavía impactado por el notable efecto que me causó la lectura del manuscrito, apenas pude señalarle algunas observaciones menores. ¿De dónde había salido esta novela que parecía no tener antecedentes en la tradición de la novelística cubana?

Ese efecto resultaba tanto de contenido como de forma: estaba en presencia de un bildungsroman, es decir, de una novela de aprendizaje, que desarrolla el periplo vital de su protagonista, Miguel Luna, desde su nacimiento hasta su muerte. Es cierto que otras novelas de aprendizaje se han escrito en Cuba, pero ésta posee características que la hacen particularmente original.
 
 
¿Cómo lo logra el autor?:

Lo primero que llama la atención al terminar su lectura es la estirpe rabelesiana de la historia: hay una desmesura pantagruélica, que se da a través de lo satírico, lo grotesco, de la hiperbolización permanente de ceremonias y rituales en uno de los dos planos que constituyen la estructura externa de la obra a manera de contrapunto, que, sin embargo, por obra y gracia de otros recursos técnicos, mantiene el nivel de persuasión, la verosimilitud de la historia.

¿Cuáles son esos recursos?

El narrador, es decir, el punto de vista espacial,  que Abel selecciona para contar la historia es un doble narrador empleado de manera sutil. Digo sutil porque ambos narradores son omniscientes, uno omnisciente limitado que sigue las peripecias, los pensamientos, emociones y avatares del protagonista, y otro omnisciente total que asume todo el periplo, acciones, diálogos, reflexiones,  del resto de los personajes; en una palabra,  la historia y su interacción con el personaje principal, sin que esto quiera decir que, por momentos, también asuma desde su privilegiada posición exterior a la historia que cuenta, el universo narrativo del protagonista. Lo interesante del empleo de estos dos narradores es la forma en que se produce la muda entre uno y otro: hay como una especie de transición, de deslizamiento apenas perceptible de uno a otro narrador; deslizamiento que está catalizado por un lenguaje absolutamente eficaz, complejo en su difícil sencillez. El resultado es notable: el lector percibe la historia sin que lo asalte la monotonía o el cansancio que puede producir la lectura de una obra tan extensa.
 
En gran parte, el placer que produce la lectura de la novela se debe, indiscutiblemente, al empleo del humor, que es casi la marca indeleble que identifica los Viajes de Miguel Luna. Como se sabe, “hay que distinguir dos formas netamente diferenciadas del humor en una ficción: el humor de situación o asunto, y el humor de expresión y forma. En el primer caso, el humor brota de cosas que hacen o padecen los personajes, de las cosas que viven, y es parte de la materia narrativa. En el segundo, el humor brota sólo de la boca de los personajes o del narrador, está en ciertas cosas que dicen o dejan de decir y, en este caso,  es un recurso formal que transpira únicamente la expresión narrativa, la escritura”. En esta novela, lo relevante es que el humor que la recorre, desde la primera hasta la última página, es un humor doble, tanto de situación, como de expresión. Las situaciones que vive Mikimún (así llama el narrador al protagonista Miguel Luna), desde niño, adolescente y ya adulto; en su condición de escritor frustrado, de escritor viajero y, por último, de testigo inestimable de la caída del socialismo real, todo, está transitado por un humor que no perdona ninguna faceta de la vida estudiantil, sexual, social, cultural, creadora y literaria de Mikimún; un humor que alude constantemente al mundo cultural, a sus instituciones y al retablo de chismes, envidias, comentarios irónicos y mordaces, en una palabra, las pequeñas miserias humanas que tanto conocemos y se pasean por los predios de la literatura cubana y sus personajillos, de los cuales se ofrece un retrato inolvidable,  lo que le aporta a la obra elementos referenciales que intensifican su carga humorística. Y ese humor de situación tiene su contrapunto en el humor de expresión, en el lenguaje empleado, sobre todo por los habitantes de Mulgavia, ese país producto de la imaginación del autor, pero que tiene sus raíces profundamente afincadas en algunos países de lo que fue el llamado socialismo real. Como J.R.R. Tolkien, en El señor de los anillos, Abel inventa un nuevo país, con su geografía, historia, costumbres y habitantes,  a la vez que un nuevo lenguaje, el mulgavo, que forma parte de ese mundo de pesadilla que es la vida en Mulgavia, y cuya consecuencia resulta también  una intensificación de la carga humorística de la novela.
 
Otro de los recursos empleados de mano maestra por el autor es lo que llamamos el punto de vista del nivel de realidad: el narrador sitúa a su protagonista en un plano real de la realidad, a veces objetivo, otras, subjetivo. Pero, a partir del viaje del protagonista a Mulgavia, ese nivel va sufriendo una muda o salto cualitativo hacia un plano fantástico  Mulgavia es un país imaginado, que por la vía de la sátira y lo grotesco, se muda del plano real de la realidad ficticia al plano fantástico, y Mikimún entra y sale de esos niveles de realidad, manteniéndose en una posición intermedia entre ambos. Lo sorprendente de este rejuego de planos, es que el protagonista unas veces se ubica en lo real y otras veces en lo imaginario y estas mudas se realizan con toda fluidez, mostrando un dominio técnico verdaderamente impresionante.
 
Del lenguaje hay que señalar que pocas veces se logra, como en esta novela, una adecuación más ajustada entre contenido y forma: los diálogos, las descripciones, la propia narración de peripecias (y la novela es de una enorme riqueza de acciones: aquí se nos cuenta una historia, el autor no abandona el territorio de la narrativa, no se va hacia el terreno del ensayo o de las abstracciones filosóficas); esas peripecias muestran un lenguaje arduamente trabajado para lograr una aparente sencillez, que hace de la novela una lectura particularmente agradable.
 
Una de los más sorprendentes hallazgos de la obra es la manera magistral (no tengo otro epíteto más justo) con que Abel maneja el referente histórico: la novela se desarrolla esencialmente en la Cuba de hoy, lo que supone la casi ineludible obligación del autor de mencionar los hechos que  han conformado  la historia de nuestro país en los últimos años, como hizo, por ejemplo, Jesús Díaz en Las iniciales de la tierra, lo que en cierta medida lo obligó a reflejarlos de alguna forma en el proceso épico, produciéndose muchas veces la narración reiterada de hechos que el lector conocía, y que disminuían el poder de persuasión de la novela. Abel, y esta es una arriesgada decisión de estrategia narrativa, alude al referente histórico como un telón de fondo (una lección que nos dio Carpentier en El Siglo de las Luces). Los personajes viven sus vidas individuales, mientras la Historia, con sus grandes acontecimientos, desfila bajo una corriente subterránea que penetra por cada poro de la narración sin que se haga explícita y de la que nos enteramos por las fechas que encabezan los capítulos que constituyen la estructura externa de la novela.  Así, mediante hechos que conforman la vida cotidiana de los personajes, vemos pasar los años de la Revolución sin que esa palabra -que recuerde– se mencione ni siquiera una vez en el texto, aunque sí se mencionen, de forma explícita, las instituciones a las que pertenecen los personajes, nombres de revistas, escuelas, ministerios, que aportan el referente real, aunque subrepticiamente, a veces el narrador nos deslice algún imaginario establecimiento, como el CICEPIM, “el prestigioso Centro de Investigaciones Científicas sobre la Evolución y Presunta Involución de los Mamíferos”.. De esta manera se ubica al lector en cada período histórico vivido en el país, sin siquiera ser mencionado. Veamos, a manera de ejemplo, cómo el narrador cuenta el período de depuraciones de la Universidad, en el tenebroso Quinquenio Gris (sin hacer referencia explícita al muy conocido período histórico). Dice el narrador:
 
“Pocos meses más tarde, sobrevino lo que en aquellos tiempos higienizantes llamaron Limpieza o Purificación, y la Cosa específica que había sucedido entre Hugo y Mikimún (alude a algún intento homosexual del personaje Hugo hacia  Mikimun) se sumó a otras Cosas sucedidas o por suceder o simplemente previsibles, y así, sin necesidad de ninguna denuncia formal o informal, expulsaron a Hugo, a Paco, a Luis y a todos los homosexuales destapados y a muchos de los tapados y a algunos sexualmente claros e ideológicamente confusos y un tanto agusanados, aunque sí quedó allí (en puestos claves) gente impura, tortuosa, que siguió ensuciándolo todo de la peor manera. Mikimún se pregunto si debía limpiar o purificar su altar literario, que había sido tan influido por los sobrinos del Pato Donald y recolocar en él a Hemingway, un supermacho, eso sí y retirar en cambio a otros de los fetiches adorados por el trío. Pero no lo hizo.”
 
Un elemento novedoso que estoy seguro llamará la atención de los futuros lectores de la novela son los 52 dibujos, obra supuestamente del narrador, que establecen un contrapunto con el texto narrativo: los dibujos no constituyen una dimensión especial de la novela, sino que sostienen un diálogo con los lectores, una suerte de experimento lúdico, que los invita a participar, a comprometerse con el texto a través de este lenguaje gráfico, y por supuesto, a disfrutar. Son dibujos que también forman parte del plano humorístico de la novela.
 
Los personajes resultan de una singular coherencia narrativa. Mikimun es un personaje convincente, precisamente porque es consistente consigo mismo: no es una reproducción directa de la vida, sino re-creado imaginativamente mediante una intensificación de sus rasgos. Así asistimos a la evolución de este personaje que va sufriendo a lo largo de la novela cambios no radicales como sí correspondería a un personaje teatral: el humor que recorre la novela y que obedece por entero a la voluntad del narrador (pues el protagonista no participa ni personal ni conscientemente en el humor de situación o en el de expresión) va modificando el destino de  “nuestro héroe” como lo llama irónicamente el narrador, hasta convertirlo en un personaje patético, que asiste a la desaparición de un mundo sin plena conciencia de lo que eso significa, como corresponde a un personaje sabiamente construido: los hombres, sumergidos en sus conflictos personales, difícilmente toman conciencia plena de los acontecimientos  históricos que viven, lección que tan bien aprendimos de Stendhal en La cartuja de Parma. Mikimimun es, pues, un personaje redondo como lo definía Forster: contradictorio, a veces impredecible, acomplejado, alcohólico, sencillamente un escritor cualquiera, y cuya actuación y destino final resultan el motor de la historia,  que va del humor, a lo satírico, a lo grotesco, a lo patético.
 
En cuanto a los personajes planos de la novela, giran como planetas alrededor del protagonista y resultan altamente eficaces. El autor los utiliza con absoluta libertad. A veces comienzan siendo redondos, como Eloísa, la esposa de Miguel Luna, y luego, se van desdibujando y se vuelven planos, siguiendo la estrategia narrativa del autor. Otros son verdaderas caricaturas totalmente intencionadas, como los personajes, casi irreales, elevados a esa categoría por ese humor que también puede resultar corrosivo, de la República Socialista Popular Democrática Obrero-Agrícola-Pastoril de Mulgavia.
 
Como se habrán dado cuenta, y como muestra de elemental respeto hacia los lectores, he eludido por todos los medios la revelación del argumento y las claves de esta novela, porque no quiero cometer un crimen de lesa presentación de una obra verdaderamente polifónica y polisémica, con narraciones y diálogos teatrales intercalados como cajas chinas, entre otros recursos que le aportan una riqueza técnica insospechada, y algunas inolvidables escenas de sexo sin abandonar el terreno del humor,  como pocas veces he visto en la narrativa cubana; una novela que, desde ahora lo advierto, tiene varios niveles de lectura, todos igualmente disfrutables.
 
Y ahora, después de este más que apretado periplo alrededor de una obra imposible de abarcar en unos pocos párrafos, como he intentado infructuosamente,  tal vez pueda responder la pregunta que me hacía al comienzo. ¿De dónde salió esta novela que parece no tener antecedentes en la literatura cubana?
 
Y finalmente, queriendo corroborar una sospecha, acudí al tomo V de las Obras Completas de Marti y allí rencontré un párrafo perdido en los pliegues de mi memoria que él dedicó a la novela Mi tío el empleado, de Ramón Meza. Dice Martí: “Hay algo de pantagruélico en aquellos banquetes y de rabelesiano en la risa del libro, no tanto por voluntad de éste como por efecto del modelo monstruoso. El libro, sin ser más que retrato, parece caricatura; pero precisamente está su mérito en que, aun en el riesgo de desviar la novela de su naturaleza, no quiso el autor invalidarla mejorando lo real en una obra realista cuya esencia y mérito es la observación, sino que, hallando caricatura la verdad, la dejó como era.” Sabias palabras que también podrían aplicarse a una lectura de Viajes de Miguel Luna.
 
Claro que ha pasado más de un siglo desde Mi tío el empleado, pero creo que esa tradición tal vez fundada por la novela de Meza, y quizá continuada en el siglo XX como una ráfaga de aire fresco por Pablo de la Torriente Brau en las Aventuras del soldado desconocido cubano, haya encontrado finalmente una novela que se va a instalar por derecho y extraordinarios méritos propios, como un jalón en esa tradición.
 
Novela memorable, casi un milagro literario por haber sido concebida y escrita por quien en estos años ha ocupado responsabilidades también pantagruélicas, Viajes de Miguel Luna, y no me voy a esconder para decirlo sotto voce, es una novela cuya lectura será inolvidable para sus lectores, porque es, sencillamente,  una gran novela.
 
Desde el fondo de la sala, Ramón Meza, de la mano de Mijaíl Bulgakov, nos dice adiós.
Gracias.
 
Palabras de presentación de la novela de Abel Prieto (Ministro de Cultura) en la Feria del Libro de 2012.

 
Por: Eduardo Heras León