Uva de AragónDesde poco tiempo antes de que ya naciera en 1944, hasta más o menos mis cinco años, todos los veranos mis padres alquilaban una casa en Varadero. Tal vez mi amor a la playa proviene de mis primeros contactos con ese mar de azules inagotables y esa arena tan fina como la de Pilar en los versos martianos, que yo presentía siempre a mi lado, con su muñeca

sin brazos y sus zapatos rosa. De esa etapa recuerdo un delicioso salto en el estómago, mezcla de excitación y miedo, cuando mi padre nos llevaba a pasear en auto por las lomas de Kawama; y una casa grandísima, de maderas oscuras, rodeada de misterio, que pertenecía a la familia Dupont.

Mantengo en la retina la visión de la Bahía de Matanzas que aparecía de pronto desde la carretera como un espejismo, mágico azul entre verdes, que sin embargo no desaparecía al acercarnos. Veo por igual el pequeño puente que cruzábamos antes de regresar a la carreta central. El paso por la ciudad era señal que de que ya estábamos cerca de nuestro destino playero.

Guardo otro recuerdo curioso de esos años. En un filme de 35 m.m.,tomado por mi padre, salvado hoy solo en la memoria, aparecía mi abuela paterna caminando. La imagen se me grabó para siempre porque desde que tuve uso de razón, Otra Mamá, como le decíamos, ya estaba cieguecita y en una silla de ruedas. Solo en ese momento captado por el celuloide pude verla yendo de un lado a otra, atendiendo a mi hermana pequeña y a mí, recién nacida.

Dejamos de veranear en la famosa playa matancera porque mi padre —Ernesto R. de Aragón— sufrió un infarto, y prefirió que nos instaláramos los meses de vacaciones en la Playa Veneciana, próxima a Guanabo, mucho más cerca de La Habana, a donde él iba de lunes a jueves a atender a sus pacientes en la consulta y los hospitales, pues era ginecólogo y cirujano. Murió en enero de 1954, dejando a mi madre viuda a los 40 años, y a sus hijas menores muy pequeñas. Lucía tenía 11 años; Gloria, la menor, solo dos; y yo, nueve.

Varadero

Al morir mi padre, nuestro tío político, Máximo Rodríguez, y su hijo mayor Fernando Rodríguez de Aragón, se ocuparon mucho de nosotras y nos invitaban continuamente a la finca Ácana, cerca del pequeño pueblo de Cidra. No recuerdo en qué momento aprendí que ácana es un gran árbol de ocho a diez pies de altura, que da madera recia y compacta, de gran calidad para la construcción. De pequeña, me gustaba el vocablo ácana por su musicalidad. Fue allí, en esas tierras matanceras, que descubrí el campo cubano. Despertarme con el canto de los gallos, aspirar el aire de la mañana, ver el rocío sobre las plantas fue una experiencia nueva para una niña habanera. En Ácana dormía la siesta en una hamaca, corría con libertad campo abierto, escuchaba la magia de los sonidos de la noche.

No logré superar el miedo a los sapos y los majases, pero sentí la alegría de ver por primera vez un zunzuncito, esa diminuta ave nuestra. Aprendí a distinguir la llamada distintiva de los sinsontes y sus cantos en la aurora. Como las vocales abiertas y sonoras de su nombre, Ácana me entregó la llave de otro mundo y otra música. Y me ayudó a que fuera sanando la honda herida por la muerte prematura de mi padre.

Fernandito y Olguita, hijos de mi primo Fernando y Olga Amaro, su esposa entonces, se convirtieron en inseparables compañeros de juegos de mi hermana Lucía y míos. Gloria, mucho más pequeña, también se asombraba de la nueva realidad que la rodeaba, y nos deleitaba con esos comentarios entre ingenuos y sabios de los niños, que hoy lamento no haber anotado. Mi madre congeniaba muy bien con Olguita madre, y se pasaban horas chachareando. Era la época en que estaban de moda las canciones de Olga Guillot, especialmente “Miénteme”, y “Vivir de los recuerdos”, así como otra que comenzaba “Por alto está el cielo en el mundo…” , que me parece recordar interpretaba Daniel Santos. Juntos las cantábamos a coro en las noches siempre frescas, incluso en verano. Otras veces, en la cocina contaban leyendas del campo cubano, y los pequeños nos escondíamos a oírlas por las rendijas de las puertas, entre fascinados y asustados.

Fue en la finca de mi tío Máximo que le cogí el gusto al dominó, juego que he enseñado a mis hijas y nietos, a quienes les encanta. También allí aprendí a montar a caballo. Mi tío organizaba los turnos para que montáramos a Jardinera, pero me dijo en secreto que me la regalaba, que era mía, pero que no lo comentara con los otros niños para evitar celos y peleas. Me sentía dueña del mundo con mi yegua obediente y dócil, el Rocinante de aquella niña soñadora que fui. Muchos años después, en una reunión en casa de su nieta Olguita, al comparar recuerdos de infancia, comprendimos que Máximo nos había hecho el mismo cuento de regalarnos la yegua a todos los niños. Nos reímos hasta llorar y fue como si aquel tío bueno, de guayabera blanca y simpatía criolla, volviera a la vida y estuviera allí entre nosotros. Esa tarde, ya sesentones todos, regresamos a Ácana y a nuestra niñez.

Volví en varias ocasiones a Varadero durante la adolescencia. Una vez, en el verano de 1957, hicimos el viaje por un solo día para ir a ver a mi hermana Lucía que cumplía 15 años, y que se estaba pasando una semana en casa de amigos. Para esa fecha ya habían construido el Hotel Internacional y creo recordar paraba en una de las cabañas. Quizás fue ese mismo año, o al siguiente, que me hospedé unos días en casa de María Madrazo, que había sido paciente de mi padre, por quien profesaba gran devoción. María tenía dos hijos, Gabino y Servando, muy guapos, y bastante mayores que yo, o así me lo parecía entonces. Era la primera vez que estaba una temporada tan larga —debió ser una semana o diez días— lejos de mi familia, en casa de amigos, sin compañeros de mi edad. Esta circunstancia, y el trato tan deferente de aquellos dos jóvenes, me hicieron sentirme muy adulta. Estando con ellos hicimos una excursión a Punta Gorda, en Cienfuegos, donde disfrutamos de un domingo delicioso, en el que me enamoré perdidamente de un americano que no vi nunca más.

Pienso ahora que yo debería de haber sido la única que sabía inglés –estudiaba en un colegio americano – y como el joven se pasó la tarde hablando solamente conmigo, me sentí halagada. Otro viaje inolvidable a Varadero por esos años fue con mi hermano Bebo, hijo del primer matrimonio de mi padre, bastante mayor que yo. Su mujer y su hija se trasladaban en el verano a una casa alquilada por su suegro, Guillermo Portela, y Bebo iba todos los fines de semana a verlos. Un viernes me llevó con él. Nos cogió la noche en la carretera, y estuvimos todo el camino cantando viejas canciones cubanas. Aun cuando escucho “En el tronco de un árbol…” me parece regresar a aquel momento de cariño fraterno y magia. Cuando llegamos, mi hermano quiso ir a la playa. Es la única vez que he entrado en el mar de noche. La seguridad de que Bebo era capaz de protegerme de todo me hizo superar el miedo inmenso que sentía. También de esa estancia recuerdo las gratas charlas con Portela, un hombre alto y elegante, que me trataba sin esa condescendencia que a menudo muestran los mayores con la gente joven.

El 13 de julio de 1959 me fui de Cuba exiliada y no regresé hasta casi 40 años más tarde. En esos tiempos era como si Cuba hubiera caído en un hueco negro, y apenas había fotos, ni mapas de la Isla. Incluso las comunicaciones por teléfono o carta eran difíciles. Mi familia más cercana fue saliendo poco a poco, y atrás quedaron las tías paternas, —que fueron muriendo—, algunos primos, unos pocos maestros y compañeros de aula.No quería olvidar mi país. Cada noche, antes de dormir, recordaba mi hogar, el camino a la casa de mi abuela, a mi colegio, a la tumba de mi padre y a la del abuelo escritor. Recreaba en la imaginación los azules del mar de Varadero, el tacto de su arena tibia entre mis pies, el gozo de subir y bajar aquellas lomas de Kawama en el carro de mi padre. Fue un ejercicio de memoria y amor que dio resultados, pues al volver a Cuba encontré con facilidad los lugares de mi infancia sin tener que preguntar cómo llegar.

Matanzas estuvo presente en mi memoria de otras maneras. En Miami conocí y traté en sus últimos años a Agustín Acosta, nacido en la “Atenas de Cuba”, nombrado poeta nacional en 1955. Leyendo y releyendo sus poemas también recuperaba mi campo cubano: «Y al son de estos versos rechinan inquietas/las tardas, las viejas carretas…»

Tuve asimismo ocasión de conocer, en uno de sus viajes a Miami, a otra poeta matancera, Carilda Oliver Labra. En sus versos, las tierras y playas de mi infancia, llenas de juegos inocentes, se llenaron de amor y erotismo. No fue hasta mi tercer o cuarto viaje a Cuba, que regresé a Matanzas. La historiadora de la arquitectura cubana, Alicia García Santana, se había ofrecido a enseñarme Trinidad en un viaje que emprendí de La Habana a Santiago de Cuba, la tierra de mi abuelo. Salí con un querido amigo por la Vía Blanca una mañana fresca y clara. Era el 28 de enero de 2001. Nos dirigimos a recoger a Alicia a su casa en Madruga, entonces parte de Matanzas. Me embargó una emoción indescriptible al ver a los niños en las

paradas para honrar al Apóstol de nuestra independencia, como tantas veces hice yo a edad temprana. El aroma de café recién colado nos recibió en casa de Alicia. Apenas nos detuvimos, pero me quedé prendada del bello patio interior y de las calles pueblerinas, que parecían detenidas en el tiempo.

Regresé a Varadero —y es la última vez que visité esas playas de mi niñez— en mayo del 2002, con Uva, mi hija mayor. Nos detuvimos en el Puente de Bacunayagua, una verdadera maravilla de ingeniería civil, pero que no puede competir con la hermosa vista panorámica que contemplamos del Valle Yumurí. Estar con mi hija en Varadero, después de más de cuarenta años de ausencia, me produjo una alegría indescriptible, que ella compartió a plenitud. Todo me pareció aún más hermoso que cómo lo recordaba o lo había visto reproducido en fotos o postales. Aquel baño de mar fue una especie de renovación de los votos del bautismo, donde se perdonan los pecados y reverdece la fe.

Mi fe no es infundada. He viajado muchas veces a Cuba a partir de 1999 y cada vez estoy más convencida de la calidad humana de la mayoría de mis compatriotas, y de cómo tantos soñamos una Cuba mejor —eso, un sueño, un proyecto común, es, en definitiva una nación —que se va forjando, a base de sacrificios, amor, memoria y olvido, para felicidad de esos niños, que como yo durante mi infancia, corretean hoy por las arenas y los campos de la Isla.


Uva de AragónPor: Uva de Aragón

Miami, 3 de diciembre de 2013

Texto originalmente aparecido en La Revista del Vigía, núm 32 y 33, año 23, marzo 2015.