Yovanny FerrerDesde la noche sombría Bamako, la dulce Bamako, estrena su faz para salvar la aldea del conquistador. Desde el borde de los tiempos, sobre la tierra de la voraz mandinka, la luna/Bamako instala su reino con monedas de oro, sal y cobre. Porque sobre el imperio de Malí, del león rugiente, Yovanny Ferrer mira la luna/Bamako, extiende sus manos y se transparenta en el viento de El otro mundo: libro íntimo de las ausencias, libro/pozo de los desbordamientos: páginas de un hombre a solas con su soledad de isla y amores.

Hasta acá, convencido del poder de la palabra, llega Ferrer con su oficio de curador y la doble ganancia de varón y poeta. Miente, miente desde esa aparente seguridad que regala al verso el prójimo adolorido en sus distancias. 37 poemas cobijan los límites que impone el sur con la tierra de sus antepasados; el norte con los hijos del vientre que ama; el este con el círculo verde que le esperó en América; el oeste con lo incierto, lo inacabado, esa misión sempiterna que distingue a los hombres de bien del entorno común.
 
 
 Es momento de escuchar al poeta que vivió con 51 grados a la sombra mientras convocaba en el paladar del imaginario al café criollo, retornando desde el Hotel Olimpic a una tarde de Beatriz en Cárdenas, apenas evadiendo el picante en una cucharada de riz gras.
 
Es momento de salvar las distancias de la mano del galeno y saludar a Kalifa Lamine Coulibaly y reconocer que es difícil desprenderse de la ropa de tantos años, ser el que parte y nunca ha estado, fantasma perdido para que el poema fabrique su estocada a ciegas mientras desde adentro, la noche pasa.
 
También es lícito acompañar a Ferrer por ese insistente avenida entre los charcos de una ciudad que sobrevive (apenas) entre la arena y las boutiques,  la oración del fatimí y una crema LOréal a 2 mil francos, mientras el mundo, fuera de la antigua Niani, cercano a Ka-ba, juega a ser real (…)/disfruta la muerte desde el abismo/ inventa la orilla que ha de salvarte.

Solo es una cuestión de preferencias: Yovanny quiere fundirse desde ese otro mundo en el pasado, volverse una moneda de oro, sal y cobre para recorrer los suburbios, cada comercio, las manos negras o los ojos negros, empapándose del vapor de las dunas y regresar en el corpus poético, aparentemente confuso, sugerido en trozos, revelador del hombre que debe y puede subyugar a la palabra.
 
Prefiere regalar la duda: temió o temió. Dar por supuesto que cada poema salva, inmortaliza cuando hace suya la carga de otros tantos, cuando representa una historia, un fragmento…
 
Porque hasta acá llega Ferrer, confiado en su doble ganancia de varón y poeta, para enemistarse con el silencio del tiempo, de lo que ya pasó, y permitirnos soñar, apenas en levísimo arranque, que esta también es nuestra historia, mi historia. Que con sus versos puedo extender los brazos, transparentarme en el polvo de los vientos y desde mi ingrata postura, desear la luna/Bamako, la caudillo luminosa que asombra desde el imperio de Malí.
 

Por: Maylan Álvarez Rodríguez