Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Sor Juana Inés de la Cruz

Tengo el placer de presentar hoy el libro Mujeres en la historia de la ciudad de Veracruz. Primera mitad del siglo XX, de las investigadoras Adriana Gil Maroño y María Luisa González Maroño, directora del Centro Veracruzano de Artes (CEVART) e investigadoras de amplia trayectoria y reconocimiento.

Mujeres en la historia de Veracruz

En Córdoba, la mujer ha sostenido una  participación activa en la historia, aun en épocas en que el sujeto femenino ha estado condenado a vivir al margen de los círculos de poder y académicos. Esta exclusión, aceptada por la mayoría como designio divino, no impidió que numerosas féminas se comprometieran con su entorno social, dando muestras, desde tiempos pretéritos, de su capacidad para asumir toda clase de responsabilidades.  El libro se circunscribe a un espacio: el de la ciudad de Veracruz, si bien sus tesis (por obvias razones de proximidad geográfica y socioculturales) pueden aplicarse a la también llamada “Ciudad de los Treinta Caballeros” y al estado, en general.

Concebida en cinco capítulos, la obra remite, como indica el título, a la primera mitad de la pasada centuria, denominada por un grupo de estudiosos “el siglo de las mujeres”.  A través de su estructura discursiva el lector recorrerá las etapas y sucesos más decisivos de la primera mitad del siglo XX en la nación, con la peculiaridad de estar participando de una mirada diferente y vital: la ofrecida por mujeres, que estuvieron en el epicentro de los hechos o que fueron testigos de los mismos.

Voto FemeninoLos capítulos en cuestión son: “Albores del convulsionado siglo XX”, “Años locos en el trópico. Los 20”, “Las cristeras”, “Las sufragistas” y “El regreso al modelo de la domesticidad”.

Mujeres en la historia de la ciudad de Veracruz constituye un aporte significativo dentro de los estudios de género en el país. Es oportuno esclarecer que la literatura histórica de género constituye un campo multidisciplinario de las ciencias sociales que cobró fuerza a partir de los años ochenta, cuando intelectuales de distintas latitudes y formaciones se propusieron analizar la historia desde otra perspectiva o mirada. Se trataba no tanto de cuestionar la historia oficialmente construida y aceptada, sino de colocar en ella a la mujer con toda su carga participativa. Fue necesario entonces rastrear testimonios, documentos y otras fuentes para “rescatar” esa otra historia que había sido ignorada durante siglos, como consecuencia de la hegemonía masculina sobre la historiografía y los  restantes campos del saber humano.

En este nuevo paradigma historiográfico que es la perspectiva de género las investigadoras Gil Maroño y González Maroño se insertan como  pioneras en lo que al estado de Veracruz respecta. Ellas son autoras de títulos como “Entre luces y sombras: representaciones de poder y de fragilidad femenina en el Veracruz del siglo XVIII”, “En pie de guerra: doñas, huérfanas e insurgentes durante la independencia en Veracruz” (de Gil Maroño), “El empleo femenino en Veracruz, segunda mitad del siglo XIX”,  “Empresarias jarochas en la segunda mitad del siglo XIX” (de González Maroño) y en el 2014 aunaron esfuerzos para emprender una re interpretación de la invasión norteamericana a través del testimonio singular de Sor Luz Nava, directora a la sazón  del Colegio Josefino.

“¿Qué mujeres en la ciudad de Veracruz alzaron la voz, en la primera mitad del siglo XX, para conquistar la igualdad civil y los derechos políticos? ¿Quiénes pugnaron por jornadas laborales justas, con salarios bien remunerados, viviendas dignas, educación sexual y sufragio universal femenino?, ¿Cuáles sobresalieron en los terrenos del arte y la creación o las que lograron alguna profesión?” Estas son las interrogantes que se plantean las autoras al inicio del libro,  en el cual esclarecen (según lo propuesto), las prácticas y la presencia activa de la mujer en la sociedad civil veracruzana durante el periodo histórico seleccionado.

El siglo XX, tiempo de grandes transformaciones industriales, tecnológicas y socioculturales, iniciaba su segunda década con la primera gran conflagración mundial. El centro de las acciones bélicas fue el Viejo Continente, pero el mundo entero se vio afectado de una manera u otra. Paulatinamente la mujer pugnó por insertarse en un universo que había sido diseñado por y para los hombres. Las más modernas se imponían con su look vanguardista, impensable en otro tiempo. Pero la mayor transformación, acaso, fue la de su mentalidad y proyección social. De ahí que no tardaran en ocupar oficios y profesiones tradicionalmente desempeñados por los hombres.

Literalmente invadieron espacios que hasta ese momento le estaban vedados. En los años veinte, las porteñas, a semejanza de sus iguales en otras partes del orbe, devinieron secretarias, maestras,  periodistas, deportistas y en el ámbito político fundaron asociaciones  y llegaron a  manifestarse en favor del sufragio femenino. En el amplio y complejo período investigado, las veracruzanas emergieron a los espacios públicos con convicción y resultaron entes fundamentales en sucesos y procesos históricos como la revolución de 1910 (no debe olvidarse la figura legendaria de las soldaderas), la guerra civil, la invasión norteamericana, el movimiento a favor de lograr el voto femenino o la guerra cristera, entre otros.

De incuestionable valía, por ejemplo, es el testimonio de la referida Sor Luz Nava sobre los acontecimientos de 1914 en la ciudad (Véase de las mismas autoras “La invasión de 1914 a Veracruz en la mirada de Luz Nava”). Sus recuerdos contribuyen a mostrar una imagen más acabada acerca de ese pasaje histórico en el que tanto hombres como mujeres repelieron –desde sus distintas posiciones–, la injerencia extranjera en el puerto. La religiosa es una de las mujeres que se inserta en este libro con voz propia, describiendo sus impresiones de aquel suceso, en el que la permanencia, aparentemente inofensiva, de acorazados norteamericanos en el puerto fue sucedida por la invasión y por el asesinato de personas indefensas de la población civil. “El ruido era ensordecedor [explica Sor Luz] las balas sentíanse como fuerte granizada […]. Yo no tengo frases para expresar esos momentos de perplejidad de angustia, de terror […].”(Mujeres en la historia de la ciudad de Veracruz, p.33).

Mujeres en la historia de VeracruzEl siglo avanzaba y numerosas mujeres fueron dejando atrás la imagen dulce y preconcebida de ama de casa, desprovista de iniciativa y criterios propios. Algunas de ellas, abogaron por el activismo político que ejercieron desde la propaganda, el periodismo o las letras, agrupándose en clubes dirigidos inicialmente por hombres y con posterioridad por figuras como la de Asunción Valdez, quien lideró  el Club Liberal Benito Juárez. A través de estas asociaciones, sus integrantes participaron en huelgas obreras, insertándose en organizaciones nacionales de aliento democrático.

En medio de estas transformaciones se promulgó  en Veracruz (en diciembre de 1914) la Ley del Divorcio que en muchos casos liberó a la mujer de matrimonios en los que el hombre ejercía, con argumentos patriarcales y actitud coercitiva, una relación macho/hembra que implicaba el sometimiento de esta a sus condicionamientos y abuso de poder.

La política pro feminista de hombres emergidos de la revolución constitucional como Venustiano Carranza –quien en 1914 trasladó la capital de la nación a Veracruz– o Cándido Aguilar favoreció la educación y emancipación femenina. Hermilda Galindo, periodista, maestra y Secretaria personal de Carranza,  se presenta como el ejemplo más ilustrativo y es otra de las personalidades que se rescata en esta obra fundamental. Precursora del feminismo en México, Galindo merece toda la atención de estudiosos e interesados en el tópico.

Otro género de mujer, imbuida de la publicidad europea, así como de las divas del star system hollywoodense, serán las llamadas flappers. Manifiestamente modernas, ellas recortaron melenas y faldas y cobraron un aire más desenfadado, a través de la apropiación de  los cánones imperantes en la moda vigente entre sus iguales de las capas medias y altas de Occidente. Con su imagen andrógina y sus labios pintados al estilo de Mae West, criticadas o admiradas, impusieron un modo de ser y de comportarse.

Independientes por convicción, protagonizaron una activa vida social en balnearios como Villa del Mar o San Sebastián, en cines, regatas, kermeses, bailes de disfraces o de etiqueta, atrayendo siempre la mirada curiosa y expectante de sus contemporáneos. Sus diversiones y entretenimientos mostraban, según puede leerse en el libro: “el buen gusto de la burguesía porteña,  cuyos eventos se decía estaban  a la altura de cualquier ciudad europea”. (Ob. Cit., p. 111).

Al mismo tiempo coexisten con las anteriores, un grupo de mujeres como María Luisa Marín que en franco compromiso con el pueblo se integra, junto a otras, a la Federación de Mujeres Libertarias, imbuidas estas de ideas anarcosindicalistas y promotoras de huelgas, mítines y propaganda dirigida a hacer valer sus derechos frente a la burguesía.

Por su parte, Sor Luz Nava reaparecerá en el capítulo dedicado a las cristeras, siendo su alegato una suerte de pintura realista acerca del pánico provocado por la persecución oficial a la religión católica y sus practicantes, ya fueran sacerdotes o feligreses.  El estado de paroxismo en el que se sumió la ciudad de Veracruz es relatado por Sor Luz Nava, a partir de la impresión que causó en ella la explosión provocada el 10 de septiembre de 1931 en el zaguán del Colegio Josefino que ella regenteaba: “El boquete que quedó abierto me parecía la boca del infierno porque arrojaba una luz rojiza sobre la cara de los hombres que se agolpaban queriendo entrar con el pretexto de rescatar a los heridos […] Recuerdo a Sor María echándolos enérgicamente. A las hermanas envueltas en denso humo, lívidas, inmóviles sobre el reguero de escombros que invadían el patio y la escalera. Todo me parecía un desastre, los techos […] se desplomaban y fue tal mi impresión que no pude articular palabra […]. Al otro día vimos los mayores daños que sufrieron las casas contiguas al colegio.” (Ob. Cit., p.189).

Sobrevinieron la prohibición de oficiar la liturgia y los asesinatos a curas. Entonces, mujeres religiosas y civiles se ocuparon, de forma clandestina –a semejanza de los primeros tiempos de la cristiandad–, de mantener vivo el culto, creando “centros” especiales en cuartos apartados de las casas más seguras y llevando el sacramento a lugares distantes de la ciudad como Alvarado, Tlacotalpan y Cosamaloapan.

Las sufragistas y sus logros son también parte de la obra. En medio de los cambios sexenales, otro presidente reconocerá la importancia de la mujer dentro de la sociedad mexicana. Se trata del nacionalista Lázaro  Cárdenas, quien afirmara que: “En la mujer mexicana descansa la prosperidad y riqueza de México”. Tras cruentos intentos y manifestaciones, el sufragio femenino, será una batalla que se librará varios lustros después cuando el voto femenino fue constitucionalmente aprobado.

Los tiempos continúan en vertiginosa transformación y la llegada de la radio contribuyó a modificar mentalidades y a llevar a numerosos hogares no solo las voces de los cantantes de moda (Agustín Lara, Toña “la Negra”, María Luisa Landín y otros), sino a saturarlos de propaganda doméstica y de belleza. A su vez, el asesinato de Álvaro Obregón (1928) y la Gran Depresión de 1929 colocan al país en una disyuntiva. Se pretendía elevar la población y con ese propósito se incentivó la maternidad y la vuelta de las mujeres a la vida doméstica. “Hacer hijos, es hacer patria”, fue uno de los eslogan políticos más repetidos por estos años. Y ya se sabe la fuerza que ejerce sobre los individuos una publicidad bien concebida y repetida hasta la saciedad.

Paradójicamente, la mujer veracruzana tornará a la antigua imagen de “reina del hogar”, muy distante de aquellas otras que se habían impuesto con su modernidad en los años veinte. Así, en el periodo que media entre 1930 y 1950 se registra un retorno al rol clásico y tradicional. Como en las etapas anteriores, esta “vuelta a los orígenes” fue respaldada por una fuerte publicidad en la que afamadas actrices mexicanas (indiscutibles modelos a seguir) eran mostradas fotográficamente, en escenas maternales  y hogareñas. A los promotores de estas políticas les interesaba preconizar el rol sexista tradicional. Para ello, promovieron ideas tendientes a reducir a la mujer a sus funciones naturales de esposa, madre y ama de casa, a la vez que desplegaron “convincentemente” un repudio, contra las maestras, empleadas administrativas de bancos, empresas privadas y burócratas, quienes solían ser tildadas de “frívolas” y “banales”.

Las jóvenes, hijas de matrimonios de niveles medio y alto recibieron esta clase de educación y para ellas, como en el siglo XIX, lo más importante en sus proyectos de vida, consistía en lograr un buen matrimonio, criar hijos y colmar sus hogares de los modernos equipos electrodomésticos que inundaban los medios publicitarios y los comercios. No pocas se vinculan a círculos sociales conservadores en los que, como el Club de Leones, el Rotario o el Casino Español se seguía la práctica de elegir como reina  a una joven hermosa y representativa de ese género de vida. Esto y mucho más puede ser  descubierto o re descubierto en las páginas del libro.

Mujeres en la historia de la ciudad de Veracruz fue redactado tras la consulta de cientos de fuentes, destacándose importantísimos fondos documentales del Archivo General de la Nación, el Archivo General del Estado de Veracruz y del Colegio Josefino (hoy Colegio la Paz), por citar solo algunos. De igual forma, resultaron reveladoras las publicaciones periódicas correspondientes a las etapas analizadas, así como las orales y las demográficas. Trascienden, por ejemplo, las comparaciones que las investigadoras establecen a partir del uso de padrones y de los censos generales de la nación correspondientes a los años 1930, 1942 y 1960 o del VII Censo de  Población del Estado de Veracruz. Gracias al entrecruzamiento de los datos arrojados por estas fuentes fue posible  precisar el comportamiento de ciertas variables como el estado civil, la incorporación a la vida laboral, los estudios superiores, entre otras.

Mención aparte merece la inserción en el volumen de cerca de 150 fotografías, meticulosamente seleccionadas. Dada la existencia de un abundante acervo iconográfico, la selección fue determinante para la confección del libro, en tanto cada imagen escogida sirve de apoyatura a los diferentes capítulos. Es así, que a medida que se avanza en la lectura el lector (a) deviene testigo de los cambios experimentados por las veracruzanas a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Indumentaria, modas, tocados, trajes de baño, uniformes (de la Cruz Roja, por ejemplo), van mostrando cómo la mujer jarocha se transforma. Fotos individuales o de grupos provocarán la memoria emocional y visual de muchos  y, en consecuencia, la inevitable comparación con sus historias de vida y familiares.

Retratos de familia, bodas, primera comunión, monjas, reinas del carnaval, mujeres de la alta sociedad, obreras, maestras,  religiosas, líderes políticas o feministas, universitarias, “reinas del hogar”, pianistas, deportistas, prostitutas y hasta de las transgresoras flappers de inicios de siglo forman parte de este substancial repertorio de imágenes. Inéditas hasta hoy, la mayoría de estas fotografías connotan el valor documental de este libro que, en conjunto, constituye un título fundamental de la historiografía veracruzana reciente.

Toda esta amplia gama de roles nos descubren a un Veracruz que, desde inicios del siglo XX,  no pudo ignorar la fuerte presencia del sexo femenino y que fue creciendo con el aporte decisivo y generalmente ignorado de todas ellas. A lo largo de las primeras décadas de esa centuria la mujer jarocha se impone per se  y esto es explícitamente abordado por las investigadoras Gil Maroño y González Maroño en este volumen bellamente impreso y editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia en 2015.

Las fotografías pertenecen a diferentes colecciones y archivos personales, como son la Colección Hadsell, Muslera, Conaculta–INAH, la del Colegio Josefino, la Hemeroteca de El Dictamen, los historiadores Bernardo García y Horacio Guadarrama, así como a varias familias antiguas de la región (Gil, Eusa, Maroño, Abascal, Nieto, Lobeira, Suzarte, Cabrera). Sobresalen en el conjunto algunas imágenes de la autoría de ese artista del lente que fue Joaquín Santamaría.

Observadoras sagaces, ellas –según sus propias palabras– dan voz a mujeres de todas edades, con diversos roles y condiciones sociales, de diferentes ideologías, a mujeres que fueron haciendo camino y contra viento y marea, construyeron lo que ha sido el siglo XX.

Mujeres en la histria de Veracurz

En un mundo en el que prevalecen (no obstante las batallas libradas) la desigualdad y la discriminación de géneros, razas, religiones y preferencias sexuales, un libro como el presentado hoy en este hermoso paisaje natural e industrial de la Hacienda de Toxpan y San Francisco, resulta un privilegio para la inteligencia humana y para la reivindicación de la mujer. 

Próximos a celebrar los 500 años de la hermosa ciudad portuaria, los invitamos a leer esta obra que es el resultado de largos años de investigación y en la que nos será posible identificar la huella de nuestras predecesoras. Titulo obligado dentro de la historiografía de género en México, solo nos queda agradecer a Adriana Gil Maroño y María Luisa González Maroño por este proyecto realizado. Modelos ellas mismas de la mujer veracruzana actual, a ambas debemos la posibilidad de redescubrir nuestro pasado y de ser parte vital de un país, en medio de cuya riqueza multicultural y de profundos contrastes sociales, la mujer pugna por hacer de esta nación un lugar mucho mejor, esa “patria suave”, al decir de López Velarde, que nos inspira cada día a ser mejores mexicanos.


Por: Mireya Cabrera Galán


Texto leído en la ciudad de Córdoba en el verano del 2016, para presentar el volumen Mujeres en la historia de la ciudad de Veracruz. Primera mitad del siglo XX, de Adriana Gil Maroño y María Luisa González Maroño.