Mujeres santificadasSiempre existieron mujeres para las cuales el alma vivió de dar. Si alguna vez fuéramos a comprender sus vidas, destinos y azares, alcanzaríamos a percibirlas como siguiendo, afanosamente, algún cauce inexorable hacia una de las caras de la verdad, que se nos revela enternecedora y terrible al mismo tiempo. Consumaciones, esperanzas y desesperaciones ante las cuales, sin entenderlas, quedaríamos perplejos; presos de incredulidad, o perturbados por emociones encontradas, sin poder traducirlas en ideas.

Quisiéramos entonces creer que los tiempos y angustias de estas mujeres no pasaron en balde, porque algo quedó de ellos en aquella memoria del alma que los pueblos dejan estar consigo, y guardan con cariño a través de los tiempos. Difícil y complejo sitio para llegar a posesionarse, porque solo les transportan a este espacio–tiempo en esa memoria espiritual, quienes puedan comprenderlas e identificarse con aquella porción de la verdad brindada por ese conocimiento extraño, no adquirido. Aquel que primero debe ser redescubierto y luego reconocido. Ese saber del alma, que seca el pensar y obliga a pegarnos, como se pega el sediento al escaso hilillo de agua bajo la dura roca, con el desespero de no poder romperla, para beberla y poder saciar la sed de una vez y por todas

Algunas de estas mujeres, cuyas almas se sostuvieron de dar, también nacieron y vivieron en Cuba. En su paso por la vida, las circunstancias y sucesos en los cuales se vieron envueltas, les llevaron a ser veneradas, santificadas y bendecidas por no pocos de los diversos grupos humanos que en sus tiempos conformaron la población creyente de nuestro país.

Los cultos y doctrinas predominantes, el interés de los medios de difusión masiva por vender, sumados a la ética comunitaria de sus épocas, dieron confirmación y validez a este lazo, entre la persona divina y la humana. Lo que les llevó a esta especie de canonización popular, que la iglesia católica como institución siempre reprobó; a las cuales solía definir, como supersticiones del vulgo. Mas lo cierto y verdadero es que estas mujeres alcanzaron, sin duda alguna, extraordinaria notoriedad y seguimiento por parte de los más variados grupos de la población creyente, quienes les atribuían diversos poderes milagrosos.

Aunque para algunos observadores estas atribuciones fuesen producto de rezagadas supersticiones y ancestrales costumbres, y para otros estuviesen relacionadas con casos de mesianismo y diversos trastornos psíquicos, para sus seguidores, estas mujeres veneradas, eran capaces de conceder deseos, ejecutar milagros, incluyendo la sanación de disímiles dolencias, otorgar ayuda espiritual y otras virtudes extraordinarias, lo que generalmente hacían sin interés material alguno, pues en la mayoría de los casos, tuviesen o no los poderes que se les adjudicaban, fueron personas que dedicaron sus vidas a servir a los más necesitados, con amor y verdadero altruismo. Es así como ha querido presentarlas este humilde cronista, quien desde hace mucho tiempo bien conoce, previene y afirma, que nunca ha sido ni será, dueño de la verdad absoluta.

Ma Dolores y la Poza del Ángel

Ma Dolores era una negra vieja gangá, famosa curandera, que vivía en la finca Cabarnao, a mediados del siglo XIX, en Trinidad, Provincia de Las Villas, en la zona central de Cuba. En su bajareque, ofrecía sanación a los enfermos y tenía allí su templo consagrado a un culto afrodescendiente. Con el tiempo, su fama trascendió la comarca y Ma Dolores se convirtió en la última esperanza para los enfermos desahuciados por la ciencia de aquella época. Realizaba milagrosas curaciones aplicando saliva y paños mojados, cuya efectividad se debía a las condiciones especiales del agua de un manantial próximo al bohío, que aún se conoce con el nombre de “La Poza de Ma Dolores”.

Según cuenta el historiador trinitario Emilio Sánchez en su libro Tradiciones trinitarias, la vieja esclava había sido liberada por su dueño a causa de una enfermedad en estado terminal, que le provocaba continuos vómitos de sangre, con los que sin quererlo, manchaba la ropa que debía lavar. Cuando la tiraron en aquel apartado sitio, tenían la seguridad que en pocos días sería cadáver. Pero cuentan que se le apareció un ángel, bendijo el agua de la poza, y le indicó que la tomara para sanarse.

Los más viejos habitantes de aquellos parajes, aseguran que fue acusada como conspiradora, por ayudar a mambises heridos y condenada al fusilamiento. El día de su ejecución, en la sabana conocida por “Mano del Negro”, ante la muchedumbre desconsolada que esperaba el desenlace, sucedió que en el momento de dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento, llegó a todo galope un oficial español portando el edicto oficial, donde se le conmutaba la pena por el destierro en La Habana. No pocos aseveran que aquel oficial era el mismo ángel bendecidor de la anterior aparición. Durante mucho tiempo esta leyenda perduró en la región. Después de la desaparición física de Ma Dolores, se realizaban peregrinaciones a la Poza y actos de fe por sus devotos y seguidores, con tan profundo fervor, como si hubiese sido una santa.1

Leocadia, la médium maravillosa

Leocadia Pérez Herrera fue la médium, a través de la cual el Hermano José (fallecido ya desde hacía muchos años), podía ejercitar diferentes proyecciones: desde guía y consejero de médicos, científicos, maestros, estudiantes, hasta sacerdote y negro congo. Pero curiosamente, Leocadia no era espiritista como muchos puedan pensar, sino devota católica. Sus seguidores consideraban a esta médium como milagrosa, al ser ella portadora espiritual de aquella manifestación que ejecutaba con su accionar de consulta, un milagro detrás de otro.

Se contaba que en la casa de Leocadia, donde eran efectuadas las sesiones espirituales, cierta vez colocaron una gran pintura del Hermano José, obra de uno de los seguidores a quien, según algunas versiones afirmaban, el sacerdote se le apareció, varios años después de fallecido, para que lo pintara y así los devotos observaran a su guía. Afirman que esta obra fue mostrada a varios clérigos que le conocieran en vida y llegaron a asegurar, que el retrato era de extraordinario parecido al personaje, aunque el pintor nunca le conoció, ni tuvo oportunidad de ver su imagen anteriormente. Existen algunos relatos afirmando que, en varias ocasiones, se le tomaron fotos a la pintura, pero estas no quedaron bien, solo podían apreciarse manchas en el papel. Nunca pudo ser reproducida.

Al fallecer Leocadia, fue sepultada con este cuadro, como ella deseaba. Personas adineradas, así como gente de pueblo, con bajo nivel económico; blancos, negros y mulatos, eran atendidos por igual, por la famosa médium. Jamás fueron cobrados sus servicios, ni en moneda, ni en objetos, ni en valores, ni en favores. Se cuenta que en sus funerales estuvo presente el gran cantautor cubano Bola de Nieve. Fue sepultada en la necrópolis de Colón, el 3 de junio de 1962, en el cuartel SE 18 Campo Común. Y según refiere Teresita Aloy, historiadora de la mencionada necrópolis, allí acuden aún los seguidores después de su muerte, incluso vienen desde Miami, Puerto Rico y República Dominicana cada 19 de marzo, día de San José, cuando arriban al panteón a solicitarle ayuda, consejo, o demostrarle agradecimiento, como si fuera ella misma una santa. Ese día se ha vuelto costumbre depositar en la tumba grandes ramos y coronas de las más hermosas flores, mientras músicos profesionales ejecutan un portentoso y apasionado toque de violines.2

Antoñica Izquierdo, “La virgen de los Cayos”

Antoñica Izquierdo González fue una célebre sanadora por la década de los años 30 del siglo XX. Sin ninguna intención, se vio envuelta en una sucesión de acontecimientos, que dieron inicio a uno de los movimientos más trascendentales de Cuba, basado en la curación mediante el agua. Residió y ejerció su actividad milagrosa en la localidad del barrio de Cayos de San Felipe, Pinar del Río. En realidad fue una campesina pobre e inculta, pero con una gran sabiduría y bondad natural. Su historia comienza desde el momento en que estando desesperada por la fiebre alta y persistente de su hijo, escuchó una voz indicándole que lo sumergiera tres veces en el arroyo cercano, mientras que en su mente se le aparece la imagen de la Virgen María, quien le asegura que su hijo vivirá. Hizo ella lo indicado. El niño quedó curado y saludable. Luego de este milagro, de nuevo se le aparece la Virgen, pero en esta ocasión otorga a Antoñica dotes para curar a todos, con la única condición de no cobrar a nadie, ni hacerlo por interés, todo debía quedar como pago y sacrificio a llevar por la salud de su hijo. Es en este momento que ella segura que “la Virgen le pidió que nunca hiciera uso de medicinas, sino solo de agua”.

La prédica de Antoñica incluía, además de la curación, un apoyo espiritual y una guía de vida que incluía: “no tener vicios, no revelarse contra el gobierno de los hombres, aislarse de la actividad política, no inscribirse en los censos electorales, ni votar y no ir a recibir educación”, pues según ella afirmaba: “el sistema enseñaba a explotar a los demás”. Allí acudieron, desde muchas partes de Cuba, personas de todas las razas, sexo y edades por centenares cada día. La inmensa mayoría dormía por varios días a la intemperie, hasta poder recibir de ella, los milagrosos baños de agua.

Uno de sus pacientes sanados en milagro, fue el hijo de Félix Rodríguez Paula, el campesino que luego fundara “la secta de los acuáticos”, quien impactado por la cura de su vástago, se internó con su familia en un paraje de la sierra de Viñales. Desde entonces, sus descendientes conviven sobre la base de las curas con agua de un manantial cercano y las prédicas de Antoñica Izquierdo. En 1971, se produjo por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas, el filme Los días del agua, del director Manuel Octavio Gómez, que a su modo rememora los acontecimientos alrededor de esta legendaria mujer.3

La Milagrosa del Cementerio

Leyenda habanera que aborda la historia de una mujer fallecida de parto, quien fuera sepultada con la criatura a sus pies. Años después se creó el rumor que, al efectuar la exhumación del cadáver, el cuerpo estaba conservado y sostenía en brazos al bebé momificado. Hay versiones que cuentan cómo, al abrir el féretro, la tapa en su interior estaba arañada por las uñas de la fallecida. A partir de ese momento se sucedieron numerosas visitas de creyentes a su tumba, quienes aseguraban que sus plegarias eran escuchadas y complacidas por la occisa.

En la actualidad la leyenda continúa y la tumba es visitada por mujeres solicitantes, que le ruegan, más que nada, la posibilidad de tener hijos. Sobre el panteón, una hermosa estatua de mármol perpetúa la memoria de una madre con su retoño en brazos, cuyo rostro creó el famoso escultor cubano José Villalta de Saavedra, a partir de una foto de la protagonista.

La historia real se atribuye a Amelia Goiri de Adot, hija de los marqueses de Balboa, que murió en esta capital el día 3 de mayo de 1901, a consecuencia de una complicación en el parto. Al fallecer tenía 22 años y su deceso ocurre a un año de su matrimonio con el Sr. Vicente Adot Rabell, quien regresara de la guerra de 1895, con el grado de capitán mambí. Estaba tan enamorado de su esposa, que se trastornó su razón. Guardó luto hasta la muerte, y se cuenta que visitaba su tumba dos y tres veces al día, dando tres toques en el mármol con una de las argollas lapidarias, para despertar a su amada y platicar con ella. Siempre se retiraba sin darle la espalda a la sepultura, lo que posiblemente llamara la atención de la gente, dando pie a la leyenda.

Lo cierto es que “La Milagrosa” aún es venerada con profunda fe por cientos de creyentes, quienes agradecidos por la concesión de sus peticiones, colocan ofrendas, flores, piezas de canastilla, objetos relacionados con la crianza de bebitos y en, no pocos casos, donativos monetarios. Pero la tumba de Amelia Goiri nunca está sola. Con inmenso amor, en obra de fe y con la autorización legal de la familia de la fallecida, “alguien”4 que ha hecho ya, del eterno agradecimiento a la otorgadora de milagros, una misión que vino a purificar su vida, permanece cada día junto a la tumba, para cuidar que estas donaciones tengan nobles fines de beneficencia.5

Irma, la estigmatizada
 
Nacida en el humilde poblado pinareño de Consolación, Irma Izquierdo realizó sus primeros estudios en la escuela católica del “Sagrado Corazón de Jesús”, donde recibía clases de catecismo y varias veces pudo desarrollar sus aptitudes artísticas, representando el personaje de santa Verónica, en las actividades religiosas de su pueblo. La función de esta santa era secar la sangre y el sudor de Jesús, en su camino al calvario.

A los 19 años comenzó a experimentar algunos cambios extraños en sus actitudes cotidianas; perdió el apetito y se negaba a ingerir alimentos, dicen que tan solo probaba algunos sorbos de vino, que acompañaba con pedacitos de pan. Lo único que tenía en su mente era la proximidad de la celebración religiosa. Cuando llega la Semana Santa del año 1956, Irma acapara las primeras planas de todos los periódicos cubanos. Fue entonces que comenzó a llorar sangre. Le brotaron las marcas en la piel. Se hicieron presentes las señales de los clavos en ambos pies y manos; los hematomas y verdugones en la espalda y brazos, como si hubiera recibido latigazos; otros enrojecimientos formaban cruces en sus piernas. Pero de todos estos estigmas, lo más asombroso era, un perceptible y notorio letrero en ambos muslos con la inscripción “INRI”, la misma que fuera puesta por los judíos en la cruz de Jesús de Nazaret.

Cuando estos fenómenos comenzaron a tener impacto notorio entre  los creyentes cubanos, Irma solicitó que le construyeran una gran cruz con madera de troncos de árboles, lo más similar posible a aquella en la cual se dice fuera Jesús martirizado. Cuando se la dieron, se la echó al hombro y partió en peregrinación, cargando la pesada armazón, caminando con ella desde su pueblo natal, hasta la Ermita de la Caridad del Cobre, en el otro extremo de la Isla de Cuba. Para lo cual hubo de recorrer unos 900 kilómetros, llevando siempre detrás una multitud variable en número, que por tramos le acompañaba en actitud solidaria con esta penitencia. Para muchos de ellos, Irma era una santa, a quien en lo adelante se debía un altar en cada iglesia.

La noticia no demoró mucho en trascender a la prensa cubana. La revista Bohemia, una de las más leídas en aquella época, hizo un reportaje con fotos y detalles. La radio y la naciente televisión recogieron varias de estas incidencias, que luego llegaron a toda Latinoamérica y se hicieron eco de ellas los noticieros de varios países.

Lo terrible, lo simbólico y el misterio de lo sagrado

Se manifiesta lo terrible al final de las vidas de estas mujeres. Con Ma Dolores, la de La Poza del Ángel, nunca se sabrá en la realidad histórica lo que ocurrió ante el pelotón de fusilamiento: si el angelicado jinete fue real, o fue creado por la imaginación popular, por no poder resistir el horrendo final de aquella descarga cerrada de fusilería, despedazando el cuerpo de la bondadosa negra. En el caso de Antoñica Izquierdo, con sus prédicas adquirió, sin pretenderlo, cierto liderazgo entre los humildes y los campesinos, lo que ante la mirada de los políticos la convirtió en una rebelde. Las autoridades médicas y los politiqueros de la época, lograron recluirla en el manicomio de Mazorra, en La Habana. Donde luego de someterla a estudios, fue  determinado por los galenos Portell Vilá y Pedro Pubiña, que era una paranoide de carácter místico y estaba poseída por  “locura sublime”. No obstante ser pacífica y totalmente inofensiva, quedaba en reclusión definitiva “La virgen de los Cayos”, hasta que fallece en la mencionada institución, el 1ro de marzo de 1945, por causa directa de ascitis e indirecta de sicosis paranoide.6 En cuanto a Irma, La Estigmatizada, solo sabemos que emigró a Miami y allí transcurría tranquilamente su vida. Pero hubo casos similares, como el de una mujer que lloraba sangre, quien a los 44 años de edad, ingresó en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínico Quirúrgico Docente "Miguel Enríquez" de La Habana, con fiebres de una infección. La evaluación psiquiátrica realizada durante su ingreso, planteó la existencia de depresión con rasgos de ansiedad y reafirmó el trastorno de la personalidad diagnosticada en estudios previos.7

Es de notar que uno de los casos más trascendentes de estigmatizadas, tal vez el más conocido de los últimos tiempos, fue el de Teresa Neumann, una mujer alemana de 21 años, para algunos señalada como la primera estigmatizada conocida en el siglo XX. En 1919 quedó ciega y con una paraplejia, después de haber realizado varios esfuerzos físicos fuertes y de algunas caídas. El diagnóstico médico fue de histeria. Poco después desaparecieron bruscamente, la ceguera en 1923 y en 1925 la paraplejia, hechos que coincidieron con las fechas de beatificación y canonización, respectivamente, de Santa Teresita del Niño Jesús. Un año más tarde, en 1926, mostró por primera vez los estigmas que se consideraron semejantes a los que tenía Cristo crucificado. Se dice que después, cada viernes, caía en trance y lloraba lágrimas con sangre.8

En cuanto estos fenómenos, enfocados desde el punto de vista sociológico, para muchos estudiosos de estos temas, las manifestaciones comentadas operan generalmente en aquellos sectores populares donde la vida es más difícil, llena de privaciones y desengaños, por lo cual está en estricta relación con la religión. En ellos, las mencionadas creencias funcionan como especie de superación simbólica de sus problemas, ya que contribuyen a afirmar la trascendencia de los valores éticos encarnados de sus personajes, valores en algún grado definitorios de la identidad cultural de estos colectivos humanos, con capacidad para funcionar como legitimación de pretensiones y derechos a nivel social. Porque la unidad de una cultura proviene, también, del sistema de esperanzas y desesperaciones que en ella se proyecta.

Como dato interesante, sería bueno no pasar por alto que en casi toda Latinoamérica tuvieron o mantienen su espacio devocional, personajes con similares características a las de estas mujeres santificadas y bendecidas del imaginario popular cubano. Ya sean sanadores y sanadoras, consultores y consultoras, carismáticos patriarcas y matriarcas, o veneraciones como el culto a “La Pachamama”; las devociones a “La Difunta Correa”; a “San La Muerte”; los “gauchos santos” y otros muchos de la misma forma canonizados por la devoción popular. Cultos sin doctrinas, iglesias ni sacerdotes, venerados familiar o individualmente, pero con el extraordinario fervor que evoca e invoca la pervivencia tal vez, de una ancestral memoria, cuyos orígenes a veces se nos extravían más allá del misterio de lo sagrado.

Nota:

1. Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola, pp. 333-334.
2. Op. cit,  pp. 318-319.
3. Op. cit,  pp. 53-57.
4. N. del E. Esta persona solicitó al autor de estas líneas, guardar anonimato sobre su identidad.
5.  Op. cit,  pp. 376-378.
6.  Op. cit,  pp. 53-57.
7. “Síndrome de Gardner-Diamond. Presentación de un caso”. En: Revista Cubana de Hematología, Inmunología y Hemoterapia.
8. Ibídem.


Por: Gerardo E. Chávez Spínola