Llegar a Nápoles es como arribar a una ciudad harto conocida. Nada  es ajeno. Los adoquines de sus calles  te hacen saltar dentro del auto, los claxons, las voces de los automovilistas que gritan cualquier cosa a los transeúntes, las callejuelas viejas con sábanas floreadas secándose al sol, las tiendas en medio de la calle con frutas, plátano verde y coco. El lado derecho flanqueado por el mar, los barcos del puerto, ni siquiera el Vesubio, erguido a lo lejos le coloca reflejos extraños a tus ojos. Nápoles es como la Habana Vieja. Un pedazo de Cuba pegado al sur de la Península Itálica, un pedacito del rompecabezas multicolor de la Isla puesto sobre  Europa. 

Después, sólo después se impone caminar por las calles de Pompeya, sobre las mismas baldosas antiguas, recorrer con la mirada las innumerables palmas mediterráneas, altas y truncas al final, como si todas fuesen el resultado de la dedicación de algún jardinero que las recorta a cada instante para que luzcan bellas en su función, custodiar la plaza central de la otrora ciudad consumida por la ceniza ardiente del Vesubio, sofocada esta vez, por turistas que la circulan casi en silencio, con el pensamiento siempre perdido en el año 79.

La pomposa catedral de Nuestra Señora del Rosario, inundada de incienso, velas y  cánticos en latín por la misa vespertina. Ángeles que suenan trompetas y órganos inmensos sobre el fondo dorado de las paredes. Innumerables muestras de devotos a ambos lados de los pasillos agradeciendo milagros, intervenciones quirúrgicas, accidentes. Trenzas, bucles, cabellos por doquier bajo el cristal de muestra. Todo el respeto y el temor humano frente a los golpes del infortunio. El cuerpo rígido bajo la urna del que erigió la enorme catedral, dormido bajo su capa negra, larguísima, que sólo muestra los zapatos y la mascarilla dorada. 

La Catedral me corta el aire y los pensamientos. Salgo a las calles pompeyanas repletas de turistas y devotos. Una cruz alta, sostenida por una anciana que liderea una procesión, se me atraviesa en el lente de la cámara con un estandarte en latín que reza Cristo redentor. Mientras lo filmo, pienso que el latín escrito es hermoso y que siempre me pone un sabor de enigma antiguo en los labios. 

Me detengo frente a un puesto abigarrado de souvenirs, pullovers, banderas, infinidad de objetos. Apenas si la mirada  puede estabilizarse en algún punto. El joven del puesto me muestra una preciosa bámbola de porcelana vestida de terciopelo verde, luego una madonna con el niño en brazos y después un cofre de palo rosa. Le digo que todo lo que quiero es una bámbola napolitana, pero que no sé cuál escoger, y el recuerdo de antiguas muñecas el Día de Reyes,  me azota el costado. Me inclino y como autómata levanto una de ojos azules, bucles negros y vestido de novia con un bolsito de flores en las manos, y mi mente se vuelve como la paleta del pintor cuando quiere obtener justamente el color del cielo en las tardes, el imposible de lograr por mucho que mezcle y mezcle. Me ofrezco una bámbola napolitana vestida de blanco. Me siento como una niña triste, dividida, tratando de asir la cuerda que me tiende esta muñeca que trae de su mano un bolso repleto de nostalgia en vez de flores. La cuerda ajada de todos estos años paralelos, de todos los pasos andados en los tramos de esta cuerda que comenzó en el Caribe para luego llegar aquí, a estas calles de Pompeya a través de una bámbola de colección.

Sorrento:

Un tren rojo se anuncia hondo en la estación napolitana de Ercolano. Filmo su llegada de la misma manera que filmo una catedral. La gente me observa y me sonríe con el rostro comprensivo que se le otorga a los turistas, yo les sigo el juego aunque no me sienta extranjera, para ello tendría que explicar demasiadas cosas y terminaría perdiendo el tren.

Sorrento,  la sal del golfo y sus yates majestuosos trazando estelas blancas sobre el mar. Siempre me pregunté qué haría el día que tuviera frente el Mediterráneo, qué olores llegarían, cuáles sensaciones se agolparían para decirme que tenía en mi mirada el Mediterráneo. Y ahora que lo tengo, ahora que es todo azul hasta el horizonte y que me enfrento al mar después de tantos lagos,  no sabría decir siquiera una pequeña palabra. El Mediterráneo me llega adentro pero silente, sus quietas aguas no se desbordan sobre el muelle de Sorrento y no se me coloca en ninguna parte específica del cuerpo; quiero atraparlo y no puedo, quiero olerlo y se me disuelve como la sal en el agua. El Mediterráneo es un fantasma líquido que me invita con su silencio a arrojarme desde las altas barandas a su cuerpo inmenso. A lo lejos, con el azul de fondo, una bandera  flota suave entre muchas otras. Sí, es la nuestra -me digo- mientras achico los ojos para engañar la miopía y cerciorarme de que no me equivoco, aún así me pregunto qué hace allí en el golfo de Sorrento entre tanta compañía la estrella solitaria. Después sonrío,  pensando que dónde se ha visto una estrella sin compañía en to do el universo. Mientras me dejo atrapar en una foto que no puedo catalogar menos que universal. Sorrento queda  para mí, como eso, el mar, sólo el mar, el silente espíritu que observo, filmo y grabo cuidadosamente mucho más allá de mis pupilas.


El esqueleto de la antigua Ercolano:

Sostengo entre las manos una colorida edición turística de las ruinas de Pompeya y Ercolano. Seré mi cicerone, trataré de explicarme cómo desapareció Ercolano en un breve día junto al gimnasio, las termas, el forum, el mercado y la panadería.

Comienzo a descender las escaleras entre subterráneos de piedra. Algunos turistas apuran el paso, como si de un momento a otro se repitiera la historia de la ira del Vesubio. El túnel termina en una inmensa explanada desde donde, a mano izquierda, se dibujan las ruinas de la otrora ciudad. Y mis ojos se detienen incrédulos, ante la maravilla de sus columnas, calles adoquinadas, mosaicos, pinturas. 

La ciudad es un laberinto de piedra, con las puertas de cada casa abiertas, como si nunca hubiera pasado el tiempo, como si sus habitantes hubieran sabido con anterioridad, que todos íbamos a estar hoy aquí, de visita, para curiosear entre sus pertenencias, sus vidas, bajar y subir sus escaleras, abrir las puertas de sus aposentos, tocar sus camas, vasijas, estatuas, piedras, las anclas de sus barcos. Me sentí como si sostuviera el pasaporte de la historia de Ercolano entre los dedos y no el simple ticket de entrada para turistas, el que se compra a un precio ínfimo, si se tiene en cuenta tanta maravilla. 

Entro por la calle Decumano Maximo, mientras busco sobre el mapa la panadería del lugar, el mercado y el forum. Un bebedero para las bestias, en forma de bañera, surte agua desde la boca de un fauno. La bodega del sitio aún conserva las ánforas del vino en sus anaqueles, todas alineadas y dispuestas en fila, esperando comensales que no acudirán a tan magna cena. 

Las inmensas columnas de una casa importante se alzan custodiando la entrada al jardín,  donde algunos perros corren por el césped y margaritas salvajes colorean de amarillo todo el panorama. Un salón amplio se abre a la vista, pintado en negro y con motivos de columnas diversas. Un hombre viejo, custodio de la casa,  sale desde una esquina como un fantasma  y me explica acerca de la habitación  negra, argumentando que se empleaba este color para cubrir el tizne que dejaban las lámparas de aceite y porque con el negro, se lograba la sensación de estar en un espacio infinito. Sí - pienso- infinito como cuando se mira la noche plagada de estrellas y nada le puede poner límites a los ojos, ellos también lo sabían, los romanos conocían bien el infinito. Y la voz del anciano  se me hace eterna  en su acento napolitano, poniéndole música a mi italiano del norte, el que conozco ya en disímiles formas, desde el canto hasta el buongiorno del vecino y que acude a mi mente provocándome una sonrisa. 

Entré en cuanta casa abierta pude entrar. Sótanos, habitaciones con camas calcinadas por la lava, puertas con sus picaportes originales, acaricié bustos de antiguos patriarcas y terminé sentándome en las termas femeninas, sobre los mismos bancos de mármol en que se solían reclinar las señoras romanas a tomar el vapor y a charlar, tal vez, de la última reunión del senado a la que asistieron sus maridos. Toqué los bancos, los miré por mucho tiempo mientras pensaba en aquella gente que pasó y ya no está y en las que vendrán mañana, para contarme en la memoria colectiva de los que estuvieron maravillados por las ruinas de esta ciudad y vinieron a poner sobre el polvo de sus calles, la huella de su curiosidad. Permanecí sentada sobre aquella historia de mármol, muda, quieta, tratando de recoger algún murmullo olvidado dejado al azar por aquellos visitantes ya lejanos, perdidos para siempre bajo la estructura de otros cuerpos. Y se me figuró que en aquella poceta marmórea comenzaban a hervir las aguas y que el rostro  se me diluía entre los vapores y la niebla de la estancia. 

Prosiguiendo por la calle de los Cardos, se arriba a una casa inmensa y majestuosa, flanqueada a su entrada por bellísimos ciervos blancos esculpidos en mármol, la estatua de un fauno y una mesa que termina en patas de tigre. Cuadros con motivos frutales de sus viejos moradores aún cuelgan mudos en el comedor central y toco, con reverencia, una columna semiderruída con la yema de los dedos para dejar, imaginaria, alguna huella de mi visita. 

Tres esqueletos abrazados en el momento de la erupción del Vesubio, yacen aún, como quienes se quieren hasta después de la muerte, bajo el vidrio de una vitrina. Me detengos vacilante, con los ojos clavados sobre el conjunto que no me resulta tétrico sino más bien adorable. Vacilo con la cámara en mano pensando si al apretar el botón estoy profanando de alguna manera este postrer abrazo. Discuto conmigo entre dientes y me culpo por esta pulcritud sentimental, por estas emociones a veces tontas que no me permiten moverme, actuar, hacer. El flash de un turista japonés me ciega de golpe y presiono el botón rojo del video como una autómata, que no sabe lo que quiere pero que lo hace por si acaso. 

Regreso bordeando las mismas calles con los mismos nombres que le dieron sus habitantes, sin dejar una sola sin transitar y siento, que las horas transcurridas se han esfumado veloces, que las ruinas de Ercolano con su magia me han jugado una mala pasada, que sólo estoy llegando, que no existen las partidas, ni el adiós, ni siquiera el hasta luego. Entre Decumano Maximo y la avenida principal, hay una encrucijada que es precisamente la que me hizo encontrar, despues de casi toda una vida, en el otro lado del Atlántico, un curioso punto de origen, excavado en el fondo de la lava y la historia. 

Con el Vesubio de fondo y las sábanas de colores flotando en los balcones al frente, le digo al taxista que detenga el auto para  filmar los minutos que me quedan en la ciudad. Parapetada tras la cámara, comprendo que tengo todas las ventajas. Un ojo enfoca el Vesubio y el otro está cerrado, de esta manera mi rostro no transmite ninguna expresión, ningún feeling fuera de tono. Soy la que parte y eso siempre nos da un alivio porque el que se va no se lleva nada entre las manos, todo lo deja sobre las manos de los que se quedan, todo. Continúo con la cámara sobre el ojo derecho y el otro, bien lejano, se fuga tras algún punto del puerto napolitano.

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Por: Maritza Espinosa
Poeta. Ha publicado, entre otros:   "Demostración de lo que vale un sueño", " Irrecoverable", poemas, Antología de la International Library of Poetry.