Fragmento de “La Muerte definitiva de Pedro el largo”

Solo sabe que le llamaban Neri o Nerito y que una vez tuvo tres años de edad y que esa mamá suya tan querida y poderosa, tendría que morir, no sabía cuándo, sólo sabía que en sus frecuentes visiones la veía estrangulada, su cuerpo ya inmóvil aferrado a la terquedad que le caracterizaba, tendido sobre una enorme concha de mar, dejándose llevar por las olas, dejando que sus vestidos de gasa fueran dominados por el viento; una de las tapas de la concha abierta, recogiendo el cuerpo de su madre, la otra tapa, erguida, abierta en ángulo recto como para servir de pared;

Neri. Mireya Robles

Neri o Nerito era un niño solitario al que le gustaba atisbar por los huecos de las ventanas, ya había atisbado por todas las ventanas y había visto orinales, penes en erección, pechos de algunas madres derramando leche, el enorme trasero de un buey, el triángulo negrísimo de una de sus ayas; pero nada de esto había logrado interesarle; sólo el pequeño pie izquierdo de aquel bebé en la cuna, moviéndose, moviéndose en las pataditas al aire que daba el bebé, y volvía recurrentemente a esa ventana para repetirse la promesa de que un día devoraría el pie de un infante de apenas unos meses de nacido, para después pararse a contemplar el muñón sangrante, y oír el llanto del niño que se iba convirtiendo en alarido, y en el momento de la mayor desesperación del infante, a Neri le vendría el arrepentimiento, su forma convulsiva de llorar, le vendrían los sudores, el hormigueo, el chorro que mancharía sus faldones de seda y ya entonces, la paz total, Neri, porque fuiste capaz de compadecerte del muñón sangrante, porque fuiste capaz de convulsionarte y llorar; todo esto Neri sabía que iba a pasar y lo saboreaba anticipadamente a los tres años, cuando ya había atisbado por todas las ventanas menos por una ventana muy fea y descascarañada; a ésta, Neri nunca se acercaba, mayormente, porque ese color verde le repugnaba, porque no se conformaba a mirar el brillo de la pintura de óleo en la que no faltaban manchas de churre que se metían hasta en las escaras de la pintura seca; a pesar de que la portezuela de la ventana estaba construida de tablones arrimados que dejaban ver sus hendijas, Neri se decía que la portezuela completa parecía un pedazo de piel verde, podrida; pero hoy, a las 9:00 de la mañana, mientras se repetía lo de la podredumbre de la piel verde, empezó a decirse también que él no podía dejar seguir pasando el tiempo sin ver qué había detrás de esa ventana y fue preparándose para la empresa de abrirla: en el primer viaje a su habitación, trajo una mesita; en el segundo viaje trajo un banquito; en el tercer viaje, trajo el orinalito donde el aya lo hacía orinar todas las noches tres y hasta cuatro veces; fue entarimándolo todo, haciendo que el orinalito sirviera de copón, boca abajo; y sin pensarlo más, se dio a la tarea de ir subiendo los escalones recién construidos y ya, a la altura adecuada, fue fácil desatravesar los pestillos; un halón hacia delante y la portezuela dejó de estar, y en su lugar, el hueco cuadrado, y en la esquina derecha, más bajita, la cabeza de Neri acomodándose para enfocarlo todo, para ver detenidamente este patio o antesala pintada de verde carcomido y los largos bancos de espera, verdes también, desnudos, sin espaldar; Neri no dejó todo aquello porque sabía que en cualquier momento iba a pasar algo de lo cual le tocaba ser testigo, y antes de terminar el presentimiento ya ve allí, sentada en uno de los bancos, a una mujer grotescamente maquillada, mostrando en la flacidez de la piel, los abusos de una vida trasnochada, las piernas cruzadas, la falda encaramada sobre las rodillas, como para que él pudiera examinar detenidamente cómo eran los muslos de mujer, y la indiferencia de él hacia todo esto; la mujer seguía balanceándose, fumando, exhibiendo tristemente el grotesco maquillaje; y ya es mi hora de decir, y me acerco a aquel escombro humano, Belkis, cómo es posible que puedas vivir así? no se te hace insoportable pasar por tantos hombres? Belkis hace un gesto con el cigarrillo, encoge las clavículas con una resignación donde ya no cabe la esperanza; y ya apago mi voz para aquella mujer que presentí mi hermana, y me alejo con un poco de pudor porque sé que Neri fue testigo, que Neri presenció esta voz mía que lo define a él a golpe de palabra; Neri ha  sobrevivido las vibraciones de mi voz y sigue allí, prendido a la ventana hasta el momento en que llega la matrona con 15 mujeres prematuramente maltrechas, y las dirige a la habitación contigua a la antesala hacia donde van desapareciendo todas seguidas de Belkis; la matrona, de una seña, les ordena a los hombres que esperaban en el pasillo, que entren a la misma habitación; el último es un marino americano en una silla de ruedas; Neri ha visto desaparecer a la matrona, ha visto la puerta del cuarto cerrada, y una ventana abierta; valiéndose de la proximidad de los bancos, Neri saltó, atravesó la antesala caminando hacia la otra ventana opuesta, se subió a mirarlo todo: las mujeres y los hombres, desnudos, las mujeres de un lado, los hombres de otro lado, todos boca arriba, acostados en el suelo, haciendo ejercicios de calistenia; el marino lisiado estaba encima de una de las mujeres, entrando y saliendo en ella, de ella, y la mujer, esforzándose por sonreír, forzando una sonrisa; Neri se fue alejando, nada de esto le interesaba; utilizó los bancos para adentrarse de nuevo en su palacio sabiendo que definitivamente, el placer estaría en la compasión: devorar niños, quemar hombres y después llorarlos, dejar que lo invadiera el llanto convulsivo y sentir la paz de sus faldones mojados cuando los hombres empezasen a alumbrar con su grasa, el circo romano.


Mireya Robles