Alfredo ZaldivarYo no había cumplido aún los veinte años cuando conocí a Alfredo Zaldívar. Tras algunos meses de merodeo me decidí por fin a ir a la casona azul de la calle cercana al río. Como sucede con todas las pasiones, esta, también se convirtió en una absoluta adicción. De la mano de Alfredo descubrí el sepia del papel craf –palabra que tanta duda me daba escribir y que aún se mantiene, ahora que en la casona hay ordenadores que me señalan la palabra en rojo y me sugieren: crac o crack… Lo que enfatiza la tendencia a la adicción que yo tengo y que Vigía y Zaldívar acentuaron.

Una mañana el hombre Z me pidió pegara unos trocitos de papel sobre un pliego de otro para después rasgarlos. Me advirtió cla-.ra-men-te que el papel del pliego era exclusivo, único, especial, papiro en extinción y que debía cuidarlo y que si alcanzaba para todo lo necesario, mucho mejor… Y lo eché a perder… Como he echado a perder tantas cosas. Lo lastimé como luego he lastimado a otros, sin querer pero haciéndolo…

Entrar por la puerta angosta se le llama a eso… Lo eché a perder…sin remedio. Pero parece que sintió el hombre Z tanta lástima de mí que no me expulsó ni asesinó. Pocas personas me han preferido a un bello papel. Pocas me han elegido por encima de la tela, la seda, la hoja blanca o de cualquier otro color. Por eso estoy esta tarde aquí, a su lado. Elegirme por encima del hermoso papel hizo que yo me quedara en el rincón de la casona azul. Allí he espiado a mucha gente, esa que conforma al medio cuerpo de la literatura cubana y he asistido a la alquimia de esos libros, a la desgarradura de ver a monjes y artesanos partir, a la euforia de trabajar con la misma pasión con que se besa. Y como mi abuela me enseñó que uno de los peores pecados es el de la ingratitud, acá estoy, agradeciendo a Zaldívar los 17 años que llevo subiendo cada mañana las escaleras viejas de las Ediciones Vigía. Agradeciendo su presencia durante casi la mitad de los años que he vivido. Por eso agradezco y recuerdo y la suerte de poder recordar me hace sentirme una privilegiada. Yo evoco y rasgo. Repaso y escribo. Recuerdo y leo.

Del rasgado del papel efímero pasé poco tiempo después a la máquina de escribir. Máquina gris acerada. Nudillos míos enrojecidos, quemados por la presión. Tecleé más libros que manuscritos escribieron monjes en el medioevo. El golpe seco contra las teclas para que marcaran los esténciles azules (más oscuros que los ojos de mi padre) me fue deformando los dedos. Se echaron a perder muchos esténciles, se agujereaban. Podridos terminaban en la basura y yo tecleaba nuevamente. Sudé junto a Zaldívar todos los Créditos de Charlot y escuché con él más de una Conversación con los difuntos. Limpié mis espejuelos con el papelito blanco –casi seda- de los esténciles. No he vuelto a encontrar nada que deje las gafas más impecablemente limpias. Y confieso que muchas veces me asistió la nostalgia por aquellos días de stenciles y de noches enteras que pasábamos en Vigía, viviendo en ella y por ella. Eso nos ha hermanado a Zaldívar y a mí por encima de todo océano o desgarradura y ya se sabe que pocas cosas hay que quedan para siempre, pocas, pero a veces una es tocada por una de ellas y no queda más que asumir el lujo y el precio.

Como San Agustín, quien dijo que hasta el pecado aprovecha, así, Alfredo Zaldívar, para escribir ha usado toda la materia prima que ha encontrado dentro de sí, dentro de cada víscera y en cada latido. A la manera de San Agustín, Zaldívar ha dictado confesiones que repite para ser oído no solo por los mortales lectores sino por el Sol. El poeta ha dicho “He pecado” y sin embargo espera que amanezca y al amanecer poesía y poeta se han seguido sentando en el mismo banco, a llorar lo mismo por los pedidos no satisfechos que por los rezos atendidos, que ya se sabe suelen desatar muchas lágrimas.

Sé que Zaldívar ha hecho como Catón el viejo, ha dedicado muchas noches a estudiar algunas lecciones, solo por la necesidad de aprenderlas antes de morir. Así se ha ido instruyendo a la par que desgranando en su poesía muchas de esas mismas lecciones. Enseñanzas que atraviesan la vida propia y la vida del país. Gestos donde ha negado los espacios de siempre para construir otros nuevos.

Zaldívar aún sueña, dice, cuenta historias del presente que a la vez son relatos de antaño. “La isla no existía”, escribió una vez y así consiguió borrar de golpe el espacio real para añorar un no lugar, una tierra de nadie y a la par de todos. Una tierra alternativa donde ponerse y quitarse las máscaras. Un espacio donde no ser más L o M o R o H o Z. Un sitio donde no haga falta la sangre circulante. Un lugar apenas donde la orden sea simple y a la vez indiscutible: “Mozo, más tinta, por favor”. Ese sitio, esa región, ese no lugar solo puede ser la poesía, su poesía, la escritura, su escritura y este poeta lo ha descubierto.

Cuando Zaldívar dijo: “Ya comprendí que no hay un solo tiempo/ ni un momento/ ni un lugar/ ni una vida.”, en verdad está hablando de la provisionalidad de todas las cosas, del tránsito de todos los afectos, de la ubicuidad que resulta a veces posible, de las semillas que están agazapadas bajo las arenas del desierto y que florecen ante la primera gota de agua. Está hablando entonces -y otra vez- del tiempo del Eclesiastés. Cuando escribió “comprendí que no hay un solo tiempo”, está refiriéndose a los mares que viven dentro del desierto mismo y se refiere también a sus propios espacios. Habla entonces, del lugar que él mismo ocupa en el techo de su casa, donde está “sembrando árboles nuevos”, mientras alguien (que no es otro que él mismo: sembrador y la par visitante) llama a su puerta que a la vez es ventana, túnel, inocencia y muerte.

Un momento decisivo de la vida y la poesía de Alfredo Zaldívar lo constituye, sin lugar a dudas, su Suite de Ginebra. El significado del cuerpo amado como Patria, alcanza aquí un valor vital. La noche del poeta se iguala a la noche de la Patria. La botella de ginebra vacía es la patria intangible y es también, el cuerpo desnudo del amor. Cuerpo desnudo de la Patria. Cuerpo del amante desnudo y solo. Vacío como la mítica botella de ginebra. Licor esfumándose con la misma velocidad con que las naciones se alejan. Palabra/Patria/ cuerpo que se bebe de un solo trago, hasta el fondo. Patria y cuerpo del amante. Elixir de vida y muerte.

Sin saber muy bien “¿cuál es la puerta y cuál la ventana?”, Alfredo ha entrado y salido a los vasos comunicantes de su propia familia, de sus amigos y hasta de la literatura: a ratos, él mismo se convierte en un regalo y a ratos es un episodio de novela radial pero lo que ha sido siempre, a toda hora, es un sobreviviente, un escapado, un fugitivo. El prófugo de Cañada Seca, que allí, en medio de lo áspero, lo árido, inventó su propio mar, como quien inventa un idioma donde ahogarse y renacer todos los días del año, en todas las palabras que conforman la escritura fragmentada del mundo.

Esta es la ciudad que le acogió desde hace tantos años. Ciudad en la que ha vivido pasiones, bienestares y dolores. Eso hace que esta sea su patria chica. Los que hemos estado cerca de él o hemos querido estarlo durante estos años hemos sido también las pasiones, bienestares y dolores de Zaldívar, hemos aspirado a ser sus pequeños dioses. Ojalá cuando los ríos fluyan en contraria dirección, cuando la bahía bañe los muros de la Ermita de Monserrate podamos seguir encontrándonos, tranquilos, sentados juntos en el mismo altar: el sagrado altar de lo compartido, el altar que la vida y la poesía van conformando.

Por: Laura Ruiz Montes.